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[AVENTURA INICIAL] "Luces y Sombras" [Ciudad Catedral, 7 de Noviembre - 897 d.g.]

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[AVENTURA INICIAL] "Luces y Sombras" [Ciudad Catedral, 7 de Noviembre - 897 d.g.]

Mensaje por Señor de Terra el Jue Dic 05, 2013 12:02 pm

paisajes de la ciudad:
Ignorad posibles referencias a naves voladoras en las imágenes, en Terra no hay de eso.


Ciudad Catedral, el ombligo del mundo... Una urbe que no dormía, siempre iluminada y ruidosa, con las calles fluyendo en un agobiante caudal de gente variopinta, un rebaño que avanzaba imparable en todas direcciones, una avalancha en la que parar de andar podía incluso suponer morir aplastado.

En las zonas más humildes, cercanas a la muralla, el trafico humano era algo más desahogado. Y la iluminación menos cuidada, pues nadie se molestaba en arreglar pantallas y farolas que se iban rompiendo. En aquel ambiente nocturno se encontraba Dimitri. Poco sabían su verdadera identidad y nada parecía que fuese a cambiar al respecto, sin embargo al pasar entre las gentes, se percataría de un tipo que lo miraba. Sus ojos, de color ámbar, se clavaban en los de Dimitri con fiereza, como llamándole. El tipo era un broken, de entre veinte y treinta años, con apariencia callejera, la cabeza medio rapada y algunos piercings por la cara. Era extraño ver a un Broken que no llevase algún tipo de velo o mascarilla para intentar taparse, este parecía casi orgulloso de su aspecto, desafiante incluso.

Aquel tipo, se apoyaba contra el muro de hormigón grafiteado de un edificio próximo, mientras con las manos se encendía un cigarro frente a la boca, todo ello sin romper el contacto visual. Terminó de encenderlo dando una tranquila calada y exhalando el humo pro sus fosas nasales, un humo de color ligeramente ocre bastante sospechoso. El hombre comenzó a caminar, en su dirección, separándose del muro, hasta quedar justo frente a él, impidiéndole el paso. Sin mediar palabra sacó una mano de bolsillo, mostrando un papelito frente a los ojos de Dimitriev.

23:30. Cruce de la calle Tristram con la Mitrilería. Local Electric Eel. Pregunta por Mat.
La nota era clara, la dejó frente a sus ojos unos segundos mirándole con una seriedad inexpresiva, mientras daba caladas de forma pausada a su cigarro. Tras unos segundos así parado volvería a irse, guardándose la notita, mezclándose con la multitud. Se había desvanecido tan pronto y silencioso como apareció, como una sombra.

Aquello era una citación en toda regla, y no tendría que usar demasiado la imaginación para saber quienes lo buscaban. Eran las 22:00… tenía el tiempo justo para llegar al sitio.

Mientras tanto, en el plano bullicio de la ciudad media, Karel Stark, caminaba entre las gentes con apenas espacio para respirar.  Aquella ciudad era como una colmena, agobiante y densa, pero las calles laterales, algo más estrechas y oscuras no estaban tan abarrotadas. Casi sin querer, el propio trafico de gente lo fue empujando, hasta que acabó en una de esas esquinas, frente a los callejones.

Esas estrechas callejas apenas estaban iluminadas, angostos caminos entre titánicos edificios oscuros como una cueva. Fue en aquel instante cuando rostros sonrientes comenzaron a emerger  de entre las tinieblas. Como hienas acechando a su presa, hasta que lo tuvieron rodeado. En la calle mayor la gente seguía pensando sin importarles que aquellos matones hubiesen encontrado un nuevo juguete.

-Eh tú… bonita armadura…  ¿Qué es eso que llevas ahí?- El tipo que hablaba parecía ser algo así como el líder. Eran unos 5, el líder armado con un bate de madera, algo ensangrentado y con clavos oxidados martilleados en la punta. Su cara era bastante peculiar, pues le faltaba una ceja, donde se podía ver una feo corte mal cosido. Aparte de eso estaba calvo, cual bola de billar.

-Buaaah menuda espada ¿Me la dejas?- La expresión de voz del segundo tipo parecía inocente, sin embargo su mirada sádica y perversa indicaba que sus intenciones no eran buenas. Llevaba un anillo a modo de septum en la nariz, y una vistosa cresta de color verde.

-Eso… danos tu juguetito…- Otro de los tipos, este era grande, les sacaba dos o tres cabezas al resto y  llevaba una especie de tubería a modo de arma.

Los otros dos eran dos yonkis que reían lo que los otros decían, armados con barras de acero que golpeaban entre sus manos. Los cinco caminaban hacia Karel, que estaba rodeado en todas direcciones. Parecía una presa apetecible con tanto objeto valioso… pero sus agresores no sabían que quizá no fuese tan indefenso. Quizá, fuesen ellos la víctima.

La vida en la ciudad era dura. Y muchos creían que la zona alta era el paraíso. Allí vivían los ricos, los poderoso, los altos cargos de la Eclesia. Sin embargo pocos conocen en realidad el nido de ratas que allí habita. La majestuosa Catedral, presidiendo la ciudad desde su centro, grande e imponente, capaz de sobrecoger los corazones de los transeúntes con su mera imagen. Guarda en su interior una red de tramas superpuestas, traiciones, acusaciones, y secretos. Un ambiente nocivo disfrazado de lujo y educación, donde los políticos y religiosos suben y caen ensalzados o devorados por el sistema en función a su astucia. Pocos son capaces de sobrevivir en aquel clima corrupto, y entre ellos se encontraban cierto obispo, Maximilian Stenkerk, y un feroz inquisidor, Mairon Junamek.

Ambos habían recibido en sus aposentos aquella tarde una carta de pergamino, lacrada con el sello del mismísimo Sumo Exarca.

Con motivo de una terrible amenaza que atenta contra nuestra sagrada institución, se os cita en la alta cámara, para una reunión extraordinaria a las 23:30.  Ni que decir tiene la naturaleza secreta de esta reunión y se prohíbe expresamente hablar del asunto con aquellos ajenos al mismo.

Atentamente,

Cardenal Crawley
El Cardenal Crawley era la mano derecha del Sumo Exarca, aquello debía ser algo gordo, pues aquel tipo jamás se implicaba en minucias. La cámara en la que les habían citado se encontraba en la torre más alta de la catedral, aquella destinada al sequito del Exarca…  La Alta Cámara nada menos, todo el mundo sabía donde estaba, y sin embargo pocos habían entrado. Era allí donde se decidía el rumbo del gobierno de la Eclesia y donde se trataban los temas más importantes. Aquella sería una ocasión muy especial, que podría catapultarlos al poder o sumirlos en el desastre. Todo dependía de cómo afrontasen la situación. Debían cuidar mucho sus actos, pese a no saber de que trataría la reunión era obvio que no estarían solos, cualquier fallo o signo de ingenuidad y los competidores los devorarían al instante.

Era el momento de demostrar su valía, y ya sólo quedaban treinta minutos para la hora de la citación. De primeras lo más importante era no llegar tarde.


[FDI: suerte a todos^^

Cualquier cosa que queráis saber o detalles que no me ha dado tiempo a escribir en el post, no dudéis en preguntarme por Pm o por donde sea.

Max y Mairon, podéis hacer como que os encontráis de camino al sitio si queréis.]
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Re: [AVENTURA INICIAL] "Luces y Sombras" [Ciudad Catedral, 7 de Noviembre - 897 d.g.]

Mensaje por Karel Stark el Jue Dic 05, 2013 4:40 pm

Ciudad Catedral... Hacía tiempo que no paseaba por esas calles, sin embargo, su particular olor seguía siendo el mismo de siempre.

El Caballero de la Diosa había cometido grandes atrocidades por Eclesia, todo con la esperanza de que hubiese sido para un bien mayor, algo que parecía ahora un objetivo estúpido, absurdo incluso. Había sido utilizado como muchísimos otros peones para el florecimiento y la gloria de los más poderosos, una mera herramienta para la opresión de aquellos que eran más débiles. Creía haber hecho grandes cosas, haber conseguido una gran gloria sirviendo a una causa justa, pero en realidad lo único que había hecho había sido dado más poder a aquellos que sólo lo utilizaban para destruir cualquier atisbo de dignidad que pudiese quedarle a los más desfavorecidos. Él nunca había querido formar parte de eso. Pensaba que podría cambiar las cosas... Y había sido un enorme necio por creerlo.

Eclesia estaba corrupta. Hasta los cimientos.  No la gente que trabajaba para ella, muchos de ellos estúpidos como él que seguramente pensaban que estaban trayendo la esperanza a un mundo que la había perdido mucho tiempo atrás, no aquellos que creían en su corazón estar haciendo el bien para los más débiles... No, los responsables de la corrupción de Eclesia eran los mismos de siempre, aquellos que movían los hilos y ostentaban el poder, los que la dirigían como una máquina de guerra bien engrasada.  Una máquina de la que él había sido un engranaje no hacía tanto. Pero ahora era otra cosa, ahora era, quizá, su principal enemigo, incluso aunque todo lo que quisiera era que lo dejasen en paz.

No tenía nada contra aquellos que trabajaban para Eclesia, pero aquella ciudad era una muestra de los muchos excesos de sus dirigentes. Apestaba con el hedor de un veneno que erosionaba el alma y la privaba de paz, que convertía al alma más pura en un pozo, negro y sin fondo, dedicado a tragar y consumir las esperanzas de las gentes. Había demasiada diferencia entre la zona central, donde vivían los poderosos, y la externa, donde se hacinaban los más desfavorecidos, donde existía la ley del más fuerte.  Hubiese preferido no tener que volver allí y ver de nuevo lo que había contribuido a crear, pero sabía que era su deber hacer algo para proteger a aquellos que no tenían quien lo hiciese. Al menos no era una Subciudad pero a juzgar por lo que veía, no le faltaba gran cosa para serlo. Una pena.  Lo peor de todo era que, incluso con su poder, sólo podía intentar cambiar las cosas poco a poco, persona a persona, y rezar porque algún día sus acciones tuviesen una repercusión mayor.  No se hacía ilusiones, sabía que un solo hombre difícilmente podía llegar a cambiar el mundo, pero que fuese difícil no significaba que no fuese su deber intentarlo. Torres más altas habían caído, después de todo.  Por eso estaba allí. Para ayudar.

Pero, por desgracia, su suerte tenía otros planes.

Había derrotado a suficientes bandidos como para saber cómo acababan esas situaciones. No había tardado en darse cuenta de que le seguían, y había tratado de ignorar la situación, pero como de costumbre había sido un intento futil... Antes de darse cuenta estaba rodeado por todos los flancos, una situación realmente comprometedora.  Había esperado poder pasar desapercibido durante más tiempo. Y lo peor es que aquella zona donde le habían "emboscado" estaba demasiado transitada.  Hubiese preferido que sus enemigos fuesen más inteligentes y hubiesen esperado a que estuviese en un callejón vacío pero, por supuesto, eso sería pedir demasiado.  Los mismos comentarios de siempre. Ignorarlos era la mejor opción. Trató de continuar hasta que fue evidente que no podría "huir", aunque quizá sería más adecuado decir que no habría forma de que pudiesen escapar dadas las circunstancias.  No era difícil para nadie con dos ojos en la frente darse cuenta de la calaña de tipos a la que se enfrentaba, y no le pasó por alto el bate ensangrentado de uno de ellos... Posiblemente no fuese la primera víctima del día, pero desde luego la más apetitosa.  Karel sonrió para sí mismo con sarcasmo. Se creían cazadores, pero no eran más que hojas de hierba que el sol quemaba tan pronto asomaba por el horizonte... Pobres.

Por desgracia para ellos, no tenía tiempo para perder con ellos y tampoco deseaba desvelarse demasiado pronto. No sería conveniente. Pero evitar el enfrentamiento iba a ser imposible. Por fortuna, el propio flujo de gente lo fue empujando poco a poco hasta estar dentro de uno de los callejones. Demasiado cerca de la gente como para no ser visto, pero en ese caso la apatía de los ciudadanos jugaba a su favor... El verdadero problema era que pudiese haber alguien interesado en ayudarle. Mejor asegurarse.

Así que pensó rápido. Actuó como una rata lo haría, intentando adentrarse un poco más en el callejón. No le importaba estar rodeado, de hecho no pretendía salir.  Sólo una vez se hubo adentrado lo suficiente atendió a las demandas de aquellos tipos, sacando su espada tranquilamente antes de clavarla en el suelo ante él de un golpe seco. Utilizarla contra ellos sería utilizar fuerza excesiva. Demasiado. Más de lo que merecían, desde luego. Y era una hoja demasiado noble para mancharse con sangre tan indigna... Pero incluso si no fuese así, prefería evitar el derramamiento de sangre. Aquellos pobres desgraciados difícilmente eran conscientes de lo que estaban haciendo, muy probablemente estuviesen desesperados... Eran víctimas de Eclesia, como tantas otras, incluso aunque ello no justificase sus múltiples pecados.  Si les dejaba ir, bien era probable que acabasen atrapando a otro pobre diablo. Eso era lo que Eclesia había creado: Un nido de pirañas donde gente como aquella devoraba a los más débiles. Escoria que creaba más escoria.

... Era una suerte que él estuviese allí. Era la vacuna.


- Probablemente no me haréis caso, hace mucho tiempo que habéis dejado de escuchar al sentido común, pero igualmente he de intentarlo.  Analizad la situación. Sois cinco, armados con bates, tuberías de plomo y vuestros propios cuerpos. Probablemente no tengáis el más mínimo entrenamiento militar. Toda vuestra vida la habréis pasado oprimiendo a aquellos que son más débiles, incapaces de defenderse. Los que carecen de recursos, los enfermos, los que tienen demasiados escrúpulos. Corderos que las hienas como vosotras devoran sin el menor remordimiento.  Os habéis acostumbrado. Pero miradme a mí.  Estoy rodeado y, sin embargo, no tiemblo.  Llevo una buena armadura y, como habéis dicho, una buena espada.  Deberíais daros cuenta de que estoy muy por encima de vuestras presas habituales.  Quizá pensáis que vuestro mayor número os da una ventaja, pero pensadlo dos veces: Repito. Sois cinco. SÓLO cinco.  Un enjambre de abejas puede preocupar al león, pero dos de ellas son poco más que una distracción.  Es evidente que no me asustáis.  Repasemos, pues, los hechos:  Vuestras ventajas son la superioridad numérica, la falta de escrúpulos y el hecho de que prefiero evitar un enfrentamiento.  Las mías, entrenamiento superior, mejor equipo y, evidentemente, más sentido común.  



Hizo una pausa, flexionando los dedos de la mano tranquilamente, enguantados, con una expresión de completa tranquilidad. Tendía a hablar demasiado en esas circunstancias, normalmente era más callado, pero parecía que iba a ser la única forma de intentar que no hubiese una masacre. Además, la pelea sería más justa, en caso de producirse, si ellos sabían el posible resultado y sus posibilidades.  El que avisaba no era traidor, decían.  Pero probablemente atacarían igualmente.  La hiena no era hiena por ser lista, sino por ser despiadada. Igualmente, no tenía nada que hacer contra el león, ni contra el inteligente lobo.  Cobarde por naturaleza, sólo tenía su número. No era una ventaja a considerar.


- Así que os diré lo que pasará: Uno de vosotros intentará golpearme, posiblemente el tipo del bate claveteado. Un buen intento, pero estúpido: El bate se romperá contra la armadura sin hacerme el menor daño, y es probable que acabe golpeando por accidente a uno de vosotros, además de que uno quedará desarmado. Dos menos.  Al ver que el bate ha perdido su factor de intimidación, el resto pasará al ataque. Interesante, pero las tuberías de plomo y las barras de acero jamás se han contado entre las armas más letales del mundo... Demasiado predecibles, largas, fáciles de agarrar. Por no hablar de que, de nuevo, tengo mi armadura.  Si tenéis suerte, se doblarán y, de nuevo, dos más desarmados. Pero es más probable que os quite el arma y acabe destrozándoos la cabeza con ellas. No os mataré, claro, pero desde luego pasaréis bastante tiempo en el hospital, asumiendo que podáis llegar por vuestro propio pie, claro. O que queráis dar explicaciones acerca de cómo habéis acabado así... Seguro que en ese hospital trabaja mucha gente que habéis atormentado y estará encantada de prestaros ayuda, pero los accidentes ocurren.  Una jeringuilla que no se ha vaciado de aire debidamente, que no se ha desinfectado... Nadie echará de menos a un par de ratas de calle, por suerte para ellos, y  podrán volver a sus vidas. Pero sigamos.  Finalmente el gigantón. Seguramente tu tamaño te da ventaja en una pelea justa pero, de nuevo, esto no lo es.  Eres lento y el callejón estrecho.  Intentar golpearme sin darle a tus compañeros será... complicado.  Y tu estómago está muy a tiro. Ninguno lleváis protección, de hecho.   Sería fácil, en un par de golpes, destrozaros a todos.


Hizo una pausa y se preparó, su arma aún clavada firmemente en el suelo.


- Muy bien, ya sabéis la situación.  Ahora os toca decidir. Pero pensadlo bien. Ya he hablado demasiado. No diré nada más.


Y, con esas palabras, Karel esperó la reacción de los tipos. Tan pronto viese cómo iban a actuar, sería su turno de hacer lo propio, y tenía pensado cómo hacerlo.  Quitarle el arma al primero (o los primeros) que atacasen con una maniobra eficaz y golpear a los siguientes con fuerza suficiente para lanzarlos disparados hacia atrás, con la esperanza de que dicha demostración de poderío bastase para poner un final rápido a la pelea, causando el menor daño posible.  Por desgracia para ellos, había nacido para combatir y ellos apenas sí eran un desafío, incluso sin su armadura.  Después de todo, en sus manos, todo se convertía en un arma, fuera algo tan mediocre como una barra de hierro, como sus propios puños.  Era algo que iban a comprobar pronto.


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ciones]Acciones (1)

Acción 1:  Agarrar arma del enemigo atacante + golpear intentando dejar fuera de combate a uno o dos enemigos al tiempo, confiando en la armadura para absorber el daño de los demás ataques si se producen.
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Re: [AVENTURA INICIAL] "Luces y Sombras" [Ciudad Catedral, 7 de Noviembre - 897 d.g.]

Mensaje por Dimitriev el Vie Dic 06, 2013 9:14 pm

Todo a mi alrededor era un infierno. Me encogí contra la pared a mi espalda, entre muebles y piezas de ensamblaje. Auténtica basura y ruinas.

No podía quitarme de la cabeza las imágenes de Martillo de Brujas. La sorpresa del primer momento, sin que pudiera moverme, paralizado por algún motivo; el miedo aterrador que me recorrió el espinazo con el último aliento de vida del reo; la algarabía y confusión de la multitud cuando el cadáver se transformó ante los ojos de toda la plaza.
Y Mela. Dios mío, nunca podría olvidar la mirada perdida de Mela.

Pareció que el mundo iba a derrumbarse en torno a mí. La persecución en la entrada de la ciudad me había obligado a desaparecer y había seguido a mi padre durante días, esperando la oportunidad para mostrarme y tranquilizarle; pero su tozudez de mantenerse cerca de la autoridad me lo había impedido. Le había seguido hasta la plaza con una sensación de desconfianza pesándome encima y contra mi voluntad. Me asqueaba aquél lugar, y especialmente el espectáculo que representaba para la gente.

Todos callaron y aguardaron expectantes al aparecer la figura maldita. Debió de hacerse un silencio sepulcral. Suspiré y bufé con resignación cuando algunos empezaron a gritar “¡Matadle!” y “¡Traidor!”, mirándoles con pena y decepción; preguntándome cómo podíamos llegado a ese momento, a esa normalidad. Con más compasión aún había vuelto la vista hacia el condenado y me había quedado estupefacto.

No había reaccionado. Había sido totalmente incapaz de pensar, de concebir lo que estaba sucediendo frente a mí y frente a miles más. Los ciudadanos cerca de mí jaleaban o miraban sin siquiera abrir la boca, imperturbables y ajenos a mi desconexión. Contemplé la escena estático y firme sin terminar de creérmelo hasta que un hombre me golpeó sin querer y me vine adelante cuando la marea de personas empujó desde detrás.
Había vuelto en mí y caído en lo surrealista de la situación. Muchos cuchicheaban y señalaban algún lugar enfrente de donde estaba yo, donde mi padre forcejeaba desesperado con el gentío e intentaba abrirse paso hasta mi otro yo.
Di un paso al frente cuando él alzó los brazos violentamente y la cuchilla cayó.

La muchedumbre se había venido arriba y la silueta quebrada de mi padre se dejó caer y desapareció en ella con un espasmo de dolor. Me debatí con la aglomeración de espectadores en dirección a donde estaba él, escurriéndome por donde podía y empujando violentamente a los que se opusieron. La mayoría ni se enteraron, hechizados como estaban por la de la excitación colectiva, y si se quejaron no me di cuenta. Avancé furibundo y sin desviar la mirada, cada vez más alterado conforme la gente se agolpaba cada vez y se me hacía imposible apartarles. Otra vez murmuraron nerviosos, pero rápidamente empezaron a  agitarse y pronto me pareció llegar a oír el zumbido distante de que había sido un gran clamor.

De nuevo, terror. «Qué está pasando?», retumbaba aún en mi cabeza. Todo el mundo señalaba mientras gritaba o se llevaba las manos a la cara, algunos pretendían dar media vuelta y huir despavoridos, agravando el ambiente de histeria reinante.
Al fin, había levantado la vista otra vez hacia mi falso cadáver. Me quedé helado. Muerto, esta vez sí. El corazón me dio un vuelco al reconocer el contorno conocido que aguardaba tendido en el suelo. Los hombres de la Eclesia reculaban con pavor ante las últimas sacudidas de la transformación póstuma, mientras algunos vociferaban algo con gesto de enfado visible. La plaza entera degeneró en un alboroto de proporciones titánicas.

Justo en medio, yo me había quedado paralizado otra vez. Me quedé ahí, con la mirada distante y sin fuerzas, expectante, esperando despertarme en cualquier momento. La realidad se me antojaba una pesadilla, un averno que empeoraba a cada segundo… y que ahora ya no podía ir a peor.

Los labios me temblaron y los ojos se me humedecieron al contemplar el pelo rojizo de Mela, su cara herida y sus mejillas ensangrentadas. Quise levantar los brazos para acercarme y acariciar sus labios, que tenía entreabiertos como en un último suspiro; habría muerto por llegar ahí y agarrarme a ella, tumbarme a su lado y esperar… a que se terminase el mundo, a que se parase el tiempo o terminara todo.
La tierra se había roto bajo mis pies al ver la mirada perdida de Mela, aquellos ojos vacíos, inertes. Rompí a llorar sin siquiera moverme; desolado, roto y perdido.

Y ahora yacía en una sala cochambrosa, en algún lugar de la grandiosa Ciudad Catedral; inmerso en aquella pesadilla de la que no conseguía despertar, con los ojos doloridos, el cuerpo magullado y ninguna fuerza. El habitual silencio que me acompañaba se me hacía insoportable; ni siquiera podía oír mi propio llanto.

Había llegado a la capital de Terra huyendo de Martillo de Brujas y su desgracia, con el corazón en un puño y sin saber con certeza hacia dónde dar el próximo paso. Me encontré deambulando por las calles de la capital como tantos otros, sin rumbo, siguiendo la corriente y sumido en mis propios pensamientos. Ni siquiera recordaba en qué momento había abandonado la plaza, Martillo de Brujas o la misma cordura; todo carecía de sentido e importancia.

Pude haber vagado por Ciudad Catedral durante horas hasta refugiarme entre las sombras de de la calle, observando pasar a la gente. Una masa informe y decaída que desfilaba sin fijarse en nada más allá de su nariz, pobre y cansada, una misma vista que me había inspirado e ilusionado tiempo atrás, y que ahora se me hacía negra y gris. Niños, adultos y viejos pasaban por delante de mí sin apenas percatarse de mi presencia y yo les observaba silenciosamente, esperando ver en ello una respuesta, una explicación… Algo… Alguien...

De alguna forma terminé en mi calle oscura, entre muebles viejos y metales, nubes de polvo y un olor ácido permanente. «Ciudad Catedral…», aquella idea daba vueltas dentro de mi cabeza. «¿Por qué Ciudad Catedral?» «¿Justicia?» «¿Venganza?» ¿Qué hacía allí? La capital era el bastión de la Eclesia, odiada y despreciada, ¿había acudido allí a vengarme, a hacerles pagar? La visión de Mela seguía grabada a fuego en mi mente, con la rabia y desesperación interiores que sentía dentro de mí.

La visión del Broken volvió a ocupar mis pensamientos. Al principio no me había fijado, absorto como estaba, pero a la fuerza terminé por reparar en él. Hacía rato que me vigilaba desde un rincón al otro lado de la calle, apoyado junto a la pared, y apenas se había movido en un buen rato. Lo que terminó por llamar mi atención, sin embargo, fue la luz y naranja intenso del cigarro que encendió, iluminando débilmente su cara. Ver un Broken con la faz al descubierto era ciertamente algo inusual; que se mostrase con tanta soltura, algo que no había visto en mi vida. Ni tan siquiera cuando le miré fijamente apartó el Broken la mirada. Al cabo de poco se acercó sin que llegara siquiera a moverme.

«Mela…» Lejos de asustarme, aquella figura fornida se me antojaba un ángel liberador, una forma rápida de acabar con todo ese sufrimiento y sinsentido que me absorbía. Esperé pacientemente a que se acercara con vocación suicida, esperando un golpe en cualquier momento, tristemente feliz. Cuando el Broken se paró frente a mí, en cambio, se limitó a mostrar un papel con algo escrito en él, gesticulando para que lo leyera.

Me llevé una mano al bolsillo, buscando el papel  sin encontrarlo; recordé entonces que se lo había llevado. Rememoré los datos, aún sin entender mucho más que lo que decía explícitamente. Alguien me citaba en alguna parte de la ciudad, sin saber exactamente por qué… ni quién. Con todo, no me había decidido a seguir las instrucciones. Qué más daba.

Sin embargo… «El Broken no tenía vergüenza alguna por mostrar su cara abiertamente… y en ningún momento dijo nada. Se limitó a enseñarme la nota». «¿La Organización?», relacioné súbitamente.

Era mucha casualidad, demasiada casualidad. Podía darse el caso que el Broken fuese un loco paranoico sin muchas luces y que se hubiese fijado en mí, al fin y al cabo mi comportamiento tampoco estaba siendo el que cabría esperar. Por otra parte, que no hubiese separado los labios un solo segundo ya era sospechoso de por sí. Nunca había estado en Ciudad Catedral, y nadie allí debía de conocerle, así que ¿una nota escrita y ninguna palabra? Hacía mucho que había dejado de creer en el azar, mucho menos en la suerte. Había algo detrás de todo aquello, algo cuidadosamente planeado. Y podía muy bien ser…

«La Organización»

«Mela»

Aquello me sacó de mi ensimismamiento instantáneamente. No era ninguna certeza, pero una sola posibilidad ya era mucho. Un nuevo propósito que daba sentido a seguir un poco más.

Recogí rápidamente mi bolsa con las pocas pertenencias que llevaba en el momento de huir de Martillo de Brujas, lo único que conservaba; me levanté pesadamente y busqué mi reflejo en la superficie metálica de las piezas desparramadas por el suelo. Tenía aún los ojos enrojecidos e hinchados, la cara sucia y el cabello negro como el carbón. Mi nariz se empequeñeció y los labios se hicieron más gruesos al tiempo que el cuello también se robustecía. Una barba descuidada completó el cambio, dándome un aspecto desaliñado que, por otra parte, no distaría mucho de mi realidad.

Di un paso enfrente mientras sacaba de la mochila mi Artefacto, el tan especial regalo que me había hecho Mela. Me lo coloqué rápidamente, sólo en la oreja derecha, cuidando que quedase bien oculto bajo la capucha, y aumenté algo la potencia; torcí el gesto cuando se rompió mi silencio y empecé a escuchar susurros y conversaciones distantes. Era mejor estar precavido, con algo de suerte oiría algo interesante de camino. Sólo entonces abandoné las sombras de la calle y eché a andar aprisa en pos del encuentro misterioso.
Esta vez iba a hacerlo bien, como me había enseñado ella. Por Mela.

«Vindicta»

FDI:

Aclaraciones:
El texto entre «» son pensamientos, y el color púrpura (código #6666ff) se refiere a Dimitriev (tanto diálogos como pensamiento) para que no se líe nadie. Si puedo adjunto también un resumen de la historia (en spoiler para quién no le haga falta) por si cuesta entender el trasfondo.
¡PRIMER POST! ¡WIIII!
Bueno, no sé si funcionará exactamente así, pero allá vamos:

Velocidad 1 = 2 acciones
Acción 1: Encender a Vindicta (sólo audio y una sola oreja) y dirigirse al lugar indicado. Una vez allí…
Acción 2: Apagar y guardar a Vindicta y preguntar por Mat.
Como es el primer post de la trama, dejo también el enlace a la ficha para más comodidad.

EXTRA – Aspecto actual de Dimitriev (Sólo de cara. Respecto a la vestimenta, como huyó precipitadamente y sin mucho cuidado, no se ha cambiado y lleva su vestimenta habitual (a consultar en la ficha).

Aspecto actual:

Intentaré ser más breve en los próximos FDI xDDD

Edit: Ortografía (Porqué - Por qué), perdón >.<


Última edición por Dimitriev el Mar Dic 17, 2013 1:18 pm, editado 1 vez
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Re: [AVENTURA INICIAL] "Luces y Sombras" [Ciudad Catedral, 7 de Noviembre - 897 d.g.]

