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[AVENTURA INICIAL] "Luces y Sombras" [Ciudad Catedral, 7 de Noviembre - 897 d.g.]

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Re: [AVENTURA INICIAL] "Luces y Sombras" [Ciudad Catedral, 7 de Noviembre - 897 d.g.]

Mensaje por Karel Stark el Lun Jun 29, 2015 10:05 pm

Había muchas cosas que no funcionaban en ese mundo. Injusticias, opresión, inocentes sufriendo aquí y allá... Quien pensase que Karel no era consciente de todas esas cosas estaba totalmente equivocado, pero él había visto los dos lados del conflicto y sabía de primera mano lo que pasaba cuando alguien intentaba cambiar las cosas sin tener todos los datos.

Lo que le proponía Altair no era para nada algo nuevo. Había oído hablar a muchos como él que acusaban a Ecclesia de todo el mal que ocurría en el mundo y, hasta cierto punto, tenía razón, pues era sin duda el poder y los recursos de la Iglesia los que servían para perpetuar esas circunstancias... Si llegara el día en que tales recursos se pusiesen al servicio del pueblo y no de los altos cargos, estaba seguro de que todo ello cambiaría, sin embargo, era también perfectamente consciente de que muchos de los que comulgaban con la Iglesia eran también personas corrientes que se desvivían por ayudar al prójimo. La estructura de la Iglesia podía estar corrupta hasta los cimientos, pero no lo estaban sus valores primarios. El respeto. La compasión. La justicia.

Esperaba, con un poco de suerte, hacer ver eso al resto... Pero el momento se presentaría ante él, si aguardaba lo suficiente, de ello estaba seguro.

Fue capaz de llegar lo bastante pronto al lugar designado, aunque debía admitir que tuvo que madrugar más de lo que esperaba para ello: El día y la noche parecían llegar con una celeridad antinatural por esas tierras, aunque no estaba tampoco totalmente seguro de que no fuese debido también a sus propios sentimientos de expectación que la noche pareció resultar irrisoriamente corta... Cualquiera que fuese el motivo, no tardó en llegar al lugar donde debía reunirse con los demás y, muy poco después, fue recibido por la comitiva que se suponía debía acompañarle al lugar donde debían ponerse a trabajar para intentar cambiar las cosas. Y la compañía resultaba... Pintoresca.

Altair era cosa conocida, pero no había contado con la mujer pelirroja que le acompañaba y que, de inmediato, atrajo su atención. Era una mujer que destacaba no sólo por el fuego de sus cabellos sino también por sus rasgos, mucho más juvenil y poco profesional de lo que esperaba... Karel no pudo evitar alzar una ceja al verla, dirigiendo acto seguido la mirada hacia Altair para asegurarse de que todo aquello no era una broma y, efectivamente, esa mujer iba a acompañarlos. No hizo demasiada falta, porque la joven no tardó en dar carne a lo que hasta ese momento habían sido suposiciones dándole una palmada en el trasero que le resultó más embarazosa por lo inesperado de la situación que por el propio hecho en sí... No pudo evitar mirarla, y su frase posterior sólo hizo que Karel moviese los ojos en sus órbitas antes de dirigirse a Altair. Le hubiese dicho algo al respecto si este no hubiese presentado a tres magníficos animales que enseguida llamaron su atención.


... Sus nombres podían no ser los que él había escogido, pero eran criaturas majestuosas. Karel siempre había tenido afinidad por los lobos, que eran más que abundantes allá de donde provenía, siempre le habían parecido seres nobles, leales, pero también feroces cuando alguien osaba atacar a los suyos. En cierto modo, Karel gustaba de identificarse con esos animales, aunque tenía bien claro que ellos eran mucho más puros de lo que él jamás llegaría a serlo, pues no estaban contaminados por las ambiciones y deseos que contaminaban a la mayoría de los seres humanos, se guiaban sólo por un instinto puro, o por lealtad, y nunca mordían a aquel que los trataba con respeto. Había mucho que aprender de seres como aquellos.

Se permitió acariciarlos durante un instante y una sonrisa se dibujó en sus labios, aunque la prontitud de la partida le hizo separarse de ellos. Iban a ir a pie, cosa que en parte le sorprendía, pero podía entender la lógica de ello, dado que llamarían mucho menos la atención que si fuesen a ir montados y los caballos podían tener el inconveniente de romperse una pata si el camino era demasiado escarpado... Si las condiciones eran lo bastante complicadas, se convertirían en peso muerto y eso los ralentizaría enormemente. Quería suponer que tal cosa no pasaría con los lobos, aunque seguía preguntándose por qué Altair había traído a su... ¿Hermana, había dicho? Karel tenía ciertas reservas a la hora de llevar mujeres al campo de batalla, no porque tuviese algo contra el "sexo débil" en general, sino más bien porque consideraba que era el trabajo de los hombres protegerlas, aunque más de una vez había visto mujeres más capaces que cualquier hombre. Pero aquellas eran mujeres preparadas para el combate, no lo que parecía ser una muchacha saliendo de paseo con su hermano. Le preocupaba. No sólo comprometería su misión si no sabía dónde se metía, sino que era posible que acabase perdiendo la vida, y ya había demasiada muerte en el mundo como para añadir más.

... Pero no debía prejuzgar. Imaginaba que si Altair la había traído debía haber alguna razón para ello. Así que en vez de intentar cambiar algo que no tenía arreglo se limitó a seguir camino e intentar conocer algo más de los hermanos durante el viaje. Solía ser silencioso, sin embargo, por lo cual apenas intercambiaron unas cuantas palabras, principalmente cuando se detenían en las posadas. Karel mostró en estas paradas especial atención por Megaera, principalmente porque quería asegurarse de hasta dónde llegaba su compromiso y, también, porque quería llegar a conocerla un poco mejor, quizá disuadirla de seguir lo que sería un camino peligroso, mas había resultado a todas luces imposible hacerlo.

En algún momento del largo viaje, decidieron acampar. Al tiempo que los hermanos montaban el campamento, Karel bajó del trineo, manteniendo su espada bien cerca en caso de que hubiese que defenderse... No le gustaba detenerse en un bosque, demasiado vulnerables, demasiadas posibilidades de ser emboscados mientras que los árboles servían de perfecta cobertura a asesinos y arqueros. Por no hablar de las bestias. No pudo evitar dirigir una mirada rápida al perímetro, aunque tuvo que salir de sus pensamientos cuando un hacha salió volando hacia él, que fue capaz de recoger sin apenas esfuerzo. Sólo lanzó una mirada a Megaera cuando dijo aquellas palabras a las que quizá debería haber contestado, pero se dio cuenta de lo infructuoso de tal intención, así que decidió acabar con todo eso cuanto antes... El hacha que había sido un arma de lo más simple y mundano no tardó en mutar en su mano, convirtiéndose en una mucho más regia, pero posiblemente fuese excesivo para lo que había ahí, más aún si contaba con la protección de gruñón.

Y, con todo, no bajó la guardia. Dio solo una palmada y una caricia en el lomo del lobo para instarle a seguirlo, disponiéndose a conseguir la leña que le pedían. Eso habría hecho, simplemente... Pero se fijó en que el lobo parecía querer algo y el modo en que empujó su mano llamó la atención. El grito de Altair, avisándole de que anochecía, le animaba a aprestarse para acabar con lo que se suponía que tenía que hacer y regresar, pero no pudo evitar mirar hacia el bosque con ojos analíticos... Luego miró al lobo, agachándose a su lado tranquilamente.


- Démonos prisa, noble criatura... Guiadme allá donde vuestros sentidos os lleven, y volvamos a nuestros hermanos. Aprisa.


Dicho eso, dio una suave palmada en el lomo del lobo para animarlo a empezar a andar y, acto seguido, se dispuso a seguirlo, el hacha firmemente en su mano, sus sentidos afilados, su instinto a punto. Fuera lo que fuese lo que encontrara, no permitiría que le sorprendiese...
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Re: [AVENTURA INICIAL] "Luces y Sombras" [Ciudad Catedral, 7 de Noviembre - 897 d.g.]

Mensaje por Dezba Wakanda el Mar Jun 30, 2015 11:30 pm

DORIAN

Ante las palabras de Dorian, al inquisidor Konstance le costó trabajo disimular una risita.

¿Quieres que te cuente mi historia? De hacerlo, tendría que matarte. Pero resumámoslo así; soy enemigo de los Iluminados. Pero esto no siempre fue así, muchacho. Yo mismo ansié ser uno de ellos. Y en cierto modo, lo conseguí. Soy un ser depravado, adicto al tabaco y a muchas otras cosas. Y eso es algo que tú y yo compartimos, me temo. ¿Qué tal se porta tu brazo mecánico, muchacho?  Supongo que será eficaz, la ingeniera munchkin es lo mejor de lo mejor. -Juan sonrió, consciente de que lo que estaba diciendo alteraría a su interlocutor.-Lo que te atacó cuando sólo tenías once tiernos años debió causarte bastantes pesadillas. Un demonio, ni más ni menos. Estoy seguro de que sigue rondándote. ¿Quieres saber más? La verdad puede hacerte daño, muchacho. Y ese tipo de dolor no es el que se cura atiborrándose de calmantes. Eres alguien patético, justo como yo lo soy. ¿Todavía no lo comprendes, verdad? Estamos hechos el uno para el otro. Somos el equipo perfecto. No tenemos nada que perder, pero ellos sí que lo tienen. Quien tiene todo es quien más miedo ha de tenernos a gente como nosotros. Cosas están sucediendo. No puedo ofrecerte detalles, pues no los tengo, pero sí debes saber que la tapadera de nuestros queridos amiguitos está próxima a ser revelada. Tenemos… podría llamarse un agente infiltrado. Es alguien con acceso a las altas esferas, a la crema de la crema de los Iluminados de Ciudad Catedral. Alguien conocedor de todos los entresijos de tu vida, y alguien que desea tanto o más que tú y yo que caigan con todo el equipo. Que su existencia sea revelada de cara a la galería. Que sean erradicados. Pero debemos andarnos con cuidado, muchacho. Incluso nuestro peculiar traidor puede dejar de existir de un día para otro. Antes de que te revele más detalles, quiero que te hagas una pregunta. Eres como pez fuera del agua. Miento, como un pez fuera del agua rodeado de depredadores. ¿Estás seguro de que yo te necesito a ti? ¿No es al revés? Nos vemos, muchacho. Esta noche partimos.
Diciendo esto, Juan se levantó y salió del local.

Cuando Dorian hizo lo propio, tuvo que llegar hasta la Media Ciudad. Según le habían comentado, tenía una reunión con sus superiores. Al llegar a su destino, la Ciudad Media, encontró que su superior no estaba en el lugar acordado. Se encontraba en una cafetería de la ciudad Media, donde la clase media-alta que no era capaz de ascender en la pirámide social de la ciudad se resignaba a vivir, compartiendo esquina con los “vulgares medio-bajos”. Aquella cafetería era un tanto snob, a juzgar por las pintas que lucían y su comportamiento al observarlo.

En el lugar del que debería haber sido su contacto, un hombre noble de clase alta, a juzgar por sus ropas, removía una especie de batido con una pajita para pasar a sorber del mismo instantes después.

Después de hacer esto, alzó la vista buscando algo o alguien y, en cuanto dio con Dorian, se sonrió y le llamó, mientras despejaba una de las sillas para él:



-Señor Walk, aquí. Siéntese, no sea tímido. Tenemos mucho de lo que hablar.

Era un hombre ciertamente concienzudo con la imagen física. Su barba bien arreglada y sus labios, sin ninguna aspereza y con un grosor artificial, daban a entender que el aspecto eran una de las obsesiones de aquel hombre. En la mejilla derecha, una pequeña cicatriz en cuanto a marca pero alargada en cuanto a extensión se destacaba sobre su perfecto cutis.

-Soy el diácono Cousland. Pero dentro de poco… digamos que el obispado está a un paso. Sé muy bien que no soy quien esperabas, pero mi fundación lo ha arreglado todo para concertar esta reunión, y no nos convenían distracciones. Tranquilo, el señor Koperij comprende que tengas asuntos más importantes que atender, y me ha dejado claro lo que debo transmitirte. Tu misión es simple, me comentan que tienes que ir a Vanhell acompañando a un excéntrico inquisidor… un tal Juan Konstance. Te voy a advertir, Dorian, de que Konstance no es un hombre… normal. Gusta de las compañías de prostitutas, adictos a todo tipo de sustancias y, en resumen, mala gente. No te conviene, pero el deber es el deber. Aunque… no se perdería nada si feneciera en esa tremenda ventisca… ¿Verdad? Te seré franco. Konstance es un individuo sumamente indeseable, mucha gente quiere hacerlo desaparecer… Mayormente porque le gusta tocar… la sensibilidad de la gente superior a él. Es un hombre ávido de poder, como la mayoría de inquisidores. Y sabe cosas, cosas peligrosas. Él mismo te eligió para escoltarlo, ¿lo sabes, verdad? Y sé que ha compartido contigo esa información. Te seré franco, mi querido amigo. Es hora de que renueves tus amistades. Te ofrezco la posibilidad de afianzar tu posición en la Eclesia. No por algo soy el querido amigo de tu superior, el excelente guardián Koperij. Un escudero de bajo rango como tú deberá estar hasta el moño de estar supeditado a las órdenes de personas con menor valor para la Sagrada Institución. Nobles en su mayoría, corruptos. Mi padre empezó siendo un pobre monje, con menos dinero que las ratas de la subciudad y muchas deudas por pagar. Y aquí me ves, su hijo el diacono se aprovechó de su titánico esfuerzo y ha formado una familia de lo más respetable. Los Cousland ahora son miembros de la nobleza catedralina. Y me siento generoso, quiero compartir mi inmensa suerte con alguien que tenga… valor. Así pues, lo que te pido que realices por mí son dos detalles sin importancia alguna… Asegurarte de que la ventisca acabe con el grano en el culo llamado Konstance y comparte conmigo tus conocimientos. Sé que luchas contra algo, algo contra lo que nadie más parecer estar luchando. Pero no sé de qué se trata y porqué le confieres tanta importancia. Dime de lo que se trata y quizás la fundación Cousland pueda apoyar tu lucha con ingentes cantidades de dinero. Y dime, ¿qué opinas de mi generosa oferta?

Tras conversar con aquel diácono, la tarde se quedó libre para Dorian Walk. Podría investigar, dar un paseo con la ciudad e incluso trabar amistad con algunos de sus ciudadanos. Era toda una gama de posibilidades la que estaba a su disposición. También quedaba la opción de abandonarse a la procrastinación, por supuesto.

La ciudad era suya, y tenía la oportunidad de sacarle partido, aunque no tardaría en abandonarla. A la noche, sin embargo, tuvo que decidir entre acudir a la reunión y dejar a Juan Konstance tirado, aunque eso muy probablemente sería dilapidar su propia carrera. De todos modos, Dorian encontraría al inquisidor apoyado en un poste cercano a una de las oficinas de la barrera exterior, discutiendo con lo que parecía ser una especie de escribano:

-¿Quién cojones te ha invitado a la fiesta, como sea que te llames?

El inquisidor, de rasgos juveniles, contestó a las enérgicas preguntas de Konstance con inusitada tranquilidad:



-Mi nombre, estimado señor Konstance, es…

-Sí, lo sé, lo sé. Tú eres el querubín de Koselo, otro enchufado más por lo que veo.

-Me… me llamo Francis. Un placer conocerles.


-Oh, mi querido Dorian. Ven, tenemos mucho de lo que hablar.-diciendo esto, el inquisidor se llevó al escudero hasta un lugar apartado.-Como comprenderás… no podemos llevar a cabo la misión con este pegote en el culo. No al menos de la forma en la que teníamos planeada. No sé hasta qué punto me comprendes. Necesitamos librarnos de él. Pero por otro lado, este imberbe es hijo de Frank Koselo, uno de los diáconos más importantes de la ciudad y un opositor a obispo. Digamos que no tenemos una buena relación. Resumiendo, metí mucho las narices en su mercado de esclavos y el me lo agradeció enviando sicarios a por mi cabeza.  Después de presentar las pruebas suficientes ante mis superiores, lo único que conseguí fue una disculpa en su nombre obviamente escrita por el secretario del secretario del secretario de su perro. Pero por otro lado… la idea de tener a su hijo tan cerca me tienta. Puede que nos sea útil, dice tener habilidades de escribano y diplomático, y de todos modos si Koselo no mete las zarpas en nuestra operación de esta forma estoy seguro de que lo hará de otras muchas, y seguro que menos… ortodoxas. Al fin y al cabo el norte es un lugar peligroso, lleno de criaturas salvajes y bárbaros… y mercenarios. ¿Sabes por donde voy, verdad muchacho? Ahora necesito que me digas, dado que somos un equipo, cuál es tu opinión sobre este asunto.

Era obvio, a juzgar por las intermitentes miradas que les dirigía desde la lejanía, que Francis sabía que aquella conversación giraba en torno a él.


MAXIMILIAN STENKERK


Tanto la monja como el soldado se mostraron sorprendidos por el discurso que Maximilian Stenkerk se decidió a dedicarles, pero a pesar de ello dejaron que el obispo terminara. Aunque reticente a su propuesta, Alric Truefort tuvo que dar su brazo a torcer al encontrarse en inferioridad numérica:

-Mi misión era proteger a la comitiva. Y a Dios pongo por testigo que al menos ustedes dos volverán a Ciudad Catedral de una pieza, pues son los menos necios de esta sagrada compañía. Que me lleve la muerte si fallo en esta empresa.-tras pronunciar su juramento, Alric se arrodilló ante Maximilian y Buckley.

-Vuestra devoción es digna de elogio, señor Truefort. Estoy cien por cien segura de que hará un buen trabajo. Ahora levántese, hemos de partir y el camino no es corto. Que Dios esté con nosotros.

La monja Grace encabezaba la marcha y Maximilian la seguía. Alric pasó la mayor parte del trayecto o bien en el lado de la formación, convirtiendo esta en una especie de triángulo o en un extremo de la misma, bien delante o bien detrás. El motivo de estos cambios de posición se debía a dos factores: la configuración de las calles de Infernalia, gracias a la estrechez de las cuales los tres eclesiásticos tuvieron que adquirir una formación de fila india para evitar caer en la lava. Debían dirigirse al exterior de la ciudad, a la cúpula abovedada que rodeaba Infernalia. Allí se hospedaban ad eternum los miembros de la nobleza infernal.

Pero para ello, debían atravesar el sector industrial, un lugar interpuesto entre el castillo de Oberon y su destino. Y aquel, a juzgar por la mirada de preocupación que la monja Grace no se molestaba en ocultar, no sería un paseo agradable.

Desde sus fábricas de acero, los infernales les miraban insistentemente. Algunos curiosos, otros pocos con miedo. Pero en los ojos de una gran cantidad de dichos seres se podía ver reflejada la mayor de las iras. El más grande de los desprecios. Era insólito ver tales emociones en el pueblo de Infernalia, o al menos lo era verlas de forma tan magnificada. Era evidente que algo había sucedido en aquella ciudad. Algo que Grace esperaba averiguar pronto, según le comunicó a sus dos acompañantes.

-Tenemos que apresurarnos, queridos. Pronto el turno de estos seres terminará y su descanso dará comienzo, y quien sabe lo que nos harán de quedar…

El rugido de los “tambores de piedra”, una peculiar característica de aquella ciudad, interrumpió a Grace. Infernalia, al estar situada en las cercanías de un volcán y estar recorrida por ríos de magma solía sufrir aquellas sacudidas de forma periódica. Los demonios, tan unidos al relieve de aquella zona como estaban, le habían dado varios usos; uno de ellos era el de ser un regulador de las jornadas laborales. Al ver como los infernales de las factorías cercanas dejaban sus herramientas y sus puestos de trabajo y algunos de ellos corrían ansiosos hasta la salida

-Usted es alguien leída, mi señora. ¿Cuántos monstruitos suelen trabajar en estas fábricas?

La risa amarga de la monja abrió paso a su jocoso comentario. Era evidente que tenía miedo.

-Mi querido Truefort. Lo adecuado sería preguntar… ¿Qué miembros de esta sociedad tan escandalosamente industrializada se permiten el lujo de no trabajar? Te lo diré yo, los nobles. ¿Ves a alguien así por aquí?

-Entonces les recomiendo que se cubran detrás de mí. Supongo que no llevarán armaduras, ¿verdad?


Una media sonrisa iluminó el rostro de la escribana, solo para dejar que volviera a ensombrecerse instantes después. Los trabajadores ya estaban saliendo de sus respectivas fábricas, y ningún capataz podía controlar su impulso. De hecho pocos trataban de impedirlo, a base de latigazos e improperios los que sí lo hacían.

-Lo siento, Truefort, pero la orden hermética no es tan belicista como la orden del Martillo. Y dudo que en la Eclesia Central porten armaduras.

-No sé porque pero me lo temía. Colóquense a mi espalda, va a ser un viaje movidito.


El guardián de los dos diplomáticos colocó su escudo de forma que protegiera el flanco derecho de la formación, pero era obvio que no podía evitar todos los ataques. Estaban rodeados por fábricas. Su única opción era desplazarse lo más veloz posible. Pero pronto fueron rodeados también por los infernales. Los que no llevaban armas cuerpo a cuerpo improvisadas (algunas hojas recién forjadas, herramientas de talleres, incluso palos mojados en magma) empezaron a lanzar proyectiles a los tres eclesiásticos.

El escudo de Truefort hizo su trabajo, y bloqueó la mayoría de proyectiles dirigidos al lado derecho. Pero los del lado izquierdo tenían via libre y, a pesar de que Alric trató de bloquearlos con su hacha, eso no impidió que algunos de ellos impactaran. Si bien la mayoría lo hicieron en el yelmo y el peto del caballero, hubo algunos que impactaron en sus protegidos.

De hecho, uno de los que impactó en Maxi, lo hizo en la cabeza. El obispo tuvo la mala suerte de comprobar en su propia piel que el proyectil estaba incendiado. El fuego se propagó hasta su pelo y el obispo tuvo que apagarlo con ayuda de Grace Buckley. Alric, indiferente a esto seguía avanzado y empujando a ambos con el escudo, para asegurarse de que no se quedaban rezagados.

Pero no fue tarde cuando el caballero se vio obligado a detener su avance. Frente a ellos demonios bastante amenazadores con armas improvisadas reían y gritaban todo tipo de amenazas a sus futuribles víctimas. Amenazaban con violar a Maximilian y a Grace, con quemar su cadáver y con decorar sus casas con los restos que los eclesiásticos dejaran.

Cinco de ellos se abalanzaron sobre Alric. El caballero derribo a dos de ellos con su escudo, lanzándolos al suelo instantáneamente. De los tres restantes uno fue presa de un tajo de la espada del caballero, que hábilmente había dirigido a la cola de su adversario, y los dos que quedaban saltaron encima de Truefort. Este se revolvió, intentando despegárselos de encima con su escudo y espada de una mano, pero tardó mucho en hacerlo. Lo suficiente como para que uno de ellos lograra acceder a su yelmo y arrebatárselo de cuajo.



Por segunda vez Maximilian podía ver el rostro de Alric en su totalidad. El caballero logró deshacerse del demonio que le había despojado de sus protecciones antes de que este le clavase su afilada arma en el ojo al teutógeno. Finalmente al último de sus combatientes el destino le tenía reservado un final cruel. Cayó al suelo junto con su compañero pero, mientras este pudo huir, él no tuvo tanta suerte.

Usando su escudo a modo de hacha, Alric aplastó la cola de aquel individuo repetidas veces con saña, produciéndole el mayor de los dolores y haciendo que perdiera el conocimiento y quizá la vida. Sus compañeros no se quedaron de brazos cruzados, sino que movidos por un instinto mucho más fuerte que el de supervivencia, la llamada de la manada, se solidarizaron con el caído y se lanzaron en tropel hacia Alric.

Esta vez el teutógeno no pudo soportar tal cantidad de individuos lanzándose sobre el de forma simultánea, y cayó rendido bajo el peso de sus enemigos combinado. Los demonios le hicieron arrodillarse. Al parecer todavía no se habían percatado de la presencia de Maximilian y Grace, pero solo sería cuestión de tiempo. Uno de ellos, bastante corpulento, avanzó hasta Alric mientras los demás lo asían de brazos y le despojaban de sus armas y su escudo.

El demonio portaba un extraño instrumento. Era como una varilla que acababa en una especie de cuadrado, el cual emitía humo fruto de las altas temperaturas a la que se encontraba. En dicho recuadro había un símbolo; el símbolo de la corona, el símbolo de Infernalia.



-Pero que tenemos aquí. Si es un humano. Nuestro amado rey Oberon os dijo que os marcharais. ¡Asesinos, confabuladores! ¡Sólo queremos la paz! -el demonio sacudió la cabeza- Es evidente que no se puede razonar con vosotros. No sois más que sucias bestias... ¿Y sabes lo que hacemos en Infernalia con las bestias? Las marcamos. -el demonio agarró la varilla con el sello de Infernalia con las dos manos, dispuesto a demostrar su devoción a él.



Alric intentó revolverse, pero era inútil. Aquel demonio acercó la varilla al rostro del guardia teutogeno. Solo un milagro podría salvar a Truefort de ser marcado. Justo entonces, Grace Buckley alzó su voz temblorosa, refugiándose detrás de Maximilian al emitir los siguientes ruegos. Las lágrimas corrían por sus mejillas y era evidente su estado de nerviosismo.

-Por favor, señor, deténgase. Esto era una misión diplomática. Nadie… nadie tenía que salir herido. No sé lo que pasa en esta ciudad, ni sé si podremos arreglarlo. Pero ahora mismo solo sé que el señor Truefort es un hombre inocente, y no merece ser castigado. ¡Por favor, señor, no lo haga!
-lo que había empezado como un ruego se transformó en un grito desesperado.

Alric esperó pacientemente a ver la reacción de sus verdugos. El demonio que sostenía la varilla pensó durante largo rato, pero finalmente sacudió la cabeza.

-Nosotros también rogamos, también lloramos y también pataleamos. Y nadie nos hizo nunca caso. ¿Por qué habría de ser diferente el trato que nosotros os demos? Además, este señor no es más que un verdugo. No merece nada mejor que esto. -
el demonio en cuestión acercó la varilla al rostro de su víctima, mientras esta esperaba su fatal sino con resignación y coraje.

Alric Truefort estaba sereno, al contrario que Grace Buckley, a la que la situación superaba. Perdió los nervios, comenzó a gritar, a gimotear y a golpear a Max con su ridícula fuerza de mujer escribana, instándole a que actuara.

-Tiene que hacer algo, señor Stenkerk. ¡Convénzalos, se lo ruego!


Por primera vez en mucho tiempo desde que lo habían doblegado, Alric Truefort decidió revolverse. En un brusco movimiento logró salir del alcance de la varilla humeante, aunque está quemó los pelillos de su cuello y, alzando este, advirtió a los dos diplomáticos:

-¡Corran por sus vidas! ¡No pueden permitir que la misión fracase!

Uno de los demonios que le sostenían le golpeó con furia, haciendo que se callara. De nuevo, el proceso se reinició y el portador de la varilla lo acercó hasta Alric hasta que estuvo situado a unos pocos centímetros del teutógeno. De nuevo, Grace rogaba a su compañero Maximilian que hiciera algo. Pero, ¿el qué? Estaban rodeados, pero la gran masa de personas se aglomeraba delante de Truefort, dejando a un reducido número de infernales cubriendo su retirada. Quizá podrían intentar huir, no sería una idea alocada. Pero quien sabía si el castigo que aquel demonio infligiría a Truefort no sería peor que el previsto.


KAREL STARK


Sarnoso alzó sus orejas y su rabo se movió de un lado a otro en cuanto escuchó la petición de Karel, y lo llevó diligentemente hasta su destino. Atravesando un par de senderos de aquel bosque conocido como El Bosque Negro, Sarnoso lo condujo hasta un árbol de lo más majestuoso. Casi daba pena talarlo debido a su belleza, pero el paladín lo hizo.

Para cuando ya llevaba un par de tocones reunidos, algo alertó a Karel. Sarnoso comenzó a rascarse insistentemente la parte superior de la cabeza con su pata trasera, era como si tuviera pulgas o algún tipo de afección cutánea. Karel le encontró un nuevo sentido al nombre de aquel animal.

Algo estaba sucediendo, Sarnoso estaba más inquieto de lo normal. Karel se dio cuenta de esto al girarse y ver como dos grandes hileras de dientes blancos brillaban en la ya más que palpable oscuridad. Un enorme lobo, más grande que Sarnoso, le miraba con intensidad a través de sus profundos ojos. El lobo apartó a Sarnoso con una de sus patas, haciendo rodar a este por el suelo.

Acto seguido, caminó lentamente hacia Karel y comenzó a olisquearlo. Tras unos inquietantes segundos en los que el lobo no cesó en su inspección, éste se alejó de Karel y emprendió el camino, deshaciendo los pasos que el paladín en compañía de Sarnoso habían dado para llegar a ese lugar.

Sarnoso se levantó, un tanto desorientado y guió a Karel de vuelta, por el mismo camino que el lobo al que se había enfrentado había seleccionado. Ambos acabaron en el lugar de partida. Para sorpresa del hiperbóreo, tanto Altair como Megaera estaban acariciando a aquel lobo, que había acabado llegando hasta ellos.

Era evidente que se conocían de antes. Altair y Megaera saludaron a Karel y le presentaron al nuevo miembro de la manada:

-Oh, has vuelto con la leña, caballero andante. Nos alegramos de que hayas regresado de una pieza. Te presento a Escurridizo, el quinto lobo de nuestra peculiar manada.-tras oir a Megaera, Escurridizo caminó hasta Karel y se sentó frente a él, ofreciéndole su pata delantera izquierda.

-No dudo que os haréis amigos. Y ahora ven aquí, Karel. Nuestros lobos han cazado un par de liebres, espero que te guste su carne, es lo que cenaremos.

El campamento ya había sido montado. Dos tiendas de campaña y una especie de hoguera improvisada rodeada por estas daban forma al particular campamento de los Cloudfield.
Mientras Megaera usaba la leña de Karel para encender el fuego, Altair clavaba la carne cruda de las liebres, anteriormente despellejada, en palos. Los Cloudfield habían confeccionado una estructura similar a un asador, que les fue útil a la hora de depositar los palos con la carne en el fuego.

Mientras Megaera estaba pendiente del fuego y viraba las varillas de lado a lado, Altair inició una conversación con Karel.

-¿No sabes nada de nuestra misión, verdad? Es un buen momento para explicarte. El pueblo de Vanhell siempre estuvo habitado por personajes humildes. Canteros en su mayoría, pero con mucho arte. Muchos de ellos eran duchos en el arte de la escultura. Era un pueblo tranquilo, al margen de la influencia eclesiástica de Todheim, en parte por su baja densidad de población y en parte por su difícil situación orográfica. La gente vivía pacíficamente en una fusión con la inmisericorde pero majestuosa naturaleza del norte. Los lobos esteparios como Sarnoso, Escurridizo, Gruñón, Ronquidos o Mordisquitos eran miembros más de nuestro pueblo. Pero eso cambio hace unos años. Había algo en nuestro pueblo que hizo que la Eclesia se interesara. De hecho, poco a poco lo que antes eran pueblos independientes se convirtieron en mezquinos protectorados. Incluso Wülfstan cayó, a manos de uno de sus propios aldeanos, según nos contaron. ¿No te parece increíble? Hace falta ser un hijo de puta mezquino para traicionar a tu propio pueblo. Pero no cambiemos de tema. Así pues, de la noche a la mañana los soldados y el nuevo gobernador se instalaron en nuestra idílica villa. Comenzaron las medidas tiránicas.

Megaera interrumpió a su hermano a la vez que les acercaba a este y a Karel los “pinchos” con carne de liebre ya cocinada. Mientras mordía aquella carne, la muchacha hablaba. Era evidente que no era muy ducha en las formas de cortesía.

-Tened cuidado, quema un poco. Pues sí. Un hijo de puta llamado Guterich fue el gobernador que nuestra santa y benévola Eclesia designo para que nos hiciera la vida imposible. Primero empezó con los impuestos. Impuestos a la roca, impuestos a la comida, impuestos a las viviendas. Ese mamón introdujo el terran de forma tan brutal que muchos de los comerciantes del pueblo, que habían vivido del trueque durante generaciones, tuvieron que readaptar su comercio, previo pago a la Eclesia, claro está. Todas esas medidas sirvieron para que el cabrón de Guterich construyera su fastuoso palacio mientras los demás pasábamos un hambre atroz. Incluso la seguridad desapareció, empezó a haber frecuentes desapariciones. Primero algún animalillo, luego niños y ancianos y finalmente mujeres y hombres. La gente, como es normal, comenzó a enfadarse. Vanhell es un pueblo apartado, lleno de animales salvajes y frecuentemente azotado por las ventiscas. Y no sería raro que alguno de nuestros queridos lobos hubiera usado a Guterich como carnaza o que se despeñase “por accidente”, nuestro pueblo es muy vengativo. Y ese cabrón lo sabía. ¿Qué te crees que hizo el muy hijo de perra? Envío a sus huestes a matar a las crías de los lobos, pues sabía que eran los animales abanderados de nuestra villa. Obviamente una gran parte de sus soldados murió, ya fuera a manos de los lobos o de los aldeanos. Pero Guterich, no contento con eso, incendió los aledaños. Miles de seres, tanto animales como personas, murieron en aquel incendio. Para darnos “una lección”, el cabrón sembró los campos con sal. Como consecuencia, aquello se convirtió en un yermo y tanto los lobos como nosotros tuvimos que decidirnos entre emigrar o morir. Elegimos la primera opción. Pero nuestra madre no vino con nosotros. Quiso quedarse y luchar. Ahora mismo sé que nuestro mayor error fue no llevárnosla a rastras, pero has de saber que tiene la fuerza de diez hombres. Nos habría sido imposible. Además, es muy testaruda. Así pues, se decidió a cuidar de los que, por hache o por be, no se habían decidido a marcharse con nosotros y enfrentarse a Guterich. Nosotros quisimos ayudarla, pero nos despechó. Altair y yo éramos muy pequeños como para unirnos a la lucha. Desde entonces han pasado cinco años. Hace unas semanas recibimos el mensaje de que nuestra querida madre ha sido capturada por Guterich, y este amenaza con matarla a no ser que los rebeldes se rindan. Nuestra misión es simple, tenemos que rescatar a madre y enviar a ese sucio eclesiasta al infierno junto con todo el que se atreva a apoyarle. Y, de propina, destruir su jodido palacio. Después… después conseguiremos refuerzos, pues buena falta nos hacen.


Aquello traía muchos recuerdos al caballero. No era su situación, obviamente, pero Karel debería sentirse culpable. ¿No era acaso él el que había contribuido a la pacificación de los pueblos del norte? ¿No era su responsabilidad, al menos en parte? Altair le miró durante unos segundos.


-La prioridad es conseguir que Madre sobreviva. No me perdonaría el haberle abandonado y haber provocado su muerte. Espero que tengas en cuenta eso, Karel. Hace días que no recibimos noticias de nuestros compañeros rebeldes y me temo lo peor.


-Bueno, dejaos de cháchara y a zampar, que esto se enfría rápido.
-Megaera disipó de esa forma todos los temores de su hermano Altair y este comenzó a mordisquear su brocheta.

Después de aquella cena surgía una disyuntiva en cuanto a los dormitorios. De no querer dormir a la intemperie, el hiperbóreo tendría que elegir dormitorio. Altair y Megaera propusieron varias opciones:

-Digamos, Karel, que son muy pocas camas para tanta gente. Mi hermana y yo no tenemos costumbre de dormir juntos, malas experiencias. Y tú pareces un hombre legal, después de todo. Así que propongo que escojas a uno de nosotros como compañero.

Tras pasar esa noche con “el elegido”, los tres miembros humanos de aquel pintoresco grupo se levantaron. No hubo desayuno, tan sólo hicieron sus necesidades en los alrededores, tomaron un poco de agua y, tras enviar a Escurridizo y Sarnoso a otear las proximidades y descubrir que no había nada que temer, los hermanos Cloudfield partieron, esperando que Karel los siguiera.

El viaje fue más corto en aquella ocasión. De hecho, dado que había acampado a la mitad del Bosque Negro no les costó mucho salir de aquella espesura. Los lobos y los Cloudfield sabían orientarse tan bien que era difícil diferenciarlos. Antes de salir del Bosque Negro, hicieron una parada. Un hombre les esperaba junto a un lago. Fue Altair quien hizo las presentaciones:

Guarda-bosques, Karel;  Karel, Guarda-bosques. Hemos de apresurarnos, así que iré rápido. No podemos fiarnos de nuestros amigos los lobos. Vanhell es peligroso para ellos. Está lleno de trampas y el cabrón de Guterich no duda en hacer pasar a inocentes aldeanos por sus sádicos soldados, inocentes que frecuentemente son devorados por los lobos. Así que, por el bien de la misión, él los cuidará hasta que regresemos… o hasta que volvamos a necesitarlos.


El guardabosques silbó y de pronto las cinco bestias se colocaron a su lado. Montado encima de Escurridizo, el más grande de todos ellos, aquel misterioso personaje movió su mano despidiéndose de los hermanos Cloudfield y Karel Stark:



Aun con todo, se llevaron el trineo. Tan solo tuvieron que subir una elevación con él y tomar impulso en la cuesta de bajada para que este les llevara con inusitada eficacia hasta el que los hermanos Cloudfield señalaban como su destino. Karel comprendió entonces la efectividad de aquel aparente trasto inútil que en Ciudad Catedral había contribuido a retrasarles.

Si el caballero se esforzaba, quizá podía distinguir los restos de su aldea en el horizonte. Las nieves comenzaban a caer con inusitada violencia en el norte de Laursia y sobretodo en las proximidades de Todheim, a donde se dirigían. Tanto es así que, justo cuando estaban llegando a Vanhell, descubrieron que la población estaba siendo azotada por una ventisca.

A pesar de todo, los hermanos Cloudfield no se daban por enterados. La nostalgia por el hogar y la melancolía les embargaba. Vanhell, majestuosa, se extendía ante ellos, en las faldas de la montaña. No había mejor carta de presentación para el que antaño había sido el hogar de los canteros que las dos estatuas que, erguidas de forma cuasi perfecta, daban la bienvenida a los nuevos visitantes:



A lo lejos, unas figuras podían distinguirse. Antes de averiguar siquiera si eran amigos o enemigos, tanto Megaera como Altair desenfundaron sus armas y comenzaron a caminar hacia el pueblo, apartando la generosa capa de nieve de su camino con los pies y haciéndole señas a su acompañante para que les siguiera.