Mensaje por Maximilian Stenkerk el Sáb Dic 14, 2013 10:09 pm

FDI:
Bueno, primer post escrito, disculpad la tardanza. Creo que lo normal es poner los FDI al final, pero este lo quería dejar al principio para aclarar una cosa importante.

Tal y como hace Dimi, también aclarar cuál es el color que usa Maximilian: Es #cc99cc

Otra cosa muy importante. Sé que no se pueden controlar otros pjs, así que pido disculpas desde el principio por haber controlado a los sirvientes. Ha sido solo una licencia narrativa para poder crear ambiente. Tenía dos opciones, utilizar al sirviente para que me trajese la carta al despacho, opción que me parecía la más realista, pese a incumplir un poco las normas; o por el contrario haber puesto a Maximilian con un plumero limpiando la casa mientras cantaba "La Chica Ye-Ye" cuando de improviso se encontraba la carta en el suelo. Puede que esta hubiese sido la más correcta (y cómica), pero honestamente prefería usar la otra. Así que pido disculpas de antemano, y prometo que no volverá a ocurrir (salvo que me encuentre en una situación parecida y para dar ambiente a la narración tenga que tirar de esa trampa, pero esperemos que no vuelva a ser necesario).

También quisiera señalar una cosa en cuanto al argumento. En el apartado de trasfondo sobre la Eclesia y los cargos de la misma solo habla de Arzobispos, Obispos, Diáconos, etc. pero no se menciona a los cardenales. En su momento a la hora de crear mi historia la hice pensando que ese cargo no existía, y le di a mi padre el mismo cargo que tiene el Cardenal Crawley, pero como Arzobispo. Así que si no es mucha molestia, en un futuro me gustaría cambiar el cargo de Clementus de Arzobispo a Cardenal, y que a partir de ahora si surgiese en la historia me pudiera referir a él como cardenal. Ah, aprovecho para una duda. ¿Cuál es el cargo oficial del Cardenal Crawley? Simplemente Mano Derecha o tiene otro nombre. Si mal no recuerdo en la Iglesia era Vicecanciller, por si es ese mismo cargo.

De nuevo muchas gracias y disculpad las molestias.

PD: Acciones, si no me equivoco, no he usado ninguna.
PD2: También he usado justificado para todo el texto. Creo que no he visto a nadie usarlo, pero me gusta. No obstante, si está prohibido, avisadme y lo corrijo.



Cogí la pluma que reposaba sobre el escritorio y la introduje suavemente en el tintero para que  absorbiese bien la tinta. Tras ello, empecé a escribir en la vitela que había enfrente mío.


Carta:
7 de noviembre, 897 d.g.

Excelentísimo y Reverendísmo Señor Arzobispo Hieronymus Schönborn,

Me dirijo a Vuestra Excelencia para mostrar mi más sincera gratitud por la invitación recibida a la mascarada que se realizará en su palacio. Me siento absolutamente honrado y alagado por la generosidad de Vuestra Excelencia. También he de decir que tuve el inmenso honor de asistir a su sermón del pasado martes, fue realmente conmovedor e inspirador. Especialmente su juicioso análisis de los males que corrompen y azotan nuestra Santa Ciudad y a sus honorables ciudadanos. Y en relación a ello, si a Vuestra Excelencia Reverendísima le place, me gustaría poder tratar dichas cuestiones. Desde nuestra diócesis también vemos con gran preocupación como la decadencia y el mal traídos por las hordas de corruptos extranjeros con  sus costumbres heréticas amenaza con asolar a los buenos humanos y arrojarlos a su espiral de depravación. Por ello, sería un verdadero honor poder ofrecer nuestra humilde ayuda en su cruzada para la salvaguarda del honor y la decencia de los buenos humanos de ciudad Catedral.

Respetuosamanete le saluda y b. s. a. p,

Obispo Maximilian Stenkerk.


Dejé la pluma en el tintero, y me recosté sobre mi sillón de terciopelo. Como todas las noches, estaba trabajando hasta tarde en mi despacho, teniendo como única compañía las llamas de la chimenea y una copa de coñac ya medio vacía.  El día había sido agotador. Por la mañana, había realizado mi habitual sermón a los ciudadanos de mi diócesis. Luego, tuve una comida de negocios en un prestigioso restaurante de Altaciudad, con los obispos Danton Faunffert y Arnold Scheider, la Gran Custodio Helen Kantor, y los empresarios Joseff Plovsan y Herman Schonder. Fue una velada muy agradable y muy edificante, donde tratamos asuntos muy importantes. Plovsan y Schonder tenían en mente hacer una importante inversión en industria energética en las Montañas Raknar. Sin embargo, las montañas estaban bajo la jurisdicción de Infernalia,  y su normativa energética (y laboral) no era muy favorable a este tipo de inversiones. Y si bien era cierto que Infernalia gozaba de autogobierno, las personas adecuadas podrían presionar a la burocracia de la Eclesia Central para que mediase en el conflicto y estos empresarios pudieran ver satisfechas sus expectativas. Por supuesto, este proyecto si se llevase a cabo sería muy beneficioso para la humanidad y para la Eclesia, suponiendo un revulsivo económico para la región, y ayudando a las familias humanas más necesitadas contratando únicamente humanos. Además, si lográsemos esa reforma normativa, seríamos partícipes de los beneficios de esta nueva industria. Tras la comida, tuve que dejarme ver por una de mis obras benéficas ante los medios de comunicación, una misión para huérfanos humanos víctimas de la criminalidad callejera.

Por suerte ya había terminado mis quehaceres diarios, por lo que tenía pensado algo muy especial para relajarme. Tenía entradas para la ópera esa noche. Iba a ver “Titania, reina de Albor” del maestro Phillipe Blanchard. Esta obra, compuesta hace más de doscientos años, es sin duda una de las obras religiosas más famosas de Blanchard. En ella se narra la historia de la última reina de los Fallen, Titania, que es castigada por Dios por su arrogancia y soberbia al ser venerada como falsa diosa y enfrentarse a la voluntad de nuestro Señor. Tengo que reconocer que la obra la había visto decenas de veces, pero era de mis óperas favoritas, y, esta última producción en particular era maravillosa. Titania estaba interpretada por la hermosa soprano Melissa Detforde. Su voz era verdaderamente angelical. Era imposible no entrar en éxtasis cuando Detforde cantaba el aria final. Titania orgullosa, celebra como con su brujería se enfrentaba a la voluntad de Dios y al Diluvio, pero Metatrón, interpretado por el genial Gunther Hess, desciende de los cielos para castigar su soberbia y arrogancia. Entonces, Titania arrepentida y aterrada ante la justicia divina pide clemencia a Metatrón mientras éste le arrastra a los infiernos poniendo fin a su herejía. Simplemente embriagador, toda una experiencia espiritual.

De pronto, alguien golpeó suavemente la puerta, haciéndome abandonar mis pensamientos. Seguramente se tratase de alguien del servicio, siempre tenían la mala costumbre de interrumpirme con nimiedades. - Adelante. – Respondí algo molesto por su impertinente interrupción. Las puertas de madera se abrieron lentamente dejando entrar a Aengus. Con su característico paso temeroso y mirada al suelo atravesó el salón rápidamente, luciendo su ya prominente calva rodeada de unos lacios cabellos blancos como la nieve. Al llegar a la altura de mi escritorio realizó una marcada reverencia. – Más vale que sea importante, estoy muy ocupado. – Le espeté secamente. Aengus sacó de uno de los pliegues de su casaca un hermoso pergamino enrollado con una delicada cinta lacrada con un sello, entregándomelo con sus temblorosas manos. Al cogerlo, sin darle tiempo a contestar simplemente le dije – Podéis retiraros. Ah, sellad y enviad esta carta a su Excelencia el arzobispo Schönborn. – Aengus cogió la carta dirigida al arzobispo, de nuevo realizó una profunda reverencia, y se dio media vuelta abandonando el salón.

Una vez el sirviente había abandonado mi despacho y cerrado la puerta, me centré en el documento que me había hecho entrega. El elegante pergamino, de un blanco roto, era suave y liso al tacto. Sin duda alguna se trataba de vitela de la mejor calidad. El lazo que lo adornaba y  ataba era de seda color escarlata, y estaba lacrado por un sello del mismo color. Al centrarme más detenidamente me asombré. – El sello del sumo Exarca… - Mascullé. No era la primera vez que recibía alguna misiva de la oficina del Exarca, pero nunca a esas horas de la noche con tanto secretismo. Normalmente se trataban de aspectos administrativos y de gobierno de la Eclesia o de mi diócesis, por lo esta carta me intrigó. Así, cogí un abrecartas del cajón de mi escritorio, y delicadamente retiré el sello de cera y la cinta de seda. Lo desenrollé y lo leí detenidamente.

Lo que ahí leí me sobresaltó, ¡era una carta personal de su Eminencia el cardenal Crawley, la mano derecha del sumo Exarca! De pronto un escalofrío recorrió mi cuerpo, y no pude evitar girar la silla para depositar mi mirada en el cuadro que había sobre mí en la pared… El cuadro de mi difunto padre, Clementus Stenkerk. Y allí estaba Padre mirándome como hacía siempre, juzgándome y despreciándome, sin mostrar el más mínimo interés ni aprecio por lo que tenía entre manos. Al final no pude menos que reír ante tal ironía. Ahí me encontraba, entre una carta donde la mano derecha del Exarca me reclamaba y un cuadro del que hace más de una década fue también su mano derecha despreciándome y sin mostrar ningún interés. Vuelto otra vez a la realidad volví a releer la carta. El cardenal Crawley me requería en las oficinas del sumo Exarca para lo que parecía ser un asunto de gran trascendencia para la Eclesia… una amenaza decía… ¿Qué podría ser? ¿Y por qué demandaría mi presencia? ¿Por qué a estas horas de la noche? Esto era algo que me estaba perturbando, pero no tenía tiempo para divagar, se exigía mi presencia, era una orden y la tenía que acatar, lo cual significaba adiós a la ópera y adiós a poder disfrutar de la exquisita voz de Melissa Detforde. Eso me entristecía, pero era mi deber mostrarme ante el cardenal Crawley.

Su eminencia me citaba a las diez y media de la noche, por lo que deslicé mi mano a uno de los bolsillos de la túnica y saqué mi reloj de bolsillo. Era una obra artesanal, del que sin duda era obra del mejor relojero de Laursia, Krane Fonnitken. Era un reloj cuyo sofisticado mecanismo funcionaba ante la más perfecta precisión. Los pivotes y los piñones estaban perfectamente pulidos y los ejes cubiertos con rubíes. La esfera de cristal convexa, cubierta con polvo de vitriolo semitransparente esmaltado dando un aspecto elegante y sofisticado. La numeración estaba marcada en esmalte negro y las manecillas de plata con patrón espada. La cubierta del reloj estaba forjada en oro blanco tallado formando un relieve donde se puede apreciar el símbolo madre Eclesia. En el interior de la cubierta había una pequeña inscripción rezando “Siempre tuya, Dagma Rosenbaum”… Dagma… Todavía recordaba cuando me había regalado esta obra de arte. Fue hace muchos años, creo recordar que era el trigésimo sexto aniversario de mi nacimiento. Había invitado a Dagma a una cena romántica en mi palacete, ella y yo solos. Sin duda una velada extraordinaria. Al terminar la cena, me sonrió y me dijo que me había preparado una pequeña sorpresa, este hermoso reloj. Su exquisitez me cautivó nada más verlo “Es casi tan bello con vos, mi señora”, le dije, mientras le sonreía y acariciaba suavemente el mechón de pelo que le caía por un lateral de su rostro. Tras la estupenda cena, continuamos divirtiéndonos en mis aposentos. Sin duda fue una noche maravillosa, que ya formaría parte del pasado para siempre. La echaba de menos… La echaba mucho de menos. Al despertar de mis divagaciones me di cuenta de que una pequeña lágrima se deslizaba por mi mejilla, pero la aparté rápidamente con el dedo. Mirar ese reloj me producía nostalgia.

Cuidadosamente abrí la cubierta del reloj para darme cuenta de que eran ya las once de la noche, ¡solo tenía media hora para poder llegar a la reunión! Sobresaltado, cogí la pequeña campanilla que había sobre mi escritorio, y agitándola grité repetidamente -¡Aengus, Aengus, venid de inmediato!-. Cuando abrió la puerta, sin darle tiempo a entrar le dije enérgicamente -¡Quiero un carruaje en mi puerta! ¡Ya!-. Por suerte, como tenía pensado asistir a la ópera, ya estaba prácticamente arreglado. Me quité mis anillos, cubrí mis manos con los guantes de tela blanca y devolví los anillos de nuevo a su lugar en mis dedos. A continuación abrí el tercer cajón de mi escritorio, donde siempre guardaba un botecito de perfume para las emergencias y aromaticé cuidadosamente mis vestiduras. Tras esto, me terminé la copa de coñac, me levanté y cogí el bastón para caminar hasta mi busto de la esquina donde había dejado reposar mi solideo, y tras ello, cogí la capa que colgaba sobre un perchero cerca del escritorio. Me la puse cuidadosamente, engarcé el broche de oro, y recoloqué la capa cubriéndome los hombros. Ahora tocaba destruir el comprometido documento. Lo cogí, y lo tiré a la hoguera de la chimenea, esperando unos segundos a que las llamas consumieran el mensaje. Finalmente ya estaba listo para abandonar el despacho. Caminé lo más rápido que pude por el pasillo y bajé torpemente las escaleras por las prisas para dar al recibidor donde estaban los portones de entrada a mi palacete.

En el exterior me esperaba un carruaje tirado por caballos y un lacayo abriéndome la puerta. Con paso raudo y cojeando le grité notablemente estresado: -¡A las oficinas del sumo Exarca de inmediato!-. Subí al carruaje, y sin darme tiempo a acomodarme como es debido golpeé el techo con el bastón para dar la señal al conductor de que se pusiese en marcha. Los caballos arrancaron de forma violenta. Ya en marcha me acomodé en el asiento correctamente, distrayendo mi vista con los fugaces “paisajes” de la Catedral. Las grandes y cuidadas avenidas de piedra abovedadas, estaban prácticamente desiertas a estas horas de la noche. A penas se veía a alguien caminando, a lo sumo algún grupo de personas caminando por aquí, o a otro siendo deslizado en una cinta mecánica por allá. También se podían ver alguna que otra patrulla del Martillo Áureo para mantener el orden, aunque bien es cierto que rara vez haber problemas de orden público en la Catedral… Rara vez… Como “ese día”… Instintivamente no pude evitar agarrarme fuertemente la pierna izquierda, o más bien lo que quedaba de ella.

Mejor era no distraerme con aquello, a fin de cuentas tenía cosas más importantes de las que preocuparme, como la carta. ¿Por qué el cardenal Crawley me requería en la cámara del Exarca? ¿Por qué precisamente yo era el destinatario de esa carta? Sin duda alguna era un Stenkerk, pero era un obispo, entre decenas más, también de las mejores familias. Sin olvidar al resto de arzobispos y cardenales, con mayor poder e influencia que yo… Todo era muy extraño. Además, ¿a qué se refería con una gran amenaza? ¿Qué clase de amenaza? La hegemonía de nuestra sagrada institución era incuestionable. Desde el arcángel Metatrón descendió de los cielos para ajusticiar a los responsables de la Rebelión de los Paganos hace más de trescientos años, éstos prácticamente habían desaparecido. Solo había constancia de pequeños grupos de herejes terroristas sin organización que realizaban algún atentado aislado en algún lugar de Terra… Algún atentado… Como “ese día”. De nuevo, los recuerdos invadieron mi mente, ¿y si fuese aquello responsable de algún grupo de herejes? ¿También la amenaza de la que hablaba su eminencia Crawley estaría relacionada con los herejes? Eso sería absurdo, el exigía mi presencia y yo era un político, no un militar. Mi deber era el de difundir la palabra de Dios entre los hijos de nuestra Madre Eclesia, de ofrecerles esperanza y de guiarles por el camino de la Verdad, no perseguir criminales y terroristas. Entonces, ¿por qué me requeriría? Mis cavilaciones reflexiones fueron interrumpidas con la parada en seco del carruaje. Por fin habíamos llegado, estábamos parados ante los portones de la torre del sumo Exarca. En cuanto el lacayo abrió la puerta, bajé apresuradamente del coche, me recoloqué correctamente la capa de nuevo, y me propuse a entrar en la torre.
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Re: [AVENTURA INICIAL] "Luces y Sombras" [Ciudad Catedral, 7 de Noviembre - 897 d.g.]

Mensaje por Mairon Junamek el Sáb Dic 21, 2013 12:51 am

Martillo de Brujas era un lugar desagradable para la cualquier persona a la que se preguntase, pero no para el conocido como “Martillo de Almas”. Mairon Junamek, sobrecogido de gozo, por poco no saltaba de alegría en sus aposentos privados. En la noche fría y oscura de la fortaleza sus ojos brillaban infantiles y llenos de ilusión como si fuera un niño en Navidad. Leía y releía aquella carta una y otra vez sin cansarse. No cabía en sí del júbilo que le inundaba. Su siniestra sonrisa brillaba blanca y perfecta en su rostro, que junto con sus ojos excesivamente abiertos le otorgaban una apariencia en esos instantes prácticamente cadavérica. No podía evitar de vez en cuando soltar una ligera risilla, perturbadora, cuando leía el nombre de su emisor, o simplemente se disparaba su nivel de adrenalina.

Aquello era algo grande. Una carta de no menos que el Cardenal Crawley. El Sumo Exarca requería su presencia en Ciudad Catedral inmediatamente, y no había tiempo que perder. La cabeza le daba vueltas. Había soñado incontables ocasiones con alguna situación parecida. Muchas veces pensaba en recibir honores y que valoraran su trabajo. No sólo sería temido, algo que por otro lado no le desagradaba en absoluto, si no que sería respetado dentro de su misma orden. Aunque en este caso se trataba de un asunto secreto. La curiosidad de Mairon aumentaba a cada instante que pasaba. ¿De qué trataría aquella misteriosa misión? Cada vez tenía más ganas de averiguarlo y aquello le carcomía por dentro. Necesitaba liberarse de alguna forma de su estrés, pero debía ser capaz de contener aquella excitación y enfocarla hacia algo positivo. Nada ansiaba más que en aquellos momentos desollar a algún preso vivo y coleante. Tal vez pudiese hacer algo de tiempo.

Mairon guardó la carta en su túnica. No se separaría de ella ni por un momento. Salió de sus aposentos con su peculiar sonrisa luciendo en su rostro. No hablaba con nadie. Nunca lo hacía. Todo el mundo sabía cómo era su humor en función del número de víctimas que recaudaba y lo potentes que sus gritos eran. En los mejores días podían oírse los ecos en cada rincón de la fortaleza. Aquel día no sólo era un gran día, era un día muy especial, y nada le apetecía más que destripar, despedazar y torturar a todo el que se cruzase a su paso. Aquella noche ningún preso pudo conciliar el sueño. Pidió que preparasen un carruaje inmediatamente para partir hacia Ciudad Catedral. Pero mientras lo preparaban iría a jugar un rato al laboratorio.

Su laboratorio se hallaba tan sólo un piso por encima de las mazmorras donde se encerraban a los prisioneros. Su próximo paciente ya estaba atado a la cama de piedra ensangrentada que nunca nadie se molestaba en limpiar. Mejor. Así sus “juguetes” sabían lo que les esperaba. Una joven fallen aguardaba, amarrada de pies, manos, cuello y cintura. Sin duda alguna era drogadicta, aunque un brillo en su mirada denotaba cierta inocencia. Seguro no tendría más de 16 años. Orejas gachas mostraban su miedo, sus ojos azules inundados y cristalinos le daban una apariencia que encogería el corazón a cualquier ser, humano o no. Su cabello, probablemente liso antaño, era ahora una maraña sin orden ni concierto, sucia y harapienta. Estaba desnuda. Si cualquier otra persona hubiese visto aquella criatura le habría ayudado sin dudarlo. Pero no se encontraba ante una persona normal.

Mairon se detuvo en el umbral de la puerta mientras la niña le observaba con expresión sobresaltada, sin poder articular siquiera un grito. A continuación Mairon le dedicó una sonrisa tierna y cálida, humana incluso. Se acercó a su mesa, donde habitualmente tenía preparados sus cuchillos. Los lavó, como siempre, antes de cualquier intervención. Y con una dulce voz le habló a aquella chica.

- Dime, querida. ¿Por qué te han traído aquí? –desde luego aquello no era un comportamiento habitual en él.

La joven Fallen no podía articular una palabra. Estaba demasiado asustada. Mairon la miró a los ojos. Se veían cálidos y amables, incluso con un matiz de preocupación. La ingenuidad de la chica venció finalmente. Tragó saliva. Le costó mucho vencer su nerviosismo, pero consiguió hablar.

- P-por favor… No me mate… -sollozaba ella mientras una lágrima recorría su demacrado rostro, antes hermoso.
- Oh, no, querida –comenzó contestándole él-. Para nada te mataría yo. Si por mí fuera, te mantendría con vida hasta que el mismísimo Dios desease acogerte en su lecho.
- Pero… Usted va a matarme… -tragó saliva-. ¿No es así?

Mairon se acercó a su escritorio, sin contestarla, donde le dejaban periódicamente las listas con los condenados a muerte y sus respectivos cargos. Rebuscó con parsimonia el historial de aquella muchacha. Freya Dereil.

- Prostitución, consumo y contrabando de drogas… -comenzó a decir, pero en cuanto terminó de decir aquellas palabras no pudo evitar saltar en carcajadas, una risa grotesca y psicótica que hizo que la chica se estremeciera en lo más hondo, y la poca confianza que pudo haber cogido con él se desvaneció repentinamente-. Vaya, vaya… Tenemos aquí a una pequeña zorra… Me habías engañado por un momento. Creí que tal vez tú aún conservarías tu alma.

Freya se quedó helada mientras Mairon le dedicó una sonrisa marcada y exagerada. Su expresión había cambiado por completo. Blandía su cuchillo acercándose a ella con el rostro completamente distinto y casi incluso desfigurado. Pasó el filo de su daga por la planta de los pies a la chica, aprovechando la sensibilidad que los fallen tenían en esta para que fuese sintiendo lo que se le venía encima. Le hizo un pequeño corte en el pie, que debido a la cantidad de terminaciones nerviosas que ahí tenían, característica de la raza, dolió considerablemente. La muchacha aguantó. Continuó con el cuchillo por el interior de la pierna, practicando un corte superficial a lo largo de toda ella. Eso fue peor. Y entonces llegó a la ingle. No apartó el cuchillo. El frío metal comenzó a rajarla a medida que comenzó a penetrar en ella.

- Me parece que deberíamos empezar por buscar tu alma por aquí, ¿no te parece? Desde luego parece el lugar más obvio –su voz sonaba ahora aguda y grotescamente infantil.

El largo cuchillo comenzaba a rajar las paredes de sus entrañas, aunque la intención de Mairon no era introducírselo por completo. Pensaba mirar lo que había dentro de aquella niña. Sin hacerse esperar comenzó a ascender con el cuchillo, empezó a rajar su vagina, abriéndola por la mitad. La sangre comenzaba a fluir produciendo un efecto excitador en el torturador, quien empezó cada vez a cortar con mayor rapidez y agilidad, fruto de la emoción. La niña no paró de gritar y de retorcerse, pero cuando lo hacía, el cuchillo se desviaba, rajando descontrolado las paredes, para mayor disfrute de Mairon. Cuando llegó a la altura del útero, dejó de cortar. Con paños en sus manos taponó la hemorragia, pero metió sus manos cubiertas por sus guantes y poco a poco comenzó a separar la carne por la línea de corte, destapando así el interior de la muchacha. Lo que vio le resultó grandemente gratificante.

Aquella niña estaba embarazada. No más de 2 o 3 meses. No era la primera vez que se encontraba con aquella situación, pero sin lugar a dudas ese tipo de casos resultaban algo singular. Al parecer las buenas noticias nunca venían solas. Sus ojos se abrieron como puertas a su alma y su ilusión se hizo patente. Disfrutaba cada segundo de aquellas situaciones y con su propia euforia interior latente necesitó desahogarse de alguna manera. Esto resultó en una carcajada sonora, estruendosa, gutural y aberrante.

- ¡¡Por favor!! ¡¡Pare!! –sollozó la fallen.

Los gritos de Freya probablemente se oirían ya desde lo más profundo de las mazmorras. Mairon examinó aquel proyecto. Tan solo era una forma abstracta y deforme, pero sin lugar a dudas aquella especie de tumor le llamaba sumamente la atención. Cortó lo que restaba del útero junto con la bolsa de líquido amniótico que se desarrollaba alrededor del feto y que suponía una barrera para llegar a él. Inmediatamente procedió a su disección. Freya observaba todo el proceso dolorida, desconsolada e impotente. Un instinto maternal surgió de repente en ella. Aquel era su hijo y no podría hacer nada por salvarlo. Ni por salvarse ella.

Mairon empleó la punta del cuchillo para el proceso. Abrió el estómago de aquella masa informe, mostrando sus intestinos y entrañas sin desarrollar. El esqueleto tan sólo comenzaba a formarse por lo que resultaba divertidamente fácil de quebrar y casi hasta maleable. Parecía prácticamente un cartílago. Su entretenimiento acabó pronto. Terminó cansándose de aquel ser que no gritaba ni suplicaba por su vida, si es que el término “ser” se podía aplicar al caso. Lo agarró sosteniendo el cordón umbilical con entre sus dedos corazón y anular y con un fuerte tirón lo separó del vientre de su madre, desgarrando sus entrañas en el proceso. Junto con el cordón colgaba también parte de la carne de la madre. En ningún momento Mairon dejó de sonreír.

En aquella fecha tan señalada, pensó que tal vez podría utilizar uno de sus útiles más apreciados. Su ungüento de “Sangre de Dios”, simplemente diseñado para la tortura.  Solía guardar en su laboratorio algo para aquella clase de ocasiones, aunque era algo extra que tan sólo podía almacenar en éste. Lo aplicó a sus cuchillos y procedió con su labor.

En cuanto el líquido entró en contacto con la sangre de Freya, un grito desgarrador surgió de su garganta. Mairon comenzó a separar la piel del músculo de la chica a partir de la herida que ya le había producido, comenzando en el vientre y ascendiendo hasta sus senos poco desarrollados. Cortó sus pezones sin ningún miramiento y una vez hecha la primera incisión comenzó a desollarla, primero el lado derecho y después el izquierdo. Ella se sacudía espasmódicamente, sufría, pero no terminaba en ningún momento de desfallecer. Era una chica fuerte, pero para cuando Mairon terminó con ella no era más que carne y huesos vista de frente. Le había quitado la cabellera, y aquellos ojos inocentes colgaban fuera de sus cuencas.

El “Martillo de Almas” contempló complacido su obra y suspiró, relajado. Con suerte aquella relajación le duraría hasta llegar a su destino. Limpió sus guantes y sus armas y se dirigió a la puerta de la fortaleza. Llevaba su frasco vacío y algo de Sangre de Dios en su armadura, aunque la tendría que tratar más adelante.

El viaje se hizo largo y tedioso. El tiempo no parecía avanzar, aunque por fortuna se pudo contener lo suficiente para aguantar todo el camino sin asesinar al conductor del carruaje. Éste había resultado un compañero de viaje poco atractivo, dado que, por los nervios quizás, estaba continuamente distraído y en una ocasión por poco chocan con otro carro en dirección contraria. Ganas no le faltaron a Mairon para acabar con su vida. Más tarde quizás. Ahora se encontraba ante las puertas de aquel hermoso edificio. Sus nervios repentinamente subieron como la espuma y por poco no le clavó su cuchillo en la garganta al lacayo que descendió a abrirle la puerta. Desgraciadamente no habría sido muy decoroso. Respiró hondo y bajó del carruaje.

FDI:

Siento haber tardado tanto en escribirlo, pero he tenido una semana muy dura. Si no está muy bien redactado no me lo tengáis demasiado en cuenta, porfa XD.

El color que usará Mairon será el #ff9933

Digo lo mismo que Max en lo de controlar a los pjs. Lo he evitado, pero como introducción quería poner algún episodio gore... Si me he pasado de gore, esa es otra, lo puedo poner en spoiler o algo :). Nótese también que, aunque he usado la Sangre de Dios durante la tortura, como era una simple introducción a la trama y he especificado que lavaba los cuchillos para que no haya problemas. También he especificado que en estos instantes tengo Sangre de Dios guardada. Si no se puede lo cambio, pero no está ni siquiera tratada, vamos, que sólo es por tener un poco al alcance para próximas eventualidades
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Re: [AVENTURA INICIAL] "Luces y Sombras" [Ciudad Catedral, 7 de Noviembre - 897 d.g.]

Mensaje por Señor de Terra el Miér Ene 22, 2014 2:42 pm

Ante las palabras de Karel, los tipos estallan en risotadas, como hienas burlescas, divertidas ante su palabrerías. –Sólo 5? Te crees muy duro verdad?  Con esa armadura y esa espada reluciente… - Dijo el del bate.

Entonces intervino el de la tubería, como molesto por la charla de Karel -¡Sólo escucho palabrería! ¿Por qué no te callas un rato? ¿Qué eres un predicador de la Eclesia o algo así?- El resto le reían la gracia.

-Ya hemos visto a otros como tú… más grandes y más fuertes han caído ante estos puños. – El que acababa de intervenir mostró con arrogancia sus nudillos ensangrentados. Ya estaban muy cerca, las risotadas ordinarias se fueron diluyendo en una silenciosa mueca de sadismo.

El combate era inminente y estaba rodeado, pero Karel no parecía ser de esos que pierden la calma ante tales peligros.

En cuestión de segundos se desato la locura. Los dos demacrados de las barras de hierro se lanzaron a por Karel, con un hábil movimiento este arrebató el arma a  uno de ellos pero mientras tanto el otro golpeaba frenético su armadura con el frío metal, que resonaba en aquel callejón como los martillazos de un herrero.

Karel logró librarse de los golpes enviando a ambos contra el muro del estrecho callejón en un poderoso golpe que los dejó fuera de juego unos momentos. Mientras tanto, los otros tres no permanecían precisamente parados, el gigante de la tuberías la echó hacia atrás cual pesado martillo, volcándolo hacia delante con el fin de aplastar al enlatado paladín. El de la cresta verde se lanzó sobre él, aferrándose a su armadura y agarrando sus brazo desde atrás con el fin de inmovilizarlo, y mientras el del bate aprovechaba la estrechez del callejón para saltar entre los muros ganando altura, bate en mano, y dejarse caer sobre su enemigo en un bateo directo a su cabeza.

Debía acabar con ello rápido si no quería llamar la atención, de momento parecía que a nadie le importaba , cruzando por las calles contiguas como si nada, pero era cuestión de tiempo que las autoridades de la ciudad detectasen la trifulca si duraba demasiado y se personasen a imponer “el orden” a su manera.

La tubería venía hacia él como árbol talado desplomándose al suelo, el desarmado se aferraba a su cuerpo tratando de inmovilizarlo con alguna llave, sin mucho éxito pero tremendamente molesto, y el otro caía desde lo alto bate en mano. Debía actuar rápido pues su armadura era de exquisita calidad pero no invulnerable.

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Local Electric Eel:

Mat:

No tenía mucha idea de cómo llegar al sitio, pero finalmente dio con el lugar. Era un bar abierto a la calle, apenas una barra con taburetes para sentarse y un cocinero grasiento que repartía los pedidos a sus clientes con desgana. Sin embargo el rótulo de neón representando una anguila eléctrica era inequívoco, aquel era el lugar.

Cuando preguntase por Mat, el cocinero, que discutía calurosamente con un tipo sentado en la barra que masticaba ruidosamente trozos de carne, quedaría en silencio unos segundos, mirándole de arriba abajo. Le ignoró como si nada,  continuando con su conversación, aquella incomoda situación de vacío, dado que nadie parecía percatarse de su presencia, continuó unos minutos. Dimitriev incluso podría jurar que era invisible por el poco caso que le hacían, ni siquiera le preguntaron si deseaba algo como a cualquier otro cliente.

Finalmente el obeso cocinero se giró hacia él y farfulló que debía irse, era el cambio de turno. Como si aquello le importase en lo más mínimo, se lo contó como un dato importante y acto seguido guiñó un ojo. El gordo se fue, perdido en la trastienda de la que salió otro tipo, más joven, de mirada seria y un cigarrillo en la boca. El recién llegado tomó las riendas del local, comenzando a preparar lo que el anterior cocinero había dejado a mitad.

El único cliente que estaba allí sentado, al ver que su amigo, el cocinero gordo, se había ido, pagó lo que debía y se fue, dejando el plato sucio y a medio comer. Sólo quedaron el nuevo cocinero y Dimitriev, envueltos en un incomodo silencio.

Unos instantes de calma, antes de que los ojos de halcón de aquel tipo se clavasen en él un segundo. -Escúchame atentamente, porque solo voy a repetirlo una vez… – Se dirigió a él de forma muy directa, y continuó hablando en voz baja, mientras hacia sus cosas por la cocina, limpiando la barra como si no le prestase atención, disimulando. -Tu no me conoces y yo no te conozco, y así debe permanecer. Digamos que tenemos ciertos amigos en común, al igual que ciertos enemigos… Me han informado que tal vez te interesa participar en cierta… “operación”…- Se calló unos segundos, al ver que alguien pasaba demasiado cerca, parecía un nuevo cliente, pero al final no se sentó y pasó de largo.

-Como decía, nos interesa tu colaboración en cierto asunto. Planeamos un golpe contra… ya sabes… - Con un gesto de cabeza señalo la gigantesca Catedral, una obra titánica que se erigía como abominable monumento en el centro de la ciudad. Era obvio que hablaba de la Elcesia, pero no era algo que pudiese pronunciarse en voz alta tan a la ligera. - Ahora no puedo hablar demasiado, ni necesito que me respondas. Simplemente si te interesa el encargo, preséntate mañana a esta hora en la puerta de la Catedral, te aconsejo que no vengas solo, trae algún amigo o guardaespaldas, contrata a un mercenario o lo que creas conveniente, porque no será labor de una sola persona… Esto puede serte de ayuda para eso.- Dejo una bolsa de cuero sobre la barra, que si abría podría descubrir que contenía nada menos que 10.000t

-Esconde eso… y vete. Ya sabes, mañana a las 23:30, en la puerta. Si no apareces no contaremos contigo. Ve con Dios…-

Y de ese modo el tal Mat le dio la espalda, dejando que se fuera a emplear ese dinero adecuadamente. Si es que aceptaba el trabajo debía contratar a alguien o equiparse para algún tipo de misión cuyos detalles desconocía. Seguramente no supiese dónde encontrar a alguien de confianza en aquella enorme ciudad.

En ese momento su mirada se fijaría en un callejón oscuro, nadie parecía prestar atención a lo que allí ocurría, pero entre la multitud que pasaba sin girar la cabeza frente a la entrada del callejón, podía ver una pelea. Un tipo armado con una brillante espada y lustrosa armadura, luchaba contra cinco hombres, bandidos callejeros que se lanzaban sobre él y le golpeaban como ratas lanzándose sobre la carroña.

No era ningún suceso extraño en la ciudades bastión, donde la violencia era el pan de cada día, pero quizá fuese un buen sitio donde empezar la búsqueda de su protector. Si es que decidía aceptar el trabajo, puesto que todo había sido tan escueto y misterioso que bien podría ser una trampa.

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Maximillian y Mairon fueron conducidos, cada uno por un mayordomo hasta la misma puerta de la Alta Cámara. En un lujoso recibidor frente al enorme portón de ébano labrado con exquisito detalle mostrando escenas de redención y ángeles batallando informes demonios del caos.

En aquella sala de espera, había numerosas sillas de maderas nobles y tapizadas en terciopelo. -El cardenal Crawley está preparándose para la reunión, esperen aquí un momento junto al resto hasta que este todo listo.- Los mayordomos se fueron tras una exagerada reverencia, caminando con aquella frialdad y rectitud que les caracterizaba.

La sala era grande de techos abovedados y artesonado de madera. Las palabras resonaban en aquel lugar reverberando ampliamente por las paredes de adoquines de piedra pulida.  No eran los únicos que habían sido citados. Sentados en las sillas de aquel recibidor, se encontraban otros cuatro hombres y tres mujeres. Por sus vestimentas, podrían discernir a dos exorcistas, un guardia teutógeno de la ciudad de Todheim, tres inquisidores, y un monje de la cámara hermética. Todas las ordenes de la Eclesia estaban allí representadas. Algo demasiado notorio para ser casual.

El silencio reinaba en la sala, y los miembros citados se miraban con nerviosismo. Por los rostros era fácil sacar en claro que nadie sabía exactamente porqué se les había invocado en aquel lugar, ni para qué. Daba la impresión que allí había gente incluso de ultramar, provenientes del lejano continente de Gonduar. Tal vez ninguno supiese del todo lo que ocurría, pero seguramente cada cual tuviese sus sospechas o fragmentos de la verdad, entre todos puede que lograsen sacar algo en claro, pero nadie parecía dispuesto a introducirse al resto ni establecer conversación alguna.

Los minutos pasaban y no había noticias del cardenal. Se estaba retrasado demasiado, pero por supuesto quejarse parecía algo totalmente fuera de lugar dada la gravedad de la situación.

gente sentada:


Inquisidores:





Exorcistas:





Teutógeno:



Monja:




-----------

FDI para todos:


Sorry por la supertardanza, se me ha juntado la navidad con exámenes u___u  con suerte para el próximo turno ya estaré libre…

Dimitriev: por si no es obvio, el tipo de la armadura que esta luchando en el callejón es Karel. Así que lo que él ponga en su post, si postea antes que tu, puedes interpretar como que lo ves. Igual que si el mira en tu dirección o si te acercas, te verá.

Mairon y Max: sorry por daros tan poquita cosa, pero quiero que interactuéis un poco entre vosotros y con los pnjs que os he puesto, si es posible, antes de entrar a la reunión. Si no queréis pues podéis simplemente mirar y cotillear en vuestras cabeza, no os voy a obligar, pero eso, que saquéis chicha de donde no os he dado …
Y no pasa nada por controlar pnjs tan levemente como habéis hecho, no hay que pedir perdón por eso xD.

En general: No escribáis tan bien cabrones que quedo mal yo T___T

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Re: [AVENTURA INICIAL] "Luces y Sombras" [Ciudad Catedral, 7 de Noviembre - 897 d.g.]

Mensaje por Maximilian Stenkerk el Dom Feb 09, 2014 11:51 pm

En cuento entré en la torre del Exarca fui recibido por un sirviente de mediana edad indumentado con el uniforme oficial del servicio del edificio. Se trataba de un varón de aspecto vulgar y anodino, facciones comunes y nada reseñable, un simple hombre como cualquier otro, con la única diferencia de ostentar el honor y el privilegio de servir al Exarca como criado. El sirviente aguardaba mi llegada pues me reconoció de inmediato y con una profusa reverencia me indicó que le acompañase a donde me esperaban. Atravesamos el gran recibidor de la torre, de estructura circular, con suelo de mármol rosa y blanco formando entramados geométricos. Las paredes, de mármol blanco, estaban decoradas con grandes obras pictóricas intercaladas con portones de madera tallada que llevaban a otras alas de la torre y nichos en la pared donde se podían ver grandes estatuas de héroes y mártires de nuestra Sagrada Eclesia. El techo era abovedado y recubierto de frescos con motivos religiosos, sustentado a unos veinte metros del suelo por unas gruesas columnas entorchadas. El centro estaba presidido por una fuente coronada con un conjunto escultórico de bronce bruñido en oro donde aparecía Metatrón triunfante esgrimiendo su cubo en alto rodeado de leones alados por cuyas fauces manaba el agua. A lo largo del recibidor no se veía apenas actividad a esas horas de la noche, a excepción de alguna patrulla de la guardia teutógena realizando su ronda y un grupo de monjes copistas charlando con dos diáconos y un obispo junto a una de las columnas. Parecía ser que nosotros dos llamamos la atención del grupo, pues en cuanto pasamos cerca de ellos giraron sus rostros para mirarnos. Al ver su faz, me di cuenta de que el obispo se trataba de un viejo conocido, Goran Milos Jacovstok. Incliné la cabeza en señal de respeto y él hizo lo mismo, pero no me detuve a conversar con él, pues yo no tenía tiempo para esos menesteres y él parecía estar ocupado hablando con sus interlocutores.

Al otro extremo del recibidor se encontraban los ascensores que teníamos que coger para acceder a las plantas superiores, flanqueados por unas grandes escaleras de cuarzo tallado. Cinco ascensores en total había dispuestos en hilera protegidos con sus puertas de verja doradas. Sus interiores estaban recubiertos con madera de zebrano policromada de la Jungla Esmeralda y los botones tallados en marfil de cuerno de Banthor. Nuestro destino se encontraba en una de las plantas más altas de la torre y la ascensión en el aparato fue bastante lenta y aburrida, pero al menos al sirviente no se le ocurrió “amenizar” la velada narrándome sus penas y desgracias como acostumbran a hacer ciertos criados que no están correctamente educados por sus señores. Cuando por fin el ascensor se detuvo, dimos a otro recibidor circular bastante más pequeño que el de la planta baja, cuyo suelo era de mármol de colores y las paredes compuestas completamente de espejos reflejando todo lo que ocurriese en la sala desde todos los ángulos. Del techo, también recubierto de frescos, colgaba una gran lámpara de araña de cristal que iluminaba toda la habitación y con sus reflejos en los espejos confería una sensación de misticismo a todo el salón. Perpendicularmente al centro de la habitación había tres grandes portones de madera abiertos que conducían a sus respectivos pasillos. El sirviente me condujo a través de las puertas situadas a la derecha de los ascensores, y caminamos por un ancho pasillo cuyas paredes estaban recubiertas de grandes lienzos con los retratos de antiguos Exarcas observando con sus miradas a quienes caminasen por el corredor.

Finalmente dimos a un gran salón rectangular cuyas paredes estaban adoquinadas con piedra pulida y los techos formados con artesones de madera policromada. La habitación estaba lujosamente amueblada con grandes sillas de madera tapizadas en terciopelo distribuidas a lo largo y ancho de la habitación. Pero sin duda lo más emblemático y característico era el gran portón de ébano tallado con motivos angelicales que presidía el salón. Eso significaba que me encontraba en la antesala de la Alta Cámara de la Torre. Todo el mundo en Ciudad Catedral había oído hablar en más de una ocasión de la Alta Cámara, el lugar donde las más importantes cuestiones de Estado eran tratadas, pero muy pocos habían tenido el privilegio de estar en ellas. Esa era la primera vez que estaba ante la Alta Cámara, por lo que no pude evitar sonreír de placer ante tal honor. El sirviente me indicó que esperase en la sala hasta que su Eminencia el cardenal Crawley se presentase para el encuentro, asentí con la cabeza solemnemente y acto seguido, con una gran reverencia abandonó la antecámara. Durante unos segundos permanecí de pie en la entrada del salón, con la mano derecha apoyada sobre cabezal del bastón y la izquierda sobre mi cintura mientras esgrimía una calculada mirada arrogante para analizar cuidadosamente la situación. Al igual que yo, en el salón había siete personas más esperando, sentadas a lo largo de la habitación y permaneciendo en un sepulcral silencio.

Uno a uno fui observando a los presentes. Junto al gran portón de madera se encontraba una mujer, una monja de la Orden Hermética, próxima a la senectud y entrada en carnes. Aun de rostro terso, no podía disimular el paso del tiempo por su faz. Tenía ojos marrones con las cuencas profundas, marcadas con algunas patas de gallo, pero con una mirada fría y serena, que se encontraba parcialmente cubierta con unos anteojos ovalados. Su nariz era pequeña y recta, pero roja y congestionada; su pequeña boca, con labios secos y descarnados, estaba coronada con arrugas entre la nariz y la comisura de la boca. Su mandíbula, ancha y redonda, escondía bajo ella una naciente papada que se diluía en su aun largo y recto cuello. Y su cabello, largo y rojizo, pero con un cada vez mayor dominio del blanco, estaba recogido en un moño alto y largo. En cuanto a su vestimenta, llevaba un único austero hábito monástico de color grisáceo tirando a negro, sin ningún tipo de decoración u orfebrería. Mientras esperaba, ella parecía entretenerse leyendo un libro de apariencia antigua pero con las cubiertas bien cuidadas, sujetado entre sus rojos e hinchados dedos de las manos.

Cerca de la monja se encontraba sentado el caballero teutógeno. Respecto a él poco había que decir, una mole hipertrófica y antinatural de carne y acero que seguramente superase los dos metros de altura. Iba cubierto completamente con su armadura de metal pesada bien labrada con detalles leoninos, y entre el peso del blindaje y del cuerpo del soldado era extraño que la silla no hubiese cedido ya. Como llevaba puesto el yelmo, pese a estar en la antesala de la Alta Cámara de la Torre, que dicho sea de paso, era una falta absoluta de decoro y modales, era realmente difícil determinar si este gólem informe de carne se trataba de un hombre o de una mujer, o incluso si era un ser humano o no. En verdad ni siquiera sabía si había una cabeza debajo de ese yelmo o estaba rellena solo de músculo y carne. Lo cierto era que el prestigio de la Guardia Teutógena había decaído bastante en los últimos tiempos. Si bien seguía siendo el cuerpo de élite del Martillo Áureo, lo que otrora era la orden donde los más brillantes y poderosos caballeros de nuestra sagrada institución servían y defendían a la Santa Eclesia, ahora parecía que en buena medida los galantes caballeros habían sido sustituidos por las bestias más fuertes y violentas, pero sin demasiado cerebro del Martillo Áureo.

Por otro lado estaban presentes los que sin duda eran dos exorcistas de la Cruz Argenta. Uno era un joven varón, que no pasaría de la veintena, de complexión débil, cuerpo carcomido y esquelético, y de piel muy pálida. Su cabello, de color blanco como la nieve, lo llevaba ligeramente largo y peinado en cresta, un peinado nada apropiado para una reunión con una ilustre personalidad como lo era el cardenal Crawley. Su rostro, muy marcado y demacrado delataba su consumo habitual de estupefacientes. Tenía una gran y larga nariz, y una boca alargada con los labios ligeramente hinchados. Sus ojos, grandes y profundos, también blancos, mostraban una mirada perturbadora y amargada. El joven, visto sus rasgos, seguramente padeciese de albinismo. Iba vestido con prendas ligeras y negras, con bufanda blanca al cuello y cubierto con un abrigo morado sin mangas mostrando sus débiles brazos con un tatuaje en su extremidad derecha. En cambio, la otra exorcista, de edad similar a su compañero, parecía mucho más vívida. Era de constitución delgada, ligeramente patizamba y de piel bronceada. Llevaba un cabello largo con flequillo de color rojo con mechas rubias. Su rostro era afilado y ligeramente largo, con unos grandes y verdes ojos de mirada jovial y enérgica, una nariz corta y chata, boca estrecha y pequeña y un lunar en su mejilla. Vestía con abrigo de manga corta y pantalones negros, botas militares, y los brazos los llevaba vendados, y cubriendo parcialmente su extremidad derecha con un gran brazal metálico.

Por último restaban los que debían ser los inquisidores. Al mirarlos un escalofrío recorrió mi cuerpo. No me gustaba tener cerca nunca a ningún inquisidor. En su mayoría son seres fanáticos y desquiciados, algunos rozando la locura, y por norma general, no saben cuál es su lugar ni son capaces de mantener las formas. El primero de los inquisidores era un joven que no llegaría a los treinta años de edad, de cuerpo atlético y estatura media. Iba vestido con una toga y pantalones negros con partes metálicas y motivos blancos adornados con cruces. Su cabello era anaranjado como el fuego y alborotado. Su rostro, de facciones suaves, ojos pequeños y alargados, nariz algo grande y aguileña y boca pequeña, mostraba una frialdad y falta de sentimiento o emoción verdaderamente inquietantes. El segundo era un varón de alrededor de los cuarenta años, de constitución fornida pero algo bajo. Vestía una armadura de acero adornada con motivos necrológicos. Su rostro, bastante peludo con el cabello corto de color castaño claro ligeramente canoso y una barba desaliñada, mostraba unas facciones endurecidas y varias cicatrices. Por su aspecto debía de ser un hombre curtido en combate. Sus ojos eran de un azul brillante y estaban coronadas con unas grandes y pobladas cejas y mostraban una mirada pensativa y melancólica. Bajo ellas descansaba una gran y gorda nariz y una boca alargada de labios carnosos.

La última de los inquisidores era la más perturbadora de los presentes, una mujer de complexión atlética tirando a fuerte, ataviada con armadura de cuero negro, pantalones holgados y grandes botas oscuras. Sobre sus hombros caía una larga capa hasta los tobillos, pero sin duda alguna su prenda más destacable era una horrible y aterradora máscara de asesina fabricada en cuero negro que cubría su rostro completamente dejando entrever solo una mirada fría y amenazante. Al igual que el soldado, pecaba de falta de decoro al no retirarse la máscara del rostro, pero sus formas eran todavía peor. Se postura desprendía arrogancia, soberbia y descaro a partes iguales, así como una ausencia absoluta de modales y educación. Era una pose propia de una tasca de los bajos fondos de la ciudad. Pero no me sorprendía, conocía perfectamente a este tipo de gente, lamentablemente cada vez eran más habituales en las filas del Santo Tribunal, y si había alguna sensación que me produjeran mayor que el miedo era asco y repugnancia. Precisamente muchos de los inquisidores habían sido previamente criminales convictos de la Inquisición que por obra y gracia del azar se habían convertido en inquisidores en busca de una supuesta redención. Estos sin duda eran los peores de todos los inquisidores. Los más fanáticos entre los fanáticos y los más prepotentes y jactanciosos de todos. Al sustituirles el uniforme carcelario por el de inquisidor y los grilletes por armas y herramientas de tortura se creían inquisidores de verdad olvidando oportunamente su verdadero ser, olvidando que no eran más que desechos, vulgares criminales, seres despreciables, la peor ralea de la sociedad, y que siempre lo serían por mucho que llevasen el uniforme del Santo Tribunal, por mucho que jugasen a ser inquisidores, o por mucho que escalasen en la jerarquía de la Inquisición. Pero el insulto mayor era verles pavonearse por la Catedral como si fueran nuestros iguales, como si no existiese ninguna diferencia entre los hombres y mujeres de bien, entre los aristócratas, entre las grandes familias y esos parias descastados. Y el gran artífice de este agravio no podía ser otro que el Sumo Inquisidor Sigmund E. Munch. Él era el encargado de liberar de su castigo a estos criminales y ofrecerles un puesto de inquisidor, de tratarlos como nuestros iguales, y de traerlos a Ciudad Catedral con el fin de injerir en las cuestiones de la Eclesia Central y de las grandes familias en busca de supuestos enemigos internos. De todas las burlas cometidas por él, la más ominosa y degradante fue el colocar a su favorita, a Anise Laserre, otra convicta convertida en adalid de la justicia, como la responsable de investigar y esclarecer “ese día”. Sin embargo había una cosa clara, con sus juegos, Munch se estaba granjeando la enemistad de personas muy poderosas en la Eclesia Central, y puede que de momento gozase de la protección del Sumo Exarca, pero no sería eterna.

Tras estudiarlos a todos, ninguno de los rostros de los presentes me resultaba familiar. Seguramente no frecuentasen Ciudad Catedral. De todas maneras mis dudas sobre ellos durarían poco. En cuanto supiese quienes eran ordenaría a Julius que les investigase a fondo para conocer todo sobre ellos. A fin de cuentas, si estaban por los mismos motivos que yo, acabaríamos compartiendo “negocios”, por lo que era imprescindible saber con quién iba a tener que jugar. Pero la gran pregunta seguía en el aire, ¿por qué estábamos allí? Si yo ignoraba la respuesta, lo más seguro es que todos los demás tampoco tuvieran idea del motivo del cónclave. Así que vista la situación, lo mejor sería conversar tranquilamente con alguno de los presentes mientras esperábamos al cardenal Crawley, y ese alguien sería la monja de la Orden Hermética. Me imaginé que ella sería la única persona en la sala con la que podría mantener una conversación medianamente civilizada e interesante. Pero antes, me acerqué lentamente al portón de madera de ébano de la Alta Cámara para fijarme más detenidamente en los grabados angelicales de las tallas. Era la primera vez que tenía las grandes puertas frente a mí, pero Tío Herman desde bien pequeño siempre me había hablado sobre la obra maestra de la ebanista Galina Soares. Las puertas eran casi tan antiguas como la Torre del Exarca. Fueron un regalo del regente fallen tras el concordato de la Eclesia con Albor, y se eligió a la mejor ebanista fallen para tallarlas. En ella se mostraban diferentes batallas de ángeles contra los demonios del caos durante la Gran Guerra. Al ver los conjuntos más de cerca eran igual a como me los imaginaba de pequeño cuando Tío Herman  narraba la historia de cada composición. Detuve mi mirada en un diseño en particular, y deslicé suavemente mi mano izquierda acariciando las tallas. Se trataba de mi escena favorita de pequeño…

-Ah, el arcángel Anufrael, durante la Gran Guerra, en la batalla de las Montañas Racknar dominando y sometiendo el fuego y el magma de la tierra enfrenta y derrota al archidemonio Agnan “el Profanador de Tumbas” y a sus ejércitos de muertos a los pies de las montañas… Simplemente exquisito, una obra de arte… - Me acerqué a la Monja de la Orden Hermética y me senté en una silla cercana. Crucé mi pierna derecha sobre la izquierda y entrelacé los dedos de mis manos sobre el pecho dejando ver mi aniño pastoral y mi anillo familiar para que todos los presentes viesen que estaban ante nada menos que un Stenkerk. Continué hablando sosegadamente y con una sonrisa condescendiente en mi rostro dirigiéndome a la monja. –Oh, disculpad que os importune con mis reflexiones, en ocasiones acostumbro a hablar solo en voz alta. Soy el obispo Maximilian Stenkerk, a vuestro servicio, hermana. – Hice una pequeña pausa. -No sois habitual de Ciudad Catedral, ¿verdad? ¿Provenís de la Cámara Hermética de Kerfel? Si es así ha debido de ser un viaje realmente agotador…
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Re: [AVENTURA INICIAL] "Luces y Sombras" [Ciudad Catedral, 7 de Noviembre - 897 d.g.]

Mensaje por Mairon Junamek el Lun Mar 10, 2014 4:39 pm

Mairon no cabía en sí de los nervios. Se sentía alterado, excitado. Parecía que pequeñas corrientes eléctricas invadían su cuerpo incesantemente. No sabía qué hacer, no sabía si quería reír, llorar, gritar o pegar saltos, pero necesitaba librarse de aquella incómoda y molesta sensación. Y lo realmente preocupante: No podía -o al menos no debía- asesinar a nada ni a nadie. Qué horrible sensación aquella. Sus imperativos morales parecían ganar aquella primera batalla frente a sus ansias. Pidió a Dios no sucumbir ante semejante presión.

Se bajó, y cuando lo hizo, no podía creer lo que veían sus ojos. Una segunda oleada de ansia descargó contra sus defensas sin previo aviso, fue un duro golpe que poco a poco tuvo que reprimir. La enorme torre se alzaba imponente e imperiosa frente a él. Era el edificio más gigantesco y hermoso que había contemplado en su vida. Alto, blanco y grandioso. Casi parecía que tocaba el cielo, daba la impresión de que si alguien lograra alcanzar la cima, estaría en contacto con el mismísimo Dios. Se sintió pequeño y vulnerable por un instante, aunque al mismo tiempo le transmitió tranquilidad y una especie de sentimiento de realización personal. Ante aquel edificio se sentía bien consigo mismo. Entreabrió la boca haciendo su peculiar e infantil sonrisa aún más macabra. Sus ojos permanecían abiertos como si se le fueran a salir de las cuencas.

El mismo sirviente que le había abierto la puerta le invitó a entrar, aunque no parecía ni siquiera mínimamente perturbado por la apariencia de Mairon. El inquisidor hizo caso omiso a ese hecho, estaba demasiado ocupado analizando todas las decoraciones de la fachada de la torre. Le siguió, sin poder apartar la vista del muro hasta que no cruzó la puerta. Entraron a un recibidor, grande y espacioso. Probablemente aquel fuera el punto más bullicioso de la torre, si es que se le podía considerar como “bullicioso”. Probablemente hubiera tan solo unas 10 o 12 personas. Eruditos, acólitos y sirvientes que cargaban libros y documentos de un ala a otro del fantástico edificio. En silencio. De vez en cuando retumbaban en las paredes los ecos de algunas pisadas lejanas. Lo único que rompía el silencio era algo que dejó a Mairon sin respiración.

Una preciosa lámpara iluminaba el cuarto, con un fulgor que parecía casi celestial, y una esplendorosa fuente de oro reflejaba aquella luz. Parecía bajado directamente del cielo. Metatrón. O al menos una estatua del ángel. Leones dorados se erguían orgullosos junto a la sagrada escultura, con chorros de agua emanando de sus bocas de fauces doradas y de aspecto duro y afilado. El agua rompía la superficie que se formaba a los pies del protector del cubo.
Las piernas de Mairon se bloquearon, y como por arte de magia sus ansias de aniquilar se extinguieron. Metatrón había eliminado la amenaza de su cuerpo, estaba seguro. No podía ser de otro modo. Era aquel ángel guardián quien le protegía de cometer una insensatez. No se dio cuenta de que el sirviente proseguía su camino sin esperar a que él se pusiera en camino, y tardó en reaccionar. Le encontró esperándole frente a la puerta de los ascensores. Por extraño que pareciese, a esas alturas, el inquisidor parecía cuerdo. Parecía que la visión de aquella hermosa representación le había serenado el alma.

Entraron al ascensor. Calmado Mairon, aunque sin eliminar su macabra sonrisa, subieron hasta el centro mismo de la torre, donde se debía hallar el mismísimo Sumo Exarca. Sin embargo al llegar no le encontró a él, sino que se vio en una enorme sala de magníficos adornos y preciosos cuadros de temática religiosa. Su corazón se inundó de delirios de grandeza. Se sintió febril y ebrio de felicidad. Su terrible y cadavérica sonrisa se le marcó aún más el rostro. No fue hasta después que cayó en la cuenta de las personas que allí había.