FDI:
Como siempre digo y voy a dejar de repetir en breves, sois libres de tomar cualquier tipo de decisión, aunque contradiga en parte mi texto, pues tengo el chiringuito montado de esa manera.

Maxi tiene heridas leves fruto de los golpes-

Un saludo y divertíos.

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Re: [AVENTURA INICIAL] "Luces y Sombras" [Ciudad Catedral, 7 de Noviembre - 897 d.g.]

Mensaje por Karel Stark el Miér Jul 01, 2015 9:42 pm

El camino por los bosques oscuros estaba resultando ser silencioso, demasiado silencioso, y algo en Karel no cejaba en su empeño de decirle que no estaba viendo todo lo que había allí... La noche podía albergar inmensos horrores y el silencio, cuando provenía incluso de la propia naturaleza, era una de las indicaciones más claras de que había algo malsano en el ambiente, lo bastante oscuro para traer muerte donde antes debía haber el caos de la vida.

Mas, al final del camino, sólo le aguardaba un árbol. Quizá el más magnífico que había visto en su vida, que le recordaba en su majestuosidad a Yggdrasil... Sus ojos durante un momento mostraron una expresión sorprendida pero, prontamente, se convirtieron en una de satisfacción, una sonrisa mientras se dirigía hacia la noble criatura que le había llevado hasta allí, usando una mano de la que se había retirado el guantelete para acariciarlo tranquilamente, sin importarle lo más mínimo que el animal estuviese posiblemente infectado de alimañas. Lo miró con calma, arrodillado a su lado.


- Sois una criatural leal, Sarnoso. Os agradezco vuestra guía. Descansad ahora mientras yo trabajo. Os lo habéis ganado.


Y, dicho eso, se dirigió hacia el árbol, no sabiendo por dónde empezar a cortar... Era demasiado magnífico, tanto que se resistió por unos instantes a hacerlo antes de tomar su hacha en la mano derecha y voltearla, clavando la empuñadura en el suelo y arrodillándose. Entregó una oración a los dioses que habitaban en aquel lugar, ante aquel árbol, y sólo cuando su corazón obtuvo permiso para ello se atrevió a usar el hacha para arrancar parte de la madera con el fin último de prestar sustento tanto a él como a su grupo. Sin embargo, sólo cortó la cantidad justa de madera para poder sustentarse, pues sabía que los espíritus no estaban con aquellos que se excedían en su avaricia. Sólo cuando su tarea se hubo completado descansó el caballero, fijándose nuevamente en el lobo aunque, cuando lo hizo, notó su inquietud, que resonó en él mismo...

Justo a tiempo de ver cómo unos dientes blancos y brillantes aparecían en la noche. Karel fue rápido blandiendo el hacha y sosteniéndola, transmitiendo la bendición de la Diosa a la misma, pero la criatura probó ser más rápida y, tras dejar fuera de combate a Sarnoso, se situó junto a él, olisqueándolo, tan cerca que podía sentir su aliento en el rostro. Pero Karel no flaqueó. No movió su arma en su contra, aunque aquel hubiese sido su primer instinto. No temía, pues la Diosa le había otorgado su bendición, y esta fluía por cada poro de su cuerpo... No albergaba odio hacia esa criatura, ni rencor... El hacha fue abandonada y, en vez de eso su mano se alzó ante él, dejándose examinar mientras, bajo su aliento, pronunciaba unas leves palabras que bien podrían haber sido una oración pero que, en realidad, dialogaban con el animal. La lengua de los Lobos era algo conocido, y los poderes que la Diosa le había conferido le concedían, hasta cierto punto, la empatía suficiente para ser capaz de transmitir respeto sin palabras, tranquilidad sin indolencia... Y, aunque no era su talento, su historia previa con los lobos de Wülfstan y la luz en su corazón parecieron llegar hacia el lobo, quien no lo atacó, sino que se dio la vuelta, marchándose.

Sólo entonces Karel se permitió soltar un suspiro de alivio, al tiempo que veía cómo el otro lobo se alzaba. Cualesquiera que hubiesen sido sus heridas, claramente no revestían de gravedad. No necesitaron más que una mirada para entenderse y regresar al campamento... Karel sólo pudo mostrar una expresión de sorpresa cuando el lobo que había creído ver antes se presentó también con los hermanos, aunque la explicación de estos más tarde hizo que todo tuviese más sentido. No pudo evitar dirigir una expresión de fastidio a Altair por no haberle explicado que alguien más se uniría a la comitiva, pero finalmente decidió dejarlo correr, más todavía cuando Escurridizo, pues así se llamaba el animal, lo saludó. Un gesto tal sólo pudo ser recibido con sorpresa pero, también, humor por el caballero negro, quien tomó la pata del lobo un instante antes de pronunciar un "Buen chico" entre dientes, para después dejar que marchase con sus hermanos.

Desde luego, parecía que esos hermanos tenían cierto magnetismo con esas criaturas, y no pudo evitar sentir mayor respeto por ellos por eso. Un lobo NUNCA era domado. Prestaba su lealtad, a aquel que se ganaba su respeto, pero jamás se doblegaba... El que los hermanos hubiesen sido capaces de ganarse el respeto de tan nobles criaturas hablaba lo suficiente bien de ellos como para que Karel los mirase con otros ojos, pero su actitud siguió siendo ligeramente distante. Se sentó ante ellos cuando el fuego se encendió y, en ese momento, Altair decidió compartir la historia y verdadera naturaleza de su misión.

... Sólo en ese entonces Karel mostró una genuina expresión de sorpresa.

Los hechos que Altair mencionaba eran demasiado cercanos a Karel para que este fuese capaz de mantenerse en silencio, indolente... Había vivido muchos de ellos, había participado en la pacificación de los pueblos del Norte, y la sola mención del nombre de Wülfstan, su tierra natal, fue suficiente para lanzar un latigazo directamente a su corazón, incluso más grande de lo que podría haber sentido cuando Altair lo definió como un cabrón mezquino. Querría haberle explicado que las cosas no eran tan simples, que su "traición" había sido un intento de hacer que su pueblo pudiese coexistir en términos pacíficos con la Eclesia, que él mismo había sido traicionado por aquellos a los que servía... Pero era perfectamente consciente de que eso no cambiaba el hecho de que efectivamente había vendido a su pueblo por la promesa de su supervivencia. Muchos de los pueblos que Altair mencionaba habían caído con su participación, y no podía descartar que él mismo hubiese sido el encargado de traer "la palabra" a la mayoría de ellos, ni que fuese el caso del suyo propio.

Sólo pudo escuchar el resto de la historia en silencio, pero no dijo palabra. Querría haber sido sincero, explicarles sus orígenes, pues creía que era su deber, pero los acontecimientos le forzaron a mantenerse en silencio... El nombre que habían mencionado le era conocido, pues Guterich había sido conocido incluso en sus tiempos por ser cruel, un miserable que se amparaba en un estandarte para dar rienda suelta a sus más bajos instintos. Incluso si Eclesia fuese una organización mucho más pura de lo que era, el solo nombre de Guterich era más que suficiente para justificar el querer quemarla hasta los cimientos y no le cabía duda de que la inmensa mayoría de los pueblos equipararían ese nombre con lo que significaba Eclesia... En pocas palabras, era gracias a miserables como Guterich que la Iglesia se había corrompido. Pero cuando él sirvió, no era más que un lugarteniente, un simple peón, incluso estuvo bajo sus órdenes... ¿Cómo demonios habría sido capaz de ascender hasta tal punto? No lo sabía, pero lo sospechaba.

Vaya si lo sospechaba...

Lo que le contaron, aún sin sorprenderlo, despertó en él una ira difícil de poner en palabras. Las acciones anteriores de Guterich ya habían sido deleznables, pero si hubiese sabido en lo que se convertiría, le habría rebanado la garganta en cuanto hubiese tenido la oportunidad, y su asesinato de unas simples crías de lobo era un crimen tan inenarrable que fue incapaz de no sentir el deseo casi malsano de arrancarle el corazón con sus propias manos, pero pudo mantener el foco lo suficiente para escuchar el resto de la narración de los hermanos, aunque su gesto ahora fuese una máscara que apenas podía contener la rabia y el odio que sentía. Y una parte de él pensó si, para los hermanos, Guterich y él serían lo mismo... Un pensamiento que fue suficiente para producirle una arcada que apenas sí fue capaz de contener, haciéndola pasar como un trozo de carne atragantada.

Para cuando la historia concluyó, Karel tuvo muy claro lo que haría.


- ... Puedo hacerme eco de vuestra desgracia. La Eclesia es probable que haya designado muchos efectivos para asegurar el control de la zona, las tierras del norte albergan pueblos de tradición guerrera que no pueden permitirse dejar sin supervisión. Pero contamos con la ventaja de que todos ellos probablemente odien a Eclesia tanto como vosotros, especialmente si ha llegado a sus oídos algo de lo que me habéis contado ahora. Guterich siempre ha sido un gusano miserable. Lo conocía. Es un cobarde que no sabe hacer nada por sí solo, que ve fantasmas donde sólo sopla el viento... Se moriría de un ataque al corazón si no fuese porque es demasiado deleznable para que la Parca se cobre su pútrida alma. Pero para eso estamos nosotros. Os doy mi palabra de que salvaremos vuestro pueblo, incluso si ello implica enfrentarnos a todas las hordas de Guterich. Sé que os he dicho antes que hay mucha gente buena en Eclesia... Pero desde luego no es la que sirve a una sabandija como Guterich. Nadie que tenga la más mínima noción de lo que REALMENTE significa Eclesia se asociaría con un miserable como él, incluso aunque compartan una parte de sus ideales. Es una sabandija que se cree un dragón, y a nadie le gusta que su nombre se asocie a semejante escoria.


Había sido bastante vehemente, pero fue lo único que dijo durante toda la noche mientras en su cabeza trataba de pensar formas de hacer caer a semejante basura... No debía ser difícil, dadas las condiciones: Alguien como Guterich era un inmenso sumidero de odio, así que el más mínimo movimiento bastaría para que alguien le rajase la garganta, incluso si ellos no movían un dedo. Tan pronto como sus hombres viesen la oportunidad, lo degollarían para intentar ganarse el favor de los mismos a los que habían oprimido, con un resultado más que obvio pero, de nuevo, los hombres que Guterich era capaz de reunir eran como él: Cobardes, y con poco seso. Fáciles de eliminar. Nada de lo que preocuparse.

Entonces llegó una decisión.. Difícil. Karel, de no querer dormir al aire libre, debía escoger entre compartir dormitorio con Altair o su hermana. Escuchó la situación en la que ambos se encontraban, los malos sueños que solían tener... Ignoraba qué clase de experiencias podrían haber hecho que Altair y su hermana no quisiesen dormir juntos, pero lo cierto es que eso dejaba a Karel en una situación ciertamente complicada. Los miró a ambos durante unos instantes y, al final, sólo pudo suspirar.


- ... Si no tenéis problema con ello, Altair, acompañaré a vuestra hermana pues. No fui justo durante nuestros primeros encuentros, y me gustaría disculparme con ella. No os preocupéis. Demostraré ser digno de vuestra confianza.


Y con esas palabras, la decisión estuvo tomada. Karel decidió pasar la noche con la hermana de su compañero, pero nada saldría de aquel encuentro... No se podía negar que Megaera era indudablemente atractiva y una mujer de armas tomar, pero antes que todo eso venía la promesa que había hecho a Altair y a su propio código. Si algo debiese surgir entre ellos, desde luego, no lo haría esa noche, no cuando ellos no sabían nada del hombre con el que viajaban... Pero, mientras observaba dormir a Megaera, Karel tomó la determinación de sincerarse con ellos al día siguiente. Se merecían eso, cuando menos, y él honraría su confianza en ellos.

Cuando la mañana llegó, sorprendió a Karel durmiendo sentado en el suelo, su espada apoyada sobre el hombro. Había cedido a Megaera la cama para que estuviese a sus anchas, como creía que era su deber, pero esta lo había despertado con su "delicadeza" habitual. Nada que no esperase, sin embargo, así que su gesto de fastidio fue casi imperceptible para cuando finalmente se levantó decidiendo continuar con el viaje.

Se ocuparon de los últimos preparativos y partieron.

Karel pasó el resto del viaje intentando encontrar el momento idóneo para confesarles a los hermanos lo que aún le atormentaba pero, quizá por la rapidez del viaje, quizá por sus propias dudas, no llegó a hacerlo cuando se reunieron con un hombre llamándose a sí mismo como "guardabosques". Karel se mantuvo en un silencio sepulcral la inmensa mayoría del viaje y, sólo cuando vio ante ellos las inmensas puertas de Venhell, se dio cuenta de que no había sido lo bastante rápido escogiendo el momento... Dejó escapar un suspiro, pareciendo que en ese momento podrían encontrar algo de solaz y se dirigió a Megaera. Había compartido con ella más tiempo que con su hermano y algo le hacía pensar que quizá ella entendería mejor sus palabras, o quizá simplemente pensase que a ella le debía más... El caso es que se acercó a ella, abrió la boca...

Y ninguna palabra salió de sus labios. Interrumpidos de nuevos por las circunstancias, las armas fueron levantadas, y Karel se dio cuenta de que no podría confesarles nada, no al menos de momento. Lamentando su suerte, sin embargo, Karel se dispuso a prepararse para lo que viniese, fuera un ataque u otra cosa... Tomó un hacha, la misma que antes habría usado para partir leña, y aguardó, a la espera. Su espada, Arondight, permaneció a su espalda, pero de momento no la utilizaría.

Sólo podía rezar porque los hados fuesen favorables y, antes o después, pudiese sincerarse con los hermanos. Se merecían saber la verdad... Era lo menos que merecían.

Así pues, volvieron a seguir camino. Que fuese lo que la Diosa quisiera.
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Re: [AVENTURA INICIAL] "Luces y Sombras" [Ciudad Catedral, 7 de Noviembre - 897 d.g.]

Mensaje por Dorian el Mar Jul 07, 2015 7:45 pm

El inquisidor esbozó una sonrisa. Acto seguido empezó a revelar una retahíla de detalles que Dorian creía privados. Konstance también confesó la existencia de una especie de patrocinador, esta persona además de ser el artífice del ataque contra los vampiros era conocedor del pasado de Dorian. La conversación no duro mucho más, pues tras terminar su monólogo, el inquisidor Juan Konstance abandonó el local sin dar tiempo a Dorian de contestar. Esa noche partían.

Dorian salió de la taberna, no paraba de darle vueltas a la charla con el inquisidor. Había dos asuntos que le rondaban la cabeza, el primero era el propio Juan Konstance, ¿sería este de fiar?. Sea como fuese, en el fondo le caía bien, pero le preocupaba el hecho de que hubiese deseado ser un chupasangres en el pasado. El segundo asunto que le preocupaba era el misterioso patrocinador, Dorian debía llegar a él a cualquier precio, si Konstance estaba en lo cierto, este "patrocinador" disponía de una amplia información acerca de los seres de la noche, y quizás lo más importante, información de primera mano sobre él mismo.

Mientras se dirigía a Media Ciudad a una reunión con sus superiores, Dorian fijó su plan de acción. Iría a Vanhell y acabaría con lo que hubiese que acabar, haría que Konstance le revelase la identidad del misterioso "patrocinador", y obligaría a confesar a este último acerca de los vampiros, sus intenciones y sobre el hecho de que conociese su pasado.

Dorian volvía a sentirse confiado, tenía un plan, y sobretodo, la sensación de recuperar el control. Una vez esto terminase, valoraría que hacer con la información obtenida, la fiabilidad de sus aliados, y si estos merecen seguir con vida.

Al llegar a la reunión, en lugar del guardián Koperij, un hombre que se hacía llamar Cousland ocupaba su lugar, era diácono y parecía no entablar muy buena relación con Konstance. Su ambición era llegar al obispado, y ofrecía ayuda a Dorian a cambio de dos condiciones, la muerte del Inquisidor John Konstance y el revelar toda la información sobre su lucha.

Dorian no se fiaba de ese tipo, Koperij podía ser el tal patrocinador del que hablaba Konstance,  a lo mejor estaba probándole, o quizás solo era un siervo más de los seres de la noche y esperaba eliminar dos pájaros de un tiro, pero lo más probable, pensó Dorian, es que fuese otro maldito eclesiástico con intereses variados. Dorian tenía que ser diplomático, no debía garantizar la muerte de Konstance, pero tampoco negarla, pero sobre todo no podía darle información. Debía mantener la amistad, o por lo menos el acercamiento al diácono, quién sabe, puede que Konstance muriese igualmente en la travesía, y pudiera beneficiarse del trato de Cousland, además, puede que negar totalmente el trato con el diácono diera al traste con el plan.

-La verdad es que es una oferta muy generosa, diácono Cousland -dijo Dorian con educación- pero en una lucha tan devastadora como la mía no sobrevive uno fiándose de buenas a primeras, ni de nobles intenciones, es más, es usted una persona inteligente, diácono, estoy seguro de que si me fiará de usted a las primeras de cambio, yo perdería gran parte de su favor.

-Me cae usted bien -mintió Dorian- pero necesito tiempo. Voy a hacer lo siguiente, pensaré seriamente en el asunto Konstance, ocasiones en el viaje no faltarán desde luego, y a la vuelta de mi travesía volveré a verlo, confíe en mí, diácono, que dios sea con usted.

Dorian salió de la cafetería, rebosaba de seguridad, había muchas cosas que hacer. Pasó toda la tarde investigando sobre John Konstance y sobre el diácono Cousland, la balanza de información estaba en su contra, y eso no podía ser. También intentó comprar un par de rastreadores GPS, quién sabe cuando los podría necesitar. Las últimas horas de sol, las pasó en los suburbios, buscando información.

La noche era oscura, Konstance se encontraba apoyado en una farola discutiendo con un joven, este resultó ser el inquisidor Francis Kostelo, hijo del futuro obispo. Alguien había estado moviendo los hilos y el joven inquisidor los acompañaría en el viaje. Dorian y Konstance mantuvieron una conversación en un lugar apartado, a este último no le agradaba la presencia de Francis en la misión.

-El chico no parece un peligro, es más, parece un poco pasmado, pero sí, es verdad que puede suponer un problema en según que ocasiones -susurró Dorian- no obstante su muerte puede acarrear un problema tanto para nosotros como para el plan. No tenemos porqué llevarlo con nosotros, Konstance, no sé si ves por donde ando… Vamos a hacer lo siguiente, ahora vas a cabrearte conmigo, vas a enfadarte y a gritarme porque yo si quiero que él nos acompañe en la misión, y te vas a largar a la taberna que se encuentra en la esquina. Después, Francis y yo te seguiremos, yo propondré una copa para limar asperezas, una copa por el éxito de la misión, yo pediré esas copas e incluiré unos cuantos de mis calmantes en el vaso del joven inquisidor, nadie nos culpará de que el joven Francis se pillase una buena cogorza y no llegase a tiempo a la misión. Así que bueno, ¿a qué esperas para enfadarte?

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Y yo me paré sobre la arena del mar, y vi una bestia emerger del mar, que tenía siete cabezas y diez cuernos; y sobre sus cuernos diez diademas; y sobre las cabezas de ella nombre de blasfemia. Y adorarón al dragón que había dado la potestad a la bestia, y adorarón a la bestia, diciendo: "¿Quién es semejante a la bestia, y quién podrá lidiar con ella?
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Re: [AVENTURA INICIAL] "Luces y Sombras" [Ciudad Catedral, 7 de Noviembre - 897 d.g.]

Mensaje por Maximilian Stenkerk el Mar Jul 07, 2015 11:32 pm



Abandonamos el palacio en busca del hogar de aquel demonio al que la monja Buckely llamaba su amigo. El camino por la ciudad fue tedioso y agotador. No solo por el sofocante calor volcán, sino también porque era un absurdo realizar la travesía a pie. Primero porque mis condiciones físicas no me permitían caminar largas distancias. Segundo, porque solo éramos tres personas, y solo una de ellas con capacidad para defendernos. Si habíamos sido tratados de una forma tan ominosa por su majestad el Rey Oberón, era mejor no pensar en qué trato recibiríamos por las calles de la ciudad.  

¡Y tercero, porque en mitad de la noche íbamos a circular por uno de los sectores más deprimidos e inseguros de la ciudad! ¡Pero si se suponía que íbamos a ir a casa de un noble, a una de las paredes del volcán! ¡Había infinidad de caminos a recorrer más seguros y sensatos que aquél! ¡Era como ir desde la Torre del Exarca a mi palacete en Altaciudad circulando por la subciudad de Ciudad Catedral! – No deberíamos caminar por estos lares. Ni parece seguro ni me encuentro con las suficientes fuerzas para hacer todo el trayecto a pie. Deberíamos buscar alguna clase de transporte.  –  Protesté sin demasiado éxito.

Continuamos caminando por esas calles de acero, humo y decadencia durante horas, o al menos eso me apareció. La pierna cada vez me dolía más y más. Tenía que pararme a cada rato y masajearme la conexión de  la carne con la prótesis. Cada paso era un suplicio, los calambres me sacudían la pierna y el mareo me inundaba la cabeza. – Es más evidente que no son nobles… – Comenté molesto ante el comentario de la monja señalando lo obvio. – Como ya señalé, como ya señalé, no deberíamos vagar solos por estas zonas de la ciudad tan deprimidas.  Estimada hermana, ¿dónde queda localizada la vivienda de ese noble amigo vuestro? – Pregunté con cierto rintintín de enfado.

Un estruendoso rugido hizo temblar todo el volcán. La monja Buckley comentó que eran movimientos sísmicos, y que en la cultura demoníaca eso implicaba el fin de la jornada laboral. Una cultura primitiva, huelga decir. ¿Qué sentido tenía ajustar sus jornadas de trabajo, sus costumbres y sus rutinas a la arbitrariedad de los movimientos tectónicos? Según avanzábamos la afluencia de gente era cada vez mayor. Sus miradas se clavaban en nosotros. Susurraban entre ellos, confabulando en las sobras. Su odio y miedo eran palpables. Y cuando el odio y el miedo se juntan, las consecuencias pueden ser impredecibles. Finalmente fuimos rodeados por una masa de enfurecidos y agresivos demonios con las armas en mano y soltando desafiantes improperios contra nosotros. Bestias salvajes e incultas, eso eran.

De repente, empezaron a llover proyectiles de todas partes. ¡Las bestias nos querían matar! La mayor parte impactaron en el guarda teutógeno, pero uno de ellos me alcanzó en la cabeza. De repente sentí un horrible escozor en el cuero cabelludo. ¡El proyectil estaba en llamas! ¡Esos salvajes me habían lanzado un proyectil en llamas! ¡Estaban demenciados! ¡Todos en esta hedionda y repugnante ciudad estaban parasitados por la semilla del mal! ¡Todo su clan estaba maldito! ¡Corrompido! Rápidamente la monja Buckley me ayudó a apagar las llamas, pero el pelo se vio dañado, y por el intensísimo dolor era evidente que mi piel había sufrido. Me daba miedo tocar la zona afectada para no correr el riesgo de empeorarla.  Y eso sin contar el apestoso olor a cabellos quemado. Repugnante y nauseabundo.

Cuando me volví a fijar en la escena, las bestias ya nos habían rodeado y varios de ellos se abalanzaban contra el guarda teutógeno, que lograba abatir a dos de ellos con una extrema, pero bien merecida brutalidad. A uno de ellos le llegó a seccionar el apéndice trasero y calló presumiblemente muerto. Un deshecho social menos, pensé inundado con un dulce pero insuficiente sabor de venganza, para luego recapacitar y ver el error que suponía enfurecer todavía más a esos perturbados subnormales. Si ya de por sí estaban lo suficientemente encolerizados, hacerles tragar el amargo sabor de la justicia en ese mismo momento podría ser una circunstancia de consecuencias catastróficas para nuestra integridad física.

De entre la masa emergió un demonio de rostro sucio y demacrado. Una patética y repulsiva criatura que portaba entre sus manos una extraña herramienta al rojo vivo. Un marcador. Mi rostro se heló al entender que suponía aquello. ¡Esos salvajes iban a marcarnos en fuego como vulgar ganado! ¡Malnacidos bastardos hijos de la Sombra sedientos de sangre! ¡Todo aquello era una locura! ¡Una maldita locura! ¡Se atrevían a atacar y matar con total impunidad a unos emisarios de la Eclesia mientras hablaban de Paz! ¡¿Es que los de su estirpe carecen de capacidad da razonamiento?! ¡¿No se daban cuenta de que con sus actos no provocarían sino una guerra?! ¡¿O acaso creían que el asesinato de un emisario directo del Exarca quedaría impune?! ¡La Eclesia arrasaría la ciudad! ¡¿Y aun así se dejaban llevar por sus instintos más salvajes?! ¡¿Dónde quedaba el tan preconizado honor y sentido de la familia de los demonios?! ¡Estaban condenando a su especie a la extinción!

Encima la histérica de la monja Buckley no paraba de lloriquear y golpearme como una cría mientras me exigía que actuase. ¡Así era imposible pensar!  Con gusto la hubiese abofeteado en ese momento con tal de que se callase si no supiera que eso podría haber agravado la situación ante esos salvajes. Debía mantener una postura conciliadora y serena. Cualquier arrebato de ira todavía les haría hervir la sangre más a esos canallas endemoniados. ¿Cómo amansar a esas bestias? Esa era la pregunta que Solo Dios podía responder.

Mientras tanto, Truefort intentó zafarse de sus agresores, pero rápidamente volvió a ser sometido por los demonios. Luego gritó que corriésemos. ¡Que corriésemos por nuestras vidas dijo! ¡¿A dónde, idiota?! ¡¿A dónde?! ¡Si estábamos rodeados de esas bestias! ¡Y en mis condiciones, ¿cómo iba a poder correr o escapar?! No, la única opción era lograr calmar a los enfurecidos salvajes como el flautista calmaba a la mantícora de Munchland en el famoso cuento infantil.

Me zafé de la monja Buckley, que se había agarrado con saña a mi espalda y di un paso al frente mientras carraspeaba mi garganta. – ¡Hijos e hijas de Infernalia! ¡Nobles gentes de la Tierra del Fuego y el Acero! –  El miedo me acorralaba. Pero no podía permitir que esas bestias ignorantes lo oliesen. Di otro paso el frente. – Ruego que todos mantengamos la calma y la serenidad, estimados amigos y amigas. –  Proseguí en tono amable y conciliador. Casi amistoso. Lo cierto es que desde que había comenzado este viaje descubrí lo escandalosamente fácil que resultaba tragarse el orgullo cuando uno se encontraba ante la muerte. – ¡Quiero hacerles saber una cosa! ¡Nunca ha sido nuestra intención faltar el respeto o insultar a las sagradas tradiciones de Infernalia! ¡Respetamos enormemente a su Majestad Oberón Arzulberrazan, Rey de la Ígnea Ciudad de Infernalia y Señor Supremo de los Ocho Gremios! ¡De hecho llegamos ahora desde el Palacio Real donde nos hemos reunido con su Majestad! ¡Y sí, reconozco, estimados trabajadores, que puede que las relaciones diplomáticas no hayan ido de la manera más satisfactoria, pero si el Rey Oberón nos hubiese expulsado de Infernalia, ¿acaso no estaríamos ya fuera de sus muros escoltados por la Honorable Guardia Real?! Tanto su Majestad como nosotros estamos convencidos de que las relaciones se pueden retomar, y no cejaremos en nuestro en reconducir las relaciones entre el Reino de Infernalia y la Santa Eclesia.

Alcé la voz todavía un poco más, pero en todo momento mantuve mi tono conciliador. – ¡En cuanto a lo ocurrido aquí, ha sido una verdadera desgracia! ¡Una desgracia que nadie de los aquí presentes deseábamos, ni nosotros, ni ustedes!  – Continué con rostro compungido.  – ¡Las heridas de estos honorables trabajadores son una tragedia, una tragedia que estoy convencido que se podría haber evitado! A veces el miedo nos hace actuar de manera errónea, y esto tiene consecuencias. Hoy hemos sido testigos de ello. – Luego me dirigí al demonio que iba a marcar al guardia Truefort. – Le ruego por favor que detenga esta locura antes de que ocurra una desgracia aún mayor. Vos sois honorable trabajador, como lo son todos ustedes, lo sé. Curtidos en los fuegos de esta insigne ciudad. Y como lo sé, estoy convencido de que para ustedes no hay mayor fuerza que glorifique el ideal de Infernalia que la gloria del trabajo y la devoción por la familia.

Sonreí amablemente al demonio. – Vos mismo me habéis demostrado esto al hablar con tanto respeto de su Majestad el Rey Oberón.  Por esto mismo, lo que está ocurriendo aquí sé que es un error. Un error que ni ustedes desean, pues esto no es sino un linchamiento. Un linchamiento que va contra las más sagradas normas de Infernalia. – Hice una pausa mientras cerraba los ojos pensativo. – ¡Les ruego que recapaciten! ¡Piensen en su familia! ¡En sus hijos! ¡¿Quieren legarles un mundo donde es legítimo linchar sin causa y sin juicio a unos desconocidos?! ¡¿Quieren que sus hijos vean un mundo donde la violencia descontrolada, guiada por la venganza, es la respuesta a los problemas?! ¡¿Qué pensarían sus hijos sobre todo esto?!  – Empecé a girar lentamente sobre mí mismo mirando a los presentes. – No. Yo sé que eso no es lo que quieren. Sé que lo que quieren es un mundo donde las leyes y las tradiciones de Infernalia se respeten y se hagan cumplir, pues eso es lo único que garantizaría el orden y la seguridad e vuestras familias. ¡Y por eso mismo les digo, que pensamos colaborar con las autoridades de la ciudad para aclarar este incidente y respetar la memoria de los caídos! ¡Les ruego que permitan al honorable e ilustre líder de su gremio participar en esta disputa provocada por una lamentable confusión, y que sea él, en virtud de las más sagradas leyes de Infernalia quién reparta justicia! – Hice viajar la mirada entre todos presentes, mientras intentaba prestar atención a lo que murmuraban entre ellos. Lo cierto es que acabé muy satisfecho con la verborrea que había emitido. Casi hasta me lo creía yo.

Luego retomé la palabra. – Es cierto que parece haber complicaciones entre el Reino de Infernalia y la Santa Eclesia. Y como emisarios de la Santa Eclesia nuestro deseo es poder superar esas fricciones que nos separan, y que desconocemos cuales son. ¡Nosotros más que nadie queremos la Paz, estimados hijos de Infernalia! ¡¿Acaso eso no es obvio?! ¡Si la Eclesia buscase la guerra con el Ilustre Reino de Infernalia, ¿no habría enviado a las legiones de la Orden del Martillo Áureo a tomar la ciudad?! ¡No, la Eclesia quiere la Paz, al igual que ustedes! ¡Al igual que todo la ciudad de Infernalia!

Hice una pausa para respirar y dirigí mi mirada al demonio con el marcador incandescente. – Estimado trabajador. Aunque no me creáis, deseo comprender las penalidades por las que habéis pasado.  – Dije refiriéndome al discursito que había soltado sobre que eran ignorados y olvidados y demás pedanterías. – Es cierto que la Eclesia no ha llevado toda la labor de caridad y servicio que habría podido llevar, pero debéis de entender que nuestra Sagrada Institución no podía faltar a la palabra dada. En el Concordato de Infernalia, tras una guerra atroz, que ante todo no podemos permitir que se vuelva a repetir, la Eclesia se comprometió a respetar la soberanía de Infernalia y de su pueblo, no injiriendo en los asuntos internos de la ciudad. Puede que este hecho haya hecho que la distancia entre la Eclesia y el pueblo de Infernalia generase incomprensión entre los unos y los otros, y puede que la Eclesia no haya sabido escuchar. Pero nosotros como emisarios sí lo queremos, porque los problemas de Infernalia son los problemas de la Eclesia.

De nuevo me dirigí a las masas en general. – Deben saber que un enorme mal se cierne sobre el mundo entero. Sobre Infernalia también. Un mal que amenaza con consumirnos a todos y devolvernos a las sombras del pasado. Unas sobras que como pueblo conocen muy bien, pues ya fueron presas de él en el pasado. – Di otro paso y alcé la voz. – ¡Pero a la vez, gracias a su fortaleza y valentía, así como a la intercesión y misericordia de los Ángeles y Dios pudieron hacerles frentes y desterrarlas al abismo del que procedían! ¡Toda Terra pudo hacerlo! ¡Ahora como pueblo, os pido de nuevo ayuda! ¡Pido que el honor y la valentía de Infernalia vuelvan a hacer frente al Mal, pues si estamos divididos y enfrentados, entonces el Caos habrá vencido! ¡Y sé que su Majestad, el Rey Oberón, comparte esta visión, pues él mismo lo reconoció! ¡Y aunque puede que las negociaciones en Palacio no hayan concluido tan bien como hubiese sido deseable, pero estamos aquí para buscar la Paz, y todo el sufrimiento y desdicha que podamos pasar es insignificante frente a la dicha de la reconciliación entre el pueblo de Infernalia y la Santa Eclesia! – Lo cierto es que si su Eminencia el Cardenal Willebrands oyese estas palabras, no dudo que me desterraría. Y a mí tampoco me agradaba humillarme así ante estos seres, pero es mejor una humillación que puede ser vengada, que una muerte segura. Y estoy convencido de que su Eminencia lo comprendería.

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Re: [AVENTURA INICIAL] "Luces y Sombras" [Ciudad Catedral, 7 de Noviembre - 897 d.g.]

Mensaje por Dezba Wakanda el Vie Jul 10, 2015 11:59 pm

KAREL STARK


Con el hacha desenfundada y su espada sagrada a la espalda, el paladín de la Diosa Justicia avanzó, siguiendo los pasos de sus compañeros; los hermanos Cloudfield. Ambos tenían la misma mirada de ira, y ambos oteaban el paisaje en busca de enemigos.

Pero aquella era una tarea complicada, pues la ventisca impedía ver a más de cinco metros de distancia. No obstante, en su camino no hubo interferencias, cosa extraña por otra parte. Pero a los hermanos Cloudfield poco les importaba. Avanzando lento a razón de la capa de nieve que cada vez aumentaba más en el suelo, después de unos cuantos minutos en los que las piernas de los tres sufrieron, la comitiva alcanzó un lugar no cubierto por la nieve.

-Los edificios en el norte se construyen así. Se suele dejar unos cuantos metros de separación entre el suelo propiamente dicho y la puerta. Este trecho se suele salvar con unos escalones. Así pues, en el caso de que pase lo que está pasando, las puertas y ventanas no tienen por qué quedar bloqueadas y siempre hay tiempo de quitar la nieve en caso de que las inclemencias duren mucho.

Después del discurso que siempre didacta Altair le ofreció a Karel, el y su hermana entraron en aquel edificio rustico hecho con madera de bosque, a juzgar por las vetas de las paredes. En uno de sus letreros, también de madera, podía leerse la siguiente inscripción: “El Yeti Vivaracho”.

Una vez entraron descubrieron una escena de lo más desalentadora. El suelo de madera estaba agrietado y teñido de manchas de sangre resecas. En las paredes había estas mismas manchas, solo que un rastreador podría utilizar dichas marcas para averiguar lo que había sucedido. De todas formas no hacía falta ser un erudito, pues era evidente que en aquel lugar había tenido lugar un enfrentamiento. Como colofón, varios mechones de pelo níveos estaban esparcidos de forma desordenada por el suelo.

Los hermanos Cloudfield se llevaron las manos a la cabeza. Megaera dio un puñetazo en la mesa de la taberna, haciendo que los restos de comida que había allí cayeran al suelo y contribuyeran a empeorar su ya de por si malogrado aspecto.

-¡Mierda! Hemos llegado tarde, Altair, tarde.

Su hermano estaba dispuesto a consolarla, pero a mitad de camino se detuvo. Les mandó a ambos que se mantuvieran en silencio y comenzó a mover su cabeza, buscando Dios sabe que.

-Creo que he oído un ruido. Viene de la despensa.

-Será algún animal.-dijo Megaera.

-En tal caso, mejor. La comida no abunda.


Los aldeanos norteños tenían costumbre de encerrar a sus cabezas de ganado en lugares donde las inclemencias temporales no acabasen con ellas o contribuyeran a la pérdida del sustento de, en ocasiones, pueblos enteros. La despensa de las tabernas, construida de tal forma que aprovechaba el calor y aislaba del frío, era uno de esos espaciosos lugares donde se confinaba al ganado.

Estos eran amarrados mediantes férreas cadenas a unos soportes de las despensas indicados para tal fin, con el objetivo de que no se hirieran entre ellos o llegaran a descontrolarse.

Cuando llegaron a la puerta de la despensa descubrieron que una cerradura interrumpía su paso. Megaera quitó a Altair de su camino, con un llavero en su mano. Frente a la mirada molesta de su hermano, la norteña dirigió las siguientes palabras:

-Oh, vamos, el viejo yeti no va a necesitarlo… Además, puede que siga vivo. ¿Su cuerpo no está aquí, no?

-Supongo que tienes razón. Adelante, abre
.


La escena que se encontraron fue desoladora. Una mujer pelirroja cuasi desnuda reposaba en el suelo, llorando sobre el cadáver pálido de un hombre de dimensiones considerables. Su cuerpo presentaba varias heridas de mordiscos y arañazos, y estaba cubierto de sangre, a juzgar por la cantidad la suya propia. El rostro de aquel hombre era un amasijo de carne. Estaba encadenado a un soporte en el suelo. El férreo hierro de la cadena oprimía su tobillo muerto. Sobre su espalda podían distinguirse varias zonas cubiertas de pelo blanco manchado de sangre intercaladas con otras en las que había calvas y trasquilones recientes.

Altair cayó de rodillas, mientras que Megaera tuvo que apoyarse en la pared para vomitar.

-Está… está muerto. El viejo Yeti ha muerto.-dijo Altair.

Después de volcar el contenido de su estómago sobre la tarima, Megaera agarró a la chica del cuello y comenzó a increparla:

-¿Qué ha pasado? ¿Dónde están los demás?¡Respóndeme, Karia!-
la susodicha Karia sacudió la cabeza con miedo, y ante esta reacción Megaera comenzó a zarandearla.

Mientras tanto, Altair inspeccionaba el cuerpo:

-Algo no cuadra… Estas heridas... Estas heridas no son normales.

Finalmente, la pelirroja norteña acabó fijando sus ojos en Karel, y pidiéndole ayuda, al borde de las lágrimas:




DORIAN


-Hijo de mil putas, heredero de un linaje de prostitutas sifilicicas, perro sarnoso, fracasado sin futuro. ¿Quieres pasar una luna de miel con el señorito cremas? ¿Eso es lo que quieres? ¡De acuerdo, por mi podeis iros ambos a la mierda, pedazo de maricones!-tal fue la actuación de Konstance que el inquisidor incluso le lanzó a Dorian uno de sus paquetes de tabaco a la cara. A paso rápido, caminó al lado del inquisidor, en dirección a la taberna más cercana. Antes de sobrepasar a Dorian, le susurró lo siguiente al oído:

-Coge el tabaco, chico, por lo que más quieras.-su tono expresaba angustia desmedida.