Contempló a los asistentes y sus ojos hacían chiribitas. Altos cargos de todas las órdenes eclesiásticas estaban allí presentes, incluida la Orden a la que él pertenecía, la Inquisición. Al ver a aquellos símbolos, aquellas fuentes de inspiración, sus ojos se inundaron de lágrimas y a punto estuvo de llorar. Deseaba con toda su alma algún día convertirse en alguien tan importante y con tanto porte como ellos. La ilusión se veía reflejada en su rostro a kilómetros de distancia. Pero no podía. No en aquella ocasión. No estaba sólo y debía dar una buena imagen, cosa que le resultó prácticamente imposible. Logró calmarse y continuó observando a los allí presentes. Probablemente eran los inquisidores por quienes sentía una mayor admiración, pero también admiraba a todas las demás órdenes. Los exorcistas de la Cruz Argenta, disciplinados y metódicos. Los paladines del Martillo Áureo, fuertes y leales. Los monjes de la Cámara Hermética, sabios y misteriosos. Por último vio al obispo, sentado al lado de la monja de la Cámara Hermética. Altivo y de aire inescrutable. Siendo sinceros, aquel hombre fue el que menos confianza le dio. Rezumaba arrogancia por los poros de su piel y de los allí presentes era el único, de quien consideraba, que no tenía un cargo realmente útil. Le dirigió una sonrisa algo especial con una ligera carcajada y se sentó cerca de sus compañeros inquisidores, aunque guardando una cierta distancia. Incluso se asombró de su propia prepotencia, sobre todo después de aquella oleada de admiración que la había aturdido anteriormente y casi obligado a romper con su autodisciplina. El suave ruido que emitió entre dientes resonó en la silenciosa habitación, infantil y grotesca. Fue lo suficientemente notable para poder atraer la atención de los allí presentes.

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Re: [AVENTURA INICIAL] "Luces y Sombras" [Ciudad Catedral, 7 de Noviembre - 897 d.g.]

Mensaje por Dimitriev el Dom Mar 23, 2014 11:34 pm

«Tres son trescientos. Esto es lo mejor, te lo aseguro. ¿Cuánto quieres? »

«¿Lo has visto¿ ¿Has visto la cara que ha puesto el muy imbécil al sacarle las tripas? »

«Vamos, encanto. Sólo un beso, un besito de nada…»

«Eso… Danos tu juguetito…»

«Bendito Dios, líbrame de todo mal. Madre Eclesia, no me dejes. Bendito…»

«¡Maldito Lotis! ¿Qué quiere que haga? Dios mío, me van a…»

«Por favor, no… No, por favor. Por favor…»

«…y entonces le clavaré el cuchillo en el cuello. Sí, eso haré. Y le cortaré los dedos, sí. Y le…»

Molesto y cansado, apagué por un momento el artefacto que descansaba sobre mi oreja. Allá donde fuera, la capital de Terra apestaba a contaminación, humo y cenizas hasta las más bajas calles y su olor a humedad y a muerte.  Como un veneno extendiéndose por las entrañas del lugar, parecía que del mismo corazón de la ciudad saliese un hedor acre y ponzoñoso a muerte. Allí se alzaban los más altos edificios como sombría demostración de dominio y poder: cuchillas melladas que hendían el cielo hoscamente.
Ninguna de las heridas que infligía la Eclesia era limpia.

Aparté la vista de las cumbres de la Altaciudad y quedé mirando al suelo. Había querido escupir, enfatizar de alguna forma mi desprecio a todo aquello que me rodeaba, pero ni siquiera para aquello tenía fuerzas. Ya no. Todo carecía de sentido, no valía la pena. ¿Qué más daba ya?

Sí, había salido de mi escondrijo con fuerzas renovadas. Me había levantado de nuevo con apenas un ápice de la fuerza y determinación que habría cabido esperar de mí tiempo atrás, pero con un propósito. Dispuesto y presto a todo, hasta las últimas consecuencias. Deseando interiormente llegar a ellas.

Ahora la Peste de la ciudad, su más profunda podredumbre, me había arrebatado todo el coraje y esperanza que había conseguido encontrar. La gente de Ciudad Catedral hedía.

Las voces retumbaron en mi oído, atronadoras y amenazantes, enloquecidas o desesperadas. Había suspiros entrecortados por chillidos de desesperación. Hilillos de voz temerosos de hacerse oír y aullidos que helaban la sangre. Risotadas crueles sobre silencios más que elocuentes.
Vindicta captó los sonidos nada más ser encendida, pero aquello no era lo que esperaba oír. El ruido de una ciudad maldita, condenada y sentenciada por ella misma, entregada voluntariamente a la maldad. Su voz era apática y resignada, como si hubiese renunciado ya hacía mucho. Lo único que quedaba ahora en Ciudad Catedral era el latido de una urbe corrompida.

¿Para eso había que luchar? ¿Enfrentarse al mundo por unos seres ruines e indignos sin voluntad, sin fuerzas ni ánimo de recobrar lo perdido; infames que apuñalarían por la espalda a su mejor amigo por un trago, unas monedas o el deleite de la sangre? Incluso las voces suplicantes se hacían patéticas a mis oídos. Era imposible ver una chispa de valentía en ellas.

¿Para aquello había muerto ella?

«Esta ciudad está podrida», me convencí a mí mismo. «Carroña convicta, la victoria última de la Eclesia». Escupí al suelo con desdén. «Sometida sin resistencia. Vendida por sí misma».

Aquello no era lo que había imaginado, siquiera en mis horas más sombrías. Era absurdo. A la vista de los especímenes que componían la población de Ciudad Catedral, tanto la sedición como la simple osadía y ansia de libertad carecían de todo sentido. Pero, ¿cómo podía ser? ¿Cómo podía haberse rendido, rebajado a una bajeza tal, una ciudad entera?
«Cobardes», pensé primero. Pero luego respiré hondo y dirigí mi mirada al horizonte, abarcando gran parte de la ciudad inferior, desde su posición elevada en un edificio cualquiera. No era cuestión de agallas, ni serviría de nada que se les reprendiera por su desánimo. Aquella era la voluntad imperante de Ciudad Catedral, su vida y su futuro. Ante la perspectiva de aquella connivencia, ¿qué se podía hacer? No se podía impeler a alguien a luchar por lo que no creía. La capital de Terra no podía liberarse. No quería hacerlo.

Aquello sí era totalmente disparatado. Había luchado para llegar hasta allí, me había alimentado de aquellas esperanzas, convencido que había, al menos, campo de batalla; una posibilidad de cambio y mejora, de elección. ¡Podía hacerse!
Todo aquello partía del convencimiento de que había algo que conseguir, un objetivo más allá de la vista, tras los obstáculos. Con todo, entendía el miedo. Comprendía que las perspectivas no eran halagüeñas y que no era una causa fácil. Había mucho que perder para todos, y lo que teníamos que ganar estaba lejos. Podía entender que era difícil darse a ello y decidirse. Lo que no podía aceptar era que no hubiese siquiera el deseo de conseguirlo, el más mínimo interés. Era injusto, pero no había nada que hacer. Todo sería inútil.

Había oído réplicas y reprobaciones a la Eclesia entre las voces, pero todas eran de otro tipo. Había resentimiento, pero no el odio profundo que sentía yo mismo y que imaginaba, que creía, más extendido; era más bien el rencor de un criminal perdedor, demasiado débil para enfrentarse a los demás. Eran voces que destilaban la misma displicencia que aquellos a los que maldecían, simplemente por no poder ocupar su posición. Sanguijuelas más peligrosas si cabe que sus correligionarios, igualmente indignos, pero más desesperados. Su exasperación erizaba el vello del cuello al oír que juraban y perjuraban, prometiendo entre murmullos hasta donde estarían dispuestos a llegar por una sola oportunidad.

Aquello no era lo que yo había esperado. Ninguno de nosotros lo habría esperado, o al menos, no abiertamente. Sabía por experiencia que el derrotismo marchaba por dentro, yo mismo había querido librar a los demás de mis preocupaciones. Aquello, sin embargo, ¿había sido nunca una posibilidad? ¿Habíamos considerado que fuera posible tal incoherencia?

Bajé la vista de nuevo hacia la calle para observar una vez más la figura sinuosa de neón que me había traído hasta allí. La anguila parpadeaba de forma intermitente, como si tanta brillantez le costase un esfuerzo excesivo.

Había seguido a dos individuos con signos evidentes de embriaguez que se comunicaban ora a gritos, ora mediante susurros, de sus hábitats nocturnos, y entre ellos el ‘Electric Eel’. Deducir cual era había resultado fácil y había abandonado la infeliz pareja para colarme en un edificio más bien bajo que se encontraba justo enfrente. Otro desgraciado dormitaba entre la puerta de entrada y el marco de ésta, impidiendo que se cerrara.
Había subido hasta el tejado y observado el local un buen rato desde mi escondrijo, yendo ir y venir a clientes y pedigüeños. Para mi decepción, el cocinero no me resultaba familiar en absoluto. Faenaba detrás de la barra y entregaba los paquetes que le pedían con gesto indiferente mientras hablaba con el único de los clientes que aún no se había ido.

«Ése debe de ser Mat», pensé. La verdad era que no parecía gran cosa. Una voluminosa cucaracha más. Di un paso atrás con la intención de acercarme al lugar, pero algo me detuvo en el momento de darme la vuelta. Mi mirada seguía clavada en la rolliza figura de Mat, quién escupía pesadamente mientras buscaba algo en un armario. ¿Por qué iba a hacer caso de todo aquello? ¿Qué me importaba a mí, qué sentido tenía? ¿Qué más daba lo que me hubieran dicho? No era más que otro habitante de aquel maldito lugar. Además, podía perfectamente tratarse de una trampa. Podía tratarse de una encerrona de delincuentes que esperaban aprovechar aquella presa de aspecto perdido, o cobrar una buena suma de algún sirviente eclesiástico. ¿Le habrían seguido?

Fruncí el ceño y me puse en marcha escaleras abajo con energía. Ya había sopesado el riesgo de que se tratara de una trampa, pero no parecía el caso. Habían tenido muchas más oportunidades mejores que citarle en un lugar y darle más tiempo para esfumarse. Había esperado un rato más de lo esperado, aguardando a que alguien se pusiera nervioso o dedujese que no iba a presentarse, pero no pasó nada. Por lo demás, había decidido que tenía que hacerse. Porque sí, decidido aleatoriamente. Descendí el último tramo de escaleras y salí de nuevo a la calle. La puerta estaba cerrada y el pobre desdichado que dormía allí minutos antes había desaparecido. Decidí considerarlo una buena señal.

Nada más salir al exterior me llevé las manos a los bolsillos de la chaqueta. Ya me había quitado de la oreja a Vindicta y ahora el dispositivo descansaba en mi puño, bien protegido. Eché un vistazo a izquierda y derecha y me acerqué con paso despreocupado a la barra. El cocinero dio un paquete mal envuelto a un último tipo, que pagó y se fue a desgana mientras empezaba a engullir su comida. Solos, el encargado, su supuesto amigo y yo, me senté en uno de los taburetes al otro lado del único consumidor mientras ellos discutían. Esperé.

- ¿Mat? –pregunté al fin, viendo que no iban a parar, para luego adoptar un tono más amistoso– Me han dicho que aquí se podía comer bien. ¿Tienes algo comestible?

El hombre se giró y me miró de arriba abajo con unos ojos extraños.¬¬¬¬¬ Le aguanté la mirada fijamente, a la espera de que hiciera algo, preparado. Con la mano izquierda agarraba la daga escondida en el bolsillo izquierdo, atento a su reacción. Pasaron unos pocos segundos tras los cuales el empleado se volvió hacia su interlocutor, lo insultó de nuevo y continuaron discutiendo.

- Eh, ¿me oyes? ¿Hola? –repetí sorprendido- ¿Eres Mat, o está por aquí?

Ambos siguieron hablando e increpándose entre sí sin hacer el más mínimo caso de lo que les decía. No parecía siquiera que me estuviesen oyendo, así que lo dejé estar maldiciéndoles por lo bajo. Esperé unos minutos más leyendo por encima un panfleto estúpido que había sobre la barra titulado “Soluciona a tus problemas en cinco minutos” y que animaba sospechosamente a ‘hacer compañía’. De vez en cuando, no obstante, echaba rápidos vistazos a la calle tras de mí.
Me habría equivocado de lugar o sería una estafa, pero allí estaba perdiendo el tiempo y no estaba de humor. Finalmente, aparté la hoja y, viendo que los dos charlatanes seguían en sus trece, me dispuse a levantarme.

Entonces, el cocinero se dirigió hacia mí y sin preocuparse mucho de articular correctamente las palabras balbuceó algo para luego desaparecer en la trastienda. No había podido oír ni entender nada, pero sí me había dado cuenta del guiño del hombre. Me quedé, aquello ya empezaba a parecer el tipo de cita que había imaginado. Me volví un segundo, palpando mi chaqueta como si hubiese perdido algo, y aproveché para echar un vistazo a mi alrededor. Todo seguía desierto.

Fingí recoger lo que buscaba del suelo y me reincorporé en mi taburete para encontrarme con otra figura. Otro individuo había salido de donde había ido el orondo cocinero y empezó a trastear con los distintos aparatos que tenía frente a sí. Era joven y tenía el pelo largo y liso, con la mirada dura y seria de un tipo cansado. La barba finamente perfilada y varios anillos en una de sus orejas le caracterizaban muy bien, así que memoricé mentalmente el perfil de su cara para eventos futuros. El tipo fumaba un cigarrillo mientras seguía con lo suyo y el otro cliente, después de echarle una ojeada de reojo se afanó en sacar unas monedas y largarse. El nuevo tenía una cierta aura de autoridad que imponía. Me vendría bien.

Mientras el sinvergüenza se iba le eché una mirada furtiva al plato que había dejado sobre la barra. Unos cuantos trozos de carne esperaban dentro del cuenco de cartón, grasientos y aún rojizos. Torcí el gesto con desagrado, pero mi estómago gruñó ante la comida y estiré el brazo para acercarme los restos. Al levantar otra vez la vista, tenía encima los ojos del camarero, que movía los labios con delicadeza.

Quedé helado por un momento por la mirada fría que tenía fija en mí, pero algo me dijo que me estaba perdiendo algo. Me revolví rápidamente para alcanzar la capucha con las dos manos y me la eché sobre la cabeza a la vez que acoplaba a Vindicta a mi oreja derecha con gesto experto. Encendí el artefacto y me froté los brazos, simulando que tenía frío, todo ello sin apartar la mirada del nuevo cocinero.

- Tenemos ciertos amigos en común, al igual que ciertos enemigos… Me han informado que tal vez te interesa participar en cierta… ‘operación’… –Me volví al ver que callaba y reseguía con la mirada algo detrás de mí. Agarré de nuevo la daga sin sacarla del bolsillo, pero resultó ser un hombre de aspecto pobre que leía los carteles promocionales. Aun sin tenerlas todas, volví de nuevo la mirada al empleado y me eché a la boca el primer trozo de carne.– … nos interesa tu colaboración en cierto asunto. Planeamos un golpe contra… ya sabes…

El joven señaló a su derecha con la cabeza de forma discreta, guiando mis ojos hasta un enorme edificio que se alzaba en la distancia con aires de magnanimidad. Su aspecto era aterrador: la Catedral. El corazón me dio un vuelco y le eché un vistazo airado al dependiente antes de volver la mirada al enorme símbolo de la Eclesia. Dejé de escucharle.
¿Acaso era una broma pesada? Por tercera vez sujeté con firmeza la empuñadura de mi puñal, pero esperando clavársela a él en esta ocasión. Aquello acababa de ponerse muy, muy feo, y no podía fiarse. Tenía que ser una broma de mal gusto, el aviso que te daría un psicópata antes de pegarte un tiro, una advertencia para luego regodearse más aún. Me habían encontrado.

Iba a sacar la mano del bolsillo cuando el tipo se movió. Con un gesto rápido puso sobre la barra una bolsa de cuero y la acercó a mi mano derecha, que tenía sobre el mostrador, prácticamente echándomela encima. Le miré, inquisitivo, pero él había apartado la mirada y seguía trabajando en lo suyo con disimulo.

- … te aconsejo que no vengas solo, trae algún amigo o guardaespaldas, contrata a un mercenario o lo que creas conveniente, porque no será labor de una sola persona… Ya sabes –me recordó–, mañana a las 23:30, en la puerta. Si no apareces no contaremos contigo.

Dicho esto, se dio la vuelta y me dio la espalda definitivamente. Engullí los últimos trozos de carne y me levanté del taburete para irme. La bolsa de cuero, a buen recaudo en el bolsillo derecho de la chaqueta, tintineaba suavemente.
«Ve con Dios», repetí antes de marcharme. Había sido lo último que había dicho el joven y lo que más grabado me había quedado en la memoria. No dejaba de ser irónico.

Caminé a paso rápido hasta llegar a una esquina, tras la cual me acurruqué con la daga preparada una cuarta y última vez. Esperé, pacientemente, a la espera de todo aquél que se hubiera atrevido a seguirme, pero, como antes, no apareció nadie y di por buena la situación.

Sólo entonces me permití abrir la bolsa y examinar su contenido. Habría esperado un nombre, una dirección, o incluso balas o piezas de explosivos. En vez de eso la encontré llena de monedas, probablemente más de las que había visto en los últimos tiempos. Allí habría como mínimo doce o trece mil terrans, echando un vistazo rápido. Cerré la bolsa y la guardé de nuevo, quitándome los números de la cabeza. Nunca se me había dado bien el cálculo a simple vista y quería estar atento a todo lo que pudiera pasar a mi alrededor.

Tenía que conseguir a alguien, o eso creía recordar. No estaba seguro de estar escuchando al joven cuando lo había dicho, pero le sonaba haber oído algo sobre la misión y sobre ir acompañado. Aquello sería, sin duda alguna, el pago de un mercenario. «Un buen mercenario», me dije, a la vista de la cantidad. «Un mercenario contra la Eclesia». Reflexionando, me di cuenta de lo realmente irónico que era todo.

Sopesé la bolsa con mirada escéptica. Había demasiadas lagunas en el razonamiento lógico de todo aquello y no estaba seguro de que se tratase de una célula de insurrectos. De ser así, ¿de dónde habrían sacado tanto efectivo? Y lo que era más preocupante, ¿cómo iban a confiar en un mercenario a sueldo para una de sus acciones? El pensamiento era absurdo: cualquiera que pudiera ser comprado para actuar contra la Eclesia podría delatarlos y ganar el doble o el triple de la cantidad que fuese. Por cosas así, los mejores rebeldes que había conocido eran idealistas convencidos o condenados de por vida con ningún otro camino que recorrer.

Aunque la idea era tentadora. Golpear a la Eclesia en la propia capital, en su propio centro, la Catedral. Ciertamente, era una oportunidad inmejorable que podía no volver a repetirse en mucho tiempo o incluso nunca más. Si el plan existía de verdad, a saber lo que podía estar gestándose en ese mismo momento. Escondí de nuevo el dinero y suspiré lentamente una, dos, tres veces, para pensar con claridad.

Podía explotar la situación a mi favor y sacar algo de todo de todo. Utilizaría aquella oportunidad con los supuestos insurgentes, y si éstos respondían y todo resultaba como debía, tanto mejor. De momento, pero, no podía fiarme.

Repasé interiormente los preparativos que tenía en mente, listando todo aquello con lo que podía contar y descartando lo que ya daba por perdido. Decidí que lo mejor sería utilizar todo aquél dinero para conseguir una suerte de guardián para mí sólo. No era la idea que más me atraía, pero presentarme frente a la Catedral sin ningún tipo de apoyo y rodeado de espías y traidores potenciales tampoco era una perspectiva mejor. Hay momentos en los que se tiene que arriesgar, y en ese momento tenía mucho dinero para hacer subir las apuestas.

«Basta de metáforas graciosas». Deseché las distracciones de mi cabeza y me reprendí con sorna. Había mucho que hacer y ni siquiera sabía dónde podía conseguirse soldados a sueldo en Ciudad Catedral, no digamos ya unos lo suficientemente estúpidos para aceptar mi oferta aunque, evidentemente, no había por qué hacerles partícipes de todos los detalles. Por lo demás, no estaría mal que fuesen mínimamente hábiles, al menos para sobrevivir a la mayor parte de la misión y ser de alguna utilidad.

Un ruido extraño me llamó la atención y me llevé la mano al dispositivo en la oreja. Aumenté ligeramente la potencia y el sonido subió de volumen: un repiqueteo metálico, como los golpes de un martillo contra un yunque. Intrigado, giré sobre mi mismo para encontrar la fuente del ruido. No tuve que hacer un gran esfuerzo: apenas me estaba girando vislumbré un destello en la distancia, aplastado entre dos edificios. Dos calles más abajo, apenas visibles para mí, unos criminales intentaban combatir a un caballero de brillante armadura que, espada en mano, se disponía a hacerles frente con el rostro impoluto. La imagen era surrealista, aunque se prestaba a una bonita leyenda. Lo medité durante un segundo y sonreí levemente.

Aquello era precisamente lo que necesitaba. Algo fuera de lo común, una distracción para ocultarme y a la vez una bandera que ondeara, bien visible. Si todo salía como empezaba a planearlo, nos íbamos a hacer notar.
Me acerqué rápidamente al lugar procurando mantenerme oculto y me aclaré la voz. Abrí la boca, pero ningún sonido salió del interior. Con el ceño fruncido, pensé en las palabras adecuadas.

Apenas unos segundos más tarde estaba de pie, justo en medio de la calle y frente a los combatientes. Llevaba la capucha echada y la cabeza algo baja, lo suficiente para impedir que se reconocieran mis facciones. Finalmente, mi voz resonó tranquila y fluidamente, pero potente. Entre las paredes del callejón, retumbó amenazante como la palabra de un dios.

- Criminales. Ladrones, atracadores y asesinos. Infestáis esta ciudad maldita. Largaos, fuera de aquí, u os enfrentaréis a la furia. ¡Lejos de mí y de mi presencia! Vais a tener una última oportunidad, ¡abrid paso a la Vanguardia!

FDI:
Peeerdón por la espera, y no os preocupéis, ya cuento con que Mairon me hará pagar T.T Y se me ha ido un poco la pinza, pero así compenso xDDD

Por el resto, no sé si las acciones son exactamente así en casos de combate, pero veamos...
Velocidad 1 = 2 acciones
Acción 1: 'Aceptar' el paquete de Mat y dirigirse a donde está Karel.
Acción 2: Encender a Vindicta (amplificador de voz) y amenazar a los pandilleros para que salgan con el rabo entre las piernas. ¡Shú!
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Re: [AVENTURA INICIAL] "Luces y Sombras" [Ciudad Catedral, 7 de Noviembre - 897 d.g.]

Mensaje por Señor de Terra el Dom Abr 06, 2014 6:40 pm

Max acaricia una escena de la puerta de Ébano. Y describe en voz alta la historia de Anufrael contra Agnan.

La monja sonríe divertida ante las palabras de Max –Encantada Maximilian, mi nombre es Grace Buckley.- Su voz era lenta y algo torpe, un rasgo común de aquellos acostumbrados al voto de silencio. –La verdad es que ha sido un viaje algo pesado, pero he sabido apreciarlo, pocos entre los de mi orden pueden dar testimonio de haber viajado fuera de las paredes de la cámara hermética…

Veo que conoces el relato de Anufrael, en los archivos de la cámara precisamente guardamos un antiguo grabado de..-
Algo la interrumpió, una risilla maniaca del último en llegar, un inquisidor al parecer. El silencio pobló la antesala unos segundos y todos se giraron hacia él, sin embargo nadie dijo nada, no hubo tiempo.

Dos sirvientes aparecieron por donde el anterior mayordomo se había ido. Impecablemente uniformados y rectos como si se hubieran tragado el palo de una escoba. Sus rostros eran totalmente inexpresivos, fríos, carentes de emoción en su totalidad.

-El Cardenal Crowley les espera en la Alta Cámara- Dieron unos pasos hacia la gran puerta de ébano, en perfecta sincronía y cada uno de ellos empujó una de las pesadas hojas de la puerta, abriéndola de par en par. –Pueden pasar.- Clamaron sus voces sonando al unísono como las de una sola entidad.

Frente a los presentes se abría la gran sala, la Alta Cámara, allí donde se trataban los más altos temas y se decidía el destino del mundo. La cámara era enorme, con un altísimo techo abovedado, repleto de frescos que dejaban en vergüenza a los que habían visto hasta ahora. Escenas de la creación, de los primeros días, de la guerra, toda la historia de Terra parecía estar allí tratada, algunas escenas irreconocibles para los presentes, que llamaban bastante la atención. Las paredes de la sala eran del más puro mármol blanco, pulido por los años, dando la impresión de que toda la estancia hubiese sido esculpida de una sola pieza.
Pesadas cortinas de terciopelo rojizo y bordados en hilo de oro decoraban la estancia, así como tapices de tiempos remotos plagados de simbología eclesiástica e imágenes de santos.

Al frente, un imponente trono emergía también en mármol del suelo, un asiento central, con otros  inferiores a cada lado. En el derecho el Cardenal Crowley les esperaba sentado, mientras que en el izquierdo un escriba esperaba paciente a que alguien hablase, con sus artilugios e implantes mecánicos listos para la redacción.


(Cardenal Crowley)

-Bienvenidos. Perdón por la tardanza… pueden sentarse donde les plazca.- El cardenal se puso en pie para recibirles, pese a que su faz mostraba un rictus serio y poco animado. Extendió ambos brazos hacia dos filas de asientos a menor altura que el trono central, pero de la misma fábrica y estilo, dispuestos en una hilera a cada lado del trono principal, encaradas entre si, dejando un amplio espacio vacío en el centro. Ese debía ser el puesto generalmente ocupado por los más altos cardenales y dirigentes, sin embargo ahora estaban vacíos esperando que los recién llegados ocupasen los asientos.


(Estética general de la Alta Cámara)

Cuando todos estuvieron sentados, el cardenal hizo un gesto con la cabeza al escriba que activó un dispositivo desde su asiento. Antes de que se diesen cuenta, de la bóveda del techo había emergido un aparato metálico de apariencia enmarañada con cables tubos y lentes. El artefacto se activó y rayos de luz salieron proyectados por las lentes hasta crear una imagen holográfica bastante nítida en el centro de la sala, ilustrando una imagen esférica. Terra.


-Bien, vayamos directos al grano. Los paganos se están movilizando, eso es un hecho que ya muchos de ustedes conocerán. Los atentados terroristas y revueltas en las ciudades y pueblos aumentan por todo Terra, y la Eclesia esta empezando a tener las manos demasiado llenas ante tanto incidente…- Mientras hablaba, la imagen iba mostrando distintas escenas, revueltas callejeras, explosiones en murallas, grupos batallando contra las autoridades del martillo áureo… -Sin embargo recientes informaciones nos llevan a pensar que hay un motivo oculto tras esta especie de “ebullición” en los grupos paganos. Aunque quizá algunos de los presentes puedan compartir parte de la información mejor que yo… Buckley si es tan amable…- Crowley hizo un gesto a Grace, la monja, que se puso en pie algo nerviosa.

-Hace una semana, un grupo de paganos entró a robar en uno de los monasterios herméticos cerca de Kerfel. Extrañamente no robaron ninguno de los valiosos artefactos que allí se guardan, al menos en apariencia. Me enviaron a realizar un inventario y descubrí que habían sustraído un único objeto… unos planos. Los planos de construcción que describen en detalle el funcionamiento de la Puerta del Este. La posesión de ese documento manuscrito pone en peligro nuestra seguridad, la seguridad de todos los habitantes de Terra, por lo que informamos inmediatamente a la Eclesia central, pero fue tarde, para cuando llegó la orden de reforzar las defensas en todos los monasterios y transportar de forma segura el resto de planos, otro incidente se desató en un monasterio de las montañas Melorc, allí robaron los planos de la Puerta del Oeste. Por suerte los dos restantes ya se encuentran a buen recaudo en las profundidades de la Cámara Hermética.- Imágenes de unos rollos de pergamino lacrados con el sello del exarca se proyectaban en el centro de la sala.

El Cardenal volvió a intervenir en cuanto Grace terminó su explicación y se sentó de nuevo. – Lady Blackmaw, su turno…-

La inquisidora de la mascara negra se puso en pie, su voz metálica y fría como el hielo sonó como un eco bajo su atuendo facial. -Hace unos días fuimos capaces de rastrear a una banda de Paganos que se ocultaba en las faldas de las montañas Raknar. Los más veteranos murieron en el interrogatorio sin escupir ni media palabra. Pero un par de novatos no dudaron en vomitar todo lo que sabían. Al parecer, se les ordenó viajar a Hell’s Point, ubicación de la Puerta del Este, recaudar toda la información posible y esperar la llegada de un “escuadrón de elite” al que tendrían que informar de todo lo que hubiesen descubierto sobre la ciudad y la defensa de la Puerta Cardinal.- El cuervo de su hombro graznó ante las imágenes de las torturas que fueron proyectadas, y un joven hablando mientras lloraba encadenado a un complicado artilugio que le iba desmembrando. Sin embargo nadie parecía inmutarse pese a la brutalidad de aquellas imágenes, sólo la monja bajó un poco la mirada.

Antes de que el Cardenal pudiera introducirle, el guardia Teutógeno se quitó el caso mostrando un rostro duro y curtido por la guerra de cabellos rubios y ojos azules con una cicatriz que surcaba horizontalmente el puente de su nariz. Se puso en pie sin esfuerzo pese a su pesada armadura.

-Permiso para hablar, señor.- El cardenal asintió e hizo un gesto con la mano para que continuase. -Hace pocos días el Hipercubo quedó clausurado cerrándose al exterior frente a una pequeña comitiva diplomática. Básicamente nos cerraron la puerta en las narices. Un par de días después nos informan de que muchos humanos han sido expulsados de Infernalia y Albor. Nuestras relaciones diplomáticas con las ciudades no-humanas penden de un hilo. Por alguna razón el resto de razas nos da la espalda, y nuestras fuentes nos han comunicado que están organizando algún tipo de concilio secreto.- Volvió a sentarse, tan drásticamente como se había levantado.

La imagen holográfica se transformo en un paisaje montañoso en el que se apreciaba la ciudad Munchkin, el Hipercubo, y como se cerraba quedando hermética ante el exterior, donde una pequeña comitiva quedaba esperando.