Francis Koselo observó la escena, pasmado, y no fue capaz de mirar a Juan a la cara cuando este pasó por su diestra para dirigirse al bar.

-Tenemos que hacer que entre razón… Sígame, señor… señor Wall.-dijo esto con una convicción y voluntad un tanto rara en personas de su carácter. De todos modos, con o sin Dorian, Francis se dirigió a la taberna y se introdujo por la puerta de vaivén del local. Una vez entró él también, Dorian pudo ver a un falsamente depresivo Konstance fingir ahogar las penas en la vivida.

En realidad, aquello de actuación poco tenía, pues el inquisidor, aprovechándose de la situación, no dejaba de beber de su gran vaso de un cuarto de litro. Al ver como Francis se acercaba a él, Juan se levantó y lo abrazó. Estaba a punto de llorar, y Koselo se quedó inmóvil, dejándose hacer.

-He sido muy injusto contigo, muchacho… Espero que sepas perdonarme. Lo siento, lo siento tanto… Ains…

El joven dio unas palmadas en la espalda de su interlocutor y se separó de él.

-Le… le perdono, jefe. ¿Eso quiere decir que me permitirá ir con ustedes?

Juan Konstance le respondió al joven escribano después de secarse de las lágrimas de cocodrilo con el dorso de su manga. Después, pidió otras tres copas, dos de ellas presumiblemente para sus acompañantes.

-Bueno, chicos… Es hora de hacer borrón y cuenta nueva. Me he portado como un estúpido, es cierto. Pero os prometo que no volverá a pasar.

-Oh, no se disculpe señor. Comprendo que mi repentina llegada haya causado… resquemor en su persona. Pero estoy dispuesto a acatar sus órdenes. ¡Tumbemos al opresor, acabemos con el corrupto!


Ante aquel peculiar alegato, las risas de Konstance fueron cuantiosas.

-¿Y tú te haces llamar Koselo?

Francis removió el interior de su copa con el dedo índice, haciendo círculos en su bebida.

-No estoy muy de acuerdo con la… actitud de mi señor padre.-un silencio incómodo se cernió sobre el local, a pesar de que no eran sus únicos clientes y un par más de parroquianos parloteaban a ambos lados de la barra, así como ocupaban varias mesas.

-Oh, eres como los regalos que tu padre solía dejarme, muchacho. Un saco lleno de sorpresas, la mayoría de ellas desagradables. Vamos, bebe.


-No es por incomodarle, señor… Pero… ¿esto lleva alcohol? Quiero decir, ¿es cerveza?

Esta vez incluso el propio tabernero estalló en risas. Francis miró en dirección a Dorian, quizá buscando su apoyo en aquel asunto. Juan se apresuró a contestarle, intentando no ser demasiado brusco.

-No, querido… Es cebada germinada aromatizada con lúpulo. ¡Pues claro que lleva alcohol! ¿Nunca lo has probado?

Las mejillas de aquel joven, acorralado por parroquianos risueños y asombrados por la pregunta de Konstance, se sonrojaron.

-Una vez probé el vino.

De nuevo, carcajadas. La de Konstance sobresalía sobre las demás.

-Tabernero, denos la jarra entera. Es hora de hacer a este muchacho un hombre.

Primero fue un vaso, luego fueron dos… y para cuando ya iba por el cuarto la lengua de Francis, cuando lograba articular una frase seguida, comenzó a soltarse con Konstance, alabando sus virtudes.

- ¿Sabes, compañerooo? Hip. Yo siempre quise ser como tú. Eres mi héeeroe. Hip. Denunciando las injusticias, persiguiendo al corruuupto… Y aquí estás, vivito y coleando. Entre tú y yo, mi padre me había enviado para espiarte. Y pensaba que iba a hacerle caso. Jejejeeeje Bueno… en realidad quería enviar un mercenario entrenado, pero yo acabé convenciéndole de que no lo hiciera. Hip. No me malinterpretes, hip. Mi padre es un hombre muy respetado, alguien ilustrado, con peso en la sociedad. Pero esclaviza gente, y eso lo odio. Hip. He leído sus investigaciones y sus denuncias contra mi padre, y sin duda es usted el tipo idóneo. Hip. Quiero que, después de esta misión, ayude a mi padre a entrar en razón. ¿Qué le… hip… parece?

-Oh, sin duda una oferta considerable. Escucha, quiero enseñarte algo.
-diciendo esto, Juan le hizo una señal a Dorian con la mirada. Era el momento. Los ojos de Francis se posaron en un desperfecto de la pared, donde un gran agujero se destacaba.-Contra esa pared interrogué a uno de los esclavistas de tu papi. El cabrón acabó hablando a los tres golpes. Desde entonces Koselo ha contratado cada vez mejores mercenarios, así que actuar de esa forma ya no es una opción viable.

Era el momento de actuar.

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MAXIMILIAN STENKERK
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Aguzando su oído, Maximilian pudo distinguir varios susurros entre los demonios cercanos. Solo capto la superficie, no el contenido en su plenitud, pero con aquellos individuos aquello era más que suficiente. A grandes rasgos, los demonios se quejaban de la desfachatez de los humanos y de la desobediencia al rey. Y rezaban porque la guardia real pusiera fin a “aquella situación”. El obispo poco más averiguó de aquella misteriosa situación ni de su contexto, pero sin duda aquello engrosaba la lista de cuestiones.

El demonio de la varilla escuchó las palabras de Maximilian, al principio sin demasiada convicción pero conforme el discurso avanzaba comenzó a poner más atención en el obispo, hasta el punto de tener que sacudir la cabeza varias veces, señal de que el alegato del señor Stenkerk había calado en él lo suficiente:

-¿No lo entiende, señor obispo? Traspasando nuestras fronteras lo único que consigue es que el mal se haga más grande. Comprendo… sus palabras. Y no querría dañar a un emisario de la Eclesia. Jejeje. Estas cosas se dicen antes, hombre. Pensabamos que eran ustedes viles herejes que se habían saltado las órdenes de nuestro rey.

Todos los demonios de alrededor rieron de forma nerviosa.

-No se hable más, vayamos a ver a la señora Paentio. Me temo que no puedo dejaros caminar libremente, eminencias. No sabemos si sois impostores.

El rostro de Grace Buckley se iluminó cuando mencionaron el nombre de Paentio, a pesar de que sus acompañantes no sabían a ciencia cierta a que se debía. Alric Truefort fue literalmente arrastrado por dos enormes demonios, dejando su casco y escudo atrás, mientras que a Grace y Maximilian les trataron con más cortesía, siendo solo “escoltados” por un demonios de tamaño medio cada uno situado a una distancia prudencial detrás de ellos.

Encabezando la comitiva iba el demonio de la varilla, que todavía no se había deshecho de esta, quien sabe por qué.

Al cabo de unos minutos llegaron a lo que parecían ser las paredes abovedadas que rodeaban la ciudad.  A través de los orificios de las mismas, en forma de ventana, se podía ver a la gente de su interior. Por supuesto, pertenecientes a la casta noble.

A ras de suelo había varios orificios para introducirse, a modo de puertas, y vigilados por demonios de dos cuernos. Estos, tras hablar en privado con el demonio de la varilla, dejaron pasar a la comitiva. Alric no pudo reprimir un gruñido al ser arrastrado hacia arriba por una escalinata de piedra.

Si Maxi se detenía a contar los pisos en los que se dividía el ascenso, pasaría de largo los cincuenta y el cansancio haría que perdiera la cuenta en el número sesenta y nueve. A medida que iban subiendo, los distintos pisos iban ganando en calidad de diseño, detalles, ornamentación, ostentación y gracia, así como sus habitantes, quienes les observaban, curiosos.

Finalmente, el demonio, tan fresco y vital como antes, se detuvo en el piso ciento trece. Grace Buckley estuvo a punto de desmayarse cuando vio que un montacargas reposaba en el centésimo treceavo piso. Y Maximilian no estaba mucho mejor. Ambas de sus piernas, o una y lo que quedaba de la otra, temblaban y las plantas de sus pies hacía mucho tiempo que se habían convertido en un albergue de ampollas.

-Hijos… de puta.-mascuyó Alric, sin duda el más agotado de los tres, pues los incansables demonios que lo cargaban habían estado arrastrando sus rodillas contra los escalones durante todo el trayecto. De hecho, esa parte de la armadura había sido claramente desgastada en comparación con las demás.

-Lo lamento, queridos, pero quería ponerles a prueba. Si es cierto que son la palabra de Dios, no desfallecerán ante estas escaleras. Mucho me temo que los resultados no son los mejores, para ser emisarios de Dios sois muy poco resistentes, pero soy un simple trabajador. Yo no soy quien para juzgar.

Finalmente, acabaron frente a unas cortinas de exquisito diseño, con el sello de las familias nobles de Infernalia (una capa y una llama) en ellas. Del interior de aquellas cortinas salía humo, y podía discernirse una sombra. El demonio de la varilla se aclaró la garganta y procedió a hablar:

-Señora, tenemos… asuntos que tratar. Si la señora así lo dispone, claro.


Una voz femenina, firme y autoritaria pero no por ello sin dejar de ser melosa y comprensiva, contestó al demonio:

-Gryfin… ¿Qué has hecho ahora?

-No soy yo, señora… son... son humanos.


La mujer carraspeó.

-¿Humanos? No seas estúpido, no voy a creerme esa trola.

Si Maxi miraba a Grace, podría ver como sus ojos estaban más abiertos de lo normal y en su boca habría cabido un regimiento entero de paganos.

-No puede ser…  Celf Paetnio, ¿eres tú?
-justo entonces, una figura emergió de entre las cortinas. Era una sucubo de seis cuernos, bien ataviada y con pose altiva. Dicha súcubo se acercó a Grace y empezó a manosear su rostro, deteniéndose en las arrugas e imperfecciones.


(Rostro, pose, vestimenta)


(Estilo cornamenta, bisuteria)
-Grace Buckley. Los años no pasan en balde, vieja amiga. A veces me olvido de que vosotros vivis menos. Pero sigues siendo bonita, a tu manera.-ante ese comentario, la monja se sonrojó.

-Mi… mi señora, estos intrusos dicen ser individuos de la Eclesia. Hemos estado a punto de castigarlos por violar la ley, pero hemos encontrado necesario hablar con usted.-Gryfin hizo una reverencia.

-Ha sido una buena decisión. De lo contrario, habría tenido que ejecutarte.-Gryfin tragó saliva, mientas la sucúbo observaba detenidamente a Maximilian.-¿Me engañan los ojos o eres… un Stenkerk?-de nuevo, Celf se dirigió a Gryfin y a los demás demonios.-Dejadnos a solas, no quiero tener que acabar ejecutándoos a todos. Que no vuelva a pasar, ¿de acuerdo?

La señora Paentio les condujo a una especie de salón. En este salón los muebles eran “normales”, es decir, no estaban hechos con piedra como la mayoría del inmobiliario del Palacio Real. La súcubo les invitó a tomar asiento en los diferentes sillones mientras ella se sentaba en una silla. Una pequeña mesita les separaba.

-Considero los muebles de Ciudad Catedral mucho más cómodos que los de Infernalia. Supongo que el señor Stenkerk, si es que es quien parece ser, me dará la razón. Bueno, dejémonos de tonterías. Os ruego que perdonéis a mi siervo. Ya sabéis, la situación en Infernalia es compleja, y estos peones no entienden de política, afortunadamente para nosotros. ¿Cuál es el motivo de vuestra visita a Infernalia? Y aun más importante, ¿Cuál es el motivo de visitarme a mi?

FDI:
Maxi, tienes que interpretar un cansancio considerable. Y Karel, que no se te olvide que estáis en medio de inclemencias temporales.

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Re: [AVENTURA INICIAL] "Luces y Sombras" [Ciudad Catedral, 7 de Noviembre - 897 d.g.]

Mensaje por Maximilian Stenkerk el Vie Jul 17, 2015 11:59 pm



Mi “canto” pareció amansar a las bestias. Los demonios, y aquél que parecía ser su líder parecieron abandonar su frenesí de locura homicida y escucharon mis palabras entrando en razón. De nuevo nos confundieron con paganos, como ya hizo el rey Oberón en la sala del trono. Sin embargo, ¿qué razón habría para confundir a todo ser humano con viles paganos? ¿Acaso no quedaba patente que éramos emisarios de la Santa Eclesia? Al menos esta turba fue inundada por la duda y accedieron a que fuésemos recibidos por una tal Paentio. Debía de ser la líder del gremio, o al menos eso esperaba yo. Esperaba que una de las líderes gremiales se mantuviese más serena y razonable que la salvaje muchedumbre.

Así emprendimos la marcha por la basta industria de Infernalia escoltados por los demonios, aunque más bien pudiera decirse que éramos sus rehenes. La  forma denigrante en la que arrastraban por el sucio suelo al guardia Trueford era prueba patente de aquello. Aunque debería de estar agradecido por haberle salvado el rostro y nuestras vidas. Ya estábamos en paz. No sé cuánto rato estuvimos caminando, pero cada vez estaba más cansado y con mayores dolores en la pierna. Cada vez cojeaba con mayor fuerza y los calambres se intensificaban. Casi hubiese preferido haber sido llevado como el triste teutógeno…. Si mi orgullo herido no fuese a quedar totalmente mancillado por aquello.

Finalmente llegamos a una de las paredes del volcán. Frente a nosotros se alzaba una imponente escalera piedra ennegrecido que ascendía hasta los mismísimos cielos. Mi rostro no pudo evitar mostrar mi perplejidad y enfado por aquello. ¿Acaso pretendían que en nuestro estado subiéramos por esa abominable escala? ¿Para qué preguntar? Era evidente que tendríamos que ascender por ella. Desde mi llegada a esta hedionda ciudad no había dejado de pasar de penalidad en penalidad, de insulto en insulto. De humillación en humillación. Así que, ¿por qué sorprenderme de otra más? Demonios…

Junto al resto comencé a ascender lenta y pesadamente. Mis pasos eran torpes. Muy torpes. Mi pierna nunca terminó de curar bien, y tras dos años todavía no se había adaptado correctamente a la prótesis, por lo que caminar era una tarea molesta. Pero el subir o bajar escalones era de las tareas más fastidiosas, incómodas y agotadoras. Tenía que subir cada escalón de uno en uno, sintiendo a cada paso tirones musculares y calambres, amén del no demasiado agradable roce de la pierna con el recubrimiento que la unía a la prótesis.

El tormento se prolongó durante horas, o al menos eso me pareció a mí. La ascensión fue tortuosa, demoledora, mortal. Ni siquiera me molesté en contar los escalones. Para intentar distraer mi mente de los dolores me fijaba en las ventanas que había esculpidas en la pared mientras subíamos los escalones. Se suponía que aquellas eran las viviendas de la aristocracia de Infernalia. Digo suponía, porque esas madrigueras de conejo parecían más bien zulos de pordioseros de la subciudad de Ciudad Catedral que no viviendas para los nobles.
 
A un tercio del camino apenas podía caminar y me tenía que parar a reposar la pierna a cada rato. A mitad de camino ya no podía más. Tenía la pierna totalmente dormida, y la sana también se estaba resintiendo, especialmente por el tobillo y la rodilla. Amén de la planta del pie. Mis zapatos de piel de Banthor importados no estaban hechos para estas caminatas, y las ampollas habían emergido en todos los rincones de mi pie. Los calambres ya se habían extendido por las dos piernas. El hombro también me ardía en dolor de apoyarme con el bastón, y la otra mano la tenía irritada del roce de la barandilla de la escalera con la que también me apoyaba. Y eso sin contar el aliento. Me asfixiaba. No podía respirar. Iba jadeando como un vulgar perro para poder llenar de oxígeno mis pulmones. Y la hiperventilación me provocaba mareos y sudores fríos. Del agotamiento la cabeza me iba a explotar.

¡Dios! ¡Qué infierno! ¡Junto al cansancio la rabia se iba apoderando cada vez más de mí! Me llegué a morder el labio con tanta fuerza para contenerla que me produje sangre. Y encima, al alcanzar la cima tras una infinita tortura, el demonio de la varilla se atrevió a mofarse de nosotros. “¡Reíros, bestia, reíros, que no olvidaré lo ocurrido aquí!” Pensé para mis adentros.  Sin embargo le contesté con una sonrisa condescendiente entre mis labios y cierto sarcasmo. – Oh, mi estimado amigo, la voluntad divina no se mide por la resistencia física, sino por la fuerza y la devoción del espíritu.

La monja Buckley y el guardia Trueford tampoco parecían estar en la mejor de las situaciones físicas, pero en aquellos momentos solo me importaba mi estado, no el suyo. A fin de cuentas era culpa de ambos que nos encontrásemos en aquella situación. Una vez que me recompuse levemente me fijé en el lugar donde nos habíamos parado. Estábamos frente a otra de esas madrigueras de conejo, solo que en las ventanas se podía apreciar algo más de lujo que en las huras de los niveles inferiores. Las cortinas que las cubrían lo indicaban meridianamente. En ellas se encontraba bordado un escudo de armas, un emblema heráldico nobiliario formado por una capa y una llama. Debía de tratarse de familia Paentio.

El demonio de la varilla llamó a la señora Paentio, y ésta le respondió por su nombre. Gryfin se llamaba. No olvidaría ese ignominioso pseudónimo. Gryfin intentó explicar la situación a la señora Paentio, pero esta no parecía creer las palabras del demonio. Entonces la monja Buckley intervino. Conocía a la tal señora Paentio. Celf era su nombre de pila. De las cortinas apareció una figura altiva, e imponente, de una gran altura, pero de envergadura y cintura discretas. Su rostro era sereno y marcado por la edad, y su faz estaba coronada por seis cuernos, orgulloso testimonio de su linaje.

¿Sería Celf Paentio miembro de la familia que aseguraba conocer la monja? Aquello solo podía ser obra de la Divina Providencia que había acudido en socorro de sus vejados siervos, por lo que agradecí a los Cielos por aquella intervención. Ahora solo podía esperar a que la sensatez de la aristocracia y el apego por la monja Buckley pudiesen interceder para reconducir esta maldita situación.

La señora Celf Paentio fijó su mirada en la monja Buckley y se acercó a ella palpando su rostro mientras se sorprendía del envejecimiento de la monja.  ¿Tendría algún problema de visión la noble? En circunstancias normales ver ese trato tan “cercano” y confiado me hubiese parecido una falta de respeto a los más sacros protocolos, pero tras todo lo vivido, una muestra de sincera amabilidad era realmente confortable.

La sabandija de Gryfin interrumpió la “enternecedora” escena para reconducirla al tema que nos ocupaba. Afirmó que les pareció necesario hablar con su señora antes de castigarnos. ¡Ja! Me río sobre él y escupo sobre la tumba de sus ancestros. ¿Qué se les ocurrió a ellos? Esos botarates cabeza huecas ni se les hubiese ocurrido pensar sobre el respeto a sus propias leyes y tradiciones. Lo único que ansiaban era sangre, y era lo que habrían conseguido si no llega a ser por mi intervención y por el don de palabra que el mismo Dios me concedió.  La dama Paentino le contestó que de no haberlo hecho le habría esperado la muerte. Pues que no pensase ese demonio que había logrado escapar de la muerte. Una espada colgada de un hilo pendía de su cabeza, y en el momento justo me encargaría de que cayese inclemente sobre él. Entonces sabría el significado de enfrentarse a los Stenkerk.

Luego, Celf Paentio se dirigió hacia mí reconociéndome. Por fin parece que alguien en esa condenada ciudad podía distinguir a un obispo de la Eclesia Central. Lo cierto es que nunca había conocido a aquella súcubo. De hecho mi relación con los demonios había sido exigua y limitada. Con la que mayor, y prácticamente única, “relación” he tenido ha sido con la embajadora de Infernalia en Ciudad Catedral. Aunque huelga decir que mi “relación” con la embajadora ha sido de lo más intercadente. ¿Habría oído hablar de mí a manos de la embajadora o me habría reconocido como Stenkerk por mi herencia física? ¿Habría conocido a algún otro Stenkerk en el pasado? ¿Quizá a Padre? – Efectivamente, soy Lord Maximilian Stenkerk. A vuestro servicio, mi señora. – Dije haciendo una pequeña reverencia en señal de respeto ante Celf Paentio.

Finalmente, la súcubo expulsó a nuestros captores y nos invitó a entrar en el salón de sus aposentos. He de confesar que me sorprendió ver como el mobiliario de la estancia correspondían más a los estándares artísticos de Altaciudad en Ciudad Catedral que a lo que cabría entender por decoración propiamente de Infernalia.  – Sí,  soy un Stenkerk, tal y como podrá acreditar la hermana Buckley, mi señora. – Me reafirmé ante las dudas que albergaba Paentio. –  Y estoy totalmente de acuerdo. Después de todo lo acaecido es agradable disfrutar de un poco de confortabilidad. Permitidme que os agradezca vuestra hospitalidad, mi señora. –  Sonreí amablemente. –  Si me dispensáis, necesito sentarme. La ascensión desde los niveles inferiores ha sido agotadora, y me encuentro seriamente indispuesto. – Dije con voz débil mientras buscaba un asiento medianamente cómodo para sentarme. Lo cierto es que todavía seguía agotado, mareado y muy dolorido.

– Precisamente me temo que ese es el problema, mi señora. – Dije en relación a su afirmación sobre la complejidad de la situación en Infernalia y su pregunta sobre el motivo de nuestra visita. – Desconocemos cuál es la situación del reino de Infernalia. La Eclesia lo desconoce. Hace varias semanas razón aparente y sin mediar explicación, la delegación permanente de la Eclesia fue expulsada de la ciudad, quebrantando el Concordato. Por eso estamos aquí, mi señora. El Sumo Exarca en persona desea poder reconducir esta situación. – Hice una pequeña pausa reflexiva. – La situación es crítica, lady Paentio. Terra está al borde de la guerra. Una oscura amenaza se cierne sobre todos nosotros con el objetivo de destriuir la obra de Dios. La Eclesia se está preparando para la guerra. Las legiones de Dios ya marchan para hacer frente a esa amenaza. – Miré a los ojos a Celf Paentio. – Y la ruptura de las relaciones con Infernalia, al igual que con Albor, y con el Hipercubo ha acrecentado los recelos de la Eclesia frente a esa amenaza. De hecho, el Hipercubo se encuentra en estos momentos bajo el asedio de las legiones del Martillo Áureo. Nuestro objetivo era saber qué había ocurrido en esta ciudad y si Infernalia se había unido a los traidores paganos que quieren destruir la Eclesia. – Levanté la mirada al techo y cerré los ojos. – Durante nuestra reunión con el rey Oberón he podido deducir que éste no era el caso, y que nos enfrentamos a la misma amenaza, mi señora, pero por una extraña razón, que todavía no somos capaces de entender, parece que su majestad no quiere entender que somos emisarios de la Eclesia buscando la paz. Y me temo que si no alcanzamos ese entendimiento, desde Ciudad Catedral se mande al ejército creyendo que Infernalia nos ha traicionado. Por lo que ahora mismo nuestra delegación es lo único que se interpone entre la guerra e Infernalia– Volví a mirar a la súcubo. –Lady Paentio, necesitamos vuestra ayuda y la del Consejo de los Ancianos para lograr que su majestad el Rey Oberón nos escuche. Necesitamos vuestra ayuda para alcanzar la paz. Os lo ruego, ayudadnos, mi señora.


FDI:

Velocidad 1= Acción 1
Acción 1: Sentarme + Activar técnica “El canto del ruiseñor” sobre Lady Paentio.

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Re: [AVENTURA INICIAL] "Luces y Sombras" [Ciudad Catedral, 7 de Noviembre - 897 d.g.]

Mensaje por Dorian el Sáb Jul 18, 2015 12:43 am

En el preciso momento que el paquete de tabaco lo golpeó en la cara, Dorian supo que todo iría de perlas. La actuación de Konstance había sido de nivel, ahora el inquisidor se dirigía a la taberna que hacía esquina, iba con cara de pocos amigos, tal como habían acordado. Francis miró embobado la discusión, parecía no creer que alguien le hubiese defendido.

Cuando Konstance se hubo alejado lo suficiente, Dorian se acercó al joven inquisidor, éste, contra toda expectativa, tomó la iniciativa y se encaminó hacia la taberna.

-Tienes que comprender a Konstance, amigo -dijo Dorian- es un tipo difícil, lo primero que debes hacer es terminar con esa actitud de santo, y ya sabes tío, ser un poco más humano. No sé si tu padre es muy estricto contigo, chaval, pero de aquí al final de la misión nosotros somos tu familia, así que ábrete un poco.

El joven inquisidor pareció comprender lo que Dorian quería decir, acto seguido ambos entraron en la taberna.

Sentado solo, mirando a la bóveda y de espalda a la barra, estaba el fumador empedernido. Ahogaba su falsa depresión en una jarra de generosa capacidad, cuando este advirtió la presencia de sus dos compañeros empezó a gimotear, se disculpaba una y otra vez ante el joven Kostelo.

Lo que vino después parecía sacado de una comedia teatral, resultaba que el joven Kostelo era el rebelde de su familia, y aún más impactante, jamás había probado el alcohol. Ante tales afirmaciones la taberna los observaba y reía ante tales afirmaciones.

-Venga, Kostelo, no me seas mojigato, trae mala suerte empezar una misión sin su correspondiente jarra de alcohol -dijo Dorian en un tono afable.

Konstance también ayudaba en la empresa de que el joven inquisidor perdiese su serenidad, y jarra tras jarra el pequeño de la familia Kostelo la perdió del todo. Existía un dicho que decía que los niños y los borrachos siempre dicen la verdad, y Kostelo ahora cumplía ambas condiciones. Este empezó a desembuchar todas sus reflexiones, lo que admiraba a Konstance, lo malo que era su padre, la ayuda que necesitaba para hacer entrar en razón a este último,…

A Dorian empezaba a caerle bien el joven Kostelo, no era más que un buen chaval que poco sabía de la vida, estaba claro que no era ninguna clase de espía, ni de que iba con intenciones poco amigables. Pero había que actuar, la misión a la que se dirigían requería discreción y pocos escrúpulos, no era lugar para gente como Kostelo.

Konstance adivinó los pensamientos de Dorian y distrajo al joven inquisidor, era el momento, ahora o nunca. Dorian observó rápidamente que nadie le estuviera observando, y con ayuda de su rápido brazo mecánico colocó cerca de cuatro tranquilizantes en la copa de Kostelo, la operación apenas duró unos instantes. Todo parecía seguir su orden natural, sólo bastaba esperar a que el joven inquisidor terminase su copa.

FDI:
Acción: Mirar discretamente que nadie observa, y con ayuda de mi brazo mecánico soltar unos cuantos tranquilizantes en el vaso de Kostelo

_________________
Y yo me paré sobre la arena del mar, y vi una bestia emerger del mar, que tenía siete cabezas y diez cuernos; y sobre sus cuernos diez diademas; y sobre las cabezas de ella nombre de blasfemia. Y adorarón al dragón que había dado la potestad a la bestia, y adorarón a la bestia, diciendo: "¿Quién es semejante a la bestia, y quién podrá lidiar con ella?
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Re: [AVENTURA INICIAL] "Luces y Sombras" [Ciudad Catedral, 7 de Noviembre - 897 d.g.]

Mensaje por Karel Stark el Sáb Jul 25, 2015 1:06 pm

¿Cuántas veces había caminado en medio de una ventisca como aquella, esperando ataques que no llegaban, aguardando fauces negras arrojarse clavando sus colmillos en la piel desde las sombras, escudadas al amparo de la tormenta de nieve y agua, del frío intenso? Esa sensación era casi familiar, casi hogareña para Karel, que había vivido tales cosas durante más tiempo del que recordaba.

Pero esta ocasión era algo distinta... No estaba acompañando a las partidas de caza de Wülfstan para procurar alimento que pudiesen consumir sus hermanos, no estaba buscando que la naturaleza les sustentase y les diese cobijo como tantas otras veces, ni estaba encabezando una partida de búsqueda de la Ecclesia para tratar de "pacificar" a los herejes. No, en aquella ocasión era distinto. Estaba con dos personas que tendrían todos los motivos del mundo para odiarlo y a los que, sin embargo, no podía revelarles nada de él mismo, no de momento... La sensación era incómoda, no tanto por la posibilidad de una emboscada como por la desazón que le producía el saber que aquellos que se habían convertido en sus compañeros de armas eran totalmente desconocedores del hecho de que aquel que andaba a su lado había sido en parte responsable de sus penurias.

Mas no hubo ataque, no hubo emboscada, nada que apartase su mente de tan desalentadores pensamientos. Sólo silencio. Absurdo e insondable silencio.

Casi fue un alivio escuchar las palabras de Altair, si bien daban información ya conocida, y ver algo que daba la impresión de un asentamiento, un tipo de aldea que para Karel era relativamente familiar... SIn embargo, la constante sensación de preocupación no hizo sino ir en aumento, y más se intensificó cuando finalmente se abrió la puerta y vieron claros signos de un combate. El rostro de Karel apenas mostró otra expresión que una de lamento, pero había más resignación en el rostro que verdadera lástima: No se trataba de que no lamentase lo que había pasado, pues era evidente que ese lugar estaba perturbado por la muerte de aquellos que apenas sí habrían sido capaces de defenderse, pero también era consciente de que era el resultado más probable incluso antes de que hubiesen cruzado la puerta.  Los cabellos desperdigados, las manchas de sangre seca... No quería siquiera pensar en las bajas que allí había habido, inocentes seguramente y, por suerte, no tuvo que hacerlo, pues un sonido le permitió enfocar su mente en algo que podría ser una amenaza, proviniendo de una despensa cerca.

El hacha fue blandida con fuerza, y aguardó en posición defensiva. Sólo entonces la puerta se abrió y la escena... Fue lo bastante desgarradora para que el propio corazón de Karel diese un vuelco, su voluntad quebrándose hasta cierto punto. Uno de los que probablemente habían sido defensores del lugar había muerto y, por lo que parecía, era alguien conocido de sobra por Altair y Megaera... Pero lo que realmente le preocupaba era la mujer pelirroja, su rostro suplicante mirándole directamente. El viejo estaba muerto, las marcas de heridas y mordiscos, arañazos, en su cuerpo, parecían dejar sólo una posibilidad.  Altair y Megaera probablemente no sabían lo que estaba pasando, él tampoco, para ser sinceros...

Pero había algo que sospechaba. La sola idea le rondó la cabeza y le hizo dar un vuelco a todas las emociones. Sin embargo, su rostro se mantuvo gélido, presa de la lástima. El agarre firme sobre su hacha se debilitó, pero pronto se reforzó de nuevo.  Karia. Había dicho que así se llamaba, ¿verdad?  Lo que debía haber pasado era algo terrible, pero las cosas sólo empeorarían aún más si no hacían nada para evitarlo, y a él correspondía ese deber... Así pues, avanzó hacia la mujer pelirroja, rezando sus oraciones en silencio, pidiendo a la Diosa Justicia que intercediera, que le permitiese aplacar los instintos que debían estar creciendo en el corazón de la mujer, que amenazaban con hacerle perder su propia identidad. Si la Diosa Justicia le había salvado a él de la muerte, si le había permitido encontrar paz... ¿Podría realmente hacer lo mismo por ella? No lo sabía, pero debía intentarlo. Y si no era tal el caso... Debía ser él quien le diese la misericordia de una muerte rápida. Pero sólo si no quedaba otra opción.

Sus pasos eran tranquilos, seguros, pero un lamento acompañaba cada uno de ellos. Entonces, sus ojos la miraron, llenos de tranquilidad, de piedad.  En esos momentos, difícil era hacer la separación entre el caballero negro y la deidad a la que representaba, al menos en cuanto a su espíritu... No lloraba, pero daba la impresión, en su rostro, que había rastros de plata, aunque sólo algunos serían capaces de verlo. Pues lo que lloraba no eran auténticas lágrimas, sino otra cosa... Su propia alma.


- Altair... Megaera... Atrás. Esta mujer... Ya no es como la conocíais. Algo la ha cambiado. Algo... La ha hecho hacer esto. Las marcas del cuerpo del viejo parecen hechas por un animal, ¿me equivoco? Eso es porque quien la ha matado es eso mismo. O al menos lo era, hace poco.  Y una vez cobrada la sangre de la víctima, el animal muere y el humano renace, hasta que la bestia vuelve a nublar la razón y todo queda sumido en tinieblas... Creo que puedo ayudarla, pero... Necesito que me dejéis hacer. No interfiráis, os lo ruego.



Aguardó que Megaera se separase y, sólo entonces, su mano acarició el rostro de la dama pelirroja, sabiendo perfectamente que pronto podía dejar de ser humana. Pero no debía  tener miedo. No PODÍA tenerlo. Si entregaba su vida por intentar salvar la de ella, dar paz a su alma, entonces era un sacrificio aceptable y necesario. Pero imploró sin palabras a la diosa, las palabras produciéndose sólo en su corazón.


- Oh Diosa Justicia, tú que todo lo ves, tú que amparas con tu luz a las criaturas de esta creación, tú que eres sabia... Por favor, trae la paz a un corazón atormentado. Sella a la bestia allá donde no pueda perturbar el espíritu, y permite que lo que una vez fue, sea de nuevo. Libra el alma atormentada de la maldición que la infecta y permite que halle la redención en tu luz. Perdónala, pues no sabía lo que hacía, y guía sus pasos para que pueda reencontrar su camino. Y, al hacerlo, acoge en tu seno a aquellos que sufrieron por tal maldición. Te lo imploro, Diosa Justicia... Ayúdame a librar a esta alma de su tormento. Permíteme darle una oportunidad de hallar la paz. Permite que siga caminando por este mundo, libre de la carga que tanto pesa. Pues yo soy tu Avatar, y cargaré con tal tormento si puedo sanar su alma y es tu deseo. Escucha mi plegaria... Sánala.


Su mano se mantuvo sobre su frente en todo momento y, con los ojos cerrados, aguardó. Sólo esperaba que tal cosa funcionase sabiendo que, de no hacerlo, posiblemente se viese obligado a matarla, para evitar que la bestia acabase consumiendo su alma por entero. Pero mientras quedase una posibilidad de salvación, por ínfima que esta fuese... Lo intentaría.
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Re: [AVENTURA INICIAL] "Luces y Sombras" [Ciudad Catedral, 7 de Noviembre - 897 d.g.]

Mensaje por Dezba Wakanda el Lun Jul 27, 2015 12:56 am

MAXIMILIAN STENKERK

-Infernalia no ha traicionado a nadie, señor Stenkerk. Si usted y los miembros de la Eclesia Central se percatasen de ello, muchas cosas podrían evitarse. Deben comprender una situación esencial de la sociedad infernal; el rey es la máxima autoridad en nuestra santa ciudad. Y pocas personas, quizá tan solo la mismísima reina, están igualados a él. Si alguien fuera lo suficientemente malicioso como para manipular los discursos que el rey ofrece a la población, simples servidores. Trabajan tanto que no tienen tiempo más que para dormir, alimentarse y hacer sus necesidades. Y en las ocasiones señaladas, procrear. Y el ciclo continúa. Por eso, si alguien de algún modo obligase a Oberon a forjar una rivalidad con la adorada sede… ¿Quién podría impedirlo? En estos momentos, el heredero de Oberon se encuentra en paradero desconocido. Se ha marchado, el príncipe ha volado, quien sabe si por placer o por obligación. Y solo unos cuantos privilegiados sabemos de ello. Mientras tanto, el rey ha prohibido la entrada a palacio a la mayoría de personas ajenas al Consejo, e incluso a nosotros nos dirige un trato muy alejado de la cordialidad, taciturno y enigmático. Por otro lado, el estado de la reina es desconocido. A Oberon lo habéis visto vosotros hará escasas horas, así que imagino que vosotros tendréis más información que yo. Solo un grupo muy selecto de personas conoce estas circunstancias, y supongo que habré hecho bien confiándoos este secreto.

Grace Buckley se acercó a su amiga, y ambas se miraron  a los ojos. La monja abrió la ronda de preguntas:

-¿A que te refieres? ¿Acaso alguien está chantajeando al rey? ¿De ser así, por qué no detenerlo?

Celf Paentio sonrió.

-Ojala fuera tan fácil. En ausencia de su hermana, Oberon es ahora el mandamás en Infernalia. Nadie osaría detener a un supuesto chantajista sin su aprobación previa, bajo el miedo de poder ir en contra de los intereses de la corona y ser calificado de traidor. Así pues, suponemos que quien sea que está coartando a nuestro soberano es alguien lo suficientemente bien documentado como para saber de esta situación y sacar provecho de ella.


-¿Y qué narices pinta la hermana de Oberon en todo esto?

Ante la intervención de Alric Truefort, Celf respondió lo siguiente, haciéndolo parecer algo obvio:

-Querrás decir la reina.

Alric se quedó en silencio durante unos instantes hasta que comprendió. Lentamente, bajó la mirada al suelo y se contuvo de lanzar cualquier comentario a la ligera. Celf mostraba su dentadura, risueña.

-Una costumbre que los extranjeros no ven con buenos ojos, pero que aquí es completamente normal. No nos juzgues, humano. Los demonios también encontramos costumbres de vuestra sociedad inquietantes, pero procuramos abogar por la tolerancia.

-Estoy segura de que nuestro estimado caballero no pretendía ser descortés.  Tan solo has de entender, Celf, que el descubrirlo puede representar un impacto para según qué tipo de personas.

-Y lo comprendo. En fin, continuemos. Yo os he aportado información interesante, y a cambio solo quiero que me aclaréis un pequeño detalle. Sois demasiados pocos miembros para una comitiva de tal calibre. Solo hay una escriba, un noble y un soldado.  Me cuesta creer que la Eclesia no enviase inquisidores, apotecariums o incluso exorcistas en el caso de que la situación se descontrolara. Así que decidme, es obvio que no solo vosotros sois los únicos humanos en Infernalia. ¿Dónde están los demás?

-¿Qué dónde están? Esos mamones nos han abandonado al menor signo de problemas.

-Alric tiene algo de razón. Los exorcistas han ido, según creo recordar, a reunirse con el gremio de lo Oculto. Y los inquisidores no recuerdo muy bien que es lo que querían hacer.

Celf Paentio cruzo sus dedos índice el uno sobre el otro y asintió con la cabeza:

-Es lo que me temía. Puede que vuestros amigos estén en peligro, pero no hay modo de saberlo. Y salir a buscarlos de noche sería arriesgarse de forma estúpida. Así que recomiendo que os toméis esta noche como una oportunidad para reponer fuerzas.

Alric Truefort se alzó, impetuoso, y se enfrentó a la súcubo:

-¿Me acaba usted de confesar que cabe la posibilidad de que los miembros designados por el cardenal Crawley y cuya defensa me ha sido confiada sufran daños y espera que me quede aquí, pacientemente, esperando a saber qué? Siento decirle que no pienso hacerle. Les confío el cuidado de los señores Stenkerk y Buckley, y le pido que no se interponga entre yo y mi deber.

Pero la súcubo se interpuso, e impidió con su delicado cuerpo que el caballero abandonase la estancia, bloqueando la puerta.

-Señora, le pido que… He tenido un día muy duro, y no sería prudente que se interpusiera en el desempeño de las funciones de un miembro de la Eclesia acreditado por el mismísimo cardenal Crowley.

-No puedo permitirme el costo de más sacrificios. Si mis suposiciones son ciertas, es lo que ellos buscan. Pero si va a usted a intentar acongojarme, veo oportuno hacerle saber que con uno solo de mis ruegos, tendrá al menos a cinco soldados armados dispuestos a apresarlo. No pretendía ser tan grosera, pero necesito que entiendan que ahora mismo salir al exterior no es una opción. Una tormenta se avecina, no solo metaforica. Si las predicciones son ciertas, una lluvia ácida cubrirá las calles de Infernalia en poco tiempo. Usted decide, señor Truefort. O bien hace caso de mis amable oferta y pasa la noche aquí junto a sus compañeros.


Alric bufó.Con una sonrisa de arrogancia, insistió a Celf a que terminase su frase.

-¿O bien?

-O bien pasa la noche, en condiciones mucho más penosas, en la mazmorra más cercana.


Alric apeló a la influencia de sus compañeros, tanto de la señorita Buckley como amiga de su interlocutora Paentio como de la influencia que todos sabían que un Stenkerk era incapaz de desplegar, aún a kilómetros de su área de influencia habitual.

-Señora Buckley, señor Stenkerk. Hicimos un juramento. Juramos acabar con la amenaza que pendía sobre la Institución. Y esta… esta mujer me lo está impidiendo. Nos ha capturado, con sus dádivas y halagos, sin derramar una gota de sangre. Inconcebible.

-No dejéis que la testarudez de un simple soldado ponga en peligro la misión, Eminencias. De todos modos, prometo acatar vuestro veredicto. Si seguís al señor Truefort en su estúpida cruzada, juto que no intentaré deteneros.

Grace Buckley permaneció en silencio, aguardando a que Maximilian emitiera palabra. Todo quedaba en sus manos, según parecía.


DORIAN

Los calmantes hicieron un curioso sonido, similar a un chapuzón, cuando entraron en contacto con la bebida.
Por suerte el ambiente del local, no demasiado bullicioso pero con los suficientes visitantes como para que un rumor de conversaciones distantes inundara aquel lugar, contribuyó a amortiguar el sonido.

Las pastillas de Dorian comenzaron a disolverse, mediante diversos siseos leves. Para cuando Konstance terminó de contarle al joven Koselo sus “batallitas”, ya no había rastro de la manipulación de la bebida. Y, por supuesto, fue el propio Koselo quien, animado por su nuevo amigo Konstance, se bebió la bebida de un trago.

El joven hijo de Frank Koselo estuvo dudando durante unos segundos, mirando al horizonte y chocando sus labios entre sí, y finalmente miró a Dorian con toda la seriedad que era capaz de aunar en su estado de ebriedad:

-Un sabor… extraño. Venga, ¿Qué me habéis echado?

Dorian pudo ver como un nervioso Konstance introducía su mano en la gabardina que portaba, sustrayendo un objeto similar a una porra que Dorian no pudo observar en su plenitud. Justo cuando el inquisidor estaba levantado la porra, dispuesto a golpear al joven, este emitió una estruendosa carcajada.

-Jajaja, os la habéis tragado. ¡Por favor, miraos los caretos! ¡Jajajaja!-en ese instante, Francis se volvió hacia su admirado Juan.

Juan hizo acopio de toda la velocidad que era capaz y se guardó la porra en su gabardina. No obstante, lo apresurado del movimiento hizo que el inquisidor y su taburete se desplomaran sobre el suelo.

Esta vez la sala entera acompañó a Francis en su desatada risa. No obstante, Juan tuvo tiempo de esconder la porra bajo su gabardina. Permaneció así largo rato, hasta que Francis, un tanto aturdido, se apoyó sobre la barra. Entonces el inquisidor aprovechó para guardar su arma y alzarse, justo a tiempo para comprobar que el joven hijo de Koselo estaba completamente dormido.

Ante la evidente falta de aguante del muchacho, Juan Konstance le guiñó un ojo a Dorian, divertido, y comenzó a actuar de una forma especialmente melodramática:

-¡Oh, pobre de mí! ¿¡Es que acaso los vapores de la bebida han acabado con este enclenque muchacho?! ¡No pienso cargar contigo, maldito alcohólico! ¡Oh no, esto es inconcebible, habrase visto! Venga aquí ahora mismo, señor mesero.

El hombre que les había servido la bebida, un cuarentón encorvado por su propio peso y sin un solo pelo en el centro de la cabeza, se acercó a Juan. Este rebuscó en los bolsillos del propio Francis y le otorgó a su interlocutor unas cuantas monedas de oro.

-Hágase cargo del muchacho, pues lo manda Dios. Y por su buena voluntad, le haré entrega de estas monedas, que confío cubrirán con creces los gastos ocasionados por este borracho. Oh, tenga cuidado con él. Que no le roben, ni le quiten los órganos, ni ninguna triquiñuela similar. Su padre se pondría muy furioso.

Konstance caminó hacia la salida y abrió la puerta. Antes de atravesarla, se detuvo a responder la siguiente pregunta, que el tabernero le había hecho segundos antes:

-Su… ¿su padre?

Konstance se volvió, con una sonrisa en el rostro y una mirada pícara:

-Oh, ¿no lo sabían sus eminencias? Este desagradable borracho es sangre de la sangre de Frank Koselo, el grandilocuente diácono de la catedral Epsilon. Estoy seguro que todos ustedes profesan un amor incondicional a tan santo individuo y se encargaran de que su hijo no sufra ningún daño.
-Konstance suspiró.-En fin, supongo que tendré que confiar en su buena fe.

Todos los parroquianos enmudecieron y dejaron de lado sus asuntos para fundirse con el silencio de la estancia. Era obvio que Koselo era un personaje conocido, al menos en aquel lugar.

Una vez salieron al exterior, volvieron a la misma cabina de la barrera donde todo había empezado. Tras hablar con el hombre que custodiaba la salida, Juan señaló a Dorian una caravana tirada por banthors.

-Sube, muchacho, nos espera un largo viaje.


Había un par de sacos de dormir en el habitáculo de los pasajeros, un lugar sobrio. También había varios alimentos no perecederos, tales como pescados en salmuera y bebidas alcohólicas. Se intercambiaban las posiciones; mientras uno de ellos dirigía a los banthors, el otro descansaba y viceversa. Así pues, en unos cinco días estuvieron cerca de su destino; Vanhell, la villa de los canteros. El tiempo era muy agitado, pues una ventisca no dejaba de cubrir las afueras de la villa de grandes capas de nieve y dificultaba la visión y avance de los banthor. Así pues, con el miedo de que la caravana pudiera hundirse en cualquier lugar con una capa de nieve profunda, Juan Konstance indicó que descenderían a un kilometro de la villa y que harían el viaje a pie.

Mientras caminaban en contra del gélido viento, Dorian recordaba el sumario de la misión que Juan le había presentado:

-Nuestro objetivo tiene un nombre; Guterich. Y también tiene historia. Es el gobernador de Vanhell, la villa de los canteros. Aunque si a mí me preguntas, el apodo de “madriguera de los lobos” le vendría mucho mejor. En serio, ese pueblucho está plagado de bestias. Pero bueno, vamos con Gutterich. Este hombre, que antaño podría haber hecho carrera en el oficio de limpiabotas, se vio impulsado varios escalafones hacia arriba debido a la “Subyugación Norteña”. No sé cuántos años han pasado, yo era más joven y alocado en aquella época, pero lo que si se es que fue un proceso bastante sencillo. Los pueblos que rodeaban Todheim, hasta entonces conservando a sus propios caciques y jefes tribales, fueron objeto de una campaña de conquista absoluta. ¿Qué que significa esto? Esto tuvo muchas repercusiones, todas ellas variadas y similares en importancia. Pero resaltaré la que nos ha llevado a esta situación. Los caciques fueron sustituidos por funcionarios de la Eclesia, a los que se les dio un poder casi absoluto sobre los habitantes que todavía permanecían en aquellos asentamientos, con el objeto de subyugar a los escasos brotes rebeldes que clamaban venganza. Eso tuvo a su vez diversas consecuencias, pero sin duda una de las mayores fue la corrupción. Gutterich es un vivo ejemplo de esto. Ha recibido incluso quejas de sus propios subordinados, lo que le ha valido el ser objeto de esta inspección. Pero se nos ha proporcionado información que lo señala como un iluminado. Así que le aplicaremos el test. Este consiste en examinar su entorno durante un tiempo determinado, intentar aislarlo de todas sus fuentes de plasma. Si aún con esto es insuficiente y se está convencido en gran parte de que el objetivo es un vampiro, se le pondrá en contacto con veraplata. Con este método infalible se podrá determinar la identidad de nuestro sospechoso. Dado que bajo mandato inquisitorial vamos a estar muy cerca, vamos a convivir con él. Ahora venga, bajemos.

Y bajaron. Y caminaron. Y ascendieron por los límites del pueblo, subiendo la ladera de una montaña  y terminando frente a un palacio. Un pequeño palacio, pero de exquisita arquitectura. Sus paredes parecían de cristal, y de hecho nada parecía indicar que esto no fuera así. La nieve las había humedecido y no reflejaban nada que no fuera una distorsión de la realidad.

Las puntas de las cinco torres que conformaban el castillo, delgadas y estilosas, estaban hechas de mármol. Conforme se iban acercando, las puertas comenzaron a abrirse y una misteriosa figura salió de ellas. Dorian no podía distinguir de quien se trataba gracias a la ventisca, que estaba particularmente impertinente.


KAREL STARK

Ante sus intentos de invocar a su querida diosa Justicia, los hermanos Cloudfield se miraron el uno a la otra y viceversa, quizá esperando que aquel variopinto espectáculo, más típico de un predicador itinerante que de un caballero mercenario como consideraban a Karel, fuese una broma. Pero su Diosa no apareció. Al parecer, la Diosa Justicia le había abandonado.

-¿Estás de coña, verdad?-
le increpó Megaera. Era obvio que se había dado cuenta que la postura y gestos del caballero estaban relacionados con un rezo.

Altair sacudió la cabeza, expresando una mezcla de perplejidad y decepción.

-Por favor, Karel, haznos el favor de no rezar en este lugar. Atrae la mala suerte, te lo aseguro. En cualquier momento puedes encontrarte con un filo clavado entre las costillas. Que se lo digan a los perros de Guterich. Megaera, haz el favor de llevarte a Katia lejos de aquí.

Mientras Altair inspeccionaba los restos, conteniendo las arcadas, Megaera arrastró a Karia hasta el exterior.


-A juzgar por los rastros de sangre del suelo, los cuales conducen hasta esta despensa y considerando a Karia una víctima más de nuestro querido perpetrador podemos deducir… podemos deducir que tanto el Yeti como nuestra amiga se escondieron de algo en la despensa. Obviamente, uno de ellos estaba demasiado herido como para sobrevivir. La bestia les perdonó la vida por algún motivo. A juzgar por el estado del cadáver, habría podido derribar la puerta sin dificultades.-
Una vez terminó con el examen, el norteño observó a su compañero Karel con curiosidad.

Comenzó a dar vueltas por la habitación, con cuidado de no pisar las manchas de sangre, que ya comenzaban a mostrar signos de putrefacción.

-Y bueno... ¿que crees que es todo esto, colega? No pienso que sea obra de un hombre, al menos no de un hombre ordinario.-una vez le hubo respondido, Altair le invitó a salir al exterior.-Venga, salgamos. Este olor me repugna.

Al salir al exterior se encontraron con las dos pelirrojas. Megaera había cubierto a su compañera con una piel de oso, y estaban sentadas en un porche, esperando a que los hombres salieran de investigar la “escena del crimen”. Al parecer la ventisca había amainado, y eso les permitió un respiro. Para hablar y para poner las cosas en común.

-¿Qué habéis descubierto?-preguntó Megaera, a lo que su hermano respondió:

-Poca cosa. Una bestia les atacó. Algo lo suficientemente grande y poderoso como para derrotar al viejo Yeti.


Megaera se quedó en silencio durante unos segundos. Finalmente, se atrevió a emitir una pregunta en voz baja:

-¿No habrá sido un…?

Su hermano negó con la cabeza.


-Imposible. Bien sabes que el viejo Yeti se llevaba de puta madre con los animalillos. Ha sido algo… algo mezquino.


Megaera sacudió la cabeza con disgusto.

-Genial. Ahora no solo nos basta con aniquilar a Gutterich, sino que tenemos que preocuparnos de que una jodida bestia no nos devore. Oh, y hay otro detalle. No hay nadie en las proximidades. No hemos encontrado cuerpos, por lo menos algo es algo. Pero no hay un alma en las calles.

-Que no se te olvide la ventisca.


Megaera sonrió.

-Gracias por recordárnoslo, sucio cabrón.

Un pensativo Altair observó cuidadosamente a Karia, que no dejaba de temblar y que, por supuesto, no había emitido una sola palabra. Echando mano a su zurrón, sacó una galleta y se la lanzó a su hermana, que la cogió al vuelo.

-Asegúrate de que se la coma. No me gustaría tener que celebrar dos funerales.

-Me temo que si la dejamos sola, tendremos que hacerlo. No reacciona a ningún tipo de estímulo, es como si estuviera muerta por dentro.


Altair se sentó al lado de Karia, y comenzó a inspeccionarla. Recorrió su rostro por la mano, en busca de hematomas. No encontró nada. Lo que en un principio parecían moratones no eran más que manchas de sangre seca, quien sabe si suya o ajena.

-Está traumatizada.

Megaera rió.

-No sabía que además de rastreador eras experto en la mente humana, hermanito. Menuda eminencia.

-Este no es momento de hacer bromas, zorra rastrera.
-respondió Altair, claramente bromeando.

Ambos estallaron en una carcajada. Después de reírse, Megaera miró a Karel.

-Bueno, mi querido caballero. Parece que nuestra misión ha cambiado. Ya no es una misión de rescate, que también, sino una de supervivencia. Me encantan estas cosas, hacen que la adrenalina te active zonas del cuerpo que no conocías, que tus pezones parezcan campanillas de recepcionista... y te llevan al límite. ¿Crees que podrás aguantar lo que se nos echa encima, hombretón?

Era imposible adivinar si aquella mujer iba en serio, pero era obvio que aquella era una situación delicada. Si desviaba su vista en dirección norte, podría ver como un pequeño castillo se elevaba en las faldas de una montaña. ¿Quizá Gutterich les observase desde allí, esperando el momento idóneo para deshacerse de ellos?


Última edición por Dezba Wakanda el Miér Ago 05, 2015 10:37 am, editado 1 vez

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Re: [AVENTURA INICIAL] "Luces y Sombras" [Ciudad Catedral, 7 de Noviembre - 897 d.g.]

Mensaje por Maximilian Stenkerk el Dom Ago 02, 2015 11:57 pm





Escuché atentamente la diatriba de nuestra anfitriona. Sutilmente pareció insinuar que la reina Elextratza había desaparecido misteriosamente y sin dejar rastro. Y casualmente el propio príncipe heredero también se encontraba en paradero desconocido. – Por supuesto que podéis confiar en nosotros, mi estimada Lady Paentio. – Dije en tono de reproche. Dudar de mi honorabilidad y profesional era un ultraje. Pero en verdad mi supuesto disgusto era más actuado que sincero. Pese a ser un alto cargo de la Santa Eclesia entendía que no se fiase. Hacía bien en no hacerlo. Yo tampoco confiaba en ella. Y sus palabras posteriores aumentaron mis suspicacias.  – Debéis hacerlo, mi señora. Somos los ojos, y oídos del Sumo Exarca. Su Santidad debe saber la verdad. Por el bien de Terra… Y de Infernalia. –Respiré profundamente y volví a esgrimir una sonrisa condescendiente en mis labios mientras negaba con la cabeza. –En cuanto nuestra audiencia con su majestad, me temo que no fue demasiado fructífera. Solo sirvió para enmarañar más las dudas e incógnitas que rodean a esta situación…

Así mismo, Lady Pentio parecía insinuar delicadamente que el rey estaba siendo chantajeado por la repentina desaparición de su consorte y de su heredero. Hecho del que también pareció percatarse la hermana Buckley, quien, sin demasiado tacto, y me atrevería a decir, sin demasiada perspicacia, lo gritó a los cuatro vientos mientras sugería que lo arrestase. Nuestra anfitriona en todo momento se había mostrado más comedida, utilizando solo insinuaciones. Como si le diese miedo pronunciar en voz alta sus supuestas sospechas. Sin embargo puede que la extrema franqueza de Buckley no fuese del todo un error. La monja de la Orden Hermética hizo afirmar algo a Lady Paentio que me hizo reflexionar sobre el posible chantajista.

Por supuesto quién era el chantajista era la pregunta más trascendental, pues el quién irreductiblemente conduciría al porqué, o viceversa. En primer lugar cabría sospechar de los traidores paganos. Usarían cualquier maliciosa e impía artimaña para extender el caos en Terra. Esa sería una conclusión a la que llegaría hasta el más mediocre de los inquisidores. Y sin embargo había muchos indicios que parecían desmentirla. ¿Si el rey Oberón nos confundió con los paganos, por qué expulsarnos? ¿Por qué la negativa a sus planes? Si efectivamente los traidores eran los responsables de los chantajes, y existían tales chantajes, el rey no podría negarse a sus exigencias. Eso supondría la muerte de su esposa y heredero.

Si se descartaba a los paganos como los autores materiales del chantaje, ¿quién podía haberlo hecho? Aquí fue donde, gracias a las palabras de Lady Paentio, vi a un claro sospechoso. Nuestra anfitriona afirmó que sin la presencia de la reina, el rey tenía plenos poderes. ¿Y quién se beneficiaba de acumular tan cantidad de poder? El mismo rey. Era posible que el secuestro y el chantaje fuesen toda una farsa. Una farsa para acumular el poder absoluto y pasar por encima de la reina y el Consejo de Ancianos para conseguir sus pérfidos objetivos, sean cuales fueren.

Pero, ¿y el príncipe heredero qué papel jugaba en todo esto? ¿También había sido secuestrado o jugaba un papel más oscuro en esta trama? Quizá él fuese el chantajista. Lady Paentio afirmó que el supuesto villano conocía plenamente la realidad de la familia real? ¿Quién mejor que un miembro de la misma? Quizá una desavenencia entre los objetivos del padre y del hijo supusiese el inicio de esta conspiración. O quizá el príncipe aspirase a reinar antes de que Dios le ungiese como rey.

Pero, ¿cuál sería su objetivo? Si buscase la guerra con la Eclesia, ¿no presionaría para que el rey accediese a los planes de los paganos? Si buscase la guerra con la Eclesia, ¿no sería lo lógico el que nos hubiese reconocido como Eclesiastas en vez de como paganos? Y si el chantaje era para impedir que el rey colaborase con los paganos, ¿no hubiese sido lógico haber permitido permanecer a la los legados diplomáticos de la Embajada Permanente en la ciudad en vez de expulsarlos? ¿Por qué romper las comunicaciones entonces con la Eclesia? ¿Sería quizá casual la presencia de los paganos en esta conspiración y no tendrían nada que ver? Pero entonces, ¿por qué ese odio visceral hacia los humanos, incentivado por el propio rey, tal y como vimos en las calles de Infernalia, pero manteniendo el respeto y el temor a la Santa Eclesia? Nada de aquello tenía el más mínimo sentido.  Estaba acostumbrado a las conspiraciones cortesanas de Ciudad Catedral, pero no a jugar a ser detective. Aunque he de confesar que había cierto divertimento en ello. Era poner un verdadero reto a mi astucia.

De repente un comentario del guardia Trueford me sacó de mis cavilaciones. En esos momentos era donde se podía entrever la inteligencia de un hombre. El guardia en vez de reflexionar sobre el misterio que nos aguardaba se había perdido en irrelevantes detalles como la fraternidad entre Oberon y Elextratza. Era evidente que el guardia no era capaz de asimilar que los reyes en Infernalia eran hermanos pese a que nuestra anfitriona se lo intentaba explicar.

– No os alarméis de ese modo, mi estimado guarda Trueford. A fin de cuentas no es solo una tradición de Infernalia. – Continué en relación a las palabras de Lady Paentio. – Esa una necesidad biológica. Un mandato divino. Vedlo de la siguiente forma. Dios, al crearnos nos otorga a cada uno nuestro lugar en su gran Obra. Somos meros mecanismos que hacen funcionar el Todo. Dios nos otorga un papel, y es nuestro deber aceptarlo y seguir sus mandamientos. Como tal, otorgó a la dinastía del rey el mandato de regir los destinos de los demonios de Infernalia. – Hice una pausa para dejar al pobre zoquete asimilar lo que le iba diciendo. – Por ello, les confirió una cornamenta superior al del resto de demonios. Como muestra de su superioridad frente al resto de súbditos. Como prueba de su mandato divino. Por ello han de contraer nupcias con sus hermanos, pues solo ellos cuentan con la bendición de Dios. Él no hacerlo sería profanar la sangre real y eliminar la pureza que les concedió Dios para ello. Sería perder la legitimidad para reinar. La única manera de mantener pura la línea dinástica de acuerdo a los designios de Dios es procrear entre miembros de la rama principal de la misma dinastía.

Hice otra pequeña pausa mientras sonreía condescendientemente a Trueford. –Pero como he dicho anteriormente, esto no solo es una tradición en Infernalia. En el propio seno de la Eclesia estas prácticas existen. Aunque lamentablemente, poco a poco se va perdiendo. Dejadme que os lo muestre con un ejemplo: la propia Eclesia Central. En los albores de la construcción de la Eclesia, tras el fin de la Gran Guerra, el propio Metatrón por obra y gracia del Creador designó como guardianes del Nuevo Orden a los hijos de Zhiov, como expiación del Pecado de su padre. Como hijos de Zhiov, estas familias eran las más sabias entre las sabias, pues en su sangre corría la esencia del Pecado Primordial, el conocimiento del Árbol Prohibido. Una maldición, pero también una bendición. – Hice una pequeña pausa para respirar profundamente. Poco a poco me la plétora de entusiasmo me estaba extasiando.

–Según las Santas Escrituras, los hijos de Zhiov, por los lazos de sangre, habían recibido más intensamente la sabiduría del Árbol del Conocimiento que el resto de los mortales, por lo que comprendían la naturaleza del Mal que acechaba la Creación. Así, los hijos de Zhiov acudieron ante Metatrón para postrarse y jurarle lealtad eterna para purgar el pecado de su padre. Metatrón, en su infinita sabiduría, les nombró guardianes de la Palabra de Dios. Ese sería su castigo, asumir la custodia de sus “hermanos humanos” y del resto de razas. – Omití el apelativo de razas inferiores. No era sensato pronunciarlo delante de Lady Paentio. Podría ofenderse, y no interesaba ofender a nuestra anfitriona. –  Así nacieron las “Grandes Casas de Zhiov”. Eran el paradigma de los Altonato. Estas familias compartían la misma sangre, y durante los siglos venideros, solo se enlazaron entre ellas para mantener la pureza por la que fueron escogidas por Dios para gobernar la Eclesia. Una de las “Grandes Casas de Zhiov” es la Stenkerk. – Dije con gran satisfacción y orgullo. Pocas familias podían argüir que habían sido elegidas por el propio Metatrón.

– Sin embargo, con el tiempo, las más nobles tradiciones se fueron perdiendo. Muchas veces tendemos a olvidar nuestro pasado y eso no hace más que llevarnos a la condenación. – Luego mi rostro se tornó apesadumbrado. – Según el poder de la Eclesia se consolidaba gracias a la sabiduría y rectitud del  gobierno de las “Grandes Casas de Zhiov”, nuevas familias con cada vez más poder emergieron tanto en Ciudad Catedral como en el resto de Ciudades Bastión, reclamando tomar parte en las decisiones de la Eclesia Central. Así poco a poco nuestras dinastías se vieron desplazadas por estos advenedizos con sangre de poder. Sin embargo, nosotros seguimos honrando la voluntad de Dios, cada vez más desoída por algunos miserables, y seguimos manteniendo la pureza de nuestro linaje en honor a Dios. – Era lamentable ver como otras familias que afirmaban ser tan nobles como nuestras dinastías conseguían más poder o prestigio que las “Grandes Casas de Zhiov”. Durante siglos habían colonizado la Eclesia Central, equiparándose a nosotros,  haciéndose llamar nobles, poniendo en cuestión nuestro linaje. Gracias a estos advenedizos y reformistas habíamos llegado a la decadente situación actual.

– Disculpen mis cavilaciones, en ocasiones tiendo a divagar. – Dije con falsa modestia. – Volviendo al tema que nos ocupa. ¿Entonces, Lady Paentio, afirmáis que nadie del Consejo de Ancianos tiene acceso a su majestad el rey Oberón y desconocen todo lo que está sucediendo en la ciudad salvo las sospechas del presunto… chantajista? ¿Y el Visir Real? Debido a su cargo, Lord Quench  debe de tener más acceso a los acontecimientos de palacio, ¿no? ¿Él también ignora lo que está acaeciendo?  – A no ser que también estuviese involucrado, hecho que no me extrañaría lo más mínimo. Como Líder del Gremio de lo Oculto era practicante de artes oscuras. Un brujo. A saber cuántas veces habría yacido con demonios del caos. Era una persona turbia y sucia.

– ¿Y los Ancianos del Consejo no tienen ninguna posible sospecha de quién podría ser ese presunto chantajista? Entiendo, tal y como habéis manifestado antes a la hermana Buckley,  que por precaución es conveniente no precipitarse y no hacer acusaciones por el riesgo que conlleva. Sin embargo, si me permitís la osadía, Lady Paentio, no creo que el Consejo de Ancianos se haya quedado impasible ante los graves acontecimientos de los que me habéis hablado. Habréis trazado algún plan para esclarecer los hechos, para encontrar al chantajista. Tendréis al menos algún sospechoso. – En todo momento mi tono fue totalmente condescendiente y cordial. Esperaba poder sacar algo más de información a nuestra anfitriona. Estaba convencido de que sabía más de lo que nos decía. – Sórdido asunto, me temo. En todo caso encontraremos la verdad en toda esta oscura niebla de misterios que nos rodea. ¡Que la mano rectora de Zadkiel nos guíe con justicia y sabiduría! – Concluí solemnemente.

Lady Paentio nos interrogó por nuestro limitado número.  Mis acompañantes le explicaron cómo nos habíamos separado cada uno tomando un rumbo diferente.  Luego la súcubo mostró su preocupación ante la posibilidad de que corriesen peligro. Algo más que evidente después de lo que habíamos padecido. Pero hasta ese momento el guardia parecía no haberse percatado, quién entró en cólera manifestando su deseo de ir a buscarlos. Cada vez tenía más claro que no tenía muchas luces… Pero aunque no tuviese demasiadas luces, no me apetecía prescindir de su seguridad. Seguía sin confiar en Lady Paentio.

– Calmaos, mi guardia Trueford, os lo imploro. – Fingí una pose pensativa. – Es cierto que pueden llegar a correr peligro nuestros inestimables compañeros. Como también lo corrimos nosotros a través del distrito industrial. – Y en el que vos fuisteis un insensato inútil, huelga decir. – Sin embargo vos mismo podéis volver a poner en riesgo vuestra vida mientras le buscáis, y en esta ocasión estaréis solo. – “Sin contar con mi destreza intelectual para volver a salvaros”, pensé para mis adentros. – Considero más sensato que permanezcáis entre nosotros, mi estimado guardia. A fin de cuentas estoy convencido de tanto inquisidores como exorcistas están planamente capacitados para poder defenderse… – Hice una pequeña pausa y me dirigí a Lady Paentio.

– No obstante… A mí también me intranquiliza el paradero de nuestros compañeros, y me preocupa que en un posible “malentendido” la situación se tuerza y pueda interferir en nuestra misión, que ha de ser y es nuestro objetivo primordial. Por ello, Lady Paentio, me gustaría pediros un favor. ¿Podríais enviar a hombres de vuestra confianza para asegurarnos de que se encuentran a salvo, y sí así lo desean, gocen de vuestra hospitalidad? Estoy convencido que bajo la protección del estandarte de la noble casa Paentio y del Gremio de los Artesanos, nadie osaría intentar dañar a miembros de la Eclesia. – Sonreí dulcemente. – Si me proporcionáis papel y cera, mi señora, yo mismo redactaré una carta señalando que vuestros hombres son de plena confianza. – No me tranquilizaba que los hombres de Paentio se encargasen del asunto, pero era preferible a que Trueford se lanzase a la aventura como un necio.

– Ah, y una cosa más. Como habréis podido ver, durante el “incidente” con vuestro siervo… como se llamaba… Ah, sí… Gryfin. –  Salvaje y miserable bestia de vertedero… – Durante el incidente con Gryfin, tristemente resulté herido en la cabeza, y aunque durante nuestra conversación ha intendado resistir con estoica resignación el dolor, lo cierto es que la laceración es bastante molesta. ¿No tendréis por casualidad algún remedio para paliar el dolor y ayudar a la curación de las heridas? Os lo agradecería enormemente, mi lady. – Mostré una amable sonrisa.


FDI:

Velocidad 0 = 1 acción
Acción 1 = Usar técnica “el canto del ruiseñor” sobre Lady Paentio para convencerla de enviar a sus hombres para localizar el paradero de los inquisidores y exorcistas.


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Re: [AVENTURA INICIAL] "Luces y Sombras" [Ciudad Catedral, 7 de Noviembre - 897 d.g.]

Mensaje por Dezba Wakanda el Jue Ago 13, 2015 2:32 pm

MAXIMILIAN STENKERK

Las palabras de Maximilian Stenker no tardaron en ser respondidas por Alric Truefort, quien, a caballo entre la vergüenza y la confusión, intentó justificarse con no demasiada elocuencia:

-Lamento haberle ofendido si fuera el caso, don Stenkerk. Simplemente me resulta extraño y… poco saludable. Tengo entendido que los matrimonios de hermanos humanos son castigados con hijos deficientes y abortos espontáneos. No sé hasta que punto es verdad, pero nunca he observado este tipo de unión con buenos ojos, así como tampoco lo hacía mi padre, en paz descanse. Supongo que entre los demonios las cosas serán distintas. Les pido perdón, pues me he equivocado.

Después de esto, fue lady Paentio quien tomó la palabra, también respondiendo a Maximilian con toda la gracia que era capaz de aunar aquella mujer, que no era escasa:


-Es gracioso que usted nombre a Zadkiel, una figura conocida por detener a individuos que iban a sacrificar a sus hijos ante el Altísimo, colocando un animal en su lugar y salvando así la vida del joven. Obviamente el deseo de Dios no era ver a los muchachos sacrificados, sino comprobar hasta que punto llegaba la fidelidad del padre en cuestión. Si quiere usted insinuar algo, dígalo directamente. ¿Sospecha usted de su Majestad el rey Oberon? ¿O acaso de la capaz reina? -
Lady Paentio hizo una pausa, dejando responder al obispo, y continuó respondiendo las demás preguntas que Maximilian le había efectuado.-Es obvio que los ancianos tienen sospechas, así como yo las tengo. Pero el problema es que esas sospechas podrían enfurecer a nuestro adorado rey, o Dios no lo quiera, a la reina. En tal caso solo la palabra de uno de ellos bastaría por enjuiciar al culpable por desacato y por calumniar a las Majestades. Si usted tiene deseos de escuchar mis sospechas, necesitaré que se me prometa que estas palabras no saldrán de mis dependencias.

Grace Buckley intervino para intentar que su amiga confesase sus sospechas:

-Vamos, Celf, hazlo por el bien de la misión, y para honrar nuestra amistad.

La súcubo rio.

-La última que te toqué tu piel era tersa y suave. Y ahora está cubierta de surcos, de arrugas y de imperfecciones. ¿Cómo puedo yo saber si tu mente o tu corazón no han seguido la misma senda? Es imposible que adivine eso, al menos no ahora. Así que necesitaría al menos que ustedes firmaran un contrato, en el cual se comprometieran a no denunciarme ante el rey a menos que fuera completamente necesario y pusiera en peligro mortal su existencia, cosa altamente improbable desde mi posición. En cuanto a los demás maestros, me temo que mi influencia en sus círculos es… limitada. No puedo ser castigada por decir la verdad, ¿no es cierto señor Stenkerk? En todo caso, tómese esto como una confesión. Usted sabrá que en Infernalia reina el sistema de castas, ¿cierto? Y debajo del rey solo se encuentran los individuos con nueve cuernos, que son los que habitualmente dirigen los gremios, exceptuando obviamente el gremio Místico. Actualmente, los gremios están ocupados por individuos un tanto… exóticos. Son ancianos en su mayoría, hombres en su mayoría y estúpidos en su mayoría. En su afán por respetar las tradiciones me han mantenido al margen de sus asuntos. Yo he sido la que más ha sufrido su desprecio, por mi condición de mujer y de número de cuernos. Verán, fui elegida líder de mi gremio a razón de mis obras de arte. El líder de por aquel entonces, cuyo nombre no voy siquiera a intentar evocar a razón de su mezquindad, era un hombre siniestro y grotesco. Sus pinturas eran dignas de un desequilibrado, y no tenía el menor respeto por el arte. Además era un animal, trataba a las mujeres como si de ganado se tratara. Debido a esto, se granjeó la enemistad de todas las mujeres influyentes de ciudades como kerfel, Storby y Ciudad Catedral. Da la casualidad que yo tenía un atributo que el nunca llegó a imaginar; carisma. Y las mujeres de dichas ciudades me adoraban, y me siguen adorando. Como el señor Stenkerk sabrá, detrás de cada hombre hay una gran mujer. Y esas grandes mujeres me proporcionaron, presión a sus maridos mediante y estos presionando al propio Exarca, mi actual puesto. También ayudo el carácter de mi sucesor, claro, un alcohólico que llegó a insultar al propio Oberon en varias ocasiones y que ya había tenido algunos rifirrafes con la reina. Debido a su condición como nueve-cuernos, Oberon decidió enviarlo al exilio después de que le amenazara de muerte, contradiciendo todas las recomendaciones del Visir Real. Nunca se le ha vuelto a ver por aquí y en lo que a mi respecta murió en una cuneta, habiendo perdido la batalla contra el vicio. Pero me estoy desviando demasiado. Digamos que él tipo tenía muchas amistades masculinas y yo demasiado escasas e ineficaces. Eso, junto a mi condición de seiscuernos, hizo que me ganara el desprecio de mis compañeros. En la corte solo tengo tres personas a las que podría considerar “amigos” o que al menos se guardan sus opiniones para ellos mismos; el líder del gremio de lo oculto, Malkivan Quench; el joven Peirian Nidd, que comparte mi situación y la reina Elextratza. Pero me temo que debido a esto no he estado demasiado bien informada. Solo estos tres me revelarían sus sospechas de haberlas, y ni siquiera estoy segura de ello. En cuanto a lo demás, ellos me temen a mí tanto como yo a ellos. Si compartiéramos nuestras sospechas y estas pudieran enfurecer a sus Majestades sólo el más rápido sobreviviría. El que más rápido llegará a palacio o al propio Malkivan Quench y presentara los argumentos más solidos sería el que se salvaría. Los otros serían juzgados y posiblemente condenados. Pero yo estaría en la posición más desventajosa, pues no podría ser absuelta por mi condición de seiscuernos y estaría en inferioridad numérica. Si usted quiere saber cuales son las sospechas que albergo con respecto a los gremios he de decirle que considero al líder del gremio de defensores mi principal sospechoso. Gard Miwer y su guardia vieja son unos excombatientes que añoran las antiguas guerras. Desean participar en un conflicto de verdad, y lo desean a cualquier precio. Pero en el fondo son unos cobardes. Es muy probable que se hayan echado atrás o que confíen en que los propios infernales os asesinen por ellos. Sí, temo que sus vidas peligren. Gard Miwer y yo estamos en desacuerdo en muchas cosas, pero si hay una cosa en la que coincidimos es en la siguiente; si la comitiva de Ciudad Catedral es “neutralizada”, será casi imposible detener la guerra. No obstante, hay un argumento en contra de esto. He de admitir que Gard es un individuo extremadamente fiel, nunca haría daño a un miembro de la familia real. Pero ustedes y yo estaremos de acuerdo en que daño es una palabra muy amplia, y con diversas acepciones. Y no sabemos a cual de ellas se adherirá nuestro querido Gard. En cuanto al rey y su familia, me temo que hasta que el contrato sea firmado por ustedes mi boca permanecerá sellada. Puedo justificar mis perjurios hacia los demás líderes de gremio a través de vuestra presencia en la ciudad y vuestra misión diplomática, pero mucho me temo que necesitaré documentos que acrediten que no tenía otra opción que sincerarme con ustedes y que, debido a mis servicios, ustedes me absolvían, en nombre de la Sacra Organización, de todos los males que pudieran derivarse de mis palabras y del merecido castigo por atreverme a compartirlas con sus señorías. -Celf Paentio sonrió cual cordero degollado. Era obvio que había dicho demasiado acerca de sus compañeros de consejo y que se había detenido tan solo antes de soltar “el premio gordo”.

Ante la propuesta de Maximilian de que los propios hombres de Paentio fueran a buscar a los compañeros ausentes, dicha súcubo respondió lo siguiente:

-Considero que Gryfin no es apto para este trabajo, por motivos obvios. Así que enviaré a mi propio mayordomo, un apacible demonio que dudo que se meta en problemas. Su nombre es Fydlon. Junto a él irán tres sirvientes más, pues considero que una comitiva demasiado numerosa llamaría la atención. Si usted fuera tan amable de escribir dicha carta, y de paso el documento que necesito para confesarles mis sospechas, las cosas irían mucho más rápidas. En cuanto a sus laceraciones, puedo aplicarle un ungüento si lo desea. Ayudará a la cicatrización y regeneración de sus tejidos. De paso, permítame disculparme por la actuación de mis siervos. Ya saben como son los artistas, apasionados. Y muchos de ellos enfocan esa pasión de la forma equivocada. Lamento no haber observado sus heridas antes, pero mi visión es reducida, señor Stenkerk.