El cardenal comenzó de nuevo su discurso, sentado con las manos entrecruzando los dedos frente a su rostro, de modo que solo su mirada penetrante se veía tras sus dedos. -A la vista de los recientes acontecimientos, he llegado a la conclusión de que los altercados que se suceden por todo el territorio no son más que una cortina de humo. Los paganos por alguna razón desean acabar con nuestra divina protección, con la Puertas Cardinales que nos ofrecen defensa frente al mal. Y por razones que se escapan a mi entendimiento las razas “inferiores” nos dan la espalda… La precisión y efectividad con la que actúan los paganos nos lleva a pensar que hay traidores en nuestras filas, y por eso esta comitiva debe ser totalmente secreta.

Ustedes son los elegidos para conformar un escuadrón de elite. Su misión, informar, negociar y prevenir el desastre. Trabajarán sin que nadie lo sepa. Descubrirán que ocurre en las ciudades vecinas, se interpondrán entre los paganos y sus objetivos, y descubrirán si realmente Demonios, Fallen y Munchkin conspiran contra nosotros. Selena Blackmaw, Hans Ferthain, Tarik Argaon y Mairon Junamek. Como miembros de la inquisición confió en que su experimentada visión permita detectar al lobo en nuestro rebaño, no se dejen engañar por las sucias artes paganas y eliminen cualquier amenaza, de raíz.

Lillian Tempest y Jared Benditch, su experiencia con lo oculto puede ser útil, pues algo me dice que las amenazas que encontrarán emplean fuerzas oscuras que radican de la naturaleza misma del pecado. El grupo necesita de dos exorcistas con pericia frente a cualquier eventualidad, y por eso se os ha escogido.

Alric Truefort, su misión es clara, defienda al grupo, defienda la misión, defienda las Puertas Cardinales. Con su vida si es necesario. Le daremos acreditaciones para poder comandar a cualquier cruzado, guardia o militar de la Eclesia que encuentre en otras ciudades, podrá disponer de ellos a su servicio, pero recuerde no darles demasiada información.

Grace Buckley, su insuperable sabiduría y años de estudio pueden ayudar a descifrar los misterios que sin duda encontraran en su viaje.

Y por último, Maximillian Stenkerk -
Dijo el apellido con una media sonrisa y algo de retintín en su voz - En cuanto a usted… confío en que años de práctica en su cargo, bajo la comodidad de esta nuestra sagrada ciudad, le hayan servido para acentuar sus dotes diplomáticas. El dialogo es la vía para descubrir que se traen entre manos el resto de razas y su relación con la amenaza de los paganos si la hubiera. Será su labor asistir a cada ciudad, y abrir camino por la vía diplomática. Si consigue ganar aliados para nuestra causa la sagrada Eclesia le estará eternamente agradecida.

Y recuerden. Este asunto queda bajo el más absoluto secreto. Nada ni nadie fuera de estas cuatro paredes conoce lo que aquí hoy se ha hablado. Y espero que así siga siendo.-
Una fugaz mirada a los inquisidores, bastó al cardenal para indicar ellos eran los encargados de que esa norma se cumpliese.

-La primera parada será Infernalia, nuestra embajada en la ciudad ya les está allanando el terreno. Descansen bien esta noche, pues mañana por la mañana emprenderán un largo camino. Se partirá a las 7:30 desde el arco de Enariel, la salida norte de la catedral, una diligencia les estará esperando. ¿Alguna pregunta?-


-------------------------------------------------------------------------


Dimitriev  tras aceptar el saco de monedas y toparse con unos matones en un oscuro callejón, trató de espantarlos con sus habilidades pero el plan no salió del todo bien. Algunos huyeron, espantados quizá creyendo que se trataba de las autoridades Eclesiasticas, pero otros no reaccionaron tan impulsivamente. Tras el atronador mensaje, reunieron el valor de encarársele y antes de darse cuenta estaba rodeado por tres matones.

-¿Vaya que tenemos aquí? ¿Otra ratita forastera?- Se rieron cual hienas y sin dejarle tiempo a reaccionar o defenderse, uno de ellos le agarró con enorme fuerza los brazos tras la espalda, otro le robó todas sus pertenencias de valor, y finalmente el tercero le lanzó un pequeño saco a la cara, negándole la visión mientras lo arrastraban a dios sabe donde. Cualquier forcejeo era inútil, lo tenían fuertemente agarrado y lo llevaron en contra de su voluntad y a ciegas durante largo rato. A nadie parecía importarle, nadie escucharía sus gritos… estaba acabado.

Finalmente notó como lo sentaban a una silla y ataban por la fuerza sus muñecas al respaldo, tan fuerte que notaría como se le cortaba la circulación en las manos. Finalmente le retiraron el saco, luz, quedó deslumbrado unos segundos tras tanta oscuridad pero finalmente pudo distinguir lo que sus ojos recogían.

Se trataba de una especie de bar, un local cerrado al publico, había una barra, y taburetes, algunas mesas a su alrededor y la silla en la que el se encontraba estaba en el centro, de cara a la barra. Unos cinco o seis tipos como los matones de antes, estaban repartidos por la estancia, algunos apoyados en la pared con cara de aburrimiento, otros claramente guardando la puerta, un pequeño grupo jugando a las cartas en una mesa, y uno de ellos, que por su actitud parecía una especie de líder, sentado sobre la barra mirándole directamente.

-¿Tu no eres de por aquí verdad?-El tipo de la barra portaba en una mano el saco de dinero que le habían arrebatado y lo tiró al suelo a sus pies, algunos terrans salieron rebosando con un tintineo metálico contra el suelo pavimentado de grandes losas negras.

-¿Y que se le ha perdido a un polluelo como tu en una gran ciudad como esta? Por lo visto de recursos no andas falto…- Sonreía con picardía al tiempo que sus ojos oscuros brillaban con codicia.

Tras una breve pausa esperando respuesta. El tipo saltó de la barra, cayendo al suelo de pie, y caminó despacio hacia Dimitriev, pisando sin cuidado la bolsa de dinero que se esparció aun más por el suelo.

-Podríamos matarte y quedarnos con la bolsa ¿sabes? Sin embargo… Sospecho que alguien que porta tanto dinero encima sin cuidado es capaz de conseguir mucho más… - Rió sonoramente y se acercó aun más agachándose hasta que su rostro quedó a la altura de el secuestrado.

-Quizá podamos ofrecerte nuestros servicios… a cambio de un módico precio claro, un módico precio adicional al pago ya realizado…- Chasqueó los dedos y uno de los secuaces se lanzó apresuradamente a recoger las monedas del suelo, y cerró el saco de nuevo repleto de terrans, que lanzó hacia su jefe. Este lo atrapó en el aire sin siquiera girarse a mirar, y lo agitó frente al rostro de Dimitri antes de atársela al cinto. –¿Qué me dices? ¿Podemos llegar a un acuerdo?- Sonreía de oreja a oreja, seguro de que aquel era un trato que su interlocutor no podría rechazar. Era eso o la muerte, antes lo había dejado claro.

-Ah por cierto, mi nombre es Niklas…-


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Re: [AVENTURA INICIAL] "Luces y Sombras" [Ciudad Catedral, 7 de Noviembre - 897 d.g.]

Mensaje por Maximilian Stenkerk el Lun Abr 28, 2014 8:48 pm

La monja me devolvió el saludo cordialmente con una sonrisa en los labios, pero no pude obviar el hecho de que se dirigiese a mí por mi nombre de pila y no tal y como el protocolo fijaba. Sin embargo solo por esa vez decidí ignorarlo pues era evidente por su modo de hablar lento, entrecortado y torpe que no estaba acostumbrada al uso de la palabra debido seguramente al voto de silencio propio de los monjes de clausura de la Cámara Hermética, por lo que era muy improbable que estuviese familiarizada con los protocolos sociales de la Catedral. Se presentó como Grace Buckley, y me confirmó efectivamente que provenía desde Kerfel, y por su forma de hablar, daba a entender que era la primera vez que abandonaba el monasterio. No pude evitar pensar lo aburrida y tediosa que tendría que ser la vida de los monjes de clausura de la Orden de los Secretos y Cultos Mistéricos, sin ser capaces de pronunciar una sola palabra por el voto de silencio contraído y tener que permanecer de por vida entre los muros del monasterio estando totalmente aislados de la sociedad.

Me preguntaba como Tío Herman podía sobrellevar ese tipo de vida en Kerfel después de haber estado sirviendo toda su vida como consejero de Padre aquí en Ciudad Catedral... Yo desde luego no podría sufrir ese tipo de vida, no solo por su estoico estilo de vida, sino porque no me correspondería hacerlo pues mi obligación era permanecer donde estaba y hacer lo que tenía que hacer, pues había nacido para ello, y era mi destino, no solo como Stenkerk sino como guardián y protector de mi noble Casa. Aunque todo eso no era óbice para que no respetase a la Orden Hermética pese a sus peculiares costumbres, desde luego sabía reconocer su labor al servicio de la Madre Eclesia y de Dios, protegiendo el conocimiento y la Verdad y salvaguardando a los pueblos de Terra de los peligros encerrados en textos heréticos y perversos; y reconocer también como eran capaces de reconducir a la senda de la Eclesia los hijos descarriados de los viles, apostatas y malvados que plantaron su semilla de corrupción en las mentes de las pobres criaturas.

La conversación con la señora Buckley continuó hasta que fuimos interrumpidos por la perturbadora risilla desquiciada de un nuevo recién llegado. Desvié mi mirada hacia él para verle mejor. Se trataba de un hombre joven, de estatura media, delgado y de una tez granate oscura. Tenía una larga melena que le llegaba por debajo de los hombros de un negro azabache intenso. Iba ataviado con una túnica verde y sin mangas. En la túnica llevaba plasmado la cruz de la Eclesia con un gran ojo en el centro y flamas bajo ella. Aquello resultaba inapropiado y de mal gusto, no solo por lo hortera y ordinario de la vestimenta, sino por la profanación de un símbolo sagrado. Solo a un inquisidor mostraría semejante soberbia y falta de decoro. Por último, al detenerme en su rostro no pude evitar sentir un escalofrío. De facciones suaves y joviales, el joven tenía una mirada inquietante, mezcla entre lo infantil y lo perturbador, y esgrimía una sonrisa bobalicona en mi dirección.

¿Por qué me miraría a mí en concreto? Prefería no pensar en ello, a fin de cuentas seguramente se tratase de otro demente recogido entre la basura de la subciudad. Ignorando al recién llegado desvié de nuevo mi mirada para continuar mi conversación con la señora Buckley. No obstante al instante entraron dos sirvientes en la sala perfectamente uniformados y de buena percha y nos indicaron que su Eminencia ya nos estaba esperando, y al unísono marcharon hacia los portones de la Alta Cámara y los abrieron en perfecta y bella sincronía, indicándonos que entrásemos en ella.

– Parece que su Eminencia ya nos espera, Hermana Buckley. – Dije interpelando a la monja mientras me levantaba lentamente y me recolocaba la capa. – Ha llegado la hora de la verdad. – Concluí jocosamente.

Una vez de pies, empecé a caminar cuidadosamente y atravesé el umbral de las puertas ya abiertas entrando por fin en la Alta Cámara de la Torre del Exarca. La sala era realmente gigantesca, mucho más grande de lo que me hubiese imaginado, con el suelo y las paredes de un soberbio y puro mármol blanco pulido, y estas últimas recubiertas de cortinas de terciopelo rojo bordadas con oro, exquisitos y antiguos tapices e imaginería sacra. Por otro lado destacaba el techo abovedado recubierto con frescos de la historia de Terra, desde la Creación, pasando por la Gran Guerra, hasta nuestros días, los acontecimientos más importantes de nuestra historia se hallaban allí reflejados. Una gran satisfacción me inundó al estar allí. Al fin, tras más de una década, un Stenkerk, tal y como correspondía a la Casa por derecho, volvía a sentarse a la mesa de cónclaves de la Alta Cámara. Al fondo de la sala, emergiendo del suelo con absoluta perfección y armonía se encontraba un enorme y bien labrado trono del mismo mármol que el resto de la sala. Sin duda alguna era donde se sentaba el Sumo Exarca cuando asistía a las reuniones, sin embargo, con cierto sabor amargo vi que se encontraba en ese instante vacío. Junto al trono había dos asientos, uno a su izquierda y otro a su diestra.

En el sitio de la izquierda se encontraba esperando para tomar notas un escriba, no demasiado agraciado a cuenta de sus implantes mecánicos. Nunca me terminaron de agradar ese tipo de implantes cibernéticos, siempre había pensado que le restaba humanidad a sus portadores al parecer en ocasiones más máquinas que seres humanos, pero también había que reconocer el sacrificio de esos infelices en su vocación de servir a la Eclesia, algo ciertamente encomiable, aunque no menos desagradable. Por la contra, en el asiento de la derecha se encontraba sentada una figura regia y severa, de rostro envejecido, con una prominente calva en la parte delantera de su cabeza pero aun conservando suficiente pelo para peinárselo hacia atrás. Sus labios eran grandes e hinchados, su nariz congestionada y su mirada seria y penetrante. Esta figura, que vestía el carmesí se trataba sin duda de su eminencia el cardenal Crawley. En cuanto entramos, se puso de pies, y extendiendo ambos brazos nos indicó que nos sentásemos sobre una hilera de asientos colocados en torno a la mesa central. Así, me dispuse a sentarme en el asiento más cercano al cardenal Crawley, pues yo era un Stenkerk, y por tanto era mío el honor y el deber de sentarme allí como aristócrata que era. Me acerqué lentamente y cojeando hasta la posición del cardenal.

– Su Eminencia…– Dije mientras hacia una reverencia ante el cardenal en señal de aprecio y de respeto. –  Es un verdadero honor. – Y a continuación me senté en el asiento.

En cuanto estuvimos todos sentados, el cardenal Crawley efectuó una señal y el escriba activó un mecanismo que hizo descender desde el techo de la bóveda un aparato metálico de alta tecnología, lleno de cables, lentes y otros objetos y artilugios tecnológicos. Una vez llegó éste a su posición unas luces emanaron del aparato y recreó una imagen holográfica del orbe de Terra. En seguida, el cardenal Crawley tomó la palabra y empezó a explicarnos el porqué de nuestro cónclave. Su eminencia nos explicó que los movimientos paganos y terroristas se estaban movilizando, y mientras hablaba, las imágenes holográficas iban cambiando mostrando secuencias de revueltas y atentados. Unas imágenes que me resultaban más que familiares de una realidad que amargamente conocía muy de cerca. Mientras las veía, el dolor de mi pierna se incrementaba a la par que mi ira, aunque procuraba disimularlo manteniendo la tez recta y seria. Sin embargo no pude evitar que los oscuros recuerdos de “Ese Día” se arremolinasen en torno a mi mente. Volviendo a la realidad, el cardenal concluyó que todos estos actos estaban relacionados entre sí y que ello formaba parte de una conspiración secreta de los paganos. Esas palabras me molestaron e indignaron. Si ya era desalentadora la existencia de estos atentados y las revueltas, el pensar que todo ello estaba relacionado y orquestado por una oscura y vil mano con el fin de extender el Caos era realmente descorazonador.

A continuación, el cardenal le concedió la palabra a la monja de la Orden Hermética, Grace Buckley. Ella afirmó que los paganos habían entrado a robar en uno de los monasterios cerca de Kerfel. Allí sustrajeron los planos de la Puerta Cardinal del Este. Y del mismo modo robaron los planos de la puerta del Oeste en un monasterio en las montañas Merloc. Con estas noticias me quedé totalmente asombrado, no solo por el hecho de que robaran unos materiales de tal importancia, o los oscuros fines que tendrían los paganos con ellos, sino por la incompetencia de la Orden Hermética y de la Guardia Teutógena al no haber sido capaces de salvaguardar tal delicada información como era debido. Es más, ¿por qué guardar dichos documentos en pequeños monasterios alejados y desprotegidos? Su lugar en todo caso debía haber sido el estar guardados en lo más profundo de los archivos de la Cámara Hermética, donde nadie pudiese acceder a ellos. Era incomprensible e indignante la despreocupación con la que los planos habían sido tratados. Al menos la Orden de los Secretos y Cultos Mistéricos había logrado poner a salvo los otros los planos de las otras dos Puertas Cardinales, pero, ¿no sería ya demasiado tarde?

Tras terminar la señora Buckley, el cardenal Crawley se dirigió hacia una tal Lady Blackmaw. Cuál fue mi sorpresa, todavía digiriendo las infaustas noticias anteriores, cuando la figura que se puso en pie no fue otra que la inquisidora de la máscara de asesina. ¿A caso era de alta alcurnia esa persona? Eso era imposible, esa falta de decoro y modales era impropia de una dama aristócrata. No, no podía ser noble, el “Lady” debía de ser un seudónimo muestra de su soberbia y arrogancia, esa era la explicación más razonable. Con una voz escalofriantemente fría y carente de sentimientos la inquisidora Blackmaw se dirigió a los allí reunidos. Comentó como hacía unos días habían rastreado y capturado a una banda de paganos en las Montañas Raknar. Afirmó que tras torturarlos, confesaron que su objetivo era buscar información sobre la Puerta del Este y esperar a la llegada de un grupo de élite de los paganos, sin embargo parece que no indicaron cual era el fin de este grupo. Aun así, tratándose de las Puertas Cardinales era obvio que planeaban destruirlas para liberar al Caos que moraba más allá de las barreras que protegían Terra. Mientras la inquisidora hablaba, las imágenes holográficas de la tortura de los capturados inundaron la sala. Se podía ver como un joven era desmembrado por una macabra máquina a la que estaba encadenado mientras gritaba y confesaba. Las imágenes era verdaderamente grotescas y mientras las veía notaba se revolvía mi estómago.

Por supuesto sabía y entendía la necesidad de utilizar el mal para perpetuar y garantizar el Bien. Y por ello entendía y compartía la necesidad de estos métodos para proteger a los habitantes de Terra, a la Eclesia y a la obra de Dios del Caos que intentaba destruir el Orden Natural de las cosas. A fin de cuentas eran criminales, traidores, herejes, pecadores, depravados y paganos, adoradores del Mal y del Caos, y cualquier método era necesario para impedir que lograsen sus pérfidos objetivos. Pero todo ello no evitaba que me resultase repulsivo ver como descuartizaban a otra persona, aunque fuese un pagano y se mereciese lo que recibía. Sin embargo, lo que realmente me escandalizaba y perturbaba no era la tortura en sí, sino ver a los torturadores disfrutar con ello pareciendo llegar al éxtasis con el sufrimiento de sus víctimas. Por ello los inquisidores me atemorizaban y me repugnaban aunque hiciesen lo que se tenía que hacer. No obstante no estaba dispuesto a mostrarme débil ante los presentes, especialmente ante los inquisidores, por lo que mantuve el rostro serio y sereno intentando no mostrar ningún tipo de sentimiento y manteniendo fijamente la vista en las imágenes de la tortura sin desviarla en ningún momento, al contrario de lo que hizo la hermana Buckley que parecía perder el sentido por momentos.

Una vez terminada la exposición de la inquisidora Blackmaw, el guarda teutógeno, quitándose el yelmo y mostrando un rostro curtido repleto de cicatrices con ojos azules y cabellera rubia, tomó la palabra directamente. Él explicó que tras ser rechazada la misión diplomática en el Hipercubo, éste fue totalmente sellado impidiendo el acceso al mismo. De nuevo la arrogancia de las razas inferiores se manifestaba, faltando al respeto y al honor de la Madre Eclesia, pese a todo lo que nuestra Sagrada Institución había hecho por esas infelices criaturas. Simplemente lamentable. El soldado fue escueto en su exposición terminando pronto su disertación, cosa de agradecer ciertamente, pues su modo de hablar tosco, burdo y ordinaro era más que desagradable.

Tras esto, el cardenal Crawley tomó la palabra para concluir la reunión, dictaminando, tal y como yo llegué a la conclusión en mi mente con anterioridad, que todo se trataba de una conspiración por parte de los movimientos paganos para destruir las barreras protectoras creadas por las Puertas Cardinales y propagar el Caos por Terra. Pero su eminencia fue más allá, estaba convencido de la presencia de traidores en el seno de la Eclesia. Ese hecho desde luego aportaría sentido a la precisión con la que llevaron a cabo sus robos los paganos y su conocimiento de los planos. Y de nuevo nos encontrábamos ante una lamentable situación, esto suponía que la Inquisición, y en concreto el Sumo Inquisidor Munch, no habían sido capaces de encontrarlos y castigarlos, cosa que por otro lado no me sorprendía, los inquisidores estaban mucho más ocupados en buscar en divertirse descuartizando a sus prisioneros que a proteger nuestra Sagrada Institución, y Munch… Munch no era más que una sabandija trepadora que en vez de cumplir con sus obligaciones y localizar a los traidores en la Eclesia se había dedicado a husmear donde no le llamaban y a interponerse en los asuntos del clero de la Eclesia Central.

A continuación, el cardenal Crawley nos explicó el porqué de nuestra reunión. Se no encomendaba la misión secreta de recabar toda la información, de negociar, de poner fin a la amenaza pagana y de determinar el rol de las razas inferiores en esta conspiración. Tras ello, su eminencia fijó los roles que desempeñaríamos cada uno de los asistentes descubriendo así sus nombres. Los inquisidores eran Selena Blackmaw a la que ya había nombrado antes, Hans Ferthain, Tarik Argaon y Mairon Junamek. Por otro lado, los exorcistas se llamaban Lillian Tempest y Jared Benditch, la monja de la Orden Hermética con la que había podido charlar antes era Grace Buckley y el guarda teutógeno Alric Truefort, cuya misión sería la de proteger al resto de la comitiva, hecho que me generó cierto malestar, no solo por el hecho de que la misión implicase un alto riesgo tal y como parecía, sino también por contar con un solo soldado, por muy guarda teutógeno que fuera, para la protección de todo el grupo, incluida mi persona. Ahora que sus nombres habían salido a la luz me pondría en contacto con Julius para que hiciese su trabajo.

El cardenal Crawley se dirigió a mí con una sonrisa y con cierto retintín, el cual, pese a no poder identificar su significado, no me agrado demasiado, pero le devolví una sonrisa condescendiente e incliné la cabeza levemente en señal de respeto. En cuanto a mí, su eminencia me encargó la tarea de negociar con los representantes de las razas inferiores en sus respectivas capitales y descubrir el porqué de sus actos y si existe una relación con los paganos. Ante esa misión no pude evitar preguntarme por qué me había escogido a mí para tal cometido. Yo era un Stenkerk y por ello era innegable mi capacidad política y diplomática, pero estaba convencido de que había algo más detrás. Era de dominio público, y por tanto el cardenal Crawley también lo sabía, que yo era el protegido del arzobispo Hieronymus Schönborn así como mi afiliación a la corriente prohumanista del cardenal Adalbert Willebrands. Por lo tanto su movimiento tenía que estar efectivamente relacionado con mi posicionamiento político, pero el porqué de su decisión seguía siendo un misterio. Desde luego si el cardenal Crawley hubiese buscado una solución pacífica y que la Eclesia acabase humillada una vez más ante los despropósitos de las razas inferiores habría escogido a cualquiera de los acólitos del cardenal Aloysius Mindszenty, por lo que mi elección solo podía suponer el cardenal Crawley esperase una respuesta clara, contundente y sin contemplaciones, llegando hasta donde fuese necesario para ello. Sin embargo, esto solo era una hipótesis, sus acciones no eran nada claras, por lo que tendría que caminar con sumo cuidado.

Finalmente, el cardenal Crawley concluyó la reunión indicando cual sería nuestro primer objetivo, Infernalia, la tierra de fuego de los demonios. La partida se efectuaría a las siete y media de la mañana, ante el arco de Enariel. No me agradaba tener que abandonar mi vida por Dios sabía cuánto tiempo. En muy raras ocasiones había abandonado la protección que brindaban los muros de la Catedral, y muchísimo menos me había enfrentado alguna vez a una empresa de estas dimensiones y peligros. Pero lo que más me indignaba de todo era el contar con tan poco tiempo para organizarlo todo y dejarlo bien atado, pues yo tenía muchas responsabilidades en Ciudad Catedral y no podía abandonarlas así como así, pero no existía otra opción, eran órdenes del su eminencia el cardenal Crawley y mi deber era obedecer y mostrar gratitud por ello. Por último, para terminar el cardenal nos cedió la palabra, por lo que decidí tomarla y hablar. Me levanté lentamente de mi asiento mientras pensaba detenidamente que decir, carraspeé la garganta y empecé a hablar.

– Con la venia de su eminencia. – Dije con voz enérgica y pasional dirigiéndome al cardenal Crawley, y luego al resto de los presentes. – Tengo que confesar que me encuentro perplejo y consternado ante las malas nuevas expuestas aquí. Parece evidente que las fuerzas del Mal se han puesto en marcha una vez más para liberar al Caos sobre este mundo. Y es también descorazonador, aunque tristemente no sorprendente, como las razas inferiores nos dan de nuevo la espalda ante la creciente oscuridad que se cierne sobre las buenas gentes de Terra. – Hice una pequeña pausa y me dirigí de nuevo al cardenal Crawley. – Es nuestra obligación el proteger la Obra de Dios del pecado, la ruina y la depravación. Por ello, y creo hablar en nombre de todos los aquí presentes, estoy inmensamente agradecido por el honor que nos brinda su eminencia al encomendarnos tan noble e insigne empresa. Así, ruego a Dios que nos guíe para saber cumplir nuestro cometido con sabiduría y rectitud, y humildemente declaro mi compromiso para intentar encontrar una solución eficaz y real a los contratiempos surgidos con las razas inferiores. – Me detuve para realizar otra pausa más larga y respirar hondo, pues ahora era cuando comenzaba el juego. Así, de manera mucho más pasional y exaltada me dirigí de nuevo a mis oyentes. – Sin embargo las evidencias parecen mostrar que las acciones ocurridas en los últimos días por parte de las razas inferiores están relacionadas con la conspiración pagana. Esto tampoco nos ha de sorprender, pues durante la Gran Guerra quedó patente la fuerte debilidad hacia el mal y la corrupción que padecen las razas inferiores. Y lamentablemente éstas han mantenido sus costumbres heréticas que en el pasado les arrojaron a la oscuridad corriendo por sus venas el pecado y la depravación de sus ancestros. ¡Por ello, no nos debemos extrañar de que puedan haber abrazado de nuevo la senda del Mal influenciados por paganos y demagogos, y que se estén preparando para alzar el estandarte del odio y la guerra contra Dios, los Coros Angelicales, la Eclesia y la Verdad, pues es bien sabido también la envidia y aversión que profesan hacia el género humano por ser éste el elegido por Dios para proteger su obra! Así pues, si hemos llegado a tal abominable extremo, y Dios no lo quiera y haré todo lo posible para que esta situación no se dé, mucho me temo que la palabra y la razón fruto de la diplomacia no podrán hacer mella en su fanatismo y reconducirlos por la senda de la Verdad. ¡Debemos ser conscientes que el peor de los escenarios es posible, y es más que conveniente que las Legiones de Dios se preparen, por si la gravedad de la situación así lo requiere, para una vez más llevar la redención de la sangre y el acero ante las criaturas descarriadas de la Creación!

Terminé exhausto pero pletórico mi arenga. Recobrado el aliento, hice una reverencia y me senté de nuevo en mi asiento esperando la reacción de los presentes, especialmente del cardenal Crawley.
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Re: [AVENTURA INICIAL] "Luces y Sombras" [Ciudad Catedral, 7 de Noviembre - 897 d.g.]

Mensaje por Señor de Terra el Lun Jul 21, 2014 8:45 pm

Aviso a rezagados. El miércoles posteo, tenéis hasta entonces. A ver si aceleramos esto entre todos ^^

EDIT: Os doy unos días más mientras recopilo las imágenes que necesito para el post. Si aun así solo está la respuesta de Max, continuaré únicamente con su parte de la trama, dejando al resto congelados.
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Re: [AVENTURA INICIAL] "Luces y Sombras" [Ciudad Catedral, 7 de Noviembre - 897 d.g.]

Mensaje por Señor de Terra el Jue Jul 31, 2014 5:06 pm

[Aviso a navegantes: El sábado posteo, no espero a nadie]
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Re: [AVENTURA INICIAL] "Luces y Sombras" [Ciudad Catedral, 7 de Noviembre - 897 d.g.]

Mensaje por Karel Stark el Jue Jul 31, 2014 11:10 pm

El primer ataque hizo sonreír a Karel. Inevitable...

Habría dicho algo, pero él no era de los que rompían sus promesas y, como había dicho, no diría nada más, en su lugar, actuó: El arma del primero de esos tipos duró tan poco en sus manos como un glaciar lo habría hecho bajo el Sol de verano y pasó a convertirse en una pieza más para su propia defensa, aunque no les dio tiempo suficiente para horrorizarse ante eso. Un atroz golpe lanzó a ambos, el primer atacante y a su comparsa, contra el muro del callejón con una fuerza tremenda. No bastaría para matarles, posiblemente tampoco les dejaría inconscientes más que unos pocos momentos, pero desde luego era suficiente para aliviar parte de la presión sobre sí mismo: El golpe en su armadura sólo consiguió causar un poco de ruido y Karel estuvo a punto de suspirar con resignación pero, en cuestión de unos momentos, algo más preocupante estaba a punto de ocurrir...

... Así que eran capaces de coordinarse, incluso. Interesante. Pero no les iba a servir de mucho. No contra él.