Si Maximilian así lo disponía, Celf Paentio le conduciría a una pequeña sala, similar a una enfermería donde rebuscaría entre decenas de frascos de piedra, palpándolos, esperando encontrar el ungüento adecuado. Una vez lo reconoció por el tacto, Celf manchó uno de sus dedos de la mano izquierda con la sustancia, un conglomerado verdoso cuyo olor repelería hasta a las mismísimas huestes de los demonios del caos mientras con la otra comenzó a palpar la cabeza de Max, hasta encontrar la herida en cuestión. Una vez lo hizo, aplico la solución en la zona afectada. Cuando uno hubo terminado, limpió sus manos con un trapo. Entre tanto, Alric Truefort parecía más tranquilo. Se había sentado en uno de los sillones, pues hasta entonces había permanecido de pie, y a juzgar por su rostro el cansancio había hecho mella en él. Grace Buckley, por el contrario, era la que estaba alterada entonces. Las palabras de su amiga le habían desagradado, a juzgar por su rostro.

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Re: [AVENTURA INICIAL] "Luces y Sombras" [Ciudad Catedral, 7 de Noviembre - 897 d.g.]

Mensaje por Maximilian Stenkerk el Jue Ago 20, 2015 2:30 pm





– No os preocupéis, mi estimado guardia Trueford. A fin de cuentas corresponde a Dios, por medio de los intérpretes de la Palabra, sus fieles hijos de la Eclesia Central, determinar cuál es la ley divina y los cánones naturales, no a vos o a vuestro padre. – Contesté con cierta desidia a las impertinentes palabras del teutógeno. Si esta conversación era demasiado grande para sus entendederas bien podría permanecer en silencio y no manchar el nombre de la Eclesia con su ignorancia ante nuestra anfitriona.

Luego Lady Paentio continuó con las chanzas, por lo que la imité. – Nada más lejos de la realidad, Lady Paentio. Nada más lejos de la realidad. Mi trabajo no es sospechar de nada, ni de nadie. Ese trabajo se lo dejo a nuestros compañeros inquisidores. Solo soy un humilde clérigo que desea encontrar la verdad entre tanta oscuridad para lograr la paz. – Dije con socarronería. – Nombré al divino Zadkiel pues él es el Justicar de Dios. Él es uno de los Ángeles de la Presencia de Dios, los más cercanos a la Divinidad. Y tiene como deber, junto a su hermano Uriel, administrar la Justicia Divina. Juntos conforman la más pura esencia de la Justicia, el perdón y el castigo. Zadkiel y Uriel. Por eso rogué por la intercesión de Zadkiel, pues deseamos y buscamos la redención a través de la clemencia y el perdón del pecado para evitar la ira divina de la espada llameante de Uriel azote inclemente esta ciudad, ¿no es así, mi señora? – Dije mientras sonreía condescendientemente.

La conversación giró dramáticamente. La súcubo confirmó que había sospechas por parte de los líderes de los gremios, pero se mostró muy evasiva y temerosa. Exigía una especie de compromiso formal con una finalidad no demasiado clara. Parecía demandar protección antes de hablar. Decidí permanecer en silencio y escuchar atentamente el relato de nuestra anfitriona. Empezó hablando de la idiosincrasia de Infernalia y como ella se hizo con el liderazgo del gremio de los artesanos. Ahí hubo un comentario que me inquietó. Su predecesor y su fortuita desaparición. Yo no me atrevería a preconizar su muerte tal fácilmente. Un demonio con medios y móvil para efectuar esta traición. Él o alguien relacionado con él en busca de venganza.

Continuó narrando su relación con los demás miembros del Consejo de Ancianos, y sus sospechas sobre el líder de los soldados. Parecía conveniente lograr una audiencia privada para conocer su versión de los acontecimientos. En cuanto al joven Lord Nidd, si su situación era tal y como Lady Paentio, no podría ofrecernos demasiada ayuda. Finalmente acabó exigiendo el indulto para poder hablar. Algo imposible, sin duda. Pero, ¿qué escondería entre sus labios para tener tanto miedo a la represión?

– La verdad es liberadora, pues permite purificar el alma a los ojos de Dios e iniciar el camino de la penitencia hacia el Paraíso. – Dice amablemente ante su comentario sarcástico sobre la verdad. – Pero el pecado y la mentira enturbian la carne, y ésta ha purificada a través del castigo para la liberación del alma. – Continué más seriamente. – Volvemos a la dualidad entre el perdón y el castigo, entre Zadkiel y Uriel, como vía de absolución y de justicia… Sin embargo la cuestión que en verdad reside aquí es, ¿qué es la verdad? Esa es la verdadera pregunta. – Hice una pequeña pausa endulzando mi rostro. –  Sin embargo, antes de continuar, agradezco gustoso vuestro ofrecimiento para tratarme. – Luego la seguí hasta un armario de donde extrajo un bote con un extraño ungüento de color verdecido que aplicó sobre mi cabeza. El tacto no era nada agradable. Era la primera vez que un demonio me tocaba y sentí un escalofrío recorrer el cuerpo. Una vez hubo terminado volvimos al salón, donde me senté otra vez en mi asiento.

– Volviendo al tema que nos ocupa, hacéis bien es sospechar de Lord Miwer, aunque de estar implicado resulta más que evidente que como soldado, carece de la aptitud y grandeza intelectual necesarias para poder haber planeado toda esta conspiración. A fin de cuentas solo a un necio se le ocurriría salir victorioso frente a las Legiones de Dios en una guerra abierta. Ya ocurrió una vez, cuando los demonios eran una fuerza mayor en número y poder. Y fueron aplastados por los Hijos de Dios. No. Hay alguien mucho más capaz y perverso detrás de todo esto. Con intereses ocultos más siniestros que el simple orgullo perdido.

– Sin embargo me temo que estáis muy equivocada, mi señora. No puedo absolveros, no tengo potestad para ello. Eso solo corresponde al Altísimo. Tampoco puedo indultar vuestra carne, pues corresponde al Sagrado Tribunal y no a mí dirimir la administración de justicia en Terra. – Negué con la cabeza y el rostro apesadumbrado. – Ahora bien, sí podría someteros a la jurisdicción de la Eclesia si vos renunciáis a vuestro privilegio a regiros por las leyes de Infernalia tal y como se recoge en el Concordato. De facto, esto supondría que toda exigencia de responsabilidad por vuestras actuaciones futuras sería requerida ante la autoridad eclesiástica y no ante el poder real, por lo que no podríais ser juzgada o condenada por su majestad el rey Oberón. Sería un acto voluntario y soberano, y no debería turbar nuestras relaciones con la Casa Real en caso de alguna disputa.


En primer lugar redacté la carta a los inquisidores y exorcistas pidiéndoles que acompañasen a los enviados de Lady Paentio. La enrollé, y sobre el pliego deposité un poco de cerca derretida, sellándolo con mi anillo de la Casa Stenkerk. Luego, volví a coger la pluma, la mojé en el tinturó y empecé a escribir en la vitela con la más fina y elegante caligrafía el siguiente documento. Luego lo redactar exactamente igual. – Dos copias, una para vos como interesada, y otra para nosotros.

Contrato:


Por la presente queda proclamado que,

Lady Celf de la Casa Paentio, Líder del Gremio de Artesanos de la Insigne Ciudad de Infernalia, renuncia a su privilegio a regirse por las leyes y costumbres dictadas por el soberano del Reino de Infernalia, tal y como recoge el Sagrado Concordato con la Santa Sede.

A partir de este momento, Lady Celf de la Casa Paentio estará sometida a las leyes y la jurisdicción de la Santa Eclesia, que ejercerá como única y última autoridad legítima ante su súbdita.

Cualquier exigencia de responsabilidad que por actos cometidos desde la rúbrica de este documento se llevará a cabo ante la autoridad correspondiente de la Eclesia, rigiéndose cualquier litigio en el que la firmante se viera afectada por el Derecho Canónico.

Así quedará reconocido ante los ojos de Dios y del Hombre. Todo ser viviente de la creación deberá cumplir y hacer cumplir lo aquí acordado. Y de aquellos que osen turbarlo, que Dios y la Santa Eclesia se lo demande con justicia inmisericorde.

En la Insigne Ciudad de Infernalia, a 12 de noviembre del 897 d.G.


Autoridad Legítima de la Santa Eclesia:

Su Excelentísimo y Reverendísimo Señor Maximilian de la Casa Stenkerk, noble obispo de la Eclesia Central y Nuncio Apostólico de Su Santidad el Sumo Exarca


Testigos:

Grace Buckley, monja de la Orden de los Secretos y Cultos Mistéricos

Alric Trueford, cruzado de la Guardia Teutógena


Declarante:

Lady Celf de la Casa Paentio




Incorporé mi rúbrica sobre mi nombre, y luego me dirigí al resto de presentes. – Por favor, firmen sobre sus nombres. – Mientras cogí un poco de cera para sellar depositándola junto a las firmas en ambos documentos. – Guardia Trueford, le concedo el honor. Por favor, selle con el emblema de la Santa Sede que el Cardenal Crawley le concedió para que el documento tenga validez. –   Miré a Lady Paentio esperando que ese documento de renuncia fuese suficiente para cubrir sus expectativas.


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Re: [AVENTURA INICIAL] "Luces y Sombras" [Ciudad Catedral, 7 de Noviembre - 897 d.g.]

Mensaje por Dezba Wakanda el Vie Sep 04, 2015 12:50 am

MAXIMILIAN STENKERK


Mientras que Grace Buckley firmó sobre el papel, haciendo gala de una caligrafia que dejaba a la del propio Maximilian en ridículo, Alric Truefort se negó efusivamente a hacerlo.

Levanto se, indignado, y miró a Maximilian con la mirada más similar al odio que alguien tan fiel podía llegar a perfilar en su rostro. Alric lanzó el sello encima del escritorio, y dijo las siguientes palabras:

-Mi estimado Maximilian, no puedo creer lo que mis ojos ven y mis oídos escuchan. Desearía ser sordo y ciego, porqué vuestras palabras y actos carcomen mi interior. No sólo no se contenta con desacreditar a la guardia de esta ciudad y a su líder, el único que puede evitar la guerra y al que deberemos tener de nuestro lado para lo que se avecina, sino que encima has tratado con el mismísimo demonio. Si esta mujer es digna, deberá confesar todo lo que sabe, sin esperar beneficio o castigo alguno. Eso será Dios quien lo decida. ¿Sabeís lo que pienso? Pienso que esta mujer nos tiene retenidos, y mientras perdemos el tiempo con estos trámites estúpidos nuestros compañeros han sido secuestrados por sus hombres… o peor aún, los han asesinado. Si no fuera así, ¿por qué la insistencia de no permitirme ir a buscarlos? ¿Acaso teme que descubra algo incómodo para ella? Pensadlo. Los soldados de Infernalia deberían estar bajo el control de la propia guardia. ¿Por qué se permite el lujo esta mujer de tener sus propios lacayos? ¿Acaso el líder de la guardia contrata a artesanos ajenos al gremio de esta mujer? Lo dudo mucho. Si usted quiere ser el cómplice de esta… sucubo-estas últimas palabras las expreso con todo el desagrado que pudo, era como si le costase poner tanto enfásis-[no se lo impediré, pero no espere usted mi cooperación en este asunto.

Celf Paentio observó a Alric Truefort, sonriéndo:

-Creo que a vuestro amigo le ha afectado demasiado el calor de Infernalia. Le recomendaría que se acostase durante un par de horas.

Alric se envaró, ofendido.

-¿¡Como osas, mujer?!

Celf Paentio se levantó y siguió mirando al guardia, sin dejar de sonreir:

-No quisiera tener que llamar a mis guardias y hacer que te redujeran. Estás cansado, soldado, así que perdonaré tus ofensas, como también vosotros perdonáis a quienes os ofenden. En cuanto a mis “lacayos”, no son guardias en el sentido estricto de la palabra, sino artistas. No han golpeado a nadie en su longeva vida, sin embargo se que serían perfectamente capaces de hacerlo si mi vida fuese amenazada.


De nuevo Alric Truefort se vio superado por la situación y se resignó, volviendo a su asiento junto a Maximilian y Grace Buckley.

-Grace, Maximilian, ¿sería uno de vosotros tan amable como para leerme el contenido del documento? Me temo que mis ojos ya no son lo que eran.


Grace Buckley estaría complacida de ser los ojos de su vieja amiga súcubo en caso de que el obispo se negará a hacer lo que Celf le encomendaba.

Una vez la lectura hubo finalizado y los documentos se sellaron, la súcubo desapareció durante unos minutos, dejándoles a solas. Como era de esperar, Alric Truefort increpó a sus dos compañeros por el mero hecho de confiar en ella:

-Me es imposible entender porque confían en este bruja. Aun así, he estado pensando. No montaré ningún numerito más. Pero si acabo teniendo la razón y tu querida amiguita nos conduce a la debacle y al incumplimiento de nuestra misión no esperéis que permanezca de brazos cruzados.

-Os pido que dejéis la impaciencia y vuestra impertinencia a un lado, joven Alric. Parecéis un mocoso en lugar de un hombre hecho y derecho. Déjenos  a nosotros los trabajos sesudos. Usted es el músculo, pues así es como deben ser las cosas.


Se pronunciase o no Maximilian en dicha discusión, habría algo que no cambiaría, Celf Paentio entraría por la puerta y retomaría su asiento. Al parecer, se encontraba dispuesta a hablar de sus sospechas acerca de la situación en Infernalia. Antes de proceder, se aclaró la garganta y se encorvó, mirando a Maximilian de forma exclusiva:

-Tienes un poder de convicción ciertamente efectivo, muchacho. Supongo que habré de contarte mis conjeturas. He estado pensando, Maximilian, he pensado mucho. Y he llegado a una conclusión. En primer lugar, creo que la posición de los Ancianos con respecto a la familia real se ha desequilibrado. Cada vez los nuevecuernos tienen más influencia, no sólo dentro sino fuera de la ciudad. De hecho, muchos de ellos son conocidos por sus continuados tratos con los humanos eclesiásticos. La Eclesia respalda la monarquía del rey Oberón, eso nadie lo duda. Pero, ¿hacen lo mismo los altos cargos de la embajada de Infernalia? ¿Siguen el ejemplo del Exarca los siempre sibilinos inquisidores? Si me preguntan a mí, les diré que no. Si me preguntan a mí, les diré que los nobles han sido corrompidos. Si me preguntan a mí, les diré que ese fue el motivo por el cual el rey Oberon expulsó a los embajadores. Para ganar tiempo, un valioso tiempo para aislar a los traidores de los que no lo son. Para purgar el consejo. Quizá los nobles hayan raptado a sus familiares, o quizá haya sido el propio Oberon quien los haya enviado lejos del volcán para evitar que sean corrompidos por los avariciosos nuevecuernos. Mientras tanto, el pueblo está del lado de la familia real, como era de esperar. Nadie sabe nada, y todo lo que estoy diciendo son meras conjeturas. Pero hay una forma de comprobarlo. Ustedes tienen cierto poder en la Eclesia, ¿me equivoco?  Podrían ustedes ayudar al rey Oberon en su trabajo. Imagino que el pobre tendrá que recurrir al siempre servicial Malkivan Quench, pero es obvio que el Visir Real no podrá probar a todos los ancianos a tiempo. Al menos ustedes ya saben a ciencia cierta que yo no soy la culpable. Tal y como están las cosas aunque desease un poder mayor del que Dios me ha concedido no podría hacer gran cosa. La prueba es simple; tan sólo tenéis que tentar a los ancianos. De hecho, si mi teoría es cierta, varios de vuestros compañeros tendrán que resistirse a los intentos de estos por corromperles. No es descabellado pensar que pueden haberos traicionado. De hecho, si había inquisidores en vuestro séquito es más que probable que sea lo que haya sucedido. Los inquisidores son la presa favorita de gente como la que describo. Aunque puede que el señor Midwer se vea más inclinado a ofrecer favores a miembros de la orden del Martillo Aúreo. ¿No cree usted, señor Alric?

Alric, visiblemente molesto, respondió a Celf, que sonreía.

-Si lo que quiere usted es que la atraviese de par en par para que sus mercenarios acaben conmigo, sepa que no pienso ceder. El tiempo pone a cada uno en su sitio, señora, y no suele ser demasiado benévolo con gente como vos. Tildando de corruptos a los ancianos de esta ciudad. Una advenediza, una simple tendera, habrase visto.

Celf Paentio rió.

-Ciertamente, comienzo a comprender los motivos de Gryffin, aunque no los excuso.-tras una pausa, Celf miró a Maximilian de nuevo y le hizo la siguiente pregunta:-¿Y bien, señor Stenkerk? ¿Qué le parece mi teoría? ¿Serías tan amable de compartir conmigo tus pensamientos?

Justo entonces, alguien llamó a la puerta. Se trataba de un demonio juvenil, quizá incluso de menor edad que Maximilian, acompañado de un miembro del séquito del cardenal Crawley. Ese miembro no era otro que la mismísima Selena Blackmaw. La inquisidora parecía ciertamente aturdida. No había rastro de los demás, pero Alric Truefort se apresuró a señalar dicho detalle.

-Uno de cinco. He visto mejores resultados en poblados alejados de la mano de Dios, señora Paentio. Me esperaba mucho más de una venerable anciana como usted presume ser.

La súcubo aludida, ya acostumbrada a las ácidas críticas del soldado, esquivó su provocación con una mueca y se dirigió hacia los recién llegados.

-Mi apreciado Fydlon, ¿podrías contarnos lo que ha sucedido?

El demonio asintió y se arrodilló, besando la mano de su anfitriona. Una vez hizo esto, se incorporó y comenzó con el relato.

-Siguiendo lo que la razón nos dictaba, los muchachos y yo acudimos en primer lugar a por los inquisidores. Rebuscamos en todas las tabernas de la ciudad, hasta que los encontramos. Al parecer dos de ellos, ambos humanos, se habían enfrascado en una pelea de taberna. Sus heridas, que no fueron tratadas debido a su reticencia de contactar con los gremios,empeoraron rápidamente.


Selena Blackmaw habló por vez primera, interrumpiendo a Fydlon.

-Hans y Tarik siempre fueron muy… intolerantes. Y esta noche he descubierto que los habitantes de Infernalia, pese a todo, no les andan a la zaga. Efectivamente, lo inevitable ha sucedido. Pero he de romper una lanza a favor de los demonios. Han sido mis estúpidos compañeros los que animados por las bebidas exóticas de la ciudad han comenzado la trifulca. Y han sido ellos mismos, en su estupidez sin igual, los que se han negado a recibir asistencia del gremio de los alquimistas. Como consecuencia, quien sabe si debido a la ceniza del volcán, a la lluvia ácida que nos ha sorprendido en plena calle o a algún tipo de afección contra la cual su cuerpo no sepa defenderse, han empeorado. Los miembros donde las heridas han tenido lugar se han puesto de colores que ni siquiera sería capaz de describir. Pero aún con todo y en medio de delirios, los muy inútiles han negado necesitar asistencia. Solo con la ayuda de los siervos de doña Paentio hemos podido llevarlos a rastras al gremio de alquimistas. No os mentiré, en base a mis conocimientos médicos no creo que se encuentren dispuestos a ayudarnos. Eso en caso de que sobrevivan.

Celf Paentio asintió.

-¿No había más eclesiásticos que… rescatar?

Fydlon continuó con su relato.

-Sí, los había. Dos exorcistas, si las estimaciones de la señorita Blackmaw son adecuadas. Pero esos dos exorcistas han cometido un error crítico.

-No me digas que…

-Exacto. Han acudido al gremio de lo oculto. Debido a que nos consideran aliados de la casta mística nos han denegado la entrada. No obstante, he dejado a uno de mis hombres vigilando los alrededores, en caso de que los exorcistas salgan al exterior. En cuanto a los otros dos, se encuentran vigilando a los heridos.


La súcubo sostuvo una mirada durante un tiempo a la inquisidora Selena.

-He oído que usted sabe de medicina. ¿Sería posible entonces que hayan sido envenenados? ¿Quizá uno de los espontáneos de la taberna llevase un filo embadurnado en veneno? ¿O el propio tabernero colaborara en la intoxicación?


Selena Blackmaw sacudió la cabeza, descartando tal posibilidad.

-No empezaron a notar los síntomas hasta las dos horas después. Y una refutada médica como yo no caería en trucos tan baratos. Temo que no hayan sido las conspiraciones sino su propia estupidez lo que les haya conducido a esto, lo cual dejaría a la Eclesia en un pésimo lugar.

-Sin embargo es sumamente conveniente, ¿no creéis?
[color=green]-esa pregunta, formulada por Celf, iba dirigida a todos en general y a ninguno en particular.

-¿Nos trasladaría el líder del gremio de alquimistas una copia de los partes médicos?-preguntó la monja hermética Grace.

Celf asintió.

-El señor Alcemis es un hombre severamente neutral. No se casa con nadie. Y es por eso por lo que os recomiendo tener cuidado.  A pesar de que no ha negado la asistencia sanitaria a vuestros compañeros y no permitirá que nadie influya en su diagnóstico, tampoco negará a vuestros enemigos la información sobre vuestra visita.


Selena Blackmaw se dirigió a un asiento, y Celf Paentio la atendió con gentileza.

-Debes de estar hambrienta, estás escuálida. Les diré a mis sirvientes que te preparen un buen plato de comida autóctona. A ti y a todo el que quiera probarla.


Celf desapareció durante unos minutos, y eso permitió a la comitiva discutir los próximos pasos.

-Creo que deberíamos hacerles una visita a Lilian Tempest y Jared Benditch. Temo que se sientan demasiado cómodos rodeados de exorcistas. Al menos tan cómodos como para olvidarse de por qué estamos aquí.

Incapaz de mantenerse callado, Alric Truefort sacó a relucir su opinión:

-No creo que dejen entrar a una monja, una médica y un orador, por mucho que vayan acompañados de dos o tres soldados. Sois buenos en cuanto a la diplomacia, pero ya habéis oído al secuaz de Paentio.[color=yellow]

Fydlon se dirigió a Alric con una sonrisa, aunque con tono severo. Era evidente que había aprendido bien de su anfitriona.

-Le agradecería que no fuera tan brusco conmigo, señor Alric. Casi toda Infernalia sabe ya de su humillación en plena calle, no queremos que también se enteren de sus pésimos modales como invitado.-diciendo esto, el mayordomo de Celf Paentio abandonó la sala.

Alric resistió sus impulsos asesinos y continuó con su discurso:

-El gremio de lo oculto está enemistado con el Visir Real, y por tanto también con nosotros. Necesitamos soldados, soldados que persuadan a su líder de abrirnos las puertas o que, ante su negativa, las acaben tirando abajo. Y solo hay un lugar donde podemos conseguirlos, y un lugar al que debamos acudir. Incluso puede que ni siquiera necesitamos “salvar” a los exorcistas. Pueden quedarse tomando pastitas con sus amiguitos todo cuanto gusten mientras nosotros arreglamos la situación.

-Ya has oído a nuestra anfitriona-
señaló Grace, cansada de las ídeas del soldado-Gard Miwer es un hombre difícil de llevar, y en el remoto caso de que Celf estuviera equivocada dudo que nos recibiera. Y menos después de haber hablado con ella.

-En eso tienes razón, dudo que te reciba. Pero el señor Stenker, la inquisidora y yo no tenemos nada que ver con ella. Podemos improvisar algo. Además, ambos somos soldados. Supongo que eso servirá de algo.

Selena suspiró.

-Tenemos que movernos con cautela. Es evidente que con vuestra inesperada visita al gremio de los artesanos habéis decantado nuestro bando. Puede que después de todo nos sea beneficioso tener a los exorcistas en el otro lado, al fin y al cabo. Lo que yo propongo es simple. El gremio místico y el gremio de lo oculto están enemistados. Así que la ruta a seguir es la más directa; debemos conseguir acceso al Visir Real. Pero no debemos desviarnos del objetivo principal, que es hacer entrar a Oberon en razón. ¿Qué piensa nuestro querido obispo de todo esto? ¿Cuál sería la mejor forma de conseguir nuestro objetivo?

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Re: [AVENTURA INICIAL] "Luces y Sombras" [Ciudad Catedral, 7 de Noviembre - 897 d.g.]

Mensaje por Maximilian Stenkerk el Lun Oct 12, 2015 9:52 pm






– Contened vuestro ardor, guardia Trueford. – Le contesté secamente. – No sois poeta, sois soldado. Recordad cuál es vuestra posición.  – Luego el teutógeno y la súcubo se enzarzaron en una discusión que ganó por victoria aplastante nuestra anfitriona. – Ruego que todos mantengamos la calma y la serenidad. Todos servimos a Dios y solo buscamos el Bien para la Eclesia e Infernalia. – Calmada la situación, Lady Paentio pidió que le leyésemos el contrato, e indiqué amablemente a la hermana Buckley que procediese. Luego firmó el documento y nos dejó a solas un rato para que debatiésemos con tranquilidad.

– Diplomacia, guardia Trueford. Simple diplomacia. Cuando gocemos de más tranquilidad os instruiré con gusto en el arte de la política… – Repliqué con condescendencia. – Sin embargo, llegado el caso, no os impediré que actuéis como convengáis. – Le contesté con sequedad a la última parte de su comentario. Finalmente llegó la súcubo dispuesta a hablar.

La escuché atentamente, y a medida que hablaba mi interés aumentaba. Lo cierto es que Lady Paentio no era consciente de que me estaba brindando una información sumamente interesante. Nos habló de su pasado y como trepó en la jerarquía de Infernalia. Esto había enfadado a los nobles, gente tradicional, con la que la aristocracia de Ciudad Catedral solía hacer negocios. Ella lo llamaba corrupción… Simple ignorancia. Y parecía que esa “corrupción” era la que estaba detrás del conflicto. Osó acusar a los miembros de la embajada de “corruptos” y “vendidos” a los intereses de la nobleza en vez de Infernalia y la Eclesia… Pobre mujer… No solo era ciega de vista, sino de entendimiento. Precisamente aquellos acuerdos beneficiaban a la Eclesia, por ello el mismo Colegio Cardenalicio los promovía, mal que le pesase a Sigmund Munch y sus fanáticos.

Permanecí en silencio, con el rostro imperturbable, pero pensando en sus palabras. Quizá pudiese encontrar una alianza más beneficiosa para mis intereses y los de la Eclesia en los otros nobles. Eran de una raza inferior, pero de la nobleza más tradicional, como lo era yo en la aristocracia de la Eclesia. Ellos seguramente supiesen cuál era su posición en el mundo y con los que seguramente pudiese sacar más provecho. Había que actuar con cautela… De momento se empezaba a esbozar un plan en mi cabeza. Paentio terminó, y de nuevo se enzarzó en una discusión con Alric.

– Comprensión y excusa van de la mano, mi señora. Buscar comprender una acción es buscar justificaciones a la misma. Y permitidme recordaros, Lady Paentio, que fueron vuestros siervos quienes iniciaron la “trifulca”, y le aseguro que en ningún momento su comportamiento fue excusable o comprensible. El guardia Trueford en aquella situación realizó su único cometido, tal y como ordenó su Santidad el Sumo Exarca: velar por la seguridad de la comitiva… – Una cuestión era permitir algunas chanzas merecidas contra el guardia, pero otra muy distinta banalizar un intento de asesinato contra mi persona. – Sin embargo este no es el momento ni de reparar honores ni de buscar justicia. – Pero llegará. Llegará pronto... – No debemos distraernos de nuestro objetivo último.

Luego me dispuse a contestar a la pregunta de la súcubo sobre sus “teorías”, pero alguien llamando a la puerta lo impidió, cosa que agradecí, porque en aquel momento no estaba dispuesto a compartir mis conclusiones con nadie… Salvo con Dios, por supuesto. Un demonio entró acompañada de Lady Paentio, y de nuevo Trueford tomó la palabra para soltar sus tediosas quejas. Me arrepentía de no haberle dejado marchar para no tener que soportarle, pero eso era algo que estaba a punto de remediar.

El sirviente nos relató el estado de nuestros acompañantes. Los inquisidores habían provocado una trifulca que les había llevado en directo a las puertas de la muerte. Su vida pendía de un hilo. Los muy ineptos… Blackmaw con la ayuda del siervo de Paentio los llevaron al Gremio de Alquimistas para ser atendidos… Si es que lo llegan a hacer. Lady Paentio mostraba confianza en el líder del Gremio, aunque sospechaba que hubiesen sido envenenados, cosa que pese a las discrepancias de la inquisidora, a mí no me extrañaba viniendo de las infectas alimañas que ya había tenido el placer de conocer en esta ciudad…

En cuanto a los exorcistas, se encontraban con el gremio de lo oculto, cosa que ya sabíamos. La enemistad del Gremio de lo Oculto con el Místico, y la relación de Paentio con Malavich (líder del Gremio Místico) habían impedido la entrada de sus sirvientes en sus instalaciones. Sin embargo debía reunirme con el líder del Gremio de lo Oculto. Creía saber cómo ganarme su apoyo y acceder al resto de la nobleza. Aunque no sería mi único movimiento.

Lady Paentio le ofreció comer a Selena, y luego extendió su oferta a todos los presentes, cosa que yo acepté. No había probado nunca la gastronomía de Infernalia, y lo cierto es que no me hacía demasiada ilusión, pero debía de llenar el estómago y recuperar energías. Luego nos dejó a solas con su sirviente. Mientras discutíamos como proceder, aproveché una de las vitelas en blanco y copié el contenido del contrato. Era bueno tener alguna copia más aunque no fuese oficial. Luego guardé el documento oficial en mi túnica y cogí en la mano la copia.

– Estoy de acuerdo con la inquisidora Blackmaw. Es de imperiosa necesidad que nos reunamos con los exorcistas. Debemos permanecer unidos o la sombra que acecha sobre nosotros nos devorará. – Dije con solemnidad pero lo suficientemente alto como para que me oyese el sirviente. – El guardia Trueford, la inquisidora Blackmaw y yo iremos en busca de los exorcistas. Vos, hermana Buckley id a aseguraros de que los inquisidores están en buenas manos. Lo que nos espere en el Gremio de lo Oculto puede ser peligroso, es mejor que no corráis peligro. – Además de que lo que tenía que tratar con el líder del Gremio de lo Oculto no era del interés de la recatada Buckley. – Vos, sirviente. ¿Cómo os llamabais? Fydlon, ¿verdad? – Miré al demonio. – Tras el generoso ágape de vuestra señora debemos encontrar a nuestros compañeros exorcistas. Puede que estén en peligro. ¿Cómo podríamos llegar al Gremio de lo Oculto? Puede que a vuestros hombres no les dejasen entrar, pero no podrán negar el paso al Estandarte de la Eclesia. Y por favor, procurad escolta a la hermana Buckley al Gremio de los Alquimistas. Ella irá a velar por nuestros compañeros heridos.

– Ah, mi estimado guardia, una cosa más. Deseo tratar con vos un asunto en privado para evitar que se repita lo que ha ocurrido aquí. – Mi rostro era severo y sombrío. Me moví hacia Alric y me coloqué cuidadosamente de espaldas a Fydlon para que no pudiese ver ni mis labios ni mis manos. Me acerqué a su oreja y susurré lo suficientemente bajo como para que solo él me escuchase. – Oíd atentamente y callad. Queríais hablar con el líder de los guardias, y eso es lo que haréis. Coged disimuladamente el pergamino. Le entregaréis este mensaje a Lord Mindwer: “Maximilian Stenkerk os saluda. La Eclesia es consciente de la situación que atraviesa Infernalia. Nuestro deseo no es otro que la relación entre la Eclesia e Infernalia, así como la nobleza, vuelva a ser tan provechosa como siempre ha sido, o incluso más. Tenemos intereses comunes. Como muestra de buena voluntad quiero que toméis este pergamino, donde se muestra que poseo algo que sé que vos deseáis. El original lo guardo yo. Deseo reunirme con vos y el resto de grandes y tradicionales nobles en persona.” ¿Habéis entendido? Ahora quiero que finjáis un fuerte enfado, como si os hubiera reprobado vuestro comportamiento infantil y abandonéis la casa furioso. – Mientras susurraba, le tendía disimuladamente la copia a Alric. El verdadero juego comenzaba ahora.



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Acción 1: Colocarme estratégicamente de espaldas al sirviente de Paentio para que no vea ni oiga nada de lo que hago y digo a Alric + Activar técnica “El Canto del Ruiseñor” sobre Alric para que obedezca mi orden de ir a hablar con el líder del Gremio de los Guardias.


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Re: [AVENTURA INICIAL] "Luces y Sombras" [Ciudad Catedral, 7 de Noviembre - 897 d.g.]

Mensaje por Dezba Wakanda el Dom Dic 06, 2015 11:07 pm

MAXIMILIAN STENKERK


-¡Maldito niño mimado! Podréis ser todo lo respetable que queráis, reverencia, pero nunca doblegáreis mi voluntad. ¿Queréis a alguien modosito y que os lama los cuartos traseros? ¡Avisad a una de vuestras doncellas! En lo que a mí respecta, hasta aquí llega la travesía. Si usted fuera una anfitriona ordinaria, doña Paentio, gustoso le pediría víveres y transporte. ¡Sin embargo, escupo sobre su casa y tan apunto estoy de hacerlo también sobre sus invitados que me retiro de este infierno para no verme rebajado a expresar mi furia con tal bajeza!

Si hubiera habido una puerta ordinaria, Alric sin duda habría puesto la guinda al pastel con un portazo. Sin embargo no la hubo, y a pesar de ello el guarda trató de darle el mayor dramatismo posible a su actuación pisoteando en el suelo. Su actuación fue tal que parecía cierta. Y en algunos puntos, sin duda lo era.

Para sorpresa de Maximilian, lo que antaño era un avispero de opiniones y más similar a un individuo con múltiple personalidad que a un ente cohesionado, se convirtieron en un conjunto de individuos que permanecieron atentos a sus propuestas e incluso, las aceptaron. Así pues, antes de partir y dejar de ser "presas" de la señora Paentio, esta les obsequió con viveres en forma de galletas cuya textura era tan similar a la de la piera magmática que era difícil diferenciarlas y agua, un bien ciertamente valioso en Infernalia. Pero no fue eso lo único que Maximilian recibió de la sucubo, sino que esta también le entregó unos pergaminos. El sello no había sido roto. Una sonrisa en el rostro de Celf que nadie pareció percibir acompañó a su entrega.

Así pues, acompañados de aquel enigmático demonio de nombre Fydlon, se retiraron.

Conforme salían de aquel lugar, esta vez directamente en el elevador, escucharon sonoros pasos en las escaleras. Correspondían a varios individuos, pesados y bien organizados. Selena Blackmaw sonrío:

-Parece que el hombretón de Alric ha hecho amiguitos en tiempo record.

Fydlon no cesó de mirar hacia arriba con cierto nerviosismo. Para cuando el elevador les condujo a su destino, llegó la hora de separarse.

-Tanto el señor Alchemis como su contraparte del gremio de Exorcistas gustan de controlar sus negocios desde una posición privilegiada. Por lo tanto, deberéis dirigidos al epicentro del sector del gremio de lo oculto. Es decir, que estaréis en un lugar público, rodeados de posibles testigos. Os recomendaría que intentáseis conseguir una audiencia privada con Necronus Nudd, el líder de dicho gremio.

En cuanto a la señorita Buckley, yo mismo la guíare hasta el lugar donde "retienen" a los inquisidores, si os place. Yo y el señor Alchemi no somos malos conocidos.


Diciendo esto y si nadie se lo impedía, Fydlon cogió del brazo a la señora Buckley y ambos desaparecieron entre el vapor producido por la fundición del magma. Lentamente pero con buen tino, siguiendo a Selena Blackmaw, Maximilian fue conducido al gremio de lo Oculto. Era ciertamente irregular que una inquisidora que se suponía externa a la ciudad supiera donde estaban los gremios situados. Selena sin duda era una persona muy bien informada, ¿pero en que proporción con respecto a Maximilian?

Llegaron pues, a una especie de tenderete místico. Este tenía varias capas, que iban ganando en profundidad conforme uno se adentraba en su interior. La primera consistía en la venta de baratijas y encantamientos de dudosa efectividad. Seguidos estaban algo así como "cabinas de exorcismo", lugares donde los oficiales del gremio curaban las dolencias espirituales de númerosos clientes.

Si seguían avanzando hacia el interior de aquel tenderete encontrarían una especie de biblioteca donde, a la lumbre de lamparas de lava, numerosos estudiosos revisaban antiguos tratados y componían complejas fórmulas esotérico-aritméticas. Selena Blackmaw se dirigió al bibliotecario de aquella sala y deslizó dinero por debajo del mostrador en el que el infernal revisaba, con ojos de búho, el comportamiento de los ávidos lectores.

-Querríamos una audencia con su señoría Necronus Nudd. En privado. Asuntos de la Eclesia nos reclaman.

El hombre, silencioso y aséptico, se levantó, sin tomar el dinero, y los condujo por unas escaleras al segundo piso de aquella biblioteca. Desde ahí, en una sola mesa, un encorvado demonio observaba el trajín de libros, lento y eficiente, que sus subordinados llevaban a cabo.

Antes de que Maximilian pudiera descubrir de quien se trataba, Necronus Nudd alzó su mano indicándole que aguardara.

-Parece ser que el señor Maximilian Stenker, acompañado de la señorita Blackmaw, me obsequian con su visita. Si buscan a sus compañeros, han de saber que en este momento están muy ocupados intercambiando conocimientos con mis subordinados. Conocimientos académicos, claro. Apenas me interesan de otro tipo. Y si ustedes han venido buscando ese otro tipo de información, esperando que yo pueda darsela, lamento comunicarles que el santuario del conocimiento no es lugar para intercambiar cotilleos de patio. Sin embargo, me gustaría hacerles una pregunta. A ambos, con el fin de templar su carácter. ¿Que cualidad es más necesaria en un hombre? ¿El talento o el esfuerzo?



CARTAS:


"Lamento que la información haya sido mala y tardía, pero sin embargo confío en que usted la encontrará ciertamente exhaustiva. Comenzando por sus propios compañeros, he de decir que me ha resultado imposible recopilar información sobre Selena Blackmaw, es alguien ciertamente inaccesible. Jared y Lilian Tempest están virtualmente blindados por la Cruz Argenta. Eso no significa que sean inaccesibles, sino que no podrá recibir información de ellos hasta que persuada a los perros guardianes. Habrá de esperar a una segunda carta, donde también se le aportará información sobre los personajes "ilustres" de la ciudad a la que espero ya haya arrivado. Alric Truefort, Grace Buckley, Hans Ferthaim y Tarik Argaon son harina de otro costal. No tienen secretos para usted. En orden de mención; comencemos por el señor Truefort. No aúna los treinta años, pero aún así es prometedor. Un muchacho de origen humilde, no por su apellido sino por su condición de hijo ilegítimo. El escándalo que su padre trajo a la familia al engendrar un hijo antes de casarse fue notorio. Sin embargo, debido a que esta acción no rompía el rito del matrimonio, pues Truefort senior no había emitido ningún voto y era un joven inexperto, la Eclesia decidió pasar por alto esto. Alric se crió con su madre, una aristocráta de bajo rango, creo recordar que una pueblerina de tres al cuarto. A la tierna edad de quince años recibió la llamada de las armas y se alistó en la orden del Martillo. Una vez allí, sus habilidades fueron calificadas de excepcionales y su rabia de incombustible y escaló puestos en la jerarquía. Tanto es así que terminó por ser seleccionado por Crawley para esta misión. Grace Buckley es la típica hija sobrante, una eterna doncella que nunca encontró esposo, quizá porque sus gustos no lo permitían. Sus padres decidieron, a la edad de treinta años, el internarla en un convento de monjas escribanas. Poco a poco su afición por la lectura y escritura, que había cultivado desde muy pequeña, se convirtió en su más preciado don. Una monja con conocimientos de lectura y escritura avanzados puede alcanzar mucha notoriedad en ese tipo de lugares. Y eso es lo que hizo la señora Grace. Ha servido a pocos amos, pero Crawley podría considerarse uno de ellos. Finalmente, daré carpetazo a este informe presentando a Hans Ferthaim y Tarik Argaon. Ambos son compañeros de Selena Blackmaw, y por lo tanto los tres se suponen iguales. Sin embargo, todos quieren ser el gallo en el corral. Sinceramente, no sé que a que tipo de estrategia responde el alinearlos en el mismo escuadrón, pero sin embargo no sería desacertado pensar que responde a algún tipo de condena."[/i]

Así terminaba la carta, abruptamente. Sin menciones a su casa, sus demás sirvientes ni a su hermana.

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Re: [AVENTURA INICIAL] "Luces y Sombras" [Ciudad Catedral, 7 de Noviembre - 897 d.g.]

Mensaje por Maximilian Stenkerk el Dom Dic 13, 2015 11:05 pm






El Guardia Trueford montó la escena tal y como le había ordenado. Muy bien. Demasiado bien, de hecho. No podía evitar pensar que aprovechando la ocasión había mostrado sentimientos bastante reales... Una vez se fue cerré los ojos y suspiré. Luego me volví a sentar. – Un comportamiento indecoroso e inaceptable por parte de un oficial de la Eclesia. Daré parte de este arrebato y de su inmadurez manifiesta llegado el momento. – Sobre la mesa reposaba el sello de la Eclesia que había tirado Trueford. Lo recogí. Desde luego era mucho más sensato y conveniente que lo mantuviese yo y no ese imprudente soldado. Reconducida la situación, los presentes se mostraron de acuerdo con mis planes y pudimos partir, no sin antes recibir unos dulces, que acepté gustosamente pero que desde luego no pensaba ingerir, y algo de agua. Además me entregó, sospechosamente sonriente, varios pergaminos correctamente sellados.

Antes de salir me aparté un poco y me dispuse a leer el pergamino sellado con el emblema de mi casa. Era de Julius. En él me facilitaba algunos datos de mis acompañantes. Pequeños detalles de sus vidas que me permitían hacerme una idea más cercana de esas personas, y que en ocasiones contaban con elementos lo suficientemente relevantes como para “tratar” con ellas... La información es poder. Aunque de otros como Selena Blackmaw no disponía de nada de información. Lo cuál era todavía más sospechoso, y peligroso. Pero encontraría otros medios para llegar a ellos. Sin embargo había algo extraño en aquella carta. No mencionaba nada sobre mi hermana Lissane ni de mis intereses en Ciudad Catedral. Y su forma de expresarse difería bastante del exquisitamente correcto y adecuado lenguaje de Julius Ashgail. Era la caligrafía de Julius, no había duda, pero había algo raro. ¿Habría pasado algo y había escrito esta misiva corriendo intentando que me llegase el último encargo? Estaba ciertamente preocupado.

Al salir, fuimos conducidos por el siervo de Lady Paentio hasta un elevador. Miré al ascensor arqueando una ceja. – ¿Y no podríamos haber usado estos ascensores cuando fuimos traídos a rastras por vuestros bestiales lacayos, siervo Fydlon? – Dije con una frialdad y desprecio cortante. Según descendíamos por aquél aparato escuchamos varios y pesados pasos descender por las escalera. Parecían varias personas, y así mismo lo interpretó la inquisidora Blackmaw. – Amiguitos... – Repetí murmurando. – Quizá. Este distrito está bajo la autoridad de vuestra ama, ¿no, demonio? – Miré al patético sirviente con manifiesto desprecio. Todavía no había olvidado lo que sus compañeros nos habían hecho. Las quemaduras en la cabeza, todavía dolientes, y el orgullo herido se encargaban de recordármelo. – Esperemos que esos pasos no correspondan a lacayos de Lady Paentio buscando venganza... Cualquier percance que pueda sufrir el Guardia Trueford será responsabilidad directa de vuestra ama. Trueford es miembro de la Eclesia y como tal solo tiene que responder ante nuestra Sagrada Institución.

Cuando el ascensor se detuvo nuestros caminos se dividieron. El sirviente y Grace Buckley irían en busca de los inquisidores heridos. La inquisidora Blackmaw me acompañaría para ejecutar el plan que delicadamente iba trazando. – Hermana Buckley, os deseo buen viaje en vuestro encuentro con los inquisidores heridos. Rogaré a Dios por su recuperación. – Hice una pequeña reverencia y empecé a seguir a la inquisidora, que con paso raudo y decidido ya se había puesto en marcha.

Intenté seguirla con cierta torpeza, pero mi pierna, todavía resentida de la ascensión hasta la vivienda de Lady Paentio me lo impedía. – Inquisidora Blackmaw, no es preciso tanta presteza. El Gremio de lo Oculto, por muy oculto que esté, no va a desaparecer. – Comenté con cierta ironía. La miré, su aspecto me seguía turbando. Y esa máscara me ponía de los nervios. – ¿Sabéis, Inquisidora? Hace más de medio ciclo lunar que viajamos juntos, y durante todo este tiempo habéis permanecido siempre bajo el amparo de esa máscara mortuoria. ¿Qué escondéis que no deba ser visto? – Sonreí con falsa picardía. Quería saber quién o qué era. Las investigaciones de Julius no habían conducido a ninguna parte, y eso era algo que me irritaba. Pero al menos podría ver su faz. – Ya que vos conocéis mi rostro, y no me cabe duda de que sabéis bastantes cosas sobre mi persona, sería de justa cortesía conocer al menos de vista quienes son mis acompañantes.

Tras un rato me dirigí de nuevo a la inquisidora, casi susurrando. – Y vos, mi señora, ¿qué opinión os merece el misterio que anida en esta ciudad? Hay varias piezas que no logro encajar. El paradero de la reina y el príncipe heredero, el papel de los paganos, el hermetismo del rey... – Era obvio que Paentio había mentido en varias cuestiones. O que las ignoraba por completo. Su relato mostraba demasiadas incoherencias. Demasiadas y muy sospechosas. Pero ella ahora estaba a mi merced. Y llegado el caso no duraría en sacrificarla por los intereses de la Eclesia. – Conozco la opinión del Guardia Trueford y de la monja Buckley, pero me resulta mucho más interesante el enfoque de una inquisidora. – La dejé responder. – ¿Y de nuestra amable anfitriona, Lady Paentio? La hermana Buckley mostraba una gran confianza en sus palabras, pero la amistad que le profesa desde hace años puede impedirla ver todo lo que se esconde tras el velo de niebla... – Moví la cabeza. – Demasiado en juego. Hay demasiado en juego y ni un haz de luz que guía el camino... En cuanto a vuestros compañeros del Santo Oficio, inquisidora Blackmaw... Aunque sin duda los tenéis en gran estima... – Una sonrisa sarcástica se esbozó en mis labios. – ¿Su insensato comportamiento puede haber comprometido en algo nuestra posición? ¿De qué casta eran los demonios involucrados? ¿Puede esto afectar al trato con alguno de los Ancianos del Consejo? Hay demasiado en juego y lo sabéis, inquisidora, y acciones como esta pueden conducir nuestra empresa al fracaso... – Me callé unos momentos. – Y eso puede suponer un compromiso para nuestra seguridad.

Seguimos caminando. Era sorprendente la seguridad que mostraba Blackmaw callejeando por aquella asquerosa y sofocante ciudad. Sabía perfectamente donde estaba la ubicación de nuestro objetivo. Aunque no era de extrañar. Según lo que podía recordar de la reunión en la Torre del Sumo Exarca, la inquisidora Blackmaw llevaba trabajando en esta operación desde hacía tiempo. Incluso puede que ya hubiese estado antes en la ciudad. Como buena inquisidora, habría hecho los deberes y conocería bien la situación política de las Casas.

Veríamos cuanto estaría dispuesta a compartir. Suspiré con falso desinterés. – Esperemos que nuestro estimado teutógeno haya podido llegar sin contratiempos hasta el Gremio de los Guardianes, tal y como era su deseo. – Sonreí y me acerqué más a la inquisidora mientras bajaba el tono de mi voz. – Ah, sí, como me imagino que ya os habréis dado cuenta mi señora, el arrebato del Guardia Trueford fue bastante premeditado pese a su gran actuación. Amén de librarnos de su irritante presencia, ha ido a concertar un encuentro con el líder del Gremio de los Guardianes y el resto de Ancianos del Consejo... Esperemos que no muestre demasiada torpeza en una empresa tan sencilla... – De nuevo suspiré. – Y resulta evidente que no es la primera vez que visitáis Infernalia, sería conveniente que compartieseis conmigo ciertos detalles sobre la ciudad para el éxito de nuestra misión. – La sonrisa se evaporó de mi rostro aseverándolo. – Me consta que hay tensión dentro de las diferentes facciones del Consejo de Ancianos. Siempre ha existido una rivalidad entre el Gremio de lo Oculto y el Gremio de lo Místico. Y a eso hay que sumarle las tensiones surgidas entre el Visir Real, Malkivan Quench, y los miembros más conservadores del Consejo de Ancianos, que además componen la mayoría del mismo. – Me rasqué la barbilla pensativo. – Necronus Nudd. ¿Sabéis si tiene tratos con los otros ancianos conservadores y si tiene disposición a colaborar con ellos? – Me acerqué más a la inquisidora, agarrándola del brazo y hablando todavía más bajo pero remarcando el autoritarismo en mi voz. – Ahora mismo, con lo que sabemos de lo acontecido aquí, y con la reina en paradero desconocido, el poder  de las grandes casas y sus intereses comunes con la Eclesia son nuestra mejor oportunidad para operar. No quiero que nada se interponga en ese camino. Nada.

Finalmente llegamos al Gremio de lo Oculto. La inquisidora Blackmaw intentó sobornar infructuosamente a un sirviente para lograr una audiencia privada con Necronus Nudd. Infructuosa pero innecesaria acción. El siervo rechazó las monedas pero nos condujo ante su señor. Un demonio albino, achaparrado y de mirada peligrosa. Nudd se encontraba en el segundo piso de la biblioteca del recinto sólo, pero el piso inferior contaba estaba más transitado. Oídos demasiado cerca que podrían llegar a escuchar más de lo necesario.

El líder del gremio de lo Oculto conocía nuestros nombres, y por consiguiente era consciente de nuestras dignidades. – Por lo que veo vuestra señoría está bien informada, por lo que no serán necesarias las presentaciones. – Sonreí mientras hacía una reverencia ante Nudd. Las palabras del demonio sobre los exorcistas me inquietaron. No pude evitar percibir una amenaza velada en sus palabras. ¿Estaría insinuando lo que a mí me había parecido escuchar? ¿Estarían siendo retenidos y torturados en busca de información? De ser así nosotros también podríamos estar en peligro. Solo podía esperar que la inquisidora se hubiese percatado también de las palabras y se pusiese en alerta. Sin embargo debía continuar con el plan. – En verdad, señoría, la situación de los exorcistas es irrelevante, aunque saber que gozan de la hospitalidad de vuestro honorable gremio es más que suficiente. No. Hemos venido en busca vuestra, señoría.

Nudd rechazó compartir información y nos lanzó un acertijo. Algo que me crispó bastante, aunque supe contener mis nervios. Era absurdo perder el tiempo en futilidades como aquélla, pero si era necesario para cumplir con nuestros objetivos, habría que seguirle el juego. – Interesante pregunta, Lord Nudd. Aunque de muy difícil respuesta, pues ambas cualidades son fundamentales. ¿Qué es el talento sino uno de los regalos más preciosos que Dios concede a sus hijos para cumplir con el deber derivado de su existencia? ¿Y qué es el esfuerzo sino la máxima expresión de perseverancia del espíritu derivado del libre albedrío para dotar de fuerza y significado al talento entregado por Dios? ¿Cómo decidir cuál ha de primar? Una persona que renuncia al esfuerzo está renunciando a aprovechar el don que Dios le ha otorgado y al cumplimiento de sus obligaciones con el resto de la sociedad y con Dios. Y una persona sin talento, es decir, sin haber sido tocado por la Gracia de Dios, por mucho que fútilmente persevere en el esfuerzo está condenada a la mediocridad. Una persona rota, vacía. – Mi pobre hermano Abelje... Condenado a la mediocridad por su falta de talento... Una mediocridad que le condujo al abismo, y a punto estuvo de arrastrarnos a todos con él... Que gran visión, esfuerzo y talento tuvisteis para proteger el poder y el prestigio de nuestra casa, Padre. Mas que ciego estuvisteis para ver los pecados de tu hijo más amado...

– No. No puede primar ninguno de los dos sobre el otro, pues ambos son cimientos de una obra más grande, y si uno de los cimientos falla, la obra se derrumba. – Sentencié finalmente. – Ahora, señoría, debemos tratar asuntos más importantes. Para el futuro de esta ciudad, y para los del mundo. Como bien habéis dicho, Lord Nudd, este santuario no debe de ser menoscabado con lo que tenemos que hablar. Y aunque no hemos venido en busca de información, sino en busca de consejo sobre la situación de la ciudad, y los hechos que conocemos, os propongo retirarnos a un lugar más íntimo y alejado para ello.– Sonreí, y volví a hacer una referencia.




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Re: [AVENTURA INICIAL] "Luces y Sombras" [Ciudad Catedral, 7 de Noviembre - 897 d.g.]

Mensaje por Enkei el Mar Feb 14, 2017 4:20 pm

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Durante el recorrido del ascensor, el demonio Fydlon mimetizo la expresión de Maximilian, arqueando una ceja antes de responder a las inquisiciones del mismo. –Ciertamente su excelencia, probablemente una buena sesión de azotes sea suficiente para recordarle al buen Gryfin un poco de la hospitalidad que los ciudadanos de Infernalia nos preocupamos tanto en profesar para con nuestras visitas, especialmente nosotros los servidores de la casa de Paentio y el gremio de artesanos por consiguiente- Contesto el lacayo haciendo caso omiso a la acusatoria mirada del Sternkerk. –Respecto a vuestro compañero del martillo áureo, le ruego que apacigüe sus preocupaciones, puede que los hombres de Gryfin no sean los elementos más brillantes de Infernalia, pero estoy seguro que ni siquiera ellos serian capaces de tamaño insulto a la santa autoridad eclesiástica… Al menos no dos veces en una misma noche…- Maximilian escucho al demonio decir esto último entre dientes, prácticamente para sí mismo.

-Ejem, como decía. Opino todo lo contrario, personalmente temo más que el caballero decida tomar represalias por su cuenta al verse su orgullo ultrajado… En cuyo caso espero que su Ilustrísima sepa perdonarnos si nos vemos obligados a reducirlo por su propio bien y por el nuestro, después de todo, no creo que haya tribunal en el mundo que no sea capaz de perdonar un caso de legítima defensa, en la desafortunada ocasión de que esta llegue a acontecer, claro está- Concluyo Fydlon esbozando una sonrisa condescendiente que sin embargo hizo sentir al obispo incomodo, aunque no pudiera dilucidar el porqué.

La inquisidora Blackmaw por su parte, se mostró evidentemente tomada por sorpresa por la pequeña broma de Maximilian, soltando una corta risa apagada por debajo de su máscara de ébano, y reduciendo el paso para acompañar el ritmo del obispo. –Oh, no es nada, simplemente es que soy un poco tímida, usar esta mascara me ayuda a efectuar mi trabajo de manera más eficiente, esconder tus verdaderas emociones es algo fundamental en este trabajo, ayuda a mantener una imagen. Por lo general solo le muestro mi rostro a personas muy cercanas a mí, sin embargo me intriga su inusitado interés, quizás algún día llegue a compartirle mis secretos, en un ambiente más… Privado- Comento la inquisidora con una voz suave al principio, pero que iba haciéndose mas profunda y sensual hacia el final de su explicación, demostrando una coquetería tan evidentemente fingida como la de Maximilian, probablemente un intento de desviar la conversación o hacer sentir al obispo lo suficientemente incomodo como para abandonar el tema.

Pese a su negativa anterior, la inquisidora se mostró bien dispuesta a responder a las demás dudas de su compañero. –Nobles…Tienen que ser los nobles, solo ellos tienen suficiente poder, si lo que lady Paentio dice es cierto, para presionar al rey al punto de que este se viera obligado a echarnos prácticamente a patadas de su palacio, puede que haya altos cargos a los que les disguste nuestra presencia en Infernalia… Y concuerdo con vuestra opinión de la señora Buckley, no descartaría a Paentio para nada, al fin y al cabo no sería la primera vez que manipula a los demás para obtener un puesto político- La inquisidora hizo un silencio ominoso, dejando a Maximilian digerir tranquilamente sus palabras.

-Respecto a mis queridos compañeros- Respondió la inquisidora con igual sarcasmo. –Supondría que no tiene que crear inconvenientes, aunque no me sorprendería que alguno de los líderes gremiales lo utilice como excusa para no atendernos… Y si le soy sincera su excelencia, creo que nuestra supervivencia está estrechamente ligada al éxito de esta misión-

Tras escuchar lo acontecido con el guardia Truefort, Selena Blackmaw giro leve, pero rápidamente su cabeza, sorprendida, en dirección del obispo. –Astuto… No esperaba menos de un Sternkerk. Respecto a Truefort, no me preocuparía por él, es un soldado, y un soldado siempre cumple sus objetivos sin dejar que su corazón, o su torpe cerebro, se entrometa con sus asuntos-

La inquisidora se quedo en silencio mientras escuchaba las preguntas del obispo, meditando para sí misma que abría de decirle, en cuanto sintió una repentina perturbación en la forma de la mano de Maximilian fijada súbitamente en su brazo. El obispo pudo sentir los músculos de la inquisidora se tensionaban, aflojando su propio agarre sobre el brazo de Selena, por unos segundos, la inquisidora se mantuvo quiera y en silencio, momentos en los cuales el obispo no tenía idea de lo que la inquisidora fuera a hacer a continuación. –Señor… Sternkerk- Comenzó a exclamar la mujer con un tono frió como el hielo, solo para continuar su monologo con una voz tan dulce que Maximilian podría jurar como sintió que le daban diabetes en ese mismo instante. –Se que se muere de ganas de averiguar que hay debajo de mi mascara, pero le ruego un poco de discreción su excelencia, va a hacer que me sonroje- Dijo la inquisidora mientras tomaba la mano de Maximilian con su mano libre y la alejaba delicadamente de su persona, prácticamente agarrándola con la punta de los dedos, puede que el intento de picardía del Sternkerk haya probado ser un craso error, ya que le dio pie a la inquisidora Blackmaw para abusar de la misma técnica.

Una vez se hubo sacado al obispo de encima, la inquisidora se quedo un segundo pensativa, caminando con el dorso de su dedo índice apoyado en la zona de la barbilla, antes de contestarle al obispo con su tono natural.
-Respondiendo a su pregunta, los gremios de lo oculto y de lo místico no son los únicos que se encuentran en pleito, la rivalidad entre el gremio de Ingenieros y el gremio de Constructores es tan antigua y probablemente más violenta que ésta, cosa que pareciera haber empeorado desde que el joven Peirian Nidd accedió al liderazgo del gremio de ingenieros, su previa condición de sin-casta le ha granjeado no solo el odio del gremio de constructores, sino de gran parte del consejo de ancianos en general… Algo similar a lo que sucede con Paentio, solo que esta lo lleva pero por ser mujer, además de ser la responsable directa de la deposición del anterior líder del gremio de artesanos… Ahora, no lo malinterpretes, no creo que el sujeto haya sido el alma de la fiesta, al menos si vamos a creerle a Paentio; pero por lo general a los nobles no suelen gustarles los advenedizos que vienen a alterar el status quo. Aunque puede que su excelencia sea más versada en este punto que yo-  Tras esta consideración la mujer volvió a caer en silencio, dándole lugar a Maximilian para emitir comentario si le placía.

-Respecto a Cudd, no sé qué pensar, me inclinaría a creer que tira mas para el lado de la neutralidad, pero por otro lado su enemistad con el Visir puede hacer que se incline por el lado de los conservadores, no lo sé realmente… Bueno, ahora que he compartido mi opinión con usted, debo confesar que me intriga saber que piensa su excelencia respecto a esto, estoy seguro que una mente como la suya estará mucho mas acostumbrada las intrigas y juegos de poder de la nobleza que la de cualquiera en esta ciudad-

De regreso al escritorio de de Necronus Cudd, la inquisidora se preparaba para dar su respuesta.

-El esfuerzo, puedes tener todo el talento del mundo pero si no te esfuerzas todo lo que hagas equivale a “0”, sin embargo hasta el más mediocre y falto de luces puede llegar a grandes cosas si se esfuerza. Soy de la opinión que cualquier habilidad puede ser aprendida, y cualquier talento refinado, pues es la voluntad la gran herramienta equiparadora que el señor nos ha dado y que, junto al don de la vida, es de sus más grandes regalos- Concluyo solemnemente la inquisidora ante la curiosa mirada del demonio.

-Ya veo… es increíble lo que uno puede aprender de los demás con algo tan simple como una pregunta. Claro, si se sabe interpretar en su totalidad la respuesta emitida- Los ojos de Cudd no dejaban de supervisar el trabajo de sus subordinados, moviéndose de aquí para allá por todo el salón al mismo tiempo que, de alguna forma parecía tener toda su atención fijada en el obispo Sternkerk y su acompañante.

Levantándose lentamente de su silla, lord Cudd comenzó a caminar lentamente en dirección de las escaleras del primer piso. –Por supuesto que me veo obligado a consentir gustosamente con los pedidos de un hombre de Dios como su excelencia, por favor, seguidme, enseguida os guiare a un sitio más privado-  Con esto, el demonio guió a la pareja por las escaleras hasta llevarlos a la zona que albergaba las cabinas de exorcismo, tras lo cual procedió a llamar con un leve gesto de cabeza a uno de sus aprendices. –Entraremos en la cabina 6, asegúrate de que a su vez las cabinas 5 y 7 estén desocupadas, queremos privacidad, avisa a los demás que cualquiera que ignore esta orden será expulsado inmediatamente del gremio y degradado a la posición de sin-casta- El joven demonio ayudante asintió con la cabeza, y , tras comprobar que las cabinas de las 5 a la 7 estaban desocupadas, dio el visto bueno a su maestro para ingresar en la sexta cabina.

El sitio era pequeño, pero no tanto, un cubículo de aproximadamente de 2 metros cuadrados de diámetro y 3 de alto, en las paredes de los costados se encontraban dos banquillos simples de madera clavada sobre tubos huecos de hierro a su vez clavados a la pared, uno a la izquierda (donde se sentaron Maximilian y Selena) y otro a la derecha (que ocupo el gremialista Nudd). El techo era una carpa de tela roja y la entrada estaba compuesta de un telón corredizo del mismo color, similar a los que se usan en los teatros.

-Volviendo a la pregunta de hace un momento, supongo que ambos querrán conocer mi opinión al respecto; pues dentro de mis limitaciones, creo que ambos se equivocan en lo esencial, aunque he de admitir que ambos se acercaron a su modo a mi manera de pensar… Verán, yo creo que no existe diferenciación alguna entre talento y esfuerzo; nadie nace como persona no grata para el altísimo, quien en su justa perfección nos brinda los medios para desenvolvernos en esta vida, ya sea en forma de talentos innatos, de una voluntad de hierro, o del justo equilibrio entre ambos; desde allí, recae en nosotros que hacer con el magnífico don que el señor nos dé, sea en la forma que sea… Pero basta de disertaciones filosóficas-

El anciano demonio se inclino profundamente en su silla, entrelazando los dedos y mirando directo a los ojos del obispo. –Supongo que se preguntara a que viene al tema todo esto, pues vera, no es más que una forma de expresarle mi lealtad, no a las cosas terrenales, sino al señor en los cielos en persona, y por consiguiente a su intermediario en la tierra, su santidad, y por medio de este y del convenio estipulado siglos atrás, a su majestad, mi rey, Oberón Arzulberrazan… Vera, no soy estúpido su excelencia, se que vienen aquí para probar mi lealtad o sacarme información sobre el estado de infernalia… Y temo tener que decirles que soy completamente ignorante de aquello que esté pasando y que tenga al rey y al consejo de ancianos manteniendo un hermetismo tan grande incluso para con mi persona, este posiblemente sea un caso en que "mientras menos gente lo sepa, mejor" como suele decirse.

Probablemente mis constantes, mas no por ello menos certeras acusaciones a ese pagano inmundo de Malkivan Quench tenga algo que ver al respecto, pero supongo que eso es natural, mientras que nosotros nos rompemos el alma para mantener a las entidades oscuras lejos de Infernalia, esos charlatanes del gremio místico se encargan de meterlos en la ciudad como siempre lo han hecho-
El gremialista soltó un profundo suspiro mientras frotaba su entrecejo con 2 dedos.

-En fin, les contare lo poco que mis muchachos ha podido averiguar, en primera instancia, su majestad Elextratza se encuentra bien por ahora, no sé en qué contexto haya sido dicho esto, pero si ustedes saben algo me gustaría saber que sucede con la reina, me tiene bastante preocupado… Por otro lado, lo que sea que esté pasando tiene que ver con el príncipe heredero, lo que también explicaría su misteriosa desaparición…-

Lord Cudd miro nerviosamente a los costados mas como un acto de reflejo que por creer que realmente pudiera haber alguien a su alrededor, antes de acercarse a Maximilian y Selena y susurrarles discretamente a los oídos. –Y lo último y más interesante tiene que ver con lady Paentio… No me pregunten por detalles porque no los tengo, pero puedo decirles que es probable que su vida misma este en peligro, uno de mis muchachos escucho a Nidd discutir esto de manera animosa con lord Traf, el chico me jura y perjura que escucho a uno de ellos decir que: “Si esto sigue así, tendremos que matar a Paentio” pero no fue capaz de dilucidar quién de los dos exclamo estas palabras- Tras la súbita revelación, Cudd volvió a sentarse a su lugar con el semblante sombrío. –Escuchen, realmente lamento no poder brindaros más información, si quieren consejo, les recomendaría buscar al joven Nidd por su cercanía con Paentio, aunque con discreción, no sabemos si quien propuso… eso que ya saben, fue Nidd o Traf, aunque también pueden probar suerte con el resto de miembros del concejo de ancianos… solo recomendaría no confiar mucho en la palabra del Visir, ya saben lo que pienso de él… Oh, lo olvidaba, si así lo desean puedo llevarlos con sus compañeros, sin embargo, también pensaba que me serviría tenerlos por aquí un rato mas, podría utilizar su autoridad como emisarios de la santa sede para mover un par de hilos aquí y allá y procuraros un poco mas de información útil, aunque claro, para eso solo necesito a uno de los dos… Dejo la decisión en vuestras manos, su excelencia. El señor este con ustedes-

Dicho esto, Lord Cudd se levanto, realizo una profunda reverencia frente a Maximilian y Selena; y volvió a caminar tranquilo hacia su despacho a seguir supervisando el buen funcionamiento del gremio de lo oculto y, probablemente, enviar a algunos de sus chicos en misión de reconocimiento, sin embargo, en cuanto el anciano estaba a punto de abandonar la cabina de exorcismos, Maximilian pudo escuchar a Selena susurrar unas palabras perturbadoras a su oído. –Su excelencia, tengo otros métodos para sacarle información… decida rápido si quiere que lo haga-

Si Maximilian se encontraba satisfecho con el interrogatorio a Lord Cudd, podría decidir entre ir a buscar a los exorcistas (en cuyo caso sería guiado por un ayudante hasta un sector apartado del gremio en el cual encontrarían a la exorcista Lilian Tempest sentada en una mesa con un grupo de demonios jugando a las cartas, y al exorcista Jared Benditch sentado en un sillón apartado, intercambiando mas saliva que información con una súcubo delgada ataviada en una capucha color crema), Salir sin los mismos en busca de los otros gremios (en cuyo caso Cudd asignaría a un demonio jovencito a que les acompañara si estos querían), o bien llevarse a uno de los exorcistas y dejar al otro bajo las ordenes de Cudd.

F.D.I.:

Bueno, como dijimos por mp, los turnos serán de 15 dias, de momento un solo detalle, el lider del gremio de lo oculto se llama "Cudd", no "Nudd" pero me fije y en realidad es culpa de dezba que lo puso mal XD, así que nada que reprochar, solo una aclaración

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Re: [AVENTURA INICIAL] "Luces y Sombras" [Ciudad Catedral, 7 de Noviembre - 897 d.g.]

Mensaje por Maximilian Stenkerk el Jue Mar 02, 2017 1:02 am





Mi interés sobre su máscara la cogió por sorpresa. Incluso la barrera más dura y fría puede quebrarse si se sabe cómo. Y quebrar personas es una de mis especialidades. A fin de cuentas, ese es mi trabajo. Mas su respuesta fue bastante decepcionante, aunque esperada.  Era demasiado tímida. “Tímida”. Qué excusa más poco original. ¿Qué monstruoso secreto ocultaría bajo esa máscara? ¿Un dulce rostro de niñita inocente que le arrebatase toda la credibilidad como implacable inquisidora? ¿O un rostro deforme, repulsivo o nauseabundo? ¿O quizá un secreto peor? ¿Quizá fuese abominación broken? ¿O uno de esos engendros híbridos contra-natura?

Aunque dijo que quizá algún día me lo mostraría, en un “ambiente más privado”. ¿Estaba coqueteando conmigo? Ja. Tenía mis serias dudas. Sé lo que es un ambiente privado para un inquisidor. Una romántica sala de interrogatorios donde jugar a los doctores con su “invitado especial”, rodeados de la intimidad que da la oscuridad y acompañados únicamente de la sangre reseca de otros “invitados” y la mirada curiosa de las ratas y cucarachas. ¡Qué ambiente tan cálido y acogedor! Qué lástima tener que decir que no a tan encantadora velada, pero yo también soy muy tímido. Selena Blackmaw dejó el tema, y yo también lo desistí por el momento. Si quería jugar a la dama modosita adelante, al final acabaría descubriendo su secreto. Porque por mucho que se cubran, se tapen y se escondan, los secretos siempre encuentran el modo de llegar a la superficie, y ahí estaría yo, dispuesto y preparado para cosecharlos.

– No os preocupéis, inquisidora Blackmaw. No es mi deseo haceros sentir incómoda, os lo aseguro. En otra ocasión, entonces, os lo agradezco.

Blackmaw consideraba que los principales responsables de este desbarajuste debían ser nobles. ¡Qué perspicacia! ¡Que don de visión! Si no lo llega a decir habría jurado que la mente maestra detrás de todo este contubernio era el mendigo de la esquina. Pues claro que eran nobles, solo alguien con las capacidades intelectuales y políticas de un noble podría estar detrás de esto. ¿Pero quién y por qué? Pero al menos parecía compartir mis suspicacias sobre Paentio. “Al fin y al cabo no es la primera vez que manipula”. Sonreí para mis adentros al escuchar esas palabras de la inquisidora Blackmaw. Parecía que la capacidad artística de Lady Paentio no fue la única habilidad que empleó para llegar a su puesto, pero más importante aún, parecía que la inquisidora sabía mucho más de Infernalia de lo que intentaba aparentar. Estaba claro que la inquisidora no quería dar más detalles, y de momento yo no podría sonsacárselos.

De nuevo la inquisidora se sorprendió cuando le hablé sobre el pequeño jueguecito con Trueford. Astuto lo llamo. ¿Astuto? ¿Solo astuto? Elegante, sofisticado, como todo lo que yo hacía. Era evidente que la inquisidora me infravaloraba, pero qué cabía esperar de un inquisidor. Su arrogancia y vanidad siempre les hace creer a los inquisidores que todo empezaba y acaba con ellos, sin comprender a los que estamos por encima de esa vulgar chusma.

Cuando la agarré del brazo la inquisidora se sobresaltó. Noté como sus músculos se tensaban e intentaban zafarla. La había puesto nerviosa. Confusa. Sin saber qué hacer. Bien. Muy bien. Puede que ella tuviera sus afilados aceros y sus aparatos de tortura para manipular a la gente. Pero yo tenía mis propias armas: el encanto, el engaño, la manipulación. Jugar con las emociones de la gente. Que se sintiese incómoda, nerviosa, confundida. Que no supiese a qué estoy jugando. Cuando eso ocurre, las personas pierden la concentración, se descuidan, cometen errores. Y cuando cometen un error son mías.

– Oh, mi estimada inquisidora Blackmaw, no os deberíais preocupar por sonrojaros. A fin de cuentas, con vuestra máscara nadie podrá percatarse de vuestro ruborizado rostro. – Dije con voz melosa. – Pero no pretendía confundiros, os pido disculpas. Simplemente pretendía que me ayudaseis con esta maldita pierna que no me deja caminar tranquilo. – Reí con picardía. Lo cierto es que la condenada pierna llevaba un buen rato doliéndome, resentida todavía del esfuerzo de aquella infernal escalera, y las continuas marchas forzadas.

Cuando me preguntó con mis planes fui tan discreto como ella fue con la máscara. – Le agradezco sus cumplidos, inquisidora, sois muy amable. – Sonreí. – Es cierto que tengo algo de experiencia, no lo niego. En mi mente se están empezando a esbozar algunas ideas, pero creo que aún es muy temprano para sacar conclusiones. – Era bastante más que un esbozo, casi un plan. Bastante ingenioso tenía que admitir, y bastante beneficioso para la Eclesia Central, y quizá para Infernalia. Pero desde luego no lo iba a compartir con ella. A fin de cuentas no me cabía ninguna duda que ella también se traía algo entre manos siguiendo las órdenes de algún Sumo Inquisidor, y no solo las del cardenal Crawley. – Más adelante, cuando hayamos podido traer un poco más de luz a este siniestro asunto, estaré encantado de que compartamos impresiones en un “ambiente más privado”.


Una vez ya en el Gremio de lo Oculto, Lord Cudd aceptó mi petición y nos brindó una cabina de exorcismo como lugar más privado. No era el lugar más agradable para mantener una reunión política, pero teniendo en cuenta cómo era aquel infecto lugar llamado Infernalia tendría que conformarme. Una vez solos, el jerarca demonio se dispuso a contestar a su propio acertijo. La verborrea de ese anciano estaba haciéndome perder los nervios, aunque evidentemente un hombre de mi templanza y profesionalidad jamás permitiría que sus emociones se interpusiesen entre sus objetivos. Así que permanecí en silencio, sonriendo y asintiendo amablemente mientras en el anciano divagaba.

– Interesante juicio, Lord Cudd. Muy interesante. Pensaré mucho en sus palabras.

Luego, el anciano demonio declaró su más fervorosa sumisión a Dios y a la Eclesia.

– Me reconforta oír eso, Lord Cudd. – Reí para mis adentros. Casi tan reconfortante como una cama de piedra. ¿Cuántas veces había escuchado esa cantinela de lo que llevaba en Infernalia? El Rey Oberón, que tras clamar su beatería a Dios Todo Poderoso (eso sí, mientras cuatro impúdicas casquivanas se frotaban sobre su cuerpo como felinas en celo), intentó matar a un emisario de la Santa Madre Eclesia y luego le expulsó a patadas del palacio. Gryffin, ese matón descerebrado de Paentio, y su turba de salvajes bestias, que decían ser pobres criaturas temerosas de Dios mientras se atrevían a linchar a una comitiva de eclesiásticos. Y Paentio, tan religiosa como los demás, mientras jugaba con nosotros. Me rio de la religiosidad de estas bestias. Pero si querían que jugásemos a ese juego, jugaríamos.  – No sabéis cómo me reconforta. Mucho me temo que durante nuestro paso por su ilustre ciudad no hemos encontrado tanta devoción a Dios como la que usted profesa. Así que me congratula que sea usted un leal servidor a Dios y a su representante en Terra, la Santa Madre Eclesia. – Suspiré con tristeza. – Y pensar que los representantes de Dios fueron expulsados sin mediar explicación… Es un acto extraño e incomprensible. Por eso estoy en Infernalia, Excelencia. Porque es ánimo de su Santidad comprender las razones de este acto. Es ánimo de su Santidad comprender para poder enmendar lo que haya que enmendar. Es ánimo de su Santidad volver a recuperar la amistad que unía a su gloriosa majestad el rey Oberon, a Infernalia, y a su Ilustre pueblo con Dios y con la Eclesia. Una amistad que su Santidad valora y aprecia enormemente, y más ahora en estos oscuros y turbulentos días, donde las fuerzas del mal conspiran para destruirnos. – Miré directamente a Nudd a los ojos mientras mostraba una cálida y afectuosa sonrisa al demonio. – Por eso estoy aquí, Lord Nudd. Por eso y nada más. Para que nuestra ancestral amistad vuelva a ser como siempre ha sido: una ofrenda a Dios de paz y concordia en su gloria. Y saber que compartimos la misma visión, Lord Nudd, me llena de regocijo. Dejadme que os diga, Excelencia, que comprendo perfectamente vuestra situación, y por ello, espero que podamos trabajar juntos, usted y yo, para expulsar el mal que anida entre las sombras, acechando para destruirnos a todos.