Debía admitir sin embargo que la estrategia tenía su interés: Uno de esos tipos intentaba paralizarle mientras los otros dos lo atacaban. Contra cualquier otro eso habría sido muy desagradable de ver, puesto que la deshonra de esos miserables habría sido suficiente para convertir a su víctima en una masa sanguinolenta en el suelo, pero tenían la desgracia de enfrentarse a él, no a cualquiera. Incluso así, se aconsejaba cautela y Karel analizó la situación calmadamente: El tipo enorme sería lento, pero el golpe tendría una fuerza tremenda, posiblemente habría cargado buena parte del peso de su cuerpo (y no era poco) en ese golpe, mientras que el que había saltado no tenía la más mínima maniobrabilidad desde su posición. Y él, por otra parte, tenía una mosca molesta intentando agarrarse patéticamente a su brazo. Con poco éxito, pero molesta al fin y al cabo. Le reduciría la movilidad, era de esperar.

Pero estaba tranquilo, pues había algo que ellos ignoraban. Que en sus manos, todo era un arma.

Todo.

Cuando se movió, lo hizo con seguridad: El arma del tipo enorme tenía potencia, pero carecía de control, y sus movimientos serían rápidos. No necesitaría más que interponer la barra de hierro que había arrebatado en el camino del balanceo para que los codos del gigantón topasen con un obstáculo que no podían salvar y el resultado sería... Cómico. Los brazos del tipo acabarían doblados en una posición antinatural cuando su articulación se doblase en dirección opuesta a la que debería hacerlo bruscamente, y la barra de hierro perdería absolutamente toda su potencia más allá del peso, aún así, haría bastante daño al desgraciado que golpease que, coincidentemente, sería el tipo que había estado agarrándole por detrás, al menos, eso pretendía con su movimiento, penetrar en la guardia del gigantón tanto como hacer que su golpe alcanzase al otro tipo. Una vez tuviese al gigantón desarmado y el otro tipo dejase de ser un problema, demostraría su capacidad...

Agarraría al gigantón y lo interpondría como un inmenso escudo de carne. Podría revolverse pero, de nuevo, se aseguraría de que no lo hiciese. ¿Cómo? Siendo pragmático. No necesitaba dos armas cuando podía usar el cuerpo de ese tipo como un escudo y una porra gigante, además, necesitaba ambas manos para mover algo como eso... Pero DÓNDE tenía que situarlas... Eso era decisión suya. La primera fue hacia el cuello, evidentemente, ¿pero la segunda? Oh, la segunda fue al lugar que se aseguraría de que ese tipo NO iba a moverse. Por su propio bien.

Karel casi podía sentir el sonido de sus cojones chafándose en sus manos enguantadas, lo justo para dejar claro que podía ser mucho peor, y el aire viendo dificultado su transcurso por el cuello. Y el otro tipo estaba a punto de encontrarse con algo parecido... Después de golpear al gigantón, por supuesto. Pues no había forma humana de que pudiese cambiar su trayectoria una vez en el aire. Era imposible.



Acciones:
ACCIÓN 1: Interponer tubería en el camino de los brazos del gigantón de modo que los codos golpeen con violencia y se partan, haciendo que el gigantón golpee al que me está tocando las narices por detrás y deje de ser un problema + Agarrar al gigantón por cuello y testículos para usarlo como escudo improvisado. Empleo mi pasiva por supuesto.
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Re: [AVENTURA INICIAL] "Luces y Sombras" [Ciudad Catedral, 7 de Noviembre - 897 d.g.]

Mensaje por Señor de Terra el Dom Ago 03, 2014 5:07 am

Ante las palabras de Maximillian, el Cardenal escuchaba en silencio con expresión seria aunque relajada, cruzando elegantemente los dedos frente a él en silencio. Cuando llegó el momento de su respuesta, se puso en pie de nuevo, caminando despacio mientras hablaba, retirándose de su asiento y rodeando el trono hasta quedar de pie en el centro de la sala, sus palabras eran dirigidas a Stenkerk, frente al que se encontraba, pero durante la oratoria se giraba hacia el resto en ocasiones para incluirlos en su discurso.

–Stenkerk… esperemos no tener que llegar a tales extremos. Puede que eso sea precisamente lo que buscan los paganos, provocar una guerra, desatar el conflicto. Buscan sembrar el caos para beneficiar sus heréticos fines, provocar la desconfianza y animosidad entre las razas que hasta ahora se han mantenido en el camino de la rectitud, incitándonos a la lucha interna, a debilitarnos en una carnicería frente a las razas inferiores… No debemos caer en esa trampa.- Se giraba hacia el resto como si esta fuese una especial advertencia para todos. –No debemos dejar que nos distraigan con esta pantalla de humo. Su objetivo es claro, abrir o destruir las Puertas Cardinales, y con ello sembrar el caos y la destrucción. Y en eso consiste vuestra misión, en impedir que eso ocurra. Bajo ningún concepto podemos permitirnos provocar una guerra. Ese no es el objetivo de esta operación, y debe evitarse a toda costa.-

Se giró de nuevo hacia Max mirándolo directo a los ojos, inicialmente con mirada severa que mientras hablaba se fue tornando en una confiada sonrisa. – Por eso la labor diplomática es crucial. Debemos ganarnos la confianza de las otras razas, necesitamos aliados, no enemigos ni distracciones. Es un gran peso el que recae sobre tus hombros Stenkerk, y por lo que he escuchado, considero que estás a la altura. Nada de contrariarles, nada de provocarles, buscamos la paz, buscamos una alianza estable. Dicho esto, y si no hay más preguntas…- Bajó un poco la mirada desviándola hacia otro lado, y con una despreocupada reverencia al ver que nadie más hablaba, comenzó a retirarse, haciendo un gesto con la mano mientras se iba por una puerta tras el trono. Indicaba que podían retirarse.

La comitiva fue saliendo por las enormes puertas por las que entraron y los mayordomos se encargaron de volver a cerrarlas. La velada había acabado, y todos los presentes mostraban rostros pensativos y silenciosos, digiriendo la información y Dios sabe si planeando o maquinando algún plan o estrategia para cumplir con su misión. O quizá algo más… nunca podía uno fiarse, pues no eran raras las intrigas en las altas esferas de la Santa Institución, y más de uno pecaba de envidia, soberbia y codicia, buscando el poder y el ascenso en la jerarquía de su orden. En cualquier caso nadie dijo nada, y todos fueron yéndose del lugar, pues una cosa estaba clara, tenían un largo viaje frente a ellos y una ardua tarea, y cada cual debía preparase para el día siguiente.

Nadie más molestó a Maximillian que pudo regresar al hogar como gustase y resolver sus asuntos pendientes.

A la mañana siguiente, la ciudad siempre despierta estaba abarrotada de gentes que iban y venían. Maximillan no llegaría el primero, pues la monje y los exorcistas ya se encontraban en el punto de encuentro. El resto en cambio fueron llegando a su ritmo. Por suerte para ellos, el carruaje pareció retrasarse, pues ya pasaba media hora de la hora prevista cuando escucharon las pesadas ruedas de madera remachada con ornamentos metálicos. Era una especie de convoy, una caravana de carruajes enlazados por anclajes mecánicos que al frente iban dirigidos por un rebaño de criaturas rara vez vistas en Ciudad Catedral. Salamandras, seis enormes lagartos, grandes como caballos, de tres paras de patas cada una. Reptaban obedientes y de forma ordenada, tirando de los carruajes y abriéndose paso entre la masa de población de la abarrotada urbe. Sus cuerpos recubiertos de negras escamas, respiraban de forma pesada contra el suelo, exhalando un aliento bien podría ser la voluta de humo y ceniza incandescente que expulsaban algunas máquinas.

En cualquier caso, el cochero se quejó sobre el exceso de gente, intentando exculpar su tardanza, mientras les ayudó a los presentes a subir a los carruajes y colocar el equipaje. Eran cuatro carruajes, el primero para los inquisidores, frente al cual el cochero dirigía a las bestias con un peculiar látigo de acero trenzado. El segundo compartimento era para Grace, la monja hermética, Maximillian, y los dos exorcistas, el tercer vehículo para el resto de pasajeros y el cuarto para el equipaje.

Partieron en cuando todos hubieron subido a bordo. Y la travesía comenzó. Fue un viaje eterno, que duró nada menos que cuatro días. Salir de Ciudad Catedral ocupó casi el primer día completo, y pasaron la noche en un pequeño pueblo a las afueras de la ciudad. No parecían llamar demasiado la atención, y si lo hacían, la gente se limitaba a bajar la cabeza o mirar a otro lado. Era obvio que aquellos viajeros eran agentes de la Eclesia, y nadie quería meterse en problemas. Mala conciencia dirían algunos… o quizá la costumbre a una extrema represión y castigo, quién sabe. En cualquier caso, nadie les molestaba y día tras día, partían al alba para llegar a pasar la noche a un nuevo pueblo, donde se hospedaban en la posada más lujosa que tuviesen, en cualquier caso incomparable al lujo y nivel de vida de Altaciudad en la Catedral.

Al cuarto día, con el horizonte enrojecido por el ocaso, comenzaron a divisarse las Montañas Raknar, y en pocas horas las alcanzaron. Fue entonces cuando se apreció la verdadera utilidad de las salamandras, que se movían por aquel terreno con extrema agilidad, evitando los riachuelos de magma y ascendiendo por las escarpadas laderas como peces nadando con maestría en los océanos. Era ya tarde, bien entrada la noche, cuando por fin llegaron a Infernalia. Desde el exterior lo ciudad apenas era visible, básicamente un gran portón de hierro y aspecto industrial en la roca de la montaña. Pero tras una acalorada discusión con los vigilantes que parecían reticentes a dejarles pasar, el conductor consiguió que abriesen las puertas y el gran portón se fue abriendo para dejar ver la brillante luz ígnea del interior de la montaña. Infernalia, ciudad de demonios, una enorme caverna natural iluminada casi exclusivamente por el magma y los minerales fundidos.

Lo lógico sería que los recibiesen como a una corte diplomática, ofreciendo un trato hospitalario y pasar allí la noche antes de la recepción con el Rey al día siguiente. Sin embargo pronto descubrieron que allí el protocolo era bien distinto. Eso o realmente se habían propuesto molestarles. La recepción con el rey Oberon sería en aquel momento, como les hicieron saber un pelotón de guardias demonios que rodearon diligentemente los carruajes. Les hicieron bajar, de forma pacífica pero intransigente, y los escoltaron al palacio.

Las calles de aquella ciudad eran de la propia piedra natural, pulida hasta parecer suelo artificial. Pesados puentes de hierro ennegrecido salvaban las distancias sobre los anchos ríos de amarillo fluido, lava, que iluminaba con un resplandor algo sofocante. En general toda la temperatura era bastante alta, como un caluroso día de verano al sol, pero a los demonios no parecía importarles. El palacio real era una enorme estructura en el centro de la ciudad, una formación rocosa que ocupaba el centro de la caverna, rodeada de magma y erigiéndose como una columna titánica, de suelo a techo, con numerosos balcones y aperturas esculpidas en la roca que dejaban entrever la luz y habitantes de su interior. Pronto se encontraron en una gran sala, un vestíbulo donde les hicieron esperar sin ofrecer mucha información. Por suerte no tardaron demasiado y dos guardias de enormes cornamentas forradas en acero les guiaron escaleras arriba, unas escaleras de piedra negra que giraban ascendiendo por esa torre de piedra. Pronto se encontraron en una nueva antesala, bastante parecida en concepto a la antesala de la Alta Cámara en la que se habían reunido con Crowley, pero esta vez era de roca, casi en su estado natural, sin tratar, una cueva, apenas labrada para tener forma de estancia.

No les hicieron esperar demasiado. Otra cosa, no, pero si algo se podía decir de los Demonios es que eran eficientes. La puerta que los separaba del rey eran dos hojas de metal con grabados de demonios y escenas de su cultura e historia, dos rectángulos perfectos que se accionaron por algún mecanismo interno abriéndose despacio hasta quedar de par en par. Frente a ellos se extendía un largo pasillo, iluminado por estatuas de mármol negro, figuras de demonios y súcubos que sostenían en sus manos orbes de fuego condensado a modo de iluminación. Al fondo, un enorme trono, donde el rey se encontraba sentado, con expresión de hastío, y algunas súcubos a su alrededor agasajándoles.

El enorme demonio presentaba una cornamenta como nunca antes habrían visto en otro de su especie, diez cuernos salían de su cráneo intricados de forma perfecta en una enorme y gloriosa corona a juego con su tamaño. Parecía bastante hosco en sus formas, pero su mirada indicaba que no era un simple bruto, aquellos ojos, completamente negros salvo por el iris de un amarillo brillante, les observaban con una inteligencia profunda y sabiduría de cientos de años.

-Habéis venido a hablar humanos… Hablad pues.- Ni se molestó en incorporarse bien al trono. Por un lado parecía que aquello no le interesaba en absoluto y nada de lo que dijesen los recién llegados fuese a hacerle cambiar su opinión sobre ellos. Pero por otro lado su mirada expresaba algo de interés, observándoles intento a lo que tuviesen que decir. Puede que su recibimiento en la ciudad dependiese del resultado de aquella primera reunión con el monarca. Quizá por eso los habían traído directos a hablar con él, pese a la tardía hora. Había que medir bien las palabras, pues cualquier ofensa podría desembocar en la expulsión de aquella ciudad o algo peor. En cambio si todo iba bien, quizá se mostrasen más hospitalarios que hasta el momento, ofreciéndoles cobijo y comida antes de proseguir con las negociaciones.

Rey Oberon de Infernalia:

Ninguna de las imágenes concuerda 100% con su aspecto pero cada una tiene algunos detalles que sí sirven para hacerse una idea de su aspecto:

Color y estilo de la piel.

Pose, Trono, Musculatura, Súcubos de alrededor, Armas y Armadura(en parte).

Cabello, Mirada, parte de la Armadura.

La cornamenta sería la suma de los cuernos de cada imagen sobre el mismo craneo, aprox.

[Posteo la parte de Karel mañana, que este post se me ha hecho ya muy largo]
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Re: [AVENTURA INICIAL] "Luces y Sombras" [Ciudad Catedral, 7 de Noviembre - 897 d.g.]

Mensaje por Señor de Terra el Dom Ago 03, 2014 7:36 pm

Suerte o pericia, no estaba claro, pero las maniobras de Karel ocurrieron tal y como él esperaba. En pocos segundos, la situación había cambiado. El tipo que lo sujetaba a la espalda había caído al suelo, noqueado por el impacto del grandullón al ser desviado, y el mismo tipo enorme quedaba a merced del caballero blindado, sujeto por quizá su único punto débil, el punto débil de todo hombre.

Ahora lo que entes era un enemigo se había convertido en un arma, una mole que le servía tanto como escudo como para empujar y golpear, imbuido por las energías de la bendición, como todo objeto a manos de Karel.

El gordo chillaba con una voz agónica cada vez más aguda. -¡Eh tranquilo! ¡Suéltame! ¡Nos iremos!- Y no hacía falta que lo jurase, pues la expresión en el rostro de aquellos bandidos había cambiado, ahora no era más que miedo lo que expresaban sus caras, y les falto tiempo para apartarse, huyendo tras un par de miradas para comprobar si eran perseguidos. El que se lanzaba por el aire hacia Karel se estampó sonoramente con el gigante que utilizaba de escudo y rebotó cayendo al suelo, arrastrándose de espaldas nervioso.

Ni dijo ni una palabra, como la reta que era se puso en pie son sorprendente agilidad, quizá motivado por un deshonroso instinto de supervivencia, y se abrió camino veloz hacia el otro de sus compañeros, caído en el suelo a espaldas de Karel, agarrándolo de un tobillo y corriendo a toda prisa. Huyendo del lugar entre las callejuelas que aquellas hienas bien conocían, arrastrando consigo a su compañero herido. Al menos tenían la decencia de no abandonar a uno de los suyos.

Todo ocurrió demasiado rápido, y ahora Karel se encontraba solo en aquel callejón con aquel gordo pillado de los huevos, nunca mejor dicho, que chillaba para recobrar su libertad. Si lo soltaba el resultado sería el mismo, entre quejas y lagrimas, la mole huiría a toda prisa. Aquella gentuza habría aprendido con quién no debía meterse, quizá se les quitasen las ganas de robar y agredir a otros en aquella ciudad durante una temporada. Pero esa era una batalla perdida, aquello estaba infestado y si no era esa banda, serían otras las que ocupasen su lugar en aquellos callejones de crimen y vicio.

El silencio pobló el callejón durante unos instantes, dejando al elegido por la Diosa sólo en la oscuridad, con el bullicio lejano que se escuchaba al doblar la esquina en ese mar de gente abarrotada, carteles de neón y avenidas insalubres. Pero aquel islote de paz en medio del ruidoso caos de la ciudad quedó pronto mancillado nuevamente. –…chst!- Una voz. –Eh, tú, sí, el de la armadura. Aquí arriba.- Alguien lo estaba llamando. Si miraba hacia arriba, podría ver a un tipo observándolo, desde unas derruidas y medio oxidadas escaleras de incendio de un edificio adyacente, un edificio abandonado al parecer, por el estado de aquel improvisado balcón metálico.

El hombre se lanzó con una ágil voltereta cayendo de pie frente a Karel, y allí quedó, de brazos cruzados, hasta que lentamente llevó una mano a su barbilla pensativo, elevando la mirada hasta los ojos del hiperbóreo. –He visto lo de antes. Poca gente es capaz de defenderse de esa forma.- Los ojos del hombre expresaban cierto interés, como si estuviera pensándose contarle algo o no. Analizando a Karel en silencio una y otra vez.

Aquel tipo vestía bastante extraño. Tampoco era raro, aquella era la capital del mundo, se podía ver cualquier cosa, pero el estilo era irreconocible para Karel, parecía del norte, pero nada que hubiese visto en Todheim ni la región de Norskland. Quién sabe, quizá de alguna aldea que no había visitado. Sus orejas eran humanas, pero se mostraban sutilmente apuntadas, lo que indicaba que tendría antepasados fallen.

-Sí, puede que me sirvas...- El extraño sonrió despreocupado y extendió una mano para estrecharla. –Mi nombre es Altair Cloudfield, encantado.- Rió un poco y comenzó a explicarse sin más. –Veras, estoy buscando a alguien que sepa defenderse, y defender a otros. Creo que eres el adecuado… Me espera un largo viaje y por la naturaleza de la travesía, preveo que nos encontraremos con más de un problema. ¿Te interesa? Nos vendría bien un protector, y es evidente que tu sabes manejarte bien con esa espada.- Rió una vez más, echando una mirada al arma. No parecía mal tipo, pero a saber… En aquel mundo fiarse del primero que pasa era pecar de ingenuo.

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Re: [AVENTURA INICIAL] "Luces y Sombras" [Ciudad Catedral, 7 de Noviembre - 897 d.g.]

Mensaje por Karel Stark el Mar Ago 05, 2014 6:48 pm

Evidentemente.

El resultado de aquella refriega había estado decidido desde un primer momento, la única diferencia entre Karel y aquellos tipos era que él era consciente de aquello. Les había avisado y advertido, pero ante su inconsciencia no le había quedado otro remedio que demostrarles el abismo que se abría entre su nivel y el de ellos: Para cuando todo hubo acabado, sólo el inmenso gigantón quedaba, reducido a una simple porra, o un escudo, en sus manos, gritando como una cría asustada y suplicando que lo soltase. Karel sonrió.


- Oh... ¿Eso es lo que os dicen aquellos a los que atormentáis? Dime... ¿Les hacéis caso? ¿Debería hacerlo yo?


Lo mantuvo de esa forma, podría seguir apretando, y en parte lo hizo, pero quería pintar el verdadero terror en su cara. Sólo cuando lo viese, lo estamparía contra una de las paredes con la suficiente fuerza para dejar claro que, ahora, era un juguete en sus manos: No le haría daño, porque sería contraproducente para sus objetivos, pero una vez se diese cuenta de que no estaba jugando le hablaría con tranquilidad, al oído, entre dientes.


- No vas a volver a atacar a una sola persona, ¿te ha quedado claro? Si me entero de que habéis seguido atormentando a gente inocente, y lo haré, volveré y, cuando lo haga, no habrá cirugía lo bastante avanzada para devolverte la poca hombría que aún te quede.  Pero soy misericordioso. Ayuda a la buena gente de este lugar, usa tu tamaño e influencia para algo útil y quizá decida que no me merece la pena volver por aquí. Quizá.


Esas últimas palabras estaban cargadas de un tono de amenaza tan patente que hubiese sido fácil para Karel hacer que el tipo se cagase y mease encima, pero tan pronto escuchó una respuesta, que esperaba fuese afirmativa, lo lanzó hacia un lado, asegurándose de que mordiese el polvo antes de poner pies en polvorosa.  Esperaba no volver a tener que saber nada de un pedazo de basura como aquel, aunque resultaba bastante evidente que aquella ciudad estaba contaminada hasta sus más íntimas tripas...  Pero también sabía que sólo era posible que algún día se recuperase si se le daba una oportunidad. El que ahora era una escoria sin apenas derecho a la vida podía ser el día de mañana un protector, con la motivación adecuada, y confiaba en habérsela dado con su demostración.  Pero lo que hiciera con ello ya no dependía en absoluto de él, y no tenía sentido hacer más.

Se dispuso a ponerse en camino cuando una voz le sorprendió desde arriba. Karel tomó inmediatamente algo con lo que defenderse, pero cuando se dio cuenta de que el tipo no parecía tener intenciones hostiles relajó la postura, aún cuando no pudo evitar sentirse algo molesto por el modo en que el tipo le estaba hablando. No le gustaba cuando la gente se ponía a medirlo de esa forma y encontraba cómico que hiciese mención de sus habilidades cuando ni siquiera había hecho el ademán de esforzarse en poner orden, pero tampoco era algo que encontrase necesariamente molesto, así que lo dejó pasar. Sin embargo, se encontraba intrigado por lo que le estaba diciendo. Tampoco reconocía la procedencia del tipo, aunque su raza era algo ligeramente más evidente.  Y, con todo, llegó la oferta, pero Karel sólo pudo mirarlo con una ceja alzada, recogiendo su espada del suelo y envainándola. Había ido a la Ciudad Capital para encargarse de unos asuntos y, si bien podía equivocarse, no parecía que los intereses de aquel tipo y los suyos coincidiesen, menos aún con lo que había visto... Había demasiada gente allí que necesitaba su ayuda e irse de viaje sería un movimiento de suma irresponsabilidad por su parte. Al menos, tal como lo vendía.



- Lo siento. Agradezco la oferta, pero si esta clase de cosas sucede a menudo y lo que decís es cierto, entonces resulta evidente que es necesario que alguien ponga algo de orden por aquí. Mientras se me requiera en este lugar no puedo irme, aunque espero que encontréis a quien pueda acompañaros.



Dicho eso se dispuso a marcharse, aunque antes se detuvo.


- De cualquier modo...¿Cuál es la naturaleza, el propósito, de vuestro viaje? Quizá conozca alguien que pueda ayudaros.



Desde luego, parecía que en esa ciudad se le necesitaba más de lo que el tipo podría parecer necesitarle, pero tampoco quería declinar la oferta sin ofrecer al menos una alternativa. Después de todo era su misión ayudar a tanta gente como fuese posible y, si le habían pedido ayuda, no podía simplemente marcharse sin más.   Aún cuando la necesidad de su presencia allí fuese mayor que la necesidad del tipo que tenía enfrente, no podía por ello dejar de escuchar más.  Eso, y quería darle una oportunidad más de explicarse. Conocía gente, algunos que podrían ser buenos acompañantes para una búsqueda, pero de poco serviría lo que supiese si la naturaleza de la misma era algo con lo que no podía prestar ayuda.  Y desde luego aquellos a los que conocía no eran baratos, exactamente...  Era cierto que ayudarían a quien pudiese pagarles, o a aquellos que se ganasen su simpatía, pero parecía claro que el tipo no era una persona exactamente millonaria, de modo que tendría que recurrir al otro método. Quizá.
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Re: [AVENTURA INICIAL] "Luces y Sombras" [Ciudad Catedral, 7 de Noviembre - 897 d.g.]

Mensaje por Señor de Terra el Lun Ago 11, 2014 11:10 pm

[Miércoles Posteo ^^]

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Re: [AVENTURA INICIAL] "Luces y Sombras" [Ciudad Catedral, 7 de Noviembre - 897 d.g.]

Mensaje por Maximilian Stenkerk el Miér Ago 13, 2014 8:21 pm



Tras sentarme, su Eminencia se puso en pie y caminó hasta posicionarse en el centro del gran salón ante todos nosotros y tomó de nuevo la palabra. El cardenal no parecía estar de acuerdo con mis palabras. Insistía en la necesidad de buscar una solución únicamente por medios pacíficos bajo la absurda idea de que eran los paganos los que deseaban un conflicto entre las razas inferiores, y por tanto teníamos que evitarlo. Sandeces y patrañas. Las evidencias de que las razas inferiores confabulaban con esos criminales eran inapelables. Todos lo habíamos podido ver en esa sala. La amenaza era real, y no estar preparados ante lo que estaba por llegar era una absoluta negligencia y falta de criterio por parte del cardenal Crawley que podríamos llegar a pagar muy caro. Era más que evidente que las ponzoñosas ideas del cardenal Mindszenty y sus acólitos habían envenenado los oídos de su Eminencia.

Sin embargo, si era voluntad del cardenal Crawley, y por tanto de su Santidad, el mostrar debilidad y confianza ante esas criaturas traidoras, mi deber y obligación como obispo y como Stenkerk era obedecer y cumplir con eficacia… Por el momento. Y todo esto nos llevaba de nuevo a la pregunta del principio, ¿por qué yo? Si el cardenal Crawley ha prohibido tajantemente el mantenernos firmes ante esta amenaza, ¿por qué avisar a un obispo de la corriente del cardenal Willebrands y no a uno de los siervos del cardenal Mindszenty? No tenía sentido alguno… A no ser que fuese algo deliberado… Entonces, si se trataba de una argucia, ¿qué es lo que estarían tramando? Debía dar cuenta con urgencia de todo lo ocurrido aquí, así como mis sospechas al cardenal Willebrands.

Una vez que el cardenal Crawley terminó de hablar dio por terminada la reunión. De nuevo me levanté, he hice una reverencia al cardenal. Luego éste abandonó la sala por una puerta tras el trono de mármol, y el resto de asistentes hicimos lo mismo por el portón principal mientras los sirvientes lo cerraron tras nosotros. Todos permanecían en un silencio intrigante, y he de confesar que algo decepcionante, tenía la esperanza de poder captar algo de sus susurros y conversaciones. Pero pese a todo, su silencio no podía encubrir lo que me mostraban sus rostros torticeros y maquinadores, estaba más que claro que se traían algo entre manos.

Así, tan pronto como pude abandoné la torre del Exarca, en cuya puerta me esperaba mi carruaje, y en cuanto me vieron aparecer, los lacayos abrieron las puertas del coche. Me subí a su interior y antes de acomodarme en los asientos acolchados me asomé por la ventanilla. – Al palacio de la Ópera de inmediato. – Le dije al cochero. Me esperaba un viaje larguísimo y agotador, y eso sin contar la deprimente ausencia de placeres a la que me enfrentaba en mi odisea, por lo que, aunque llegase tarde, no estaba dispuesto a renunciar a poder deleitarme con la embriagadora vez de Melissa Detforde.

Al llegar me bajé del carruaje y atravesé el pórtico de columnas de la entrada del Palacio de la Ópera. Una vez dentro me encontraba en el vestíbulo, un lugar de un encanto y atractivo mágico. El suelo era de mármol dorado, el techo abovedado y repleto de frescos, las paredes presididas por pilastras, nichos con estatuas y columnas entorchadas. Subí por las grandes y majestuosas escaleras de mármol que conectaban con las galerías superiores y los palcos privados para llegar al mío. Al entrar un sirviente me recibió con una reverencia y me acompañó hasta mi butaca, donde me senté cómodamente para disfrutar del espectáculo. Luego, me ofreció una copa de Chardonnay que acepté gustosamente. Miré desde el palco para buscar al cardenal Willebrands. Como me esperaba estaba sentado en su palco privado disfrutando de la velada. Una vez hubiese acabado le buscaría y solicitaría una audiencia privada para tratar lo ocurrido en la reunión.

La obra ya había empezado hacía bastante rato, y se encontraba ya cerca del final del tercer acto. Una lástima, pero aun así podía disfrutar de lo que quedaba de “Titania, reina de Albor”. En esos momentos estaba Titania en escena, interpretada por Melissa Detforde, furiosa con su hija Fairiel, pues se había enamorado del paladín Daniel Farasto. Un amor imposible. Daniel era un humano que encabezaba la cruzada para poner fin a la herejía de Titania, mientras que Fairiel era una fallen hija de una bruja hereje, la reina Titania de los fallen.

Titania, sobre un fondo de furiosos metalófonos gritaba iracunda a su hija, puñal en mano, por la traición que suponía el haberse enamorado de Daniel. “¡Una sed infernal de venganza hierve mi corazón! ¡La muerte y la desesperación! ¡La muerte y desesperación arden a mi alrededor!” El tono de Titania aumentaba por momentos y era cada vez más agudo. “¡Si Farasto no siente por tu mano, los dolores de la muerte! ¡Los dolores de la muerte! ¡Nunca más volverás a ser hija mía! ¡Nunca más! ¡Nunca más volverás a ser hija mía!”  Titania empezaba a emitir unos mágicos gritos de furia al compás de los instrumentos de cuerda que guiaban sus lamentos. “¡Si Farasto no siente por tu mano, los dolores de la muerte! ¡Nunca más volverás a ser hija mía!” Volvía a repetir. “¡Repudiada por toda la eternidad! ¡Destruidos por toda la eternidad los lazos de la Naturaleza! ¡Repudiada, destruida! ¡Repudiada si Farasto no expira por tu mano!”  Podía sentir como la furia y la ira de Titania me inundaba y se aferraba a mi interior. Era una experiencia embriagadora, podía sentir todo lo que Melissa desprendía con su mágico canto. Esta aria era una de mis partes favoritas de la obra del maestro Phillipe Blanchard.