– Por otro lado, Lord Nudd, dejadme compartir con vos una pequeña confidencia. – Porque a todos nos gusta escuchar esa palabrería banal que solo sirve para contentar nuestra vanidad, pero por muy emotivas y épicas que puedan llegar a ser, lo que de verdad buscamos es que se alimenten nuestros intereses. Y es aquí donde empieza el verdadero juego. – La Santa Madre Eclesia comparte vuestra preocupación hacia Malkivan Quench. A oídos del Colegio Cardenalicio han llegado rumores. Rumores oscuros que envuelven la figura del visir. Unos rumores que sin duda preocupan mucho a la Eclesia Central. Y aunque la Santa Madre Eclesia mantiene un absoluto y leal respeto al Concordato y a las tradiciones del Reino de Infernalia, es cierto que se podrían ver inclinados a apoyar que el cargo de Visir pasase a manos del líder de otro Gremio. Un líder de mayores capacidades, que tenga una "mayor sensibilidad religiosa", que esté comprometido con el mantenimiento de las buenas relaciones entre la Eclesia e Infernalia, y que comprenda los peligros de las artes oscuras. – Sonreí con complicidad a Nudd. – Y vuestras palabras parecen confirmar esos rumores, Excelencia. Aunque, mucho me temo que a Ciudad Catedral solo han llegado eso: rumores. Sin embargo, un demonio de gran posición, conocedor de todo lo que sucede en la ciudad, un hombre sabio e iluminador de todo lo “Oculto”,  podría conseguir todas aquellas pruebas que certifiquen esos rumores así como ayudar a restablecer la leal amistad entre la Eclesia e Infernalia. Y yo, en calidad de nuncio apostólico, podría hacer valer mi posición para hacer que la justicia de Dios prevalezca y el mal sea expulsado.

– ¿La Reina se encuentra bien, Lord Cudd? – Esa información me sorprendió. Aunque de nuevo, el demonio se mostró reservado con su información. Lo cierto es que Cudd contrastaba bastante Paentio, que tras un pequeño jueguecito estaba dispuesta a hablar de todo. Y si algo había aprendido en mi carrera como obispo (y político) era a desconfiar más de aquellos que están dispuestos a entregar toda su información que aquellos que la guardan con celo, pues cuanto más se hable, más verdades se esconden. – Interesante. Muy interesante. Pues nos habían llegado rumores de que la Reina también había desaparecido.

Luego, Cudd se acercó a nosotros, miró nerviosamente a los lados, como si alguien pudiera escucharnos, y se dispuso a mostrarnos una “gran revelación”. ¿Cuántas veces habría visto ese ritual? ¿Y cuántas veces fui yo el que hice esos gestos de gran dramatismo antes de ponerme a jugar con alguien a los secretitos? Ya me conocía bastante bien estos trucos: ese “gran secreto” que te hará sudar y que te tiemblen las piernas de miedo. Cudd habló de una supuesta conjura para poner término a la vida de Lady Paentio. Desde luego acabé empapado en sudor y con mis piernas temblando violentamente.  Mas el sudor se debía al infernal calor y el dolor de piernas a haberme visto obligado a reptar toda la noche por aquella inmunda metrópolis. Y aunque la vida de Paentio me resultara indiferente, no era conveniente ignorar esta amenaza.

De entre los dos candidatos a asesinato,  Nidd parecía el menos probable. Ese advenedizo era una de los miembros del consejo más cercano a Paentio. A fin de cuentas los desgraciados siempre prefieren autocompadecerse en compañía. Mas donde florece la amistad es donde medra la traición. Traf parecía un candidato más probable, demasiado probable a decir verdad. Uno de los nobles más conservadores y con más poder de la Eclesia, con manifiesta enemistad hacia Paentio. Una enemistad también extensible a Nidd en su calidad de descastado y advenedizo.

En realidad nada de esto encajaba. Si el desprecio hacia Nidd era el mismo que hacia Paentio, ¿por qué esta conversación? ¿Era una amenaza? Si ese era el caso, ¿por qué no extender la amenaza también al joven Nidd? No, el mensaje era claro, “Si esto sigue así, tendremos que matar a Paentio”. En esa supuesta conversación veía más complicidad que amenaza. Entonces, ¿qué motivos tendrían para colaborar Nidd y Traf y qué estaría haciendo Paentio para que, si las cosas seguían el curso que estaba tomando, ella debiese morir? ¿Tendría que ver con la desaparición de la familia real? Puede, pero no creía que Traf estuviese detrás de esto, o fuese uno de los conjuradores.

Lo cierto es que había un argumento indiscutible para sustentar aquello. Lord Traf era quien más tenía que perder en una guerra con la Eclesia. Los cuernos de Lord Traf salían de Infernalia y llegaban a tocar Ciudad Catedral consiguiendo una gran influencia a través de sus empresas y el monopolio ferroviario. Una influencia con la que se había hecho enormemente rico, y una guerra le arrebataría todo ello.

Aunque claro, la primera pregunta que había que formularse era si esa conversación había sido real o si Cudd tenía algún interés particular por desviar nuestra atención hacia Traf y Nidd. Puede que Cudd se cubriese con un velo de neutralidad, pero la neutralidad no es más que una ficción creada para intentar ocultar intereses oscuros. Mis favoritos.

– Interesante. – Murmuré mientras asentía. En fin, convendría esperar, y ver como se desgarraban los acontecimientos. Quizá la muerte de Paentio me podría ser útil para lo que tenía planeado. – Me parece bien su sugerencia, Lord Cudd. Así podremos mantener nuestra colaboración de manera más estrecha. Si le parece bien, me llevaré al exorcista Beditch conmigo.

Finalmente, Lord Nudd se fue dejándonos solos a la Inquisidora y a mí. No pude evitar reírme para mis adentros ante lo irónico de acabar a solas en un “ambiente más privado”, pero me abstuve de comentar nada. Selena Blackmaw se inclinó sobre mí y me susurró la posibilidad de interrogar a Cudd por otros métodos. Ya me podía imaginar a qué clase de métodos se refería. Me lo pensé unos segundos.

– No. – Susurré mientras levantaba la mano para indicarle a Selena que parase. – No. No será necesario. No nos conviene quemar este activo. Necesitamos a Cudd. De momento. – Era evidente que ocultaba cosas, pero ya habría otras oportunidades de obtener información, ahora le necesitaba de mi parte. – Ahora, en cuanto nos reunamos con el exorcista, iremos a hacer una visita a cierto jefe maquinista.  Aunque, si os parece bien, para vos tengo otra tarea. ¿Qué tal se os da el sigilo? Porque sería interesante que mientras hablo con Traf alguien entrase discretamente en sus aposentos privados en busca de pruebas. – A fin de cuentas, que resultase absurdo que fuese uno de los conjuradores, no implicaba que no lo fuese. Y quizá apareciese algo relacionado con el asunto de Paentio.

Al salir un sirviente nos escoltó a un lugar donde se encontraban los dos exorcistas entregados a los placeres en vez de al trabajo. La exorcista Lilian Tempest dilapidaba el dinero de la Eclesia jugando a las cartas con otros demonios… Qué falta de cabeza. Pero Benditch estaba en una posición todavía más comprometida. Estaba sentado en un sillón mientras intercambiaba fluidos corporales con una ramera súcubo cubierta con una capucha. Miré a la súcubo y su capucha con mucha suspicacia.

– ¿Os divertís, señor Benditch? – Comenté con asco manifiesto. – Veo que vuestra carne es débil, exorcista. Decepcionáis a la Eclesia con vuestro lascivo comportamiento. ¿Debo recordaros los riesgos de entregarse a la carne? – Me acerqué e intenté tirar con fuerza de la capucha para quitársela a la demonio con gesto airado. – ¡Venga, fuera de aquí, indecente súcubo! ¡Largo antes de que hable con vuestro amo! ¡En cuanto a usted… señor Benditch…! – Casi hubiese preferido haber escogido a Tempest de acompañante que a ese degenerado pero necesitaba a Benditch conmigo. Si iba a prescindir temporalmente de los servicios de Blackmaw necesitba a alguien intimidante que hiciese de guardaespaldas. Y Tempest tenía un rostro demasiado suave, juvenil e inocente para ese cometido en concreto. – Está claro que no le puedo dejar solo. Vendrá con nosotros, tengo en mente usaros de manera más provechosa. Venga, levantaos.

– ¡Señorita Tempest, venid aquí de inmediato! – Ordené a la exorcista mientras salía por la puerta. – Ya encontraremos la salida, podéis iros. Tal y como le dije a vuestro amo, le entregaré a la exorcista en cuanto hable con ella. – Le dije al sirviente. Luego busqué un sitio apartado donde nadie nos viera para hablar.

– Nos encontramos aquí cumpliendo una misión de su Santidad, y todos los miembros de nuestra compañía cumplirán con sus obligaciones. Espero un total compromiso con nuestra empresa. – Dije con el ceño fruncido y mi voz más autoritaria. – Este tipo de comportamientos no se pueden volver a repetir. – Lancé una mirada furibunda a Benditch. – El señor Benditch vendrá con nosotros a seguir con nuestra misión. Vos, señorita Tempest, permaneceréis aquí, en el Gremio de lo Oculto. Mas desde luego no ociosa. Colaboraréis con Lord Cudd en lo que os pida. – Luego me acerqué a la exorcista, colocándome de tal manera que mis labios diesen a la pared mientras me los tapaba con la boca y susurré para que nadie más oyese. – Siempre y cuando no perjudique a los intereses de la Eclesia, por supuesto. Pero ante todo quiero que observéis. Qué observéis que ocurre en el Gremio, qué hace Cudd, con quién se reúne, con quién habla, a dónde va... Pero ante todo, qué está tramando. Limitaos a sonreír con esa cara vuestra, jugar vuestro papel de obediente exorcista, congraciaros con el resto de exorcistas del gremio,  y mirar y escuchar con suma delicadeza. Cuando nos volvamos me informaréis que todo. Y espero que en vuestro informe no solo me habléis de los terrans que habéis perdido jugando a las cartas. Quiero saberlo todo con lujo de detalles. ¿Habéis entendido, señorita Tempest? Y una cosa más, andaos con ojo con la súcubo qué besaba a vuestro compañero. Sospecho que es mucho más de lo que parece.

Me alejé de la exorcista Tempest despidiéndome, e hice una seña al Benditch y Blackmaw para que prosiguiésmos con nuestra misión. Una vez que saliésemos del Gremio de lo Oculto nos reuniríamos con Lord Traf.



FDI:

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Acciones = 1
Acción 1: Usar técnica el Canto del Ruiseñor sobre Cudd ganándome su confianza para convencerle de aceptar mi propuesta y trabajar juntos.


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Re: [AVENTURA INICIAL] "Luces y Sombras" [Ciudad Catedral, 7 de Noviembre - 897 d.g.]

Mensaje por Enkei el Dom Mar 12, 2017 9:10 am

MAXIMILIAN STENKERK

El líder del gremio de lo oculto escucho con suma atención la propuesta de Maximilian, intentando contener una sonrisa pero fallando en ocultar el destello de un colmillo asomando levemente entre sus labios en una mueca de malicia.
   -Bueno, si la santa sede es de esa opinión, yo no soy nadie para oponerme a los designios de su santidad, menos teniendo a uno de sus representantes más laureados frente a mí. Agradezco profundamente su oferta excelencia, las fuerzas oscuras que nublan el juicio de la corona deben ser desterradas cuanto antes- Comento el demonio mientras se inclinaba y besaba el anillo obispal de Maximilian.

-Le aseguro que coordinare de inmediato las acciones a tomar junto con la señorita Tempest, enviare cualquier información recabada hacia su persona por medio de mis muchachos. Que la luz del señor disipe todas las sombras en vuestro camino…- Y con eso, el gremialista partió hacia su oficina para seguir con sus asuntos diarios y, probablemente comenzar a movilizar a “sus muchachos”.

Por otro lado, la inquisidora Blackmaw se encontraba bien dispuesta a cumplir con el pedido de Maximilian. –Entendido, intentare colarme primero en los aposentos de Lord Traf, pero necesitare de su complicidad en esto, necesito que intente mantener a Traf lo más alejado posible de este sitio como le sea humanamente posible. Su excelencia-

El rostro que el exorcista Benditch hizo en cuanto noto a Maximilian hubiera sido digno de plasmarse en un cuadro, similar a la de un niño que es pillado por su madre robando del frasco de las galletas, se mostraba boquiabierto, intentando musitar alguna palabra pero fallando completamente, sin lograr nada más que parecer aun más patético.

En cuanto Maximilian tiro de la capucha de la súcubo, esta hizo un amague de atorarse en la cornamenta de la misma, pero finalmente cedió ante el peso del obispo, revelando una súcubo morocha de lasciva vestimenta, aquella demonio lanzo una mirada desafiante a Maximilian antes de chasquear la lengua y marcharse de allí caminando como si estuviera en su propia casa.
Sin embargo, algo inusitado sucedió en cuanto el obispo poso sus ojos sobre la mujer, en contra de todo lo que le habían enseñado y todo aquello que Maximilian representaba y creía, en lugar de asco y repulsión, los penetrantes ojos y el voluptuoso cuerpo de la súcubo generaron un efecto hipnótico en el obispo, que sintió su corazón acelerarse de golpe; además de una sensación a la vez extraña y conocida en sus pantalones… De repente, la mente de Maximilian se desvió hacia rincones oscuros y primitivos de su psique. Quería sacar a patadas al exorcista del sillón en el que estaba sentado, arrojar a la súcubo contra el sillón y poseerla allí mismo a la vista de todos.

Sucubo:

Afortunadamente esta sensación tan extrema solo duro un segundo, siendo el obispo capaz de contener sus ganas de seguir a la Súcubo con la mirada mientras esta salía de la habitación junto con el sirviente que les había guiado hasta allí en primer lugar.
-Sí señor, lo lamento, no volverá a suceder- Contesto Jared ante la reprimenda de Max, aunque este no fue capaz de identificar ni una pizca de remordimiento en el tono de voz del exorcista.
La señorita Tempest sin embargo, probaba ser una profesional mucho más confiable que su compañero. –Entendido su excelencia- Contesto la muchacha ante las órdenes de Maximilian. –Por cierto… Logre sacarle un poco de información a esos idiotas con los que estaba hace un rato, aparentemente hay un descontento general entre los nobles para con ciertas actitudes del rey, especialmente de parte del visir real, se sospecha que podría intentar algún movimiento que  vaya en contra de las decisiones de Oberon, o cuanto menos algo sin su consentimiento- Comento la exorcista en voz baja. –Una puede hacer bastante con unas piernas largas y una cara de niña buena. ¿No cree? Además de eso también les pude sacar 2500 terran a esos demonios perdedores, con esta cara nadie sospecha que sepa contar cartas- Concluyo la mujer guiñándole un ojo a Maximilian, independientemente de si su chiste hacía gracia o no, Lilian Tempest se retiraría de inmediato hacia los aposentos de Cudd en espera de las ordenes del gremialista.

Habiendo concluido sus asuntos en el gremio de lo oculto, el grupo conformado por el obispo Maximilian Stenkerk, el exorcista Benditch y la inquisidora Blackmaw se dirigió prontamente en dirección del gremio de maquinistas. Desviándose la inquisidora a mitad de camino a cumplir con su misión encubierta. El camino recorrido por Maximilian y su escolta fue relativamente corto y totalmente desprovisto de inconvenientes, solo unos cuantos transeúntes por aquí o por allá que dedicaban una sola mirada a la pareja de humanos antes de proseguir con sus actividades diarias.

Al llegar a las proximidades del edificio del gremio de maquinistas (una enorme estación de ferrocarril cuyas vías se desperdigaban hacia todas direcciones como una serie de enredaderas envolviendo toda la ciudad) El dúo pudo notar como un gran grupo de demonios envueltos en overoles enmugrecidos por el trabajo y coronados por bandanas verdes sobre su cabello. Dicho grupo se encontraba frente a la estación Traf, todos ellos formados uno al lado del otro cual militar, con los brazos cruzados sobre el pecho y mirando provocativamente hacia otro grupo igual de homogéneo, esta vez ostentando gorros de maquinista color caqui; Y que se encontraba formando un muro humano guardando la entrada frontal a la estación.

En cuanto Maximilian y su acompañante se encontraban aproximadamente a 100 metros del tumulto, uno de los demonios de bandana verde pareció notar la presencia del obispo, lanzando una mirada fugaz hacia su dirección antes de desaparecer discretamente entre las sombras de un callejón cercano.
En cuanto el resto de demonios noto la presencia del obispo, todos ellos se apartaron para despejar el camino de su excelencia, observando con curiosidad al enviado de la santa sede mientras este avanzaba sereno entre la multitud. En cuanto ya había pasado al grupo de hombres de bandana verde y se encontraba a la misma altura del segundo grupo, a punto de rebasar a este también e ingresar a la estación; El demonio que había desaparecido momentos antes apareció desde un costado, corriendo directamente en dirección de Maximilian.

-¡Su excelencia! ¡Su excelencia!- Gritaba aquel juvenil demonio justo antes de tropezar a solo un metro del obispo, chocando con el mismo y causando que ambos cayeran al suelo al unisonó, el demonio aterrizando bien encima del cuerpo de Maximilian. Durante el instante que tuvo a la mole demoníaca encima, Max pudo notar aun entre el dolor como el mismo le deslizaba discretamente una carta entre sus ropas.

-Un movimiento en falso y te vuelo los sesos, levántate bien despacio y de manera que todos te podamos ver- Amenazo el exorcista al demonio mientras le apuntaba en la cabeza con su pistola.

-No fue mi culpa, uno de estos hijos de puta me puso el pie para que tropezara. Le ruego que me perdone su excelencia- Exclamo el sujeto inclinándose en una profunda reverencia al instante de haberse erguido por ordenes del exorcista, movimiento que casi hace que se gane un disparo de parte del mismo. –¿Que quieres demonio? ¿Por qué venias corriendo en esta dirección?-

-Solo venia a avisar a su excelencia que Lord Nidd se encuentra ahora mismo en el interior del gremio de maquinistas teniendo una audiencia con Traf…-

-Se dice “Lord” Traf, gusano- Interrumpió uno de los demonios maquinistas dando un paso intimidante en dirección del joven ingeniero, solo para ser mimetizado por toda la línea de ingenieros a solo metros de ellos, tras lo cual el maquinista decidió volver a su posición inicial con la cola entre las piernas, siendo este movimiento también copiado por los ingenieros que retrocedieron un paso en cuanto vieron que su compañero estaba seguro (aunque, como solo el ojo atento pudiera haber notado, aun así poniéndose un poco mas delante de lo que era su posición inicial en cuanto Maximilian llego).

-Tsk, si eso es todo lo que venias a decirnos entonces sal de aquí antes de que tenga que lastimarte, chico- Respondió Benditch, probablemente habiendo notado la arriesgada maniobra del muchacho. (Que ya estaba retomando su lugar en la formacion de ingenieros) Tras lo cual se apresuro a ayudar a Maximilian a ponerse en pie y, de ser necesario, ofrecer su hombro para que el obispo se afirmase hasta entrar a la estación y conseguir un asiento adecuado para que el obispo descansara y repusiera fuerzas del golpe.

Una vez adentro de la estación, el grupo pasó por una serie de mesas y banquillos llenos de demonios trabajando en tareas administrativas, unos pocos se encontraban reunidos en grupos discutiendo la presencia de los efectivos del gremio de ingenieros a las puertas del gremio. Al cabo de un rato de caminar en línea recta, un demonio de mediana edad y portando gafas de culo de botella se acerco hacia ellos, reconociendo a la comitiva eclesiástica y ofreciéndose a escoltarlos hacia el paradero de Lord Traf y, por consiguiente, del joven Peirian Nidd.

-¡No eres más que un puto traidor Traf! ¡¿Cómo puedes sugerir algo así?! ¿A caso tanto me desprecias como para llegar hasta esos extremos con tal de…?-

-No te creas tan especialito niño, a diferencia de otros lo mío son solo negocios, me vendría bien un presupuesto mayor para llevar mis ferrocarriles hacia cada rincón de terra… Lo demás solo son inconvenientes pasajeros, no es mi culpa si quedas en el medio del fuego cruzado-

Max pudo escuchar como esta conversación transcurría a la distancia mientras el demonio servidor los guiaba prestamente hacia su señor, en cuanto Max y el exorcista Benditch hicieron acto de presencia frente a Traf y Nidd. Estos cesaron su conversación inmediatamente.
-L-lord Stenkerk. ¿A qué se debe que nos bendiga con su presencia?- Pregunto el ingeniero notablemente nervioso mientras acercaba una silla para que Max se sentara. –¿Dios mío, se encuentra bien?- Pregunto Peirian con sincera preocupación en sus ojos. Una pregunta que tenía una respuesta más que evidente, el impacto parecía haber afectado a Maximilian mas de lo pensado, el obispo se sentía débil, cansado, jadeando para llegar prácticamente arrastrándose hasta la silla, la cabeza le daba vueltas y una creciente nausea había comenzado a apoderarse de él.

-Bueno, m-miren que hora es, como corre el tiempo. ¿No? Lamento tener que marcharme tan repentinamente, pero mis asuntos con Lord Traf han concluido y el gremio de ingenieros no va a manejarse solo. Con su permiso Lord Stenkerk, le dejo en manos del más que capacitado Lord Traf para su cuidado... A menos claro que usted requiera mi presencia aquí y ahora mismo- Mientras decía esto, Nidd se encontraba alineado entre Maximilian y Traf, dándole la espalda a este último, Mientras esperaba respuesta del obispo, el joven comenzó a gesticular, moviendo los labios sin emitir sonido para que Traf no pudiera saber lo que decía. Maximilian por su parte, pudo dilucidar que el joven prácticamente le rogaba que le dejara ir, quedaba en el Stenkerk si se lo permitiría o no.
Traf mientras tanto se acercaba cuidadosamente hasta Max, haciendo una profunda reverencia en cuanto llego al lado del mismo.

-Lord Stenkerk, me alegra contar con su presencia, no muy a menudo recibo la visita de figuras tan importantes como Lord Nidd y vuestra ilustrísima en un solo día…- Comento el anciano demonio con un gesto de dulzura. -¿Desea que le traiga algo? Podemos pasar a mi oficina a discutir los motivos de su visita estando más cómodos si no tiene ninguna prisa-

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Re: [AVENTURA INICIAL] "Luces y Sombras" [Ciudad Catedral, 7 de Noviembre - 897 d.g.]

Mensaje por Maximilian Stenkerk el Mar Mar 28, 2017 11:41 pm




Lord Cudd parecía estar de acuerdo con mi oferta, lo que me agradó en grado sumo. – Me alegra oírlo, Lord Cudd. Estoy convencido que juntos podremos conseguir grandes cosas y hacer historia. Aguardaré deseoso vuestras noticias, Excelencia.  Qué Dios os proteja y os guíe. – Ahora convenía esperar a ver si aquella alianza era realmente provechosa o no. Pero si lograba el apoyo de los conservadores y del neutralísimo Lord Cudd, quizá pudiese inclinar la balanza final a mi favor. El anciano líder se despidió, besando mi anillo pastoral, hecho que también me sorprendió, pues en lo que llevaba en la ciudad nadie había mostrado el respeto debido a mi dignidad eclesiástica.

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Logré quitarle la capucha al súcubo sin demasiado esfuerzo. Ante mí se desplegó una gloriosa visión de una diosa salvaje emergida de las más oscuras leyendas de la subciudad. Era una mujer joven y hermosa. De aspecto rudo e indómito. De un salvajismo brutal y sensual con su aspecto desgarbado y criminal. Pesadas y metálicas botas, cuero negro y feroces tatuajes.  No comprendía por qué, pero la deseaba. La deseaba con todo mi espíritu. Deseaba tomarla allí mismo. Delante de todos. Sin importarme. Mi miembro viril, endurecido entre los innumerables pliegues de mis togas, pantalones y calzones deseaba jugar con ella. Mi corazón palpitaba con fuerza, y el vértigo me inundaba. Lo que aquella bestia indómita podría enseñarme. Lo que un veterano como yo podría enseñarle a ella. Solo de imaginarlo salivaba. ¿Y bien pensado qué problema había? La carne es débil. Pero, ¿acaso Dios no nos hizo así? ¿A caso era mi culpa si Dios me hizo demasiado débil para el pecado?

¡Me sentía horrorizado ante tales pensamientos indignos! Pero a la vez me parecían terriblemente divertidos. Lo cual me asustaba más. Un miedo no por lo que se podía hacer, sino por lo que se había hecho ya. ¿Cómo podía volver a caer en el pecado? ¿Cómo, tras tantos años, podía volver a caer en los errores de Albor? De repente esa obscura y degenerada obsesión se esfumo tal y como entró. Mi deseo carnal se transformó en odio y repugnancia. Esa bruja me había hechizado con sus artes oscuras. Había leído sobre el poder de las súcubos para alterar la mente de la gente y arrastrarlas a una vorágine de desenfreno, lascivia y pecado. Por suerte yo era fuerte, era un noble altonato y pude resistir su envite. El pobre y patético Benditch no tenía nada que hacer. Una criatura degenerada como él no podría resistirse a esa brujería. El exorcista era débil e indigno.

_____________

La información que me brindó la exorcista Tempest solo sirvió para enmarañar todavía más el nudo. Según sus fuentes, había un descontento generalizado entre los nobles y el monarca, cosa que ya sabía. Pero el Visir también se encontraba contrariado con la actitud de Oberon. No solo eso, la exorcista hablaba abiertamente de sedición. Era extraño, estaba convencido que el visir permanecía totalmente leal al rey y estaba involucrado con él en todo este asunto. Pero por el momento era conveniente esperar y reunir más información antes que darle veracidad a las palabras de la exorcista. A fin de cuentas la información provenía de miembros del Gremio de lo Oculto, y era de sobra conocida su animadversión hacia el Visir y su gremio.

_____________

–La hora de despedirnos, inquisidora. Le intentaré entretener todo lo posible, mas debéis ser rápida. Una vez terminéis, id a la antigua embajada. Nos reuniremos allí. Quizá podamos encontrar algo útil que pueda explicar las causas de su expulsión o qué podía estar ocurriendo en la ciudad. –  La inquisidora Blackmaw nos dejó a mitad de camino para emprender su misión. Quedamos el señor Benditch y yo a solas. No podía decidir qué compañía era más ingrata, si Benditch o Blackmaw. Ella, una implacable, fría, y sin duda alguna, sanguinaria asesina. El otro, un sombrío hechicero con cara de toxicómano. Y ambos callados como cadáveres guardando tras de sí Dios sabe qué oscuras maquinaciones. Aunque al menos no tenía que aguantar la incoherente verborrea de Trueford, o la autocompasión de Buckley, y eso era de agradecer. Aun así el camino era largo, y quizá ese drogadicto podría haber averiguado algo útil.

– Bueno, exorcista Benditch. Espero que vuestra estancia en el Gremio de lo Oculto haya sido provechosa. Y dado que sin duda vuestra astuta e inteligente táctica de confraternización con los demonios ha sido tan efectiva, me imagino que habréis conseguido mucha y muy valiosa información para nuestra empresa. –  Sonreí con burla. – ¿Y bien? ¿Algo que reseñar?

Tras una larga y agotadora caminata por la cada vez más detestable Infernalia, llegamos al gremio de los maquinistas: una megalítica estación de ferrocarril cuyos raíles salían desperdigados en todas direcciones como si de un monstruoso cefalópodo de piedra y lava se tratase.  Y justo enfrente de la estación se encontraban dos grupos de demonios uniformados como menesterosos pordioseros. Ambos grupos, en clara confrontación formaban marcialmente (o lo que se podía considerar marcial para el canon de las clases populares infernalinas). La tensión se palpaba en el ambiente, arrastrándose en un vórtice que podría explotar en cualquier momento y arrasar con todo, incluida mi ilustre y noble persona. Del grupo que indudablemente era el invasor, un demonio clavó su mirada en nosotros cruzándose sus ojos con los míos durante un instante. Entonces, muy poco sutilmente, abandonó la formación y se internó en las sombras de un callejón cercano. Muy extraño todo.

De repente ese siniestro demonio emergió por el flanco y se precipitó sobre mí como una bestia rabiosa. No tuve tiempo a reaccionar, y el exorcista tampoco hizo nada para evitar el ataque. Entonces esa mole de carne putrefacta saltó sobre mi persona tirándome al suelo y terminando por aplastarme. El golpe y la caída me magullaron todo el cuerpo, pero cuando lo que me quedaba de pierna tocó el suelo sentí un fortísimo calambrazo que avanzó con toda rapidez por la columna hasta llegar a la cabeza. Y un aberrante grito de dolor siguió a aquello.  – ¡Idiota y majadero incompetente! ¡Qué os creéis que estáis haciendo, sabandija! ¡Quitaos de encima bestia informe cabeza hueca!  –  Rugí sin darme cuenta. La furia y el dolor se convertían en uno y nublaban mis sentidos.  Era incapaz de controlar mi temperamento. – ¡¿Con quién creéis que estáis tratando, alimaña?! ¡Cómo os atrevéis…! –  Entonces, aun siendo presa de los espasmos del dolor pude ver como empezaba a deslizar algo entre mis ropajes.

El corazón se me heló y el pánico me inundó. “Se acabó” pensé. Esa bestia me clavaría un puñal en el corazón. Abatido en el suelo, envuelto en inmundicia, indefenso y humillado mientras ese repulsivo marsupial se encontraba sobre mí, infectando mi piel con su impureza, dispuesto a segarme la vida. ¡Yo, un Stenkerk, sacrificado como un cordero ante el altar! Pero la estocada final no llegó. El frío y sádico acero no me abrazó. Entonces, durante un instante pude ver un objeto que me pareció una carta. ¿Una carta? ¡Una carta! ¡Todo esto por una puñetera y una endemoniada carta! ¡Mal rayo le partiese a ese demonio! Sentí al corazón volver a latir, y con él volvió el dolor y la furia. Pero en esta ocasión supe controlarme.

Tarde, ese incompetente de Bendich por fin reaccionó. Desenfundó su arma y exigió al zoquete que se quitase de encima. El demonio usó una excusa pobre que lo único que provocó fue un desaire en los siervos de Lord Traff que hubiese podido terminar fácilmente en un baño de sangre. Conmigo de por medio.

– Bajad el arma. –  Le exigí al exorcista mientras tanteaba el bastón e intentaba erguirme inútilmente. –  No necesitamos más escenitas. Que se marche.  –  Esperé a que se marchara para volver a hablar a Benditch. – Sin duda tenéis los reflejos de un león… –  Comenté con sarcasmo. – No me quiero imaginar qué hubiese podido a llegar a pasar si hubiese venido armado. –  Más bien no quería seguir imaginándolo. La imagen del cuchillo imaginario volvió a mi mente, y un escalofrío recorrió mi cuerpo. Este viaje estaba siendo muy peligroso. Demasiado peligroso. En tres ocasiones ya había estado a punto de perder la vida, y solo una intervención divina ha podido salvarme en las tres ocasiones. Y aunque no dudo de la infalibilidad de los Ángeles, era preferible no seguir tentando a la Divina Providencia. –  ¡Y ayudadme a levantar de una vez! – Grité cuando me di cuenta de que seguía tumbado en el suelo como un gato despatarrado.

El exorcista me ayudó a erguirme, y un nuevo calambrazo recorrió todo mi cuerpo dejándome aturdido. La cabeza me daba vueltas bombeando el dolor con gran fuerza. Mal asunto. El dolor siempre me había hecho más difícil controlar mis emociones. Me volvía débil. Y en una situación en la que nos jugábamos tanto (y muy especialmente la vida), podía llegar a ser algo peligroso.  Una vez de pies agarré con fuerza el bastón y empecé a caminar. El exorcista parecía dispuesto a llevarme del hombro, pero rechacé su ofrecimiento.

Bien podría haber sido por orgullo, pues yo no necesitaba se acarreado como un anciano inválido, pero con la caída y el dolor recorriéndome el cuerpo el orgullo parecía en aquél momento un capricho banal y pasajero. No, rechacé el ofrecimiento de Benditch por la dignidad de mi cargo, la dignidad eclesiástica. No se podía permitir entrar a la voz del mismísimo Sumo Exarca a una importante reunión diplomática llevada del brazo. Así que me tragué el infinito dolor, erguí con la más absoluta dignidad mi espalda y avancé con paso firme (o todo lo firme que se puede tener dada la situación) y entré en la estación.

Cuando entramos en esa mole de hierro, basalto y acero percibí los ecos de una discusión lejana. Según avanzábamos se iban haciendo más y más claros. Debían de tratarse de Lord Traff y Lord Nidd. El joven advenedizo acusaba al veterano empresario de traición, mientras Traf mostraba su indiferencia. ¿Traición a quién? ¿A Infernalia, a la Eclesia o al propio Nidd? Parecía más bien esto último., aunque solo por negocios, señalaba Traff. Parecía que Nidd había sido víctima de las maquinaciones de Traff y venía a llorar ante él. Sin embargo llorar ante un hombre sin escrúpulos era una tarea fútil, lección que Nidd parecía no haber aprendido. Pero yo sí sabía cómo tratar con esa clase de personas.

Cuando por fin les alcancé, en mitad de la discusión, el joven demonio se vio tan sorprendido que parecía como si fuese a derretir en cualquier momento del miedo.

– ¿Sorprendido por mi visita, Lord Nidd? –  Ahorraos el dramatismo, patético mequetrefe. Ya he conocido a vuestro cucho rabioso y me ha entregado el mensaje. – Sin duda alguna ya os habrán llegado rumores de la entrada de una importante misión diplomática de la Santa Madre Eclesia a vuestra ciudad, Lord Nidd. A fin de cuentas me habéis reconocido sin necesidad de presentaciones. –  Sonreí con suficiencia. De repente sentí una nueva oleada de dolor seguido de un mareo que me hizo tambalearme. Mientras todo me daba vueltas el joven demonio trajo una silla mientras preguntaba por mi bienestar. – Estoy… estoy bien. Gracias, Excelencia.  –  Cerré los ojos y respiré profundamente para mitigar el mareo y las náuseas. – Solo ha sido un pequeño incidente sin importancia en la entrada que me ha dejado algo desorientado. Nada más. Solo necesito unos minutos para recuperar la compostura. –  Deseaba con toda mi alma un vaso de agua, pero no podía confiar en que no fuese envenenada. Demasiados intentos de asesinato. Demasiados riesgos.

– Lord Nidd, demasiados asuntos tengo que tratar con demasiada gente. Desde que llegué a la ciudad no he hecho otra cosa. Aunque sin duda no ha sido el mayor de los males. Se lo puedo asegurar. –  Suspiré. – Sin embargo, y a no ser que Lord Traf, pues este es su santuario, prefiera una reunión a tres bandas, no tengo inconveniente en que se retire. Reconozco que soy más amigo de la intimidad, y visto que tenéis tanta prisa, no deseo hacer esperar a su grupito de admiradores más de lo deseado. Quizá podamos en el futuro charlar más tranquilamente, en un ambiente más íntimo… O quizá no. Solo Dios sabe lo que nos depara el futuro, ¿verdad? – Sonreí a los dos líderes con picardía. Si al final Lord Nidd se marchaba, hablaría con mayor comodidad con Lord Traf.

–Lo mismo, digo, Lord Traf. –  Agradecí las buenas palabras del anciano y sus correctos modos. Confiaba en que Traf fuese es el más sincero en sus agradecimientos, no por una cegadora fe (que dudaba que alguna de aquellas bestias pudiese llegar a tener), sino por la fría realidad de dependencia que tenía Lord Traf hacia la Eclesia. Pero aun partiendo de esta certeza no podía mostrarme confiado. Las apariencias podían engañar. Y si algo demostraba las malas artes era su irracionalidad. – Estoy bien, Lord Traf. De momento no necesito nada. Solo unos minutos de reposo, nada más. –  Intenté dilatar lo máximo posible la recuperación. – Somos nosotros los que nos sentimos honrados por vuestra hospitalidad, Excelencia. Aunque sin duda espero que mi visita sea mucho más agradable y satisfactoria para las dos partes que la visita de Lord Nidd. –  Reí entre dientes.

– Y permítame mostrarle mis más sinceras condolencias por lo sucedido. Me consta que la ruptura de relaciones entre la Eclesia e Infarnalia ha sido tan traumática para vos como para nosotros. El cierre de las comunicaciones entre Infernalia y la Eclesia, la paralización de todos los proyectos ferroviarios… Me consta personalmente que al propio Colegio Cardenalicio le apena profundamente vuestra situación, y está deseoso de recuperar tan fructíferas relaciones, o incluso expandirlas aún más… Siempre y cuando las relaciones diplomáticas se vuelvan a restablecer y se pueda contar con la garantía de que el Concordato continuará en vigor. Pero parece que esa meta todavía está muy lejana, a no ser que cuente con ayuda, por supuesto. Pero este tema creo que sería mejor tratarlo con mayor discreción en un lugar más apartado. – Poco a poco me volví a erguir, todavía exhausto y dolorido.

–Unas creaciones impresionantes. –  Dije señalando los trenes que se encontraban estacionados en los andenes. – Una verdadera obra de ingeniería que representa el espíritu de Infernalia. No solo eso: son todo un monumento en honor al Concordato entre la Eclesia y vuestra ciudad. Un alegato a los lazos de hermandad que nos unen.  –  Sonreí amablemente al anciano demonio. – He de confesaros que nunca he tenido el privilegio de conocer ninguno. Si no os parece mal, Excelencia, creo que, dado el motivo de mi visita, sin duda charlar en el interior de uno de los grandes tesoros del Gremio de los Maquinistas tendría una gran carga de simbolismo. El inicio de un viaje hacia la reconciliación y hacia un futuro más próspero para todos. – Una excusa pobre, pero yo era capaz de convertir el más anodino de los argumentos en el más glorioso de los alegatos.


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Re: [AVENTURA INICIAL] "Luces y Sombras" [Ciudad Catedral, 7 de Noviembre - 897 d.g.]

Mensaje por Enkei el Sáb Abr 08, 2017 5:55 am

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-No su excelencia, nada más allá de lo obvio, que a los miembros más antiguos del consejo no les agrada ni Paentio ni Nidd, pero su odio está particularmente dirigido hacia Paentio, aparentemente el noble que ocupaba su puesto anteriormente, Ishmael Hanns, a pesar de ser en líneas generales un tarado, se llevaba relativamente bien con el resto del consejo, a menudo haciéndoles vistosos regalos y organizando fiestas solo por el gusto de hacerlo- Contesto el exorcista sin atreverse a levantar la mirada del suelo.

Más tarde, Benditch respondería, ya fastidiado por las constantes acusaciones de Maximilian. –Lo siento si no soy un león, señor Stenkerk, pero mi misión aquí es protegernos a todos de las múltiples fuerzas oscuras que podrían asediarnos durante el transcurso de este viaje, si quería un guardia personal haber acudido al señor Truefort, yo soy un exorcista y a mucha honra. Tengo que lidiar día a día con fuerzas más allá de la comprensión de los mortales como para que me vengan a tratar como un simple escudo de carne… Puestos a criticar, yo no vi que su floreada dialéctica nos salvara de ser echados como perros del palacio real… Su excelencia- En ese momento si Maximilian miraba en la profundidad de los ojos del exorcista, notaria como las pupilas de este se hallaban exageradamente dilatadas, a la vez que gruesas gotas de sudor bajaban por su frente, quizás las acusaciones de intoxicación del obispo tuvieran alguna base solida después de todo.

Una vez en el interior del gremio, Nidd y Traf simplemente se mirarían entre si por un segundo luego de la sugerencia de Maximilian de que el primero se marchara si el segundo no se lo impedía, rápidamente, Nidd tomo la palabra.

-Es mejor que me valla, no quiero que mis muchachos se incomoden más de lo que ya están, después de todo, no sabemos que podría pasar y la seguridad de su excelencia es lo más importante-

-¿Usted dice? ¿Y qué cree que pueda llegar a pasar si usted no se marcha? –

-No lo sé… lo que sé es que defenderé a lord Stenkerk con mi vida si es necesario-

-Ohh… ¿En serio?-

Hubo unos segundos de tenso silencio entre los dos hombres mientras prácticamente se arrojaban dagas con la mirada, los ojos de Nidd se posaban de manera indefectible sobre los de su adversario, no pudiendo evitar esbozar una sonrisa en cuanto la mirada de este fue la primera en ceder. -… Admirable, debo decir. Puede irse lord Nidd, no le preciso para nada en este momento-

Solo bastaron estas palabras para que, con una reverencia hacia sus dos interlocutores, Perian Nidd abandonara la escena.

-Por favor su excelencia, una visita de un representante de la santa sede siempre es mucho más agradable y satisfactoria que cualquier clase de reunión con un advenedizo queriendo pretender ser aquello que le es imposible ser por su casta. Se ve que aun en nuestra sociedad civilizada de hoy en día hay gente como esa, incapaz de comprender que un perro es incapaz de mirar al cielo… Estoy seguro de que usted, bañado en la gloria y los honores de su sangre, comparte lo que digo ¿No? Al fin y al cabo. ¿No son los descendientes de las casas de Ziov las criaturas más cercanas a Dios en la tierra?- Comento el demonio con una risa cálida y amigable.

Ante la mención de las relaciones entre Infernalia y el resto de ciudades humanas, el semblante de Traf se torno serio, más no sombrío, escuchando con suma atención las palabras de su invitado antes de responder con tono acongojado.

-En estos tiempos de incertidumbre cuanto menos me alegra el saber que la santa sede reconoce lo serio que es el problema que tenemos entre manos. Si, ciertamente, las relaciones deben restablecerse de inmediato, esa es mi principal preocupación y deber como líder de este humilde gremio de maquinistas. No debe haber una sola alma en terra que este conforme con la situación actual, Infernalia no puede seguir aislada del resto del mundo ni viceversa, no solo eso, sino que como usted sabrá, mis trenes no solo parten de esta ciudad, sino que también ayudan a conectar el resto de las urbes humanas, fallen y munchkin de ambos continentes. Cada segundo que perdemos estancados es una empresa que no recibe el cargamento que tan desesperadamente necesita, un empleado que no recibe su paga para poder alimentar a su familia, una misiva importante que no llega a tiempo…-

Traf se mostró positivamente contento en cuanto el obispo ofreció continuar la conversación dentro de uno de los trenes. –Por supuesto su excelencia. ¡Estas maquinas son mi orgullo y el orgullo de Infernalia! El honor es mío de recibirle en los humildes interiores de una de ellas. Y, lo que es más… Si su excelencia lo encuentra adecuado, no he tenido oportunidad de hacer bendecir uno mis trenes por un hombre de dios…- Concluyo el maquinista dejando en el aire la pregunta que no se atrevía a hacer directamente.

De camino a los andenes, el agotado obispo pudo notar como su presunto guardaespaldas se encontraba en un estado similar o peor al suyo propio, el tipo lo disimulaba bastante bien, pero un ojo atento no tardaría en notar los crecientes síntomas del uso de narcóticos en aquel hombre que se mantenía callado como una roca, probablemente para poder concentrarse en dar la mejor imagen posible.

La caminata fue dura, cada paso se sentía como dar diez, el obispo podía notar cómo le pesaban los pies y como la temperatura de su cuerpo aumentaba con cada movimiento que hacía. Había dos trenes en el andén, uno de ellos claramente en mantenimiento por un equipo de demonios que se encargaban de limpiar y ajustar partes de la pesada máquina ferroviaria. El otro tren era una simple locomotora con tres vagones de pasajeros tras de sí, sentados en la baranda de la locomotora se encontraban dos demonios maquinistas, pasándose entre sí una botella de plástico cortada a la mitad medio llena de una bebida negra y espumosa de olor dulzón, sin dudas alcohólica.

-Lamento no tener mejores maquinas para mostrarle su excelencia, de saber que vendría hubiera reservado mi locomotora insignia para que usted se sintiera lo más cómodo posible… Chicos, necesito usar este tren por un momento, vallan a tener su descanso en otra parte-

Al oír las palabras de Traf, los demonios se levantaron en el acto, bajando cuidadosamente de donde estaban sentados. – ¿A la orden jefecito, gusta un trago?- Dijo uno de ellos ofreciéndole el tosco recipiente al gremialista, quien, para sorpresa de Maximilian, tras pensárselo un rato le dio un trago antes de devolvérselo a sus subordinados. –Le falta fernet, ahora salid de aquí- Dijo Traf con tono autoritario pero amigable.

El interior del vagón de pasajeros era bastante espartano, pero no por ello menos acogedor, un pasillo de alrededor de un metro de envergadura separaba los asientos de cada lado, por lo general organizados en grupos de dos pares de asientos enfrentados entre sí, con la excepción de los asientos de delante de todo, que enfrentaban la pared de la parte delantera del vagón, donde no había espacio para poner más asientos. Cruzando la puerta del fondo se accedía a la pequeña pasarela embarandada que daba acceso al segundo vagón de pasajeros, mas allá de este se hallaba el vagón comedor, aunque Traf no considero necesario llevar al cansado obispo hasta el último rincón del tren.
Maximilian fue escoltado hacia un asiento acolchado de terciopelo rojo, simple, pero bien cuidado, junto a él se sentó el exorcista Benditch y enfrentándolos a ambos yacía el líder gremial, Nidiaeth Traf.

Sentado de manera encorvada, y con los dedos entrecruzados, Traf finalmente se dispuso para hablar en privado con el obispo enviado de ciudad catedral.

-Bueno, su excelencia, siguiendo con la conversación de antes, estoy consciente de que la gente de Infernalia le debe su lealtad y… para que ocultarlo, su vida, a la clemencia de la eclesia central, capaz de perdonar incluso que nuestra raza se aliara con los demonios del caos durante los sucesos de la gran guerra… El mantener nuestras relaciones de fraternidad debería ser la principal preocupación de cualquier gobernante de la ciudad ígnea, yo lo sé mejor que nadie ya que vivo de esta fructífera relación, aun quitando todo simbolismo, mientras más y mejores sean nuestras relaciones comerciales, más dinero entra al gremio y, por consiguiente, a mis arcas. Y creo que esto no es ningún secreto para nadie- El demonio hizo una pausa, irguiéndose y cruzándose de brazos mientras tomaba aire para seguir con su discurso, Maximilian por su parte, sentía que aire era justo lo que le faltaba, lo que es más, el mareo del obispo era tan fuerte que de no ser porque el exorcista se hallaba convenientemente apoyado junto a él, Maximilian probablemente hubiera tenido dificultad en no caer de bruces hacia un costado.

-Lamentablemente, lord Stenkerk, el problema es que su majestad parece no tener sus prioridades muy bien ordenadas, echar a los embajadores eclesiásticos, aislar la ciudad del resto del mundo, le seré sincero mi señor, temo por el futuro de la ciudad en manos de ese hombre, temo que pueda cometer alguna locura que ponga la totalidad de nuestra civilización al filo de la navaja, quiero creer que estoy equivocado y que su majestad tiene algún buen motivo para su comportamiento, pero la evidencia día a día va mermando la poca confianza que me queda para con el Rey, y la desaparición de la Reina no hace más que empeorar las cosas- El semblante del gremialista se torno serio de repente, como para acentuar lo que estaba a punto de decir.

-Quizás… todo este sistema necesite una reforma, seré el primero en rescatar la importancia de la pureza de sangre, pero si esto sigue así… Sabe, uno de los defectos de vivir tanto tiempo como lo hacemos nosotros, es el olvidarse de que la estirpe de uno está destinada a reemplazarlo en algún momento, el príncipe heredero puede ser joven e inexperto, pero estoy seguro que podría hacer un gran gobernante con la ayuda del resto del consejo, depurando a los elementos tóxicos claro esta; y por supuesto, con la constante vigilancia y consejo de la eclesia central. Si. ¿No le gusta la idea como símbolo del resurgir de la amistad entre nuestros gobiernos? Un gobernante noble y recatado, un rostro joven dispuesto a alimentar su mente con los consejos de nosotros los más viejos y experimentados para ponerse al completo servicio de la santa sede. Desde su mismísima santidad, hasta los múltiples obispos jóvenes de las verdaderas casas nobles de la humanidad, deseosos de ocupar dicho puesto en un futuro-

-Seria una situación de ganancia para todos ya que nosotros los habitantes de Infernalia podríamos ver nuestras relaciones con el resto del mundo restablecidas nuevamente…Sabe, así como el vivir mucho trae desventajas, por consiguiente también trae múltiples ventajas, una de ellas es la buena memoria, nosotros los demonios somos muy buenos recordando a aquellos que nos tienden una mano en momentos de necesidad, y nuestro orgullo nos obliga a extender la misma mano cuando llega el momento de devolver el favor- Concluyo el demonio con una sonrisa maliciosa mientras esperaba expectante la respuesta del obispo.

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Re: [AVENTURA INICIAL] "Luces y Sombras" [Ciudad Catedral, 7 de Noviembre - 897 d.g.]

Mensaje por Maximilian Stenkerk el Miér Abr 26, 2017 10:04 pm





– No olvidéis con quién habláis, exorcista Benditch. – Según me levantaba pude ver como el sudor envolvía la frente del exorcista mientras sus pupilas crecían por momento como dos soles eclipsados. Era evidente que ese niñato irreverente e indisciplinado abusaba de narcóticos u otras sustancias prohibidas. – Así que aunque su Emiencia, el cardenal Crowley, haya contado con vos para esta misión, sabrá Dios por qué, yo sigo siendo un obispo de Ciudad Catedral, con todas sus consecuencias. Por lo que no toleraré el más mínimo grado de insubordinación o irreverencia por vuestra parte. Dad gracias que haya pasar por alto vuestro aberrante y pecaminoso comportamiento de antes. Así que no hagáis que me replantee mi decisión, porque la Inquisidora Blackmaw está deseosa de llevaros ante la justicia por ello.

– Os tomaré entonces la palabra, Lord Nidd. – Le sonreí con condescendencia. – Id con Dios.

Tras un duelo de miradas cual machos alfas disputando por una hembra en celo, el joven demonio se fue. No pude saber quién ganó, y desde luego no me interesaba. Yo estaba ahí para cuestiones mucho más trascendentales.  Una vez solos, Traf no dudó en mostrarme su más que sincero desprecio por ese joven, palabras que desde luego compartía.

– Sabias palabras, Lord Traf. Sin embargo mucho me temo que es la época que nos ha tocado vivir. Una época donde la Ley y el Orden de Dios parecen haberse olvidado. Una época donde cachorritos impúdicos han olvidado cuál es su posición creyéndose amos en vez de siervos y juegan con poderes que escapan a su comprensión. – Lancé una mirada arrogante a Benditch. – Y sí, en verdad podríamos llegar a serlo, pues nosotros somos cimiento, un cimiento inmutable a los terremotos que sacuden nuestro mundo. Somos el baluarte de la tradición, pues amar a la tradición es amar a Dios.

Traf se mostró entusiasmado con mi propuesta de visitar un tren. Hasta se mostró deseoso de que bendijese una de sus máquinas. Parecía un niño desesperado por ganarse el afecto de su padre mostrándole sus méritos. Un escalofrío me recorrió de arriba abajo e infinidad de traumas del pasado intentaron revivir dentro de mi cabeza. Pero no les dejé aflorar, pues cuando la mala hierba aparece, puede ser luego muy difícil de arrancar. – Será un honor poder bendecir a uno de sus trenes, Lord Traf.

Así nos dispusimos a recorrer los andenes hasta encontrar la máquina que el demonio deseaba mostrarme. Estoicamente recorrí  el camino aguantando mi cada vez peor malestar. Y a eso había que sumarle los infinitos dolores que arrastraba en mis extremidades y articulaciones. Cada paso acababa por convertiste en un verdadero tormento. Pero ante cada uno de los embates resistí con la mayor de las templanzas, mostrando mi más absoluta dignidad y fortaleza ante tan grotescos dolores. Benditch en cambio avergonzaba a la misión con su aspecto y comportamiento. Demacrado, y absolutamente narcotizado, parecía haber salido de cualquier callejón de la subciudad dispuesto a matar a cualquiera que apareciese por una nueva dosis.

Finalmente Traf escogió un tren de su gusto. O mejor dicho, un tren que no fuese de su disgusto, pues se disculpó diciendo que en aquel momento no disponía de mejores trenes en su estación. Este tren en particular parecía ser de pasajeros, con tres vagones endosados a una vieja locomotora.

–Si os parece bien, procederé con la ceremonia. –Con parsimonia me acerqué a la locomotora y estiré los brazos la entonar una plegaria. – Oh, Dios Todopoderoso y Eterno, que creasteis toda la vida para vuestro regocijo y gloria, os rogamos que bendigáis este tren y lo vigiléis en todo momento. Para que vuestros siervos, a medida que avancen en su camino también puedan avanzar en tu Ley y Voluntad, y así llegar a vuestro Reino Celestial. Demos gracias a Dios y a los santos ángeles guardianes.

Tras expulsar a la tripulación de la máquina accedimos a su interior, recorriendo los vagones hasta encontrar uno adecuado para reunirnos.  El lugar no parecía gran cosa comparado con mi palacio de Ciudad Catedral, pero desde luego era el ambiente más acogedor y placentero que había podido disfrutar en mucho tiempo. Sillones mullidos para descansar mis posaderas. Espacio amplio para estirar mis doloridas piernas. Respaldo cómodo para descansar la espalda. Desde luego mi cuerpo agradeció ese breve pero placentero momento de paz. Con Benditch a mi diestra y Traf enfrente comenzó nuestra asamblea. El demonio mostró desde un primer momento su lealtad a la Eclesia, lo cual era no decir nada. ¿A caso alguien se atrevería a confesar su traición frente al enemigo? Sin embargo, al contrario que otros embaucadores que intentarían con sus melosas palabras engatusar a su interlocutor, Lord Traf no dudó en dejar patente que su principal motor de actuación era n sus intereses económicos. Y en verdad esa era una mayor prueba de lealtad que cualquier juramento veleidoso y perjuro.

– Me alegra enormemente encontrar a un firme y poderoso aliado de la Eclesia, Lord Traf. – Dije intentado contener el cada vez más intenso malestar que me inundaba. Demasiado intenso y duradero en verdad. Era cierto que el cansancio y la tensión sufrida en esta ciudad podía haber acrecentado el malestar infundido por el golpe anterior, pero ¿no debería ir remitiendo poco a poco esta indisposición? ¿Y si en verdad fuese algo más lo que estaba detrás de esto? Sobre mi mente enseguida apareció sobrevolándome una siniestra y ominosa figura, ¿y si hubiese sido envenado? ¿Pero cómo? ¿Paentio con su comida? ¿Alguna toxina del Gremio de lo Oculto? ¿El demonio que me atacó? Quizá solo era un simple malestar y el agotamiento me hacía volverme paranoico, pero la sombra de la sospecha se agarró con una fuerza aterradora y se negaba a soltarse. Quizá…Quizá debería leer el mensaje que me dejó ese demonio lo más pronto posible. – Y le aseguro que usted podrá encontrar una comprometida aliada y amiga en la Eclesia. – Mientras nuestros intereses confluyesen, por supuesto.

Luego Traf analizó la situación del monarca hablando de su conducta errática e impredecible, conducta de la que podía dar fe. – La conducta de Su Majestad parece desde luego preocupante, en eso podemos estar de acuerdo tras la reunión que mantuvimos con él cuando llegamos a Infernalia. ¿Su Majestad siempre ha tenido esta conducta digamos voluble e indescifrable o por el contrario ha sido un cambio reciente? En este caso, ¿qué cree que es lo que podría haber incitado a actuar de esta forma, Lord Traf y qué aspira conseguir con ello?

Posteriormente Traf me hizo una oferta que rozaba abiertamente con la sedición. Era una oferta muy peligrosa y que no podía tomar a la ligera pues las consecuencias podían ser terribles. – Interesante reflexión, Lord Traf. Como hablábamos antes, la pérdida de nuestros más ancestrales valores nos está destruyendo como sociedad, tanto a la Eclesia como a Infernalia. Volver a las viejas tradiciones, y entre ellas la Ley de la Sangre, donde el orden natural vuelva a reinar siempre es  una cuestión de regocijo, pues supone acercarse más a Dios y a su Voluntad.  Y sin duda es una gran noticia saber que las nuevas generaciones, y entre ellos el Príncipe Heredero, son conscientes y están comprometidas con la reinstauración de los valores perdidos. Sin embargo… – Sonreí con condescendencia. – ¿Qué podría hacer que su Gloriosa e Ilustra Majestad, Oberon, teniendo en cuenta sus problemas de volubilidad, considerase la posibilidad de abdicar en su hijo, el Príncipe Heredero? Además, hay un pequeño problema. Según me consta, el Príncipe ha desaparecido sin dejar rastro, lo cual sin duda imposibilitaría cualquier cambio. A no ser, claro está, que alguien haya podido encontrarlo sano y salvo y lo mantenga fuera de peligro. – Miré fijamente a Lord Traf mientras sonreía.

– Ojalá sea sí, y que ese alguien haya encontrado a la Reina, eso facilitaría mucho las cosas, desde luego. Sin embargo, si finalmente su Majestad Oberon decidiese que lo más conveniente para Infernalia fuese entregar la Corona a su hijo, no puedo evitar preguntarme quienes serían los sabios que asesorarían al joven Monarca para seguir el buen camino. El camino de Dios. Quienes estarían dispuestos a aceptar tan pesada carga…

– Si me disculpáis, Lord Traf, debo ir al aseo un momento. Todavía no me encuentro del todo bien, y necesitaría refrescarme con un poco de agua. – Me levanté de mi asiento torpemente con las piernas todavía entumecidas e hice una pequeña reverencia a Lord Traf. –En seguida vuelvo. Os dejo en la compañía del Joven Benditch. Es todavía algo inexperto en lo que se refiere a las cuestiones del decoro y la dignidad, pero poco a poco creo que irá aprendiendo.  – Le di una palmadita en el obro al exorcista. Luego empecé a caminar buscando el aseo, o algún lugar discreto para leer el mensaje que me dejó el demonio de la entrada.


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Re: [AVENTURA INICIAL] "Luces y Sombras" [Ciudad Catedral, 7 de Noviembre - 897 d.g.]

Mensaje por Enkei el Vie Mayo 12, 2017 10:15 pm

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-Sí, estoy seguro de que esa bruja no puede esperar a poner todas nuestras cabezas en unas picas, eso no lo voy a discutir- Respondió el exorcista con tono brusco sin dignarse a seguir con la conversación.
De regreso al vagón de Traf, el maquinista respondía sin dilación las múltiples preguntas de Maximilian a medida que este las formulaba.

-Mmm. Como es sabido, con el poder absoluto suelen venir también los abusos del mismo, provenientes de la carencia de mecanismos o instituciones que lo contengan… Sin embargo, su majestad no suele presentar este tipo de comportamientos de manera regular, este es el motivo de mi preocupación, temo sinceramente que este extraño comportamiento sea algo clínico; Y que este poniendo en serio peligro la integridad de la ciudad- Respondió Traf con notable preocupación en sus ojos.

Más adelante el anciano demonio se mostró notablemente sorprendido por la pregunta del obispo respecto a cómo hacer abdicar a Oberón –Su excelencia, me sorprende la manera en la cual subestima su posición en Infernalia. En este preciso momento usted actúa como enviado personal de su santidad el SumoExacra. Aquí y ahora, usted. Es. El Sumo Exacra- Dijo el anciano acentuando especialmente sus últimas palabras.

-Justamente por ello es que es tan preocupante que su majestad le hubiera echado prácticamente a patadas del palacio real, es el equivalente de una declaración directa de guerra hacia la santa sede- Si prestaba atención Maximilian podría ver como la respiración de Traf comenzaba a hacerse pesada.
- Respecto a cómo convencerlo de abdicar. La respuesta es simple, no es necesario. Usted mismo debe, por intermedio de su posición, poseer autoridad sobre las fuerzas militares de Infernalia. ¿No es así? Bastaría con enviar una misiva con su sello y firma hacia la oficina de Lord Miwer, y si es necesario visitar a este en persona para convencerle de hacer entrar en razón a su majestad. A decir verdad no tengo conocimientos del paradero del príncipe heredero. Sin embargo, siempre podemos ensamblar un consejo de emergencia hasta que este aparezca… Los representantes de los gremios, los miembros de la embajada eclesiástica… Y porque no, su excelencia misma si así lo dispone, eso o algún hombre de confianza que pueda mantener sus intereses activos en esta humilde urbe mientras su persona se ocupa de los asuntos más delicados correspondientes a sus obligaciones en Ciudad Catedral- Dijo aquel hombre con tono sereno, como quien dice cualquier cosa.

-Supongo que los postulados para este consejo de emergencia podrían ser los mismos encargados de la educación del príncipe. ¿No le parece?-

Ante la petición de Maximilian de utilizar el aseo, Traf respondió de manera naturalmente positiva, acompañándole a través de los vagones hasta llegar al último, al fondo de este se encontraba una pequeña cabina de 2 metros cuadrados, su interior completamente metálico y esterilizado, el demonio se retiro prontamente tras escoltar al arzobispo hacia su destino.

Una vez en el baño, que consistía en un pequeño inodoro compuesto por un rectángulo de metal que llegaba hasta la altura de la entrepierna, con una concavidad en el centro para hacer las necesidades y un pequeño cartelito por encima que leía “solo líquidos”; perpendicular a este se hallaba un lavabo común y corriente con un espejo de medio cuerpo sobre este.

Un pequeño interruptor le permitía al obispo obtener suficiente luz para leer la carta con comodidad. Al menos con toda la comodidad que le permitía su visión, ahora borrosa, y el punzante dolor de cabeza que le azotaba, el contenido de la misma eran poco más de dos líneas de palabras escritas a las apuradas y con una caligrafía no ilegible, pero si difícil de leer.

Carta Apresurada:
-principe secuestrado paganos, paganos ecsigen p.cardinales, nobles quienes conocen paradero exigen muerte paentio, rey indeciso, caldera se hincha, rey en peligro, otros nobles usan indesicion escusa, nobles traidores-

En el tiempo que le tardo leer la carta (que fue bastante) el estado de Max empeoro al punto que no fue capaz de retener el contenido de su estomago, viéndose obligado a vomitar ya sea en el inodoro o el lavabo, en cuanto pudo recuperar un poco de autocontrol, el obispo fue capaz de ver con perturbación un poco de sangre entre la bilis y alimentos semi-digeridos resultantes.

Sintiéndose un poco aliviado, mientras hacia su camino de regreso el obispo notaria abierta la puerta de una alacena que previamente estaba cerrada, una inspección no revelaría nada raro, solo un depósito de bebidas espirituosas.

Al regresar, Maximilian notaria la súbita aparición de un carrito metálico junto a Traf, del tipo que suelen utilizarse para servir comida en los trenes, sobre el mismo descansaría una bandeja con una buena variedad de bebidas alcohólicas encima, una de ellas, Whisky por lo que decía su negra etiqueta, yacía abierta, un pequeño vasito de vidrio junto a él, probablemente correspondiente a Traf, y un vaso considerablemente más grande en manos del exorcista, ya por mas de la mitad, por cierto.

-Mmm, es muy interesante lo que me cuenta señor Benditch, muy interesante sin duda… Oh, veo que está de regreso su excelencia. ¿Gusta de beber algo? He escuchado que es muy aficionado al coñac, pero si no está de humor también tenemos whisky, champán, vino tinto, brandy… También simple agua o jugo de piky si no gusta de algo alcohólico, además de unas aguas especiales provenientes de la misma Feuerheim, perfectamente conservadas-

Aun de lejos era plenamente distinguible el mal estado del exorcista, cuando no estaba llevándose el vaso a la boca, esta misma se hallaba en un estado de semi-apertura, dándole un aspecto de bobalicón sumamente irritante.

-Bueno, su excelencia ¿Ha tenido tiempo para pensar en mi propuesta? Sé que es poco ortodoxo, pero ni siquiera tiene que ser algo permanente, si el rey recupera su buen juicio podría volver a ejercer en su cargo siempre que tenga el permiso de su hijo- Pregunto el demonio en cuanto Maximilian ya se hubo posicionado de regreso en su asiento.

Al cabo de un rato, independientemente de lo que hiciera Maximilian, un fuerte golpetear se escucharía en la puerta del vagón solo como antecedente a la agitada voz de cierta inquisidora que, si bien no gritaba, se encargaba de ser lo suficientemente ruidosa como para que el obispo la escuchara. – ¡Su excelencia! ¿¡Su excelencia!? ¡Disculpe la interrupción pero su presencia es requerida  sin dilación por mi persona!-

Quedaba en Max si hacer caso a los gritos de la inquisidora o decirle que le dejara solo a atender asuntos más importantes con Traf, quien se mostraba evidentemente fastidiado por la súbita interrupción.

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Re: [AVENTURA INICIAL] "Luces y Sombras" [Ciudad Catedral, 7 de Noviembre - 897 d.g.]

Mensaje por Maximilian Stenkerk el Lun Mayo 29, 2017 8:19 pm



Lord Traf consideró que lo que le pasaba al monarca era solo una simple enajenación transitoria. Que Oberon pudiese estar loco no lo ponía en duda, pero que esto fuese solo algo coyuntural o transitorio era algo más difícil de creer. Allí, en la sala del Trono, entre todo esa caótica demencia con la que se nos presentó, había otras cosas ocultas, entre ellas una gran premeditación. Luego, respecto a la abdicación, o se tomó demasiada literal mi pregunta (pues me refería a su asesinato, no a su abdicación), o no se quiso dar por enterado, que es lo que sospechaba. El problema era que, sin saber si contaba con el apoyo de otros nobles y un plan bien definido o simplemente me lanzaba la idea al aire para que yo jugase con ella, no me iba a arriesgar.  

– O quizá sois vos el que sobrevalora la capacidad de influencia de la Eclesia en estos momentos. Seré el emisario del Sumo Exarca, pero, ¿qué autoridad tiene su Santidad sobre la ciudad? Porque lo que he visto aquí ha sido el absoluto abandono hacia Dios, Lord Traf. La embajada de la Santa Eclesia expulsada. La ciudad clausurada y toda relación con la Santa Sede rota. Nuestra misión diplomática arrestada, amenazada, y expulsada de palacio. Diversos atentados contra nuestras vidas. Dos agentes del Sagrado Tribunal debatiéndose entre la vida y la muerte mientras hablamos. Somos representantes del Sumo Exarca, y todos estos ataques, en consecuencia, han sido ataques contra su Santidad y contra Dios.  – Suspiré. – Pero no me quejaré. Sé perfectamente cómo funciona esto. Y el poco poder que tengo ahora lo administro de la manera más eficiente que puedo, teniendo en cuenta las circunstancias y las sombras que rodean todo.

Finalmente empezó a dar más detalles sobre su supuesto plan y sugirió la posibilidad de que hablase con Lord Minwer, el líder del ejército de Infernalia. Si Paentio me había dicho la verdad, no parecía la persona más confiable, pero tantearía a Traf para ver qué opinaba del viejo soldado.

–De nuevo, sobrestima mi posición. ¿Desde una perspectiva formal tengo autoridad sobre el ejército de Infernalia? Tal vez. Pero aquí la legalidad del Concordato es irrelevante. Solo importa el poder efectivo. Vos me estáis pidiendo que ordene al ejército que de un Golpe de Estado. Que se alcen contra su rey, contra sus tradiciones y contra sus leyes. ¿Por qué me obedecerían a mí y no a Oberon? ¿Solo porque represento a la Eclesia? – Reí. – Porque, ¿cómo podría el orgulloso y altivo Lord Minwer no obedecer una orden de la Eclesia? – Pregunté con sarcasmo. –Y puede que Lord Minwer no tenga demasiada simpatía hacia el monarca, pero mis fuentes me han informado que no hay nada que supere su desprecio por la Eclesia. Según me consta Lord Minwer es presa de una demente ensoñación, ansioso por volver a esa oscura época anterior a la Gran Guerra. Y cree lo conseguirá por la vía militar. Haciendo la guerra a la Eclesia. – Suspiré y volví a un tono de voz amable y dulce. – Pero ahora vos me decís que Minwer es alguien totalmente confiable. ¿Cómo puede ser esto así?

–Sin embargo, volviendo a la cuestión principal, si finalmente se llevase a cabo, sin duda alguna el consejo encargado de la regencia debería ejercer la tutela del príncipe, hasta que este fuese alguien capaz, transmitiéndole los valores de lealtad y compromiso a la Eclesia y a Dios. Y por supuesto, sería un verdadero honor contar con la amistad de uno de los miembros más prominentes de ese consejo para que se asegurase de que todo esto se llevase a cabo, y  actuase como aliado protegiendo los intereses de la Eclesia en Infernalia… y las de este humilde obispo. – Sonreí con condescendencia.

Acabada la conversación, Lord Traf accedió a escoltarme hasta el aseo. El camino fue dificultoso, pues notaba como mi malestar se acrecentaba a cada momento. Un asunto sumamente delicado e inquietante. Por fin llegamos al aseo. El lugar no era gran cosa, pero desde luego no era el momento para quejarme de esa caja metálica sin vida ni encanto. Una vez que estuve a solas (y asegurándome de que no hubiese nadie escuchando o mirando) saqué el mensaje y lo leí detenidamente. Era una nota muy pobremente escrita y con un mensaje muy críptico. Afirmaba que el príncipe estaba en manos de los paganos, cosa que de ser cierto complicaba mucho las cosas. Hablaba de la misión de los paganos, cosa que yo ya sabía. Aunque no explicaba la relación de secuestrar el príncipe heredero con la destrucción de las puertas Cardinales.

A continuación seguía una anotación que indicaba que los nobles que sabían el paradero (del príncipe o de la reina supuse), querían la muerte de Paentio. Si esto era cierto, Traf estaba jugando conmigo. Quedaba bastante claro que era él el que quería que Paentio desapareciese del mapa, por lo que debía de saber el paradero del príncipe o de la reina (o de ambos). ¿Me estaría mintiendo sobre el paradero del príncipe? Lo cierto es que de eso estaba seguro incluso sin haber tenido esa nota. Alguien como Traf tendría agentes vigilando todo el terreno y aun no teniéndolo bajo su control al príncipe debía de saber dónde estaba. Eso me dio una idea. Le lanzaría un órdago y vería a ver si picaba el anzuelo. ¿Y qué rol jugaría Paentio en esta conspiración? Esperaba que la investigación de la inquisidora Blackmaw pudiese arrojar algo de luz sobre el asunto.

Luego decía que la “caldera se hinchaba”. ¿A qué demonios se referían con aquello? ¿Se referiría a que la situación estaba alcanzando su máxima tensión? ¿O quizá algo más literal: el volcán entrando en erupción? Un escalofrío me recorrió la espalda. Esperaba con todo mi corazón que fuese lo primero, pues lo segundo sería algo verdaderamente catastrófico, especialmente estando yo dentro del volcán. Finalmente hablaba de que el rey estaba en peligro, de que los nobles eran traidores, y utilizan la indecisión como excusa. Que el rey estaba en peligro lo sabía. “¡Yo mismo había discutido sobre su posible asesinato!” Me reí para mis adentros. Que los nobles eran unos traidores era más preocupante. ¿Qué nobles? Y lo más importante, ¿traidores a quién?

Era una nota sin duda alguna delicada. Y peligrosa. Muy peligrosa. ¿De quién sería? El sujeto parecía ser súbdito del niño ingeniero, pero ¿eso implicaba que lo era realmente? Y lo más importante, ¿qué intenciones tenía esa nota? ¿De verdad me quería prevenir o quizá su objetivo era confundirme y hacerme desconfiar? ¿Quizá los paganos estarían detrás de ella? En realidad era absurdo preguntarme esas cosas en ese momento. Tomaría la información con precaución y esperaría a tener una mejor perspectiva.

Mis cavilaciones se vieron interrumpida por un terrible dolor proveniente de mi vientre seguido de convulsiones y nauseas. Y sin poderlo evitar me vi evacuando mis jugos gástricos sobre el inodoro. Mi situación era mucho peor de lo que pensaba para un simple malestar. Y cuando vi mi bilis sobre el metal del inodoro mis peores temores se confirmaron. Veneno. Había sido envenado. El el vómito estaba manchado por la sangre de mis entrañas. El frío y los temblores me invadieron y el pánico se agarró con fuerza sobre mí. ¡Me estaba muriendo! ¡Y yo no podía hacer nada para evitarlo! Empecé a hiperventilar y el mareo se acrecentó. Debía mantener la calma. Era impropio de alguien de mi categoría dejarse llevar los el miedo. Pero una cosa era decirlo y otra hacerlo.

Cerré los ojos y respiré profundamente. Intenté borrar de mi mente toda preocupación. No podía pasar nada. Dios me protegería. Sí, Dios me protegería. Debía mantener la calma, y salir de allí, en busca de ayuda. ¿Pero quién? Cualquiera podría ser el envenenador o un cómplice suyo. Ni siquiera podía confiar en los miembros de mi misión… Pero algo tenía que hacer. Aunque lo primero era lo primero. No perder la calma y seguir con la misión.

Primero cogí la nota y la rompí en trozos. Luego mojé los trozos de la nota en el lavabo para destrozarlos y eliminar la tinta del papel. Finalmente, arrojé los trocitos mojados de papel sobre el vómito del lavabo y tiré de la cadena. Me quedé hasta asegurarme de que todo había sido eliminado sin dejar rastro y abandoné el lavabo.

Salí muy mareado, sin darme apenas cuenta de las cosas que me rodeaban, y tanteando las paredes me arrastré como pude hacia el lugar de la reunión. Cuando estuve cerca, me enderecé todo lo que pude y entré con la mayor de las dignidades.

– Pues sería la primera vez…– Comenté con desidia cuando Traf dijo que el joven Benditch estaba diciendo algo interesante. Después me ofreció una amplia gama de bebidas, entre ellas coñac. Lo cierto es que deseaba muchísimo volver a mojar mis labios con ese delicado y noble néctar, pero teniendo en cuenta el terrorífico descubrimiento sobre mi salud, podía ser una muy mala idea. – Os agradezco enormemente vuestro ofrecimiento, Lord Traf, sin duda alguna disponéis de una buena colección de bebidas. Los viajeros de vuestros trenes están en las mejores manos posibles. Sin embargo, mucho me temo que mi delicado estado de salud ha empeorado. Aunque algo de agua podría sentarme bien. Tomaré un poco de esa agua de Feurheim.

Mientras tomaba un poco de agua, Lord Traf me preguntó si contaba o no con mi apoyo, y por consiguiente, el de la Eclesia. – Muy bien. La Eclesia Central quiere este asunto reconducido, y ante todo quiere evitar una guerra. Los medios son irrelevantes siempre que se alcance el objetivo. No obstante, no tomaré medidas arriesgadas que puedan conducirnos a la guerra hasta tener todas las garantías del éxito. ¿Queréis que la Eclesia os apoye en vuestro plan, Lord Traf? Convocad un encuentro entre vuestros aliados y yo. Exponedme vuestro plan detalladamente y vuestra fuerza para ejecutarlo. Pero ante todo, encontrad al príncipe. Dedicad todos los esfuerzos vuestros y de vuestros aliados para encontrarlo. Tenéis medios de sobra para ello. Porque sin tener al príncipe bajo control esto no va a ningún lado. Cuando tengáis al príncipe, sano y salvo, hacedme llamar y entonces contaréis con el apoyo incondicional de la Eclesia. – Sonreí con amistad.

Al cabo de un rato, un fuerte alboroto proveniente del exterior nos distanció de nuestra conversación. De repente, la puerta del vagón se abrió de par en par y la inquisidora Blackmaw entró sofocada y tremendamente alterada (bueno, o quizá solo algo más humana de lo normal). La inquisidora requería mi presencia con urgencia, y no dudó en interrumpirnos para ello. Parece que había olvidado nuestro compromiso de reunirnos ante la embajada de la Eclesia. En circunstancias normales me hubiese mostrado muy decepcionado y descontento por tal comportamiento. Como si una simple inquisidora tuviese el derecho para interrumpir la conversación entre dos nobles, además “exigiendo” hablar conmigo. Sin embargo, dada mi particular situación, agradecí tener una buena excusa para poder retirarme.

– Lord Traf, os pido disculpas por esta bochornosa interrupción. Sin embargo parece que cuestiones de la Eclesia de la máxima importancia me requieren sin la más dilación. Espero que podamos volver a reunirnos pronto, Excelencia. – Me levanté, tropezándome con el asiento, pero manteniendo la dignidad. Hice una pequeña inclinación de cabeza ante Lord Traf como señal de respeto. – Lord Benditch. – Me dirigí al exorcista y le hice señales para que el torpe beodo se levantase. – Puede que nuestro estimado exorcista requiera de ayuda, inquisidora.

Una vez fuera del vagón me dirigí a la inquisidora. – Inquisidora, espero que os haya ido bien. Si lo que tenéis que decirme es algo relacionado con su “particular misión” os sugiero que esperemos hasta estar fuera para que me lo comente. Por cierto, me alegro de que hayáis venido, porque ha habido un cambio de planes. No vamos a la antigua embajada de la Eclesia, sino al Gremio de los Alquimistas, a ver a vuestros queridos compañeros, Lady Blackmaw. Tengo sospechas más que fundadas de que he sido envenenado. – Intenté decir con toda la calma posible. Como buen eclesiarca y aristócrata, el control que ejercía sobre mis propios sentimientos rozaba la perfección. Muestra de una fortaleza casi divina que solo los más puros de nuestra estirpe llegaban a dominar con tal nivel.


FDI:

Velocidad 0 = Acciones 1
Acción 1: Destruir la nota + usar técnica “Canto del Ruiseñor” para convencer a Traf de que acepte mis condiciones
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Re: [AVENTURA INICIAL] "Luces y Sombras" [Ciudad Catedral, 7 de Noviembre - 897 d.g.]

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