De pronto llamaron a la puerta, y di la orden al sirviente para que le dejara pasar. Sabía quién era. Como siempre, aprovechaba la intimidad de la ópera para reunirme con Julius Asgail y tratar con el los asuntos de negocio. – Excelencia. – Dijo Julius. Iba vestido con un traje negro y su característico bombín. Su rostro envejecido y aguileño, como siempre, no desprendía ningún tipo de emoción o sentimiento.

– Dejadnos a solas. – Ordené al sirviente y ésta abandonó diligentemente el palco. – Acercáis, Julius, por favor.

– Sí, Excelencia.

– Seré breve, escuchad con atención. – Dije susurrando. – Mañana al alba he de emprender un viaje. La naturaleza del mismo no puede ser revelada, pero necesito que hagas ciertas cosas por mí… Es de vital importancia mantener controlados a la embajadora de Infernalia, al embajador munchkin y a la embajadora de Albor. Necesito saber todo lo que hagan, lo que traman y sus “debilidades” en caso de que sea necesario hacer uso de ellas. Por último, necesito que averigües todo lo posible sobre ciertas personas. – Le entregué una nota con los nombres de mis nuevos acompañantes: Selena Blackmaw, Hans Ferthain, Tarik Argaon, Mairon Junamek, Lillian Tempest, Jared Benditch, Alric Truefort y Grace Buckle. –Tendrás que buscar el modo de contactar conmigo de forma segura una vez que haya partido. Eso es todo, podéis iros.

– Como ordenéis excelencia. – Dijo Julius, y abandonó el palco. Si en alguien podía confiar era en Julius. Durante sus años de servicio a la casa Stenkerk había demostrado una pulcra eficiencia y una asombrosa determinación en lograr sus objetivos.

Mientras hablábamos la obra había continuado y ya estábamos casi al final. Fairel, avergonzada y temerosa de la ira de su madre había ido en busca de Farasto e intentó apuñalarle para obtener el perdón de Titania. Sin embargo, Fairel murió a manos de Farasto cuando éste se defendió. Luego, iracundo fue en busca de Titania por haberle obligado a matar a su amada, pero la reina bruja mató a Farasto con su hechicería y se burló del fallecido héroe.

De repente el cielo comenzó a temblar al compás de las fanfarrias. “Titania”  Dijo una voz profunda y serena. Era Metatrón, que descendía de los cielos para impartir justicia. “¡Titania! ¡A Dios rechazasteis! ¡Al Caos os entregásteis! ¡Y he venido a por vos!”  Mientras, la orquesta sonaba augurando con su terrorífico estruendo el fin de los tiempos. En tono despectivo y arrogante Titania tomó la palabra. “¡Jamás lo hubiera creído, pero te veo aquí!¡Tus palabras no me asustan, pues poder no tienes frente a mí! ¡Tú campeón yace muerto a mis pies!”  Metatrón interrumpió a Titania. “¡Silencio, bruja! ¡Silencio, bruja! ¡Pues he venido para que me escuchéis!”   Titania airada le contestó “¡Habla pues! ¡¿Qué pides?! ¡¿Qué quieres?!”. “¡Hablo! ¡Escucha! ¡Pues no tienes mucho tiempo!” . Repitieron ambos tres veces más. Entonces Metatrón volvió a tomar la palabra. “¡Arrepentíos! ¡Arrodilláos! ¡Arrepentíos! ¡Pues la Justicia ha venido a por vos!” . Titania furiosa cantó “¡De cobardía jamás será acusada! ¡Ante vos jamás me inclinaré!”  Luego la reina convocó su brujería y atacó a Metatrón sin éxito, éste se acercó a ella y le agarró con fuerza por la muñeca. El rostro de Titania cambió totalmente y el pánico se apoderó de ella. “¡Ay de mí! ¡¿Qué me ocurre?! ¡¿Qué es esta gelidez?!” “¡Arrepentíos, abrazad a Dios! ¡Es el último momento!”  Contestó Metatrón. “¡No, no, no! ¡No me arrepiento! ¡Aléjate de mí!” “¡Arrepentíos, desalmada!” “¡No!” “¡Arrepentíos!” “¡No!” “¡Arrepentíos!” “¡No, no, no!”

Entonces Metatrón soltó a Titania cayendo al suelo aterrada, y el Arcángel dictó su sentencia mientras los instrumentos de cuerda al unísono: “¡Ah! ¡Ya no os queda tiempo! ¡El fuego de la verdad ha llegado!” . De repente el escenario fue inundado por un aterrador espectáculo pirotécnico que emulaba las llamas del infierno mientras Titania se retorcía de dolor y era rodeada de demonios que bailaban a su alrededor portando antorchas. Era un espectáculo magnífico y aterrador. “¡Qué insólito pavor se apodera de mí! ¡¿De dónde surgen esos torbellinos de fuego y dolor?!¡¿Quién lancera mi alma?! ¡¿Quién agita mis entrañas?! ¡Qué terror!”  Cantó aterrada Titania, mientras de fondo, un coro emulando las voces del infierno repetía sin cesar “¡Todo es poco para tus culpas! ¡Hay un mal peor para ti!” Y finalmente Titania fue arrastrada a las profundidades del infierno para pagar sus culpas. Magnífico. Exquisito. Simplemente embriagador, una experiencia que llegaba a lo más profundo del alma.

Una vez acabada la obra abandoné mi palco lo más rápido que pude para buscar al cardenal Willebrands. Lo encontré en uno de los salones contiguos charlando con otros altos cargos religiosos. Entré en el salón y me aproximé al cardenal. Nada más verme me saludó. –¡Oh, Maximilian Stenkerk, cuan grata sorpresa! ¿Qué os trae a mi presencia? – Al pertenecer a su corriente política, había tenido el honor de estar con el cardenal Willebrands en algunas ocasiones, aunque con quién solía tratar personalmente era con el arzobispo Schönborn, mi mentor. Sin embargo, debido a lo delicado de la situación, era más prudente hablarlo directamente con el cardenal.

– Buenas noches, su eminencia. – Me incliné ante el cardenal y besé su anillo pastoral. – Excelencias… – Saludé al resto de los presentes. – Con la venia de su eminencia tengo ciertas cuestiones que me gustaría tratar con vos, si me lo permitís…

– Dejadnos solos. – Ordenó el cardenal, y todos los demás abandonaron el salón dejándome a solas con él. A continuación, le relaté lo acontecido en la reunión secreta así como mis inquietudes ante las palabras del cardenal Crawley y sus extrañas decisiones. Su eminencia el cardenal Willebrands escuchó atentamente mis explicaciones y me agradeció que compartiese esa información con él. Me dijo que por el momento cumpliese con lo que me había ordenado el cardenal Crawley mientras el reflexionaba sobre mis palabras, afirmando que llegado el momento se volvería a poner en contacto conmigo.

Acto seguido, hice una reverencia, y me marché satisfecho por su respuesta. Abandoné el edificio y me subí en mi carruaje de nuevo a mi palacete. Me quedaban ya pocas horas para irme y todavía quedaban muchas cosas pendientes por hacer. Llegué de madrugada, pero el servicio permanecía despierto aguardando mi llegada, tal y como tenía que ser. Lo primero que hice fue ir a mi despacho y servirme una copa de coñac. Eso me ayudaba a pensar. Luego hice llamar a Aengus. – Es preciso que mañana sea despertado antes del alba. Tengo un viaje muy importante y me ausentaré durante varias semanas. – De hecho no sabía cuánto tiempo iba a estar ausente. Me encontraba confuso y algo temeroso sobre lo que se venía encima. Tal y como había explicado el cardenal Crawley era una misión muy delicada, y probablemente peligrosa… No me gustaba nada esa idea… – Quiero que mi equipaje esté preparado cuando me levante. Asegúrate de que haya todo lo necesario, incluido mi uniforme ceremonial y mi bastón pastoral. Podéis iros. – Le dije mientras le indicaba con la mano que se marchase. Una vez se fue, me senté en mi escritorio, cogí papel y pluma y empecé a escribir. Era una carta al diácono Hilbertus Culten. En ella le indicaba que tenía que emprender un viaje, aunque no le desvelé su verdadera naturaleza. Solo le indiqué que era un retiro espiritual, y que en mi ausencia, cuidase de mi congregación.  Luego sellé y lacré la carta, dejándola sobre la mesa para que Aengus la enviase.

Di un sorbo a la copa de coñac y me puse a pensar. ¿A quién más debería avisar de mi ausencia?... Lissane… Mi hermana… A ella tendría que avisar de mi partida… Pero una carta no hubiese sido la forma más correcta teniendo en cuenta nuestra relación y la trascendencia de mi viaje. Tendría que decírselo en persona… Sí, era mi deber decírselo. A la mañana siguiente antes de ir al arco de Enariel me pasaría para despedirme, eso era lo correcto.

Miré la hora, ya era tardísimo y estaba agotado, por lo que decidí irme a acostarme. Llamé a Aengus para que me ayudase a desvestirme y preparase mi dormitorio, y me fui a dormir.

Tal y como ordené, fui despertado por Aengus antes del alba. Como era la costumbre, ya tenía preparado la bañera para que me diese el baño matutino antes de empezar con mis quehaceres. Tras el relajante baño, me ayudó a vestirme, y me llevó el desayuno a mi despacho. No tenía demasiado tiempo por lo que debía apremiarme. Al terminar, me aseguré de que todo estuviese listo y me preparé para la partida. En el vestíbulo me esperaba todo el servicio de la casa en perfecta formación para despedir a su señor. – Excelencia. Le aseguro que durante su ausencia la casa mantendrá la misma eficacia de siempre. – Se despidió el mayordomo de la casa, Arthur Gielgud, un hombre ya mayor, de oronda figura, facciones gruesas y rostro congestionado. Asentí y sin mediar palabra abandoné mi hogar.

Me entristecía el saber que no lo volvería a ver en una buena temporada. A la puerta de la casa me esperaba mi carruaje con la puerta abierta por los lacayos y el equipaje ya colocado sobre él. Subí, y le grité al cochero. – ¡A los cuarteles del Martillo Áureo!

Tener que ver a mi hermana me ponía muy nervioso. Pese haber podido superar nuestras diferencias del pasado, nuestra relación seguía siendo tensa y nuestros breves y esporádicos encuentros no solían acabar de la forma más civilizada. Aun así, tenía que despedirme de ella, era mi hermana y la quería. Durante el trayecto estuve pensando en que decirle y cómo decírselo, pero era una situación difícil, y no lograba encontrar las palabras correctas.

Al cabo de un rato llegamos a los edificios principales del Martillo Áureo, con suerte Lissane todavía estaría en sus aposentos. Bajé del carruaje y entré en el edificio. Tras un buen rato deambulando, llegué hasta donde se encontraban las celdas de los soldados, y llamé a la puerta de mi hermana. La puerta se abrió y allí estaba ella. Tan dulce como siempre, pese a todo por lo que había pasado. Llevaba su larga melena roja recogida en una trenza, e iba vestida con una ornamentada armadura pesada. – ¿Maximilian? ¿Qué… qué haces aquí? No te esperaba.

– Lissane… – Contesté. – Me alegro de verte. Me gustaría hablar contigo.

– Yo… Yo también me alegro. Adelante, pasa. Aunque no tengo mucho tiempo, me tengo que ir, en breves comenzaremos los entrenamientos. – Entré en su celda. Era un habitáculo muy pequeño, y muy desordenado, impropio de una dama de la nobleza como era ella, pero me resistí a comentarle nada, había cosas más apremiantes de las que quería hablar. – Y bien, ¿qué es eso tan importante de lo que querías hablar?

Respiré hondo volviendo a pensar cómo explicárselo. – Me marcho. Esta misma mañana. Tengo que hacer un largo e importante viaje, y no sé cuándo volveré. Quería despedirme.

– No entiendo, ¿cómo que te marchas? ¿A dónde?

– Me está prohibido decirlo, lo siento. – Esa respuesta, como era de esperar no agradó a Lissane. – Solo has de saber que es un viaje peligroso, y existen posibilidades de que no vuelva. Por eso quería decirte adiós… Y… Una cosa más. Es muy importante que escuches esto… – El rostro de Lissane se puso tenso, ya sabía las palabras que le iba a decir. – En caso de que me suceda cualquier cosa, recaerá sobre ti el peso de nuestro apellido…

– ¡Argh! ¡Ya estás otra vez con lo mismo!

– Lissane. – Dije muy serio, era muy importante que comprendiese esto. – Escúchame, por favor. – La agarré con las dos manos los hombros. – Esto es muy importe, es algo que trasciende mucho más allá de nosotros. ¡Somos Stenkerk! ¡Hemos heredado un legado! ¡Un nombre con siglos de historia sobre él! ¡Un nombre de gloria y honor! ¡Fuimos bendecidos por Dios al recibirlo! ¡Y es nuestra obligación portar con orgullo este símbolo! – Dije mientras señalaba el cóndor de mi anillo, emblema de la casa Stenkerk. – ¡Es nuestra obligación mantener su honor! ¡No por nosotros, sino por las generaciones pasadas! ¡Y las generaciones que están por venir! Y mientras no engendre un heredero, en caso de que me ocurra algo, recaerá sobre ti garantizar la supervivencia de nuestro apellido. – De hecho, el tema de mi heredero ya lo había tratado en varias ocasiones con el arzobispo Schönborn. En caso de que me ocurriera algo me había garantizado que se encargaría personalmente de un digno pretendiente para su estatus, y de hablar con el cardenal Willebrands para conseguir que la descendencia de ese enlace pudiese seguir portando el apellido Stenkerk.

– ¡No! ¡Escúchame tú a mí! ¡Siempre es lo mismo! ¡Estoy harta! ¡¿Tanto os cuesta entender a todos qué lo único que quiero es vivir mi propia vida?! ¡Qué lo quiero es ser yo misma! ¡Estoy harta de vuestra maldita obsesión! ¡De la tuya, la de Padre, la de todos en esta maldita ciudad! ¡Eso fue lo que arruinó nuestra familia! ¡La que me hizo vivir un infierno durante toda mi vida! – Lissane me apartó de un empujón. Se podía ver las lágrimas recorrer sus mejillas antes de darse la vuelta. – Maximilian, vete, por favor.

– Lissane, por favor…

–¡Vete! – Gritó furiosa.

Su comportamiento y palabras me dolieron. No entendía como se negaba a cumplir con sus obligaciones, como era incapaz de comprender cuál era su destino. Entonces me di media vuelta y salí de la habitación, deteniéndome en la puerta. – Adios, Lisanne… – Suspiré y murmuré más para mí que para ella. – Te quiero… – Luego, me fui. Me apenaba profundamente que todas nuestros encuentros tuviesen que acabar así. Que no pudiese ser capaz de ver más allá de sus narices, de madurar y comprender que ser un Stenkerk es un honor que conlleva una gran responsabilidad, una responsabilidad que se contrae desde el día del nacimiento hasta el día de la muerte. Quizá algún día mi hermana fuese capaz de entenderlo… Quizá…

Triste, enfadado, y dolorido por mi pierna abandoné el edificio del Martillo Áureo y volví a subir a mi carruaje. – ¡Al Arco de Enariel! ¡Ya! ¡Ya! ¡Ya! – Grité enfadado. Tenía que serenarme y relajarme, o todo esto acabaría nublando mi mente, y era algo que no me podía permitir ni un momento ante lo que se venía.

Pese a haberme entretenido bastante, y haber tenido que apremiar al cochero en más de una ocasión para que se diese prisa, conseguimos llegar a tiempo al lugar de reunión, el Arco de Enariel, a la salida de la Gran Catedral. Allí ya estaban esperando la hermana Burckley y los dos exorcistas. El resto brillaban por su ausencia, aunque tampoco era de extrañar. La decencia y el decoro eran virtudes cada vez más ausentes. Como mi pierna me estaba molestando bastante y no estaba de humor para charlas triviales decidí permanecer sentado en el interior de mi carruaje hasta que llegase la diligencia que nos transportaría hasta Infernalia, y que también se estaba retrasando.

El resto de miembros de la comitiva fueron llegando poco a poco, y el transporte no llegó hasta media hora después de lo acordado, toda una falta de organización que debería haber costado el empleo a alguien. Cuando llegó no pude evitar sentirme sorprendido ante la peculiaridad del transporte que nos llevaría a nuestro destino. Se trataba de un extraño vehículo compuesto por cuatro carrozas ancladas cuya tracción eran seis salamandras, grandes reptiles de escamas negras, seis patas y aspecto no muy agraciado que habitan las montañas Raknar e Infernalia. La verdad es que no me generaba mucha confianza montar un vehículo arrastrado por esos extraños seres, pero lamentablemente era la única opción de transporte viable para atravesar las volcánicas tierras de Infernalia.

Me bajé del carro y ordené a los lacayos que descargasen mi equipaje y lo pusiesen a buen recaudo en el último vagón junto a los pertrechos de mis compañeros de viaje. Luego, el cochero de tan extraño convoy me ayudó a subir al segundo vagón mientras descaradamente se atrevió a quejarse del exceso de gente en un vano intento de exonerarse de responsabilidad por su retraso, por lo que le lancé una mirada reprobatoria ante tal impertinente comentario. El resto de personas fue repartido entre los diferentes vagones, estando en el primero los inquisidores, confabulando sobre sabrían los ángeles qué. En el segundo, desafortunadamente, también fueron colocados los dos exorcistas y la monja de la Orden Hermética. Me desagradaba profundamente el tener que ser enclaustrado en un espacio tan pequeño y abarrotado durante los días que durase el trayecto. Por último, el Guardia Teutógeno iba en el tercer vagón solo, aunque bien es cierto que esa mole ocupaba el espacio de cuatro personas. Aun así, me pareció bastante irrespetuoso que ese zafio soldado gozase de un transporte para él solo y un Stenkerk como yo se viese obligado a estar hacinado en ese habitáculo con otras tres personas, pero no me quedó otra opción que resignarme…

Una vez que estuvimos todos distribuidos y el equipaje asignado, el conductor dio la señal para empezar el viaje. Tengo que confesar que mis expectativas de viaje eran realmente pésimas: Tener que renunciar al placer de mi hogar en Altaciudad, a mis obligaciones y compromisos sociales, dejar atrás a mis feligreses, conocidos y amigos, no volver a disfrutar de los lujos de la aristocracia de Ciudad Catedral en una larga temporada, etc. Pero la realidad fue mucho peor de lo esperado. El viaje fue un verdadero infierno. Cuatro días de viaje… Cuatro días encerrado en ese cubículo sin espacio. ¡Cuatro días de infinita tortura soportando el traqueteo del camino, los insufribles asientos y los constantes dolores de pierna! Y eso sin hablar de la árida compañía. Por suerte llevaba varios libros y tratados a mano para poder entretenerme, además de refrescar mis conocimientos sobre derecho canónico de mis tiempos en el seminario cuando me formaba para ser sacerdote, y que me resultarían sumamente útiles para las negociaciones…

Por fin al atardecer el cuarto día de viaje se pudo divisar los picos más altos de las Montañas Raknar. Eso significaba que ya estábamos cerca de acabar ese horrible viaje, aunque todavía quedaba la peor parte de la travesía. Para poder llegar a la capital de los demonios había que atravesar las tierras volcánicas de las montañas, y aunque las salamandras eran criaturas adaptadas a este entorno el trayecto era duro y peligroso. Las constantes sacudidas de los carros por el abrupto camino, los giros brucos  para esquivar los obstáculos, la subida y los gases venenosos me marearon y me ocasionaron fuertes dolores de cabeza. Pero lo peor de todo fue la lava. Infinitos ríos de lava surgían en todas direcciones y las criaturas evitaban como podían pasando a escasos centímetros de una muerte segura. Aunque lo negase en público, el pánico me inundó ante lo que parecía una muerte inminente pues en varias ocasiones estuvimos a punto de volcar y caer sobre la roca fundida.

Varias horas después de infernal travesía por fin los grandes portones de Infernalia se abrían ante nosotros. Aunque lo más correcto hubiera sido decir que permanecían cerrados ante nosotros. Al llegar a ellos los guardias demonios de la ciudad en un alarde de insolencia se negaban a dejarnos entrar. ¿Qué clase de insulto era ese? Era una ofensa que negasen el paso a una comitiva de la Eclesia. Un insulto a nuestro honor y a toda la Santa Institución. Tras una acalorada discusión, de la que no fue participe, por exigencia del propio Cardenal Crawley, tal y como especificó en la reunión, entre el cochero y los guardias por fin abrieron las puertas y nos dejaron entrar en la ciudad. Y aunque logramos entrar eso solo era un augurio sobre lo que nos esperaría.

Nada más entrar fuimos rodeados por un batallón de soldados demonios y nos exigieron que abandonásemos el convoy y nos obligaron a seguirles hasta el palacio real. Estaba colérico por las continuas humillaciones que estábamos sufriendo por estos seres. Yo era un Stenkerk y un obispo de la Eclesia Central, no tenía que ser tratado de esa forma tan vejatoria. Tendría que haber sido recibido por toda una comitiva diplomática que agradeciese mi visita a su ciudad de rodillas. Una delegación que se ofreciese a servirme durante toda mi estancia en su ciudad, y proveerme de todo lo que necesitase para llevar a cabo la cumbre diplomática de la manera satisfactoria. Una comitiva que nos temiese a sabiendas de que su lamentable destino estaba en mis manos. No eso.

Si no estuviera tan colérico por el trato recibido y agotado por el viaje hubiera sido capaz de apreciar la peculiar belleza de Infernalia. La ciudad se encontraba construida en una oquedad natural dentro del propio volcán e iluminada con la terrorífica luz del magma y lava que inundaba la urbe demoníaca. Había que reconocer que Infernalia, pese haber sido construida por los demonios tenía cierto encanto exótico. Rara vez había salido de Ciudad Catedral, y desde luego esta era la primera vez que estaba en una ciudad no-humana, por lo que era una situación totalmente nueva para mí. Las calles y avenidas de la ciudad estaban compuestas por la propia piedra volcánica de la montaña perfectamente pulida. El hierro dominaba todas las estructuras de la ciudad, que era atravesada a su vez por gigantescos puentes del mismo material que colgaban sobre el magma. Lo que ya no era tan agradable era el sofocante calor. Pese a estar en pleno noviembre, con el frío y las lluvias envolviendo todo Terra, Infernalia parecía estar en pleno verano.

Al cabo de una humillante y agotadora caminata con mi pierna produciéndome estragos llegamos a la entrada del Palacio Real de Oberon. Éste se encontraba en el centro de la urbe. Era una enorme mole de piedra que se alzaba desde el suelo hasta el techo y estaba rodeado de magma. No gozaba de ningún tipo de belleza, y la estructura brillaba por su falta de sutileza. Era una forma tosca y bruta sin refinamiento alguno, y aun así en su brutalidad desprendía un extraño encanto que no podía describir. Entramos por sus portones y dimos a un gran vestíbulo donde nos sometieron a una nueva humillación. En vez de recibirnos con diligencia y respeto debido a nuestro estatus, nos hicieron esperar una eternidad hasta que dos grandes demonios de sinuosa cornamenta y ataviados con pesadas armaduras, que sin duda pertenecerían a la Guardia Real, nos escoltaron a través de unas grandes escaleras de basalto u obsidiana hasta llegar a una austera antesala de piedra. Allí, de nuevo nos hicieron esperar, aunque al menos me pude entretener disfrutando con los grabados de la puerta de hierro donde se mostraban acontecimientos históricos de la cultura demoníaca. Aunque tenían más de mitología que de historia, e incluso más de uno podría llegar a ser considerado herético pues mostraban escenas falsas que atentaban contra la “Verdad Eclesiástica”.

Una vez los portones se abrieron cruzamos una larga galería flanqueada por grandes esculturas de demonios y súcubos talladas en mármol negro y en cuyas manos sujetaban unas esferas luminosas que daban una atmósfera lúgubre y misteriosa al pasillo. Al final de la galería había un pedestal presidido por un enorme trono. En él se encontraba sentada una gran figura de tez rojiza, ataviada con una pesada y ornamentada armadura, y con el cráneo coronado por diez cuernos. Era el rey, Oberon. El monarca estaba rodeado por varias súcubos concubinas, una clara muestra de la decadente e indecente sociedad de Infernalia.

Era evidente que el rey quería reunirse con nosotros en ese preciso momento. No me agradaba la idea. Las cumbres diplomáticas mantenían un minucioso protocolo para ser llevadas a cabo, y renunciar a él era renunciar a la misma esencia de la civilización y el orden. Sin embargo no había más opción pues habíamos sido traídos a la fuerza. Así pues, me puse a la cabeza de la comitiva, y atravesé cojeando la galería hasta llegar a la altura del trono. A fin de cuentas me correspondía a mí tratar con el rey tal y como ordenó el cardenal Crawley. Oberon no se dignó ni a levantarse del trono para recibirnos. Permanecía sentado con una mirada desinteresada y soberbia de profundos ojos negros. Las únicas palabras que emitió fueron la exigencia de explicaciones por nuestra presencia.

Esa conducta era un insulto imperdonable. No solo a mí, que ya de por sí era algo suficientemente humillante, sino a todo la Eclesia y a Dios, pues yo era su representante ante él. Sin embargo recordé las obligaciones que me impuso el cardenal Crawley, me serené y esgrimí una sonrisa condescendiente en mi rostro. – Salve, Rey Oberon de Infernalia. – Saludé respetuosamente mientras efectuaba una reverencia. – Nos sentimos honrados por ser recibidos por su gloriosa majestad. En nombre del Sumo Exarca y de la Santa Eclesia deseo agradecer vuestra recepción. – Hice una pequeña pausa para respirar profundamente. – Como bien sabe vuestra majestad, desde los días de la “Pax Dei” y la firma del Concordato de Infernalia, las relaciones entre vuestro reino y la Santa Eclesia han sido sinónimo de prosperidad, lealtad y paz. Y el Sumo Exarca, a través de mí y de mi voz, desea manifestaros que Infernalia puede encontrar y encontrará siempre a un leal amigo en la Eclesia, en el que confiar y buscar ayuda. Por todo esto, y en virtud del artículo trece del Concordato de Infernalia, así como en la legendaria hospitalidad de vuestro pueblo solicitamos poder alojarnos en su ciudad con el fin de tratar y mejorar las relaciones bilaterales entre Infernalia y la Santa Eclesia, e intentar solucionar aquellas cuestiones que puedan o que pudiesen suponer una distensión entre ellas para lograr seguir manteniendo esta próspera relación de amistad y colaboración entre ambas que ha durado siglos, y esperamos de todo corazón que sigan durando muchos siglos más. Por ello nos honraría profundamente seguir contando con la honorable amistad y colaboración de Infernalia ante las oscuras sobras del Mal que pueden estar acechando a las nobles gentes de este mundo con el fin de propagar el Caos, la miseria y la destrucción. – De nuevo, al acabar hice una reverencia ante el rey Oberon mientras sonreía amablemente. No me agradaba nada la humillación por la que el cardenal Crawley me acababa de hacer pasar ante el rey Oberon. Era toda una muestra de debilidad y cobardía ante las injurias propinadas por nuestros enemigos, pero era la voluntad su Eminencia, y por tanto, del Exarca, por lo que mi deber era obedecer.




FDI:

Velocidad 0 = Acciones 1
Acción 1: Pronunciar pequeño discurso ante Oberon + Activar técnica “El canto del ruiseñor”


Por último pedir perdón por el manejo de tantos NPCs, y en concreto por lo de Julius, ya que puedo haberme pasado bastante ahí, pero me pareció que hacer eso sería precisamente lo más acorde a la propia naturaleza del personaje, y lo que exigía el guión y los antecedentes de Maximilian ya que siempre ha recurrido a Julius para ese tipo de asuntos y lo extraño sería no hacerlo, por lo que en verdad me estaría saliendo fuera de la propia reacción natural del personaje.


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Re: [AVENTURA INICIAL] "Luces y Sombras" [Ciudad Catedral, 7 de Noviembre - 897 d.g.]

Mensaje por Señor de Terra el Vie Ago 15, 2014 2:18 am

KAREL

Al ver que Karel declinaba la oferta, el tal Altair quedó en silencio mirándolo extrañado, como si lo que acabase de oír fuese una autentica locura y se estuviese debatiendo si el contrario hablaba en serio o era algún tipo de broma.

-¿Me lo estás diciendo en serio?- Pero Karel no reía, así que el extraño tipo estalló en carcajadas. -¿En serio crees que puedes acabar con toda la corrupción de Ciudad Catedral? ¿Tú solo? Más fácil sería vaciar el océano con un cuentagotas… – Se acercó un poco, siguiéndole unos pasos al ver que Karel se iba a marchar.

-¿No entiendes que la solución no es ir solucionando las pequeñas miserias? Estos tipos a los que acabas de dar una lección, seguramente estén en estos momentos atracando o asesinando a cualquier otra persona indefensa en algún otro callejón oscuro. Es imposible reformar a toda la sociedad uno por uno. Ni siquiera acabando con ellos conseguirías nada… o sí, un viaje de no retorno a las mazmorras de la inquisición…- torció un poco la sonrisa mientras hablaba.

Fue entonces cuando Karel se paró para preguntar sobre la naturaleza del viaje, y Altair sonrió satisfecho, parecía haber estado esperando esa pregunta.

-Precisamente, nuestro viaje tiene algo que ver con todo esto. A la sociedad le hace falta un cambio, un cambio a mejor. La Eclesia nos gobierna con puño de hierro, pero no son más que los instigadores de toda esta degeneración y delincuencia. Ellos disfrutan de la paz, el poder, los lujos en su Altaciudad, mientras aquí la gente pasa hambre y vive con miedo, a merced del crimen y ratas como las que has encontrado antes.- Su rostro ahora era serio, con el ceño fruncido mientras hablaba, señal de lo mucho que creía en su causa.

-¿No crees que si pudieras hacer algo para liberar a la humanidad de esta lacra corrupta, erradicar el foco del problema, sería más útil que ir por las calles haciendo de justiciero?- Se encogió de hombros, tras presentar su argumento, la elección era de Karel, y Altair tampoco iba a obligarle a nada.

-Bueno, creo que ya he hablado demasiado. Si no estás interesado tampoco pasa nada, ya encontraré a alguien capaz. Mi hermana y yo nos dirigimos al norte. Si por casualidad cambias de opinión, mañana saldremos de la ciudad por la Puerta de Valariel a las siete de la mañana. Si allí te encuentras serás bienvenido. Sino… pues nada, ha sido un placer…- Se llevó los dedos a la sien en un gesto de despedida, y sin más se dio media vuelta.

Al alejarse un poco, Karel podría ver como empezaba a ganar velocidad, corriendo hacia una de las paredes del callejón. Pisó la pared con un salto, tomando impulso contra el muro lanzarse contra el edificio de enfrente y con suma habilidad ascendió saltando entre ambos edificios hasta perderse en las alturas.

[FDI: Puedes interpretar lo que quieras por la ciudad hasta la mañana siguiente. Si decides ir con ellos ve al sitio indicado en la hora señalada, sino, puedes hacer cualquier otra cosa.]



MAXIMILIAN

El rey de los demonios escuchó atento las palabras diplomáticas de Maximillian. Mucha palabrería, mucha educación y respeto, pero lo único que pedía era hospedaje. El enorme demonio agudizo los ojos, con sospecha, pero no dijo nada en un principio. Por alguna razón todo aquel discurso había despertado su curiosidad, lo suficiente para dejarle terminar, pese a la indignación que sentía por el contenido del mensaje. Hasta que Maximilian terminó su monólogo.

Antes de responder hizo un gesto con las manos apartando a las súcubos que se retiraron al instante. Se fueron caminando sinuosamente, algunas de ellas, juguetonas, lanzaban besos y guiñaban ojos a la comitiva humana de recién llegados. Los seducían con descaro, y más de uno se sonrojó o sonrió entre los inquisidores, hasta que aquellas casquivanas se perdieron a través de la oscuridad tras los arcos labrados en basalto que marcaban la salida de aquella cámara.

-Vienes a mi casa, humano… me pides hospitalidad…pero evitas hablar del problema que nos concierte. ¿Venís de nuevo a soltarme vuestra propaganda pagana? Los humanos ya no sois bien recibidos aquí, pensaba que había quedado claro.- Pese a la hostilidad de la respuesta, su mirada no parecía agresiva… bueno, no más de lo que ya transmitía su brutal aspecto. Parecía más bien cansado, como si ya hubiera vivido situaciones similares recientemente y estuviese harto de repetir la misma cantinela.

-Es cierto que en el pasado hemos confiado en vosotros, pero la situación se ha vuelto insostenible. Vosotros y vuestras ideas revolucionarias, habéis venido a esta ciudad, corrompiendo a los míos, sacrificando nuestro ganado en extraños ritos, llenando las cabezas de mi pueblo con ideas estúpidas, heréticas, e instigando el caos.  No volveremos a caer en la corrupción de nuestros antepasados, y  no queremos saber nada de esa revolución vuestra. –

El rey hablaba con su extraño acento, característica de Infernalia, frases cortas y una voz ronca y atronadora, que parecía surgir de las profundidades de una caverna rocosa. Sus palabras no tenían demasiado sentido, algo ocurría de lo que no habían sido informados, o tal vez todo fuese una confusión. Casi parecía como sí les confundiese con simples paganos.

-Es indignante que os presentéis ante nosotros con tanto descaro. Después de lo ocurrido los últimos meses. Ya os dijimos que no nos interesaban vuestros desquiciados planes. No pensamos ayudaros. No iremos en contra de la voluntad de los ángeles. Las puertas NO deben ser abiertas.- Aquello sí que era una sorpresa… ¿Opinaban igual que la Eclesia? Aquello parecía absurdo. No estaba del todo claro lo que ocurría, pero al parecer algo había ocurrido en aquella ciudad, algo que hacía pensar a los demonios que habían venido para convencerlos de unirse a la herética causa pagana.

Conforme avanzaba en sus palabras, el enorme demonio se fue encendiendo con algo de ira, subiendo el tono, hasta que su última frase negándose a abrir las Puertas cardinales casi hizo temblar las bóvedas de piedra negra mientras se ponía en pié con sus dos metros y medio de envergadura… sin contar los cuernos.

Era una criatura imponente, y al ver como se erigía furiosos, los guardias dieron un paso al frente por si tenían que reducir a los forasteros, sin embargo el monarca se calmó, y con una simple mirada su escolta se tranquilizó también. Se sentó de nuevo en el trono, con desgana, dando golpecitos con los dedos sobre la piedra pensativo. –Dame una sola razón. Una razón para que no os expulse de aquí a patadas, como hemos tenido que hacer con el resto de vuestra especie.- Una vez más, sus palabras eran más agresivas que el tono con el que las formulaba. Si sabía leer entre líneas, Max se podría dar cuenta de que el rey tampoco estaba cómodo con la situación, si por él fuera les hubiera ofrecido toda la hospitalidad de la que disponían. Pero la situación en aquella ciudad no era la que esperaban al salir de Ciudad Catedral, algo estaba pasando en Infernalia.


[FDI: Perdón por el retraso... problemas técnicos u__u' ]
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Re: [AVENTURA INICIAL] "Luces y Sombras" [Ciudad Catedral, 7 de Noviembre - 897 d.g.]

Mensaje por Karel Stark el Vie Ago 15, 2014 2:07 pm

Karel estaba esperando una respuesta por parte de su interlocutor pero, cuando lo que oyo fueron burlas, su gesto no cambió ni un ápice. No podía decir que no entendiese tales dudas, él mismo las había visto más de una vez: "No se puede cambiar el mundo persona a persona", "La naturaleza del hombre no puede cambiarse"... Imposible, imposible, imposible.... Estaba bastante acostumbrado, aunque un poco cansado, de escuchar aquello.

No les faltaba razón al decir que era mucho más fácil vaciar el océano con un cuentagotas, que no se podía cambiar la naturaleza del hombre, pero la diferencia fundamental que existía entre la posición de Karel y la del otro tipo era simplemente una de perspectiva. No le gustaba hablar más de la cuenta pero, en aquella situación, quizá sería necesario hacerlo.


- He oído ese discurso muchas veces. El de los que pretenden cambiar el mundo de un solo golpe. Pero ahí está lo verdaderamente imposible, ¿de qué sirve derrocar a una organización para instaurar otra, si los hombres que la conforman son los mismos?. Un solo hombre, o una organización, no puede cambiar el mundo, pero puede inspirar a otros a unirse a su lucha: La persona que se salva hoy puede que muera mañana, pero también puede que aprenda a salvar a otros y aquellos que se salven podrán, a su vez, decidir si usan esa nueva oportunidad para salvar a otros o no hacerlo. Pero su situación habrá cambiado, habrán visto que tienen una segunda oportunidad para enmendar su camino. Elección, amigo mio. Yo no puedo cambiar el mundo pero, con mis actos, puedo convencer a otros de que, con tiempo y esfuerzo, ellos quizá puedan. Que decidan hacerlo o no ya no es mi territorio.


Entendía perfectamente la oposición del propio mundo a cambiar. Tratar de forzarlo a ser de otra forma sólo se saldaría con más muerte y destrucción... Incluso si una organización estaba corrupta hasta lo más profundo de su estructura, todavía seguía alojando personas, personas que bien podrían estar equivocadas, pensando que hacían lo correcto cuando en realidad sólo estaban sirviendo a los fines de otros. Para aquellas personas, destruir la organización que les había acogido significaba matar a sus amigos, aliados, a sus hermanos... Incluso si la causa a la que se sirviese fuese justa, sería imposible convencerlos de abrazarla cuando había causado tanto sufrimiento sobre ellos. Una causa que se imponía usando la muerte y el sufrimiento de otros estaba corrupta desde su misma concepción. No servía de nada imponer un modo u otro de ver el mundo, la gente debía ver y aceptar la nueva visión si pretendían que fuese duradera. Persona a persona, se podía cambiar el mundo. Quizá él no viviera para verlo, pero antes o después, las pequeñas gotas formarían un río y, a su vez, ese río podía acabar desembocando en un mar del que otros se nutriesen, no sólo en la costa en que él se encontraba, sino también más allá, donde su vista ni siquiera alcanzaba. Intentar cambiar sólo lo que se podía ver era lo que él consideraba un error.

Pero no servía de nada discutirlo. No era su objetivo allí. Así que dichas aquellas palabras se mantuvo en silencio, esperando escuchar algo más...Y lo que oyo fue algo que le sorprendió sobremanera. Eran palabras de revolución y no hacía falta ser demasiado inteligente para darse cuenta de a qué se refería aquel tipo: Era indudable que Eclesia había acumulado demasiado poder, que estaba gobernada por hombres que traicionarían a cualquiera con tal de conseguir sus objetivos, era una organización llena de tiranos a los que no les importaba nada más que su visión y que, para que esta se extendiese, no temían en imponerla por medio de la fuerza de las armas si era preciso. Karel tuvo que sonreír sarcásticamente cuando se percató de la cercanía de ambos modos de verlo, sólo cambiaba el signo de lo que se pretendía conseguir, pero no los medios.

Miró al tipo de nuevo.


- La Diosa sabe que no albergo amor por Eclesia y mucho de lo que decís es cierto. Pero la cosa no es tan simple: No todos los que trabajan para Eclesia son como describís. Hay mucha gente buena allí, gente con familia e hijos, gente que hace lo que hace porque no conoce otra forma de hacerlo. ¿Los erradicaríais también a ellos? ¿Mataríais a todo aquel que no se convierta a vuestra forma de ver las cosas? ¿Y luego qué? Sólo conseguiríais instaurar una nueva tiranía donde los oprimidos se convertirían en los opresores. No cambiaría nada. Seguiría existiendo el mismo odio, el mismo sufrimiento. Entiendo lo que queréis hacer, pero vuestros métodos para ello están inherentemente corruptos. No se puede cambiar el mundo con antorchas y acero. No es la forma.


Dijo aquello justo antes de que desapareciese, observando cómo desaparecía en las Sombras. No sabía si sus palabras le habrían alcanzado, pero había visto a mucha gente como él... No dejaban de ser gente que había perdido mucho en su vida, demasiado como para pensar racionalmente las implicaciones de lo que iba a hacer. Y sabía que como él habría muchos, demasiada gente esperando una causa que los justificase para dar salida a su odio y sufrimiento... Karel se mantuvo en solitario en aquel callejón durante un instante, observando su armadura negra, viendo cómo cambiaba a blanca durante unos instantes antes de recuperar su color acto seguido. Respiró el aire corrupto de la ciudad dejando que llenase sus pulmones y miró hacia arriba. Era cierto que Eclesia estaba corrupta, pero muchos de los que la servían eran buenas personas, sólo equivocadas. La forma de cambiar el mundo no era destruirlos, sino cambiar las cosas desde dentro, exponer el sufrimiento que causaban.

... Pero también se daba cuenta de otra cosa. Aquel tipo iba a hacer lo que iba a hacer, no veía otro modo de cambiar las cosas. Si se mantenía al margen, sólo conseguiría que la revolución empezase igualmente, pero sin él para intentar cambiar un poco el modo de verlo. Karel se vio entonces ante una disyuntiva pero, nuevamente, no tardó mucho en tomar una decisión. Habían pedido su ayuda, y la prestaría, pero no permitiría que sumiesen el mundo en las llamas de una guerra que sólo cambiaría el equilibrio del odio de uno a otro lado. No, ese no era el camino de la Diosa, ni el suyo. Pero aquel hombre podía llegar a cambiar el mundo, lo sabía... Si era capaz de convencerlo de que había otro modo de hacerlo, podía evitar la mayor parte del sufrimiento y destrucción que ello causaría. Una causa no se definía por la causa en sí, sino por los hombres que la conformaban.

Su decisión fue tomada, pero aún quedaría tiempo hasta la hora designada, tiempo al que Karel daría buen uso: Durante el resto de la noche, vería cómo ayudar a aquellos que tenía cerca, comería, restauraría fuerzas y luego dormiría. A la mañana siguiente, estaría en el lugar indicado, sabiendo a la perfección las repercusiones que las decisiones que tomase a partir de entonces tendrían, no sólo para Altair y él mismo sino, también, para el mundo. Si de verdad iba a entrar en guerra con Eclesia, iba a necesitar alguien que conociese cómo funcionaba desde dentro, pero lo que él pretendía era evitar la guerra antes de que empezase, intentar encontrar otro modo de liberar el mundo de la opresión de aquellos que lo sometían sin por ello destruir a quienes los servían. Ese era el verdadero camino para el cambio. Derrotar sin humillación, conquistar sin destruir. La ruta de un verdadero conquistador, que convertía a enemigos en amigos. Si pretendía cambiar el mundo, no debía conquistar los cuerpos de sus enemigos, sino sus corazones.

La suerte estaba echada. Pronto las ruedas del destino empezarían a moverse. Si giraban en uno u otro sentido sólo dependería de ellos.



FDI:



No hay acciones como tales, pero paso la noche viendo a ver cómo ayudar a la gente, luego cenaré, dormiré y a la hora indicada estaré en el lugar adecuado. Karel acepta el ofrecimiento, en pocas palabras.
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Re: [AVENTURA INICIAL] "Luces y Sombras" [Ciudad Catedral, 7 de Noviembre - 897 d.g.]

Mensaje por Maximilian Stenkerk el Sáb Jun 20, 2015 7:36 pm



Una vez terminé mi presentación nos envolvió un incómodo silencio. El rey permanecía mudo  mirándonos fijamente. Luego, ordenó a sus concubinas abandonar la estancia. Tarde y mal. Ya era suficiente insulto el ser recibido ante su Majestad rodeado de indecentes meretrices. Sí, meretrices. Eso era lo que eran, ni más ni menos. ¿Acaso se puede considerar de otra manera a ese grupo de súcubos ligeras de ropa mientras se retorcían en toda clase de lujuriosas y sucias posturas alrededor del monarca?

Pero encima, mientras abandonaban la sala del trono, intentaban flirtear y corromper a los miembros de mi comitiva con la más abominable de las concupiscencias. ¡Y para colmo esos mentecatos indeseables respondían con sonrojos y coqueteos a las provocaciones de esos seres! ¡Una vergüenza! ¡Dejarse arrastrar al desenfreno y a la indecencia! ¡Y encima con seres de otra especie! ¡De ahí solo podía surgir una abominación! Pero yo no caería en sus artimañas. Yo no caería en el pecado. ¡Eso jamás volvería a ocurrir! Mantuve la mirada fija, pero cortés, en el rostro de su Majestad, con la postura recta y estirada, signo de mi posición, mientras ignoraba por completo a esas casquivanas manteniendo mi mente limpia de pensamientos impuros.

Entonces, el rey habló. Los demonios se caracterizaban por ser seres toscos, brutos y que no se regían las normas más sagradas del decoro que tanto dignifican a los nobles humanos, pero lo que el rey dijo me sobrecogió y sorprendió a partes iguales. ¡Carecía del más mínimo sentido! ¡Sus palabras habían abandonado toda lógica y no decía sino frases incoherentes y sin sentido! Rechazaba la presencia de los humanos en la ciudad y nos acusaba de paganos. ¿Qué sentido tenía aquello? ¿No nos habíamos presentado como emisarios de la Eclesia? ¿No dejé claro que actuaba en representación directa del Sumo Exarca? ¿Qué podía significar aquello? ¿Habría el rey renunciado a la verdadera fe? ¿Había rechazado la propia naturaliza divina de Dios, así como la sacralidad de la Santa Eclesia? No tenía sentido. Aquello significaba una declaración de guerra a la Eclesia. Significaba ser aplastado por toda la maquinaria de guerra de las legiones de la Orden del Martillo Áureo. Significaba la propia extinción de Infernalia.

Luego habló de una revolución, ¿qué revolución? Era evidente que se trataba de la “revolución” de los paganos. Aquella descubierta por la Inquisición que planeaba destruir las Puertas Cardinales y sumir a Terra en el Caos. Entonces, ¿nos estaba confundiendo con ellos? Era ilógico, ¡una locura! ¿Cómo podía confundir a la Eclesia, legítima gobernante de Terra por designio divino, con un grupo de ignominiosos terroristas que deseaban destruir la obra de Dios? Pero lo más importante, ¿acaso no acababa de reconocer ante una delegación de la Eclesia que Infernalia había negociado y acogido a los criminales paganos?  ¿Acaso no había reconocido que ese trato se había prolongado a lo largo del tiempo? ¡Aquello era reconocer la propia traición a la Eclesia! No pude evitar mostrar mi desconcierto y sorpresa en mi rostro a la par que me volvía hacia mis acompañantes para ver sus reacciones y si ellos eran capaces de comprender qué estaba ocurriendo.

El rey Oberon continuó hablando, y su furia aumentaba cada vez más. ¡Y entonces aquello llegó al más indígnate de los absurdos! El rey enfurecido renegó de un supuesto plan para destruir las puertas del que nos hacía responsable. Mientras, Oberon se puso en pie engullido por la ira y sus guardias avanzaron un paso con intención de matarnos en ese mismo lugar. Del susto, no pude evitar retroceder un paso, aunque procuré mantener el rostro sereno y tranquilo. Cosa que resultaba de lo más difícil, no solo por el miedo, sino también por los continuos insultos y desaires que profería el rey contra nosotros, lo que me indignaba cada vez más.

Pero, ¿qué podía significar todo aquello? ¿El rey no había entendido que nosotros éramos emisarios de la Eclesia? ¿O los paganos se hicieron pasar por miembros de la Eclesia para negociar con él? ¿Habría más traidores en nuestras filas confabulando en las sombras para destruirnos desde dentro? Nada tenía el más mínimo sentido, y la situación era cada vez más exasperante… Y entonces el rey exigió una respuesta. Quería saber el motivo de nuestra visita, y era evidente que si la respuesta no le complacía los resultados podían ser funestos… Y eso era algo que no estaba dispuesto a permitir.

Respiré hondo, y de nuevo me dirigí al rey Oberon. – Majestad, realmente nos encontramos confusos ante vuestras palabras. Nosotros somos hijos leales de la Santa Eclesia, y actuamos bajo el mandato directo de su Santidad, el Sumo Exarca, portavoz de Dios y de los Coros Angelicales en el mundo terrenal. – Hice una pequeña pausa para respirar y pensar detenidamente qué decir, mientras sonreía forzadamente.  – Y sin embargo, nos acusáis de ser elementos subversivos y traidores. De ser vulgares paganos. Paganos con los que reconocéis haber tratado, y no haberlos entregados al Sagrado Tribunal. – Apostillé con el rostro más serio. Era evidente que la cordialidad y el decoro no iban a funcionar con un ser como Oberon, forjado en la brutalidad del volcán de Infernalia, por lo que tendría que actuar de manera más dura y contundente. Era una jugada muy arriesgada, pero dada la situación, no parecía haber otra salida. – Vos mismo decís temer la ira de los Ángeles, y sin embargo, nosotros, que portamos su estandarte ante vos, actuando como sus emisarios, nos insultáis y amenazáis. No entendemos, Majestad, por qué recibimos este trato.  – Cerré los ojos dramáticamente mientras negaba con la cabeza y el rostro triste y decepcionado.

– Sea pues, ¿queréis una razón por nuestra visita, Majestad? ¿Eso es lo que buscáis? – Repliqué seriamente, dejando mostrar que mi paciencia también tenía un límite, y que, aunque fuese rey de Infernalia, no estaba legitimado para hablar así ante un emisario de la Eclesia. – Os equivocáis al preguntarnos sobre ello, pues solo vos podéis responder a esa pregunta.  ¿Acaso no habéis desterrado a todos los humanos de Infernalia? ¿Acaso no habéis expulsado de los muros de la ciudad a la delegación permanente de la Eclesia? ¿Acaso no habéis quebrantado el Concordato al romper todas las relaciones con nuestra Sagrada Institución, rechazando el orden de Dios y de los Ángeles? – Entonces avancé dos pasos, uno para recuperar el que había retrocedido por cobardía, y otro para afianzar mi posición frente al rey. Estiré profundamente el cuello y miré al rey a los ojos con el rostro severo e impasible. –Majestad, soy yo el que debe de preguntar el porqué de nuestra visita a Infernalia, no vos.

– Habláis de que los humanos no son bien recibidos aquí, pero en ningún momento habéis explicado a la Santa Eclesia los motivos para ello. De manera unilateral, y sin mediar explicación expulsasteis a los emisarios de la Eclesia, y por tanto, de Dios y de los Ángeles de vuestra ciudad. – Respiré hondo y fruncí el ceño mientras mi voz se volvía más seria y tensa. – ¿Por qué, majestad, si decís respetar y temer la furia de los ángeles, que tan nefastas consecuencias trajo para vuestro pueblo durante la Gran Guerra, insultáis y expulsáis a sus legítimos representantes en Terra? ¿Por qué negociáis con los enemigos de Dios y no los lleváis ante la justicia? – Di otro paso más y alcé la voz, esta vez no con enfado, sino con una pasión desmedida. – ¡Oh, rey Oberon! ¡Terra se enfrenta a un enorme y peligroso mal que acecha con devorarla y entregarla a las sombras! ¡Existe una conspiración para destruir el más valioso de los regalos que el divino Metatrón legó a Terra, las Puertas Cardinales! ¡Y la Eclesia, a quién yo represento ante vos, no permitirá que eso ocurra! ¡La condenación está muy cerca! ¡Y en este momento, la Eclesia necesita de sus más leales siervos y amigos para proteger la gran Obra de Dios!

– Por ello buscamos saber la posición de Infernalia ante el conflicto que se cierne sobre nosotros. – Continué retomando la calma, y buscando un tono conciliador con mis palabras pero sin abandonar la seriedad que exigía el momento. – Por ello, buscamos distinguir a los amigos, mientras extirpamos de Terra a los enemigos de la Creación, como quién separa el grano de la paja. Y ahora os pregunto, gran rey Oberon de Infernalia, ¿sois un leal hijo de Dios o un enemigo de los Ángeles? ¿La Eclesia contará con el apoyo y servicio de vuestro pueblo, como ha sido durante los últimos siglos, o las legiones de Dios de nuevo marcharán por las faldas del volcán como ya hicieron hace novecientos año? Ese es el motivo por el que estamos aquí. – Volví a respirar hondo sin retirar ni un ápice la mirada del rey aguardando de una vez su respuesta. Creo que pocas veces en mi vida había disfrutado como en ese momento. Puede que hubiese sido una acción un tanto temeraria, pero en ese momento estaba convencido que era la única manera de tratar con alguien como Oberon, solo el tiempo lo diría. Pero había podido enmendar mi orgullo herido ante esos seres inferiores, y haber dejado bien claro que la Eclesia es la soberana de Terra y que nada ni nadie puede creerse por encima de su autoridad, y eso sí que era algo impagable .



FDI:

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Acción 1: Soltar discurso ante el Rey Oberon + Activar técnica “El Canto del Ruiseñor” para influir más favorablemente en la impresión del rey sobre Maximilian.

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Re: [AVENTURA INICIAL] "Luces y Sombras" [Ciudad Catedral, 7 de Noviembre - 897 d.g.]

Mensaje por Dezba Wakanda el Dom Jun 21, 2015 11:19 pm

MAXIMILIAN STENKERK

A partir de ese momento, las cosas cambiarían. Ante las palabras e insistencias del obispo Stenkerk, el rey infernal sacudió la cabeza, aunque dudando de sus propias palabras. Era evidente que el discurso de Maximilian había hecho mucho más que lo que se podía ver a simple vista, pero el rey se esforzó por ocultarlo. Oberon se alzó, y esta vez su rostro mostró una convicente mueca de enfado que incluso hizo que varios de los miembros que formaban la comitiva eclesiástica temblaran ligeramente.

Sus guardias esta vez avanzaron hasta los eclesiasticos, y, pese a que la vez anterior fueron contenidos por los gestos de su soberano, en esta ocasión desenfundaron sus armas. Las espadas curvas de manufactura infernal y las lanzas de exquisita composición y mortifero toque apuntaban a la comitiva y, más concretamente, a Maximilian. Tan sólo Truefort avanzó, y fue para interponerse entre los soldados infernales y su objetivo, el obispo Stenkerk. Una de las puntas de las lanzas hizo contacto con su peto, produciendo un desagradable sonido metálico. El guardia teutógeno alzó su brazo y desvió el arma, con tal fuerza que el demonio que la portaba estuvo cerca de caer al suelo.

-Bonito juguete, muchacho. Sois muy gallitos amenazando a los inválidos. Probad ahora conmigo.-ante las palabras del hombre, los demonios optaron por rodearlo y apuntarlo con sus armas. Truefort sonrió. Era evidente que no iba a contenerse como hasta aquel instante. Solo la intervención de Oberon evitó que aquella sala se manchase de la sangre de las dos razas en discordia.

-Está bien. Deteneos.-con una sola orden de su soberano, los soldados bajaron lentamente las armas y volvieron a adoptar una postura relajada. Pero el rey Oberon seguía de pie, y sus huestes seguían dispuestas a actuar al menor signo de provocación eclesiástica.


-Es usted un hombre diplomático, señor Stenkerk, le concederé eso. Pero ha de saber que soy uno de los fieles más devotos. Y como tal, no toleraré que se ponga en tela de juicio mi lealtad por la Sagrada Institución. No creeré vuestras palabras de serpiente, pues eso es lo que sois. Serpientes, serpientes embusteras que sólo quieren el mal. El mal para Infernalia, el mal para las puertas y el mal para todo Terra. Y yo estoy más que dispuesto a impedirlo. Marchaos os digo, iros de esta santa ciudad que permanecerá incorruptible. El destino de Infernalia está sellado, os digo, y yo no caeré en vuestras estratagemas. Nunca más. MARCHAOS. FUERA DE MI VISTA. -este grito fue incluso más potente que el anterior. Por efecto de las vibraciones sonoras producidas por la fuerte garganta de aquel demonio varias estalactitas, que adornaban el techo, cayeron hasta hacerse añicos al entrar en contacto con el pedregoso suelo de la estancia. Los soldados avanzaron, impasibles, y empujaron a los eclesiasticos hacia las puertas de la sala real.

La comitiva podría haberse enfrentado a los soldados infernales, pero las palabras del cardenal Crawley habían calado lo suficiente en los dirigentes de aquella expedición diplomática que no tomaron aquella opción por válida. Además, aunque vencieran a la guardia de Oberon, las posibilidades de sobrevivir a la ira de todos los demonios de Infernalia hasta alcanzar su transporte (que por otro lado era más que seguro que había sido confiscado) eran ínfimas. De hecho, ni siquiera Truefort pudo reaccionar a tiempo para evitar ser arrastrado por aquellos soldados.

Ofendidos en su mayoría y extrañados en gran parte, los oficiales de la Eclesia dieron la espalda al rey Oberon y sus guardias y salieron por la puerta de aquella sala palaciega intentando conservar la mayor dignidad posible. La gran puerta que separaba la sala del trono del resto del edificio se cerró, haciendo patente la complejidad de su mecanismo interno.

-¿Qué se supone que hemos de hacer ahora? -dijo Tarik Agaon, a la vez que pateaba la gran puerta, dejando patente su frustración y llamando la atención de las personas que permanecían en la antesala.

-Creo que lo primero sería… buscar alojamiento. Siento ser yo quien tenga que decirlo, pero ya no podemos hacer nada aquí. Excepto empezar una guerra, cosa que no conviene a la misión.

-Siento tener que concordar con Lillian. Tengo… tenemos contactos en el gremio de lo oculto, por eso de que ellos a su manera también lidian con lo que nosotros lidiamos. Compartimos oficio, si es que se puede decir así. Creo que si apelamos a nuestro pasado común, pues les hemos hecho bastantes favores, nos permitan alojarnos en su sede. ¿Qué opináis?


Así pues, ambos exorcistas, Lilian Tempest y Jared Benditch, emitieron sus opiniones. La verdad era que las caravanas, si es que todavía seguían allí, difícilmente podrían servirles de alojamiento. Pues, además de dar una penosa imagen de cara a la galería, compremeterian su salud tanto física como psicológica al arriesgarse a transtornos tan comunes como dolores de cervicales o asaltos nocturnos de enmascarados misteriosos. Por no mencionar la más que segura probabilidad de que los infernales hubieran requisado la caravana junto con todos sus efectos personales.

Como un resorte, Aric Truefort y Grace Buckley respondieron a los exorcistas, ambos con su peculiar manera de hablar:

-Me niego a compartir techo con… con esos malditos impuros. Dormir con demonios, habrase visto. Ni que fuéramos sodomitas. Y ya que vamos a alardear de conexiones y contactos, creo que mi sola presencia haría que la guardia nos cediera unos de sus barracones para pasar la noche. Y no tendríamos que compartirlo con ningún tipo de abominación. - su voz vibraba a través de las aberturas de su casco, causando una impresión de eco la mar de curiosa.

-Yo… tengo una alternativa mucho mejor. Conozco a una familia de… nobles, si es que pueden llamarse de ese modo. Ocupan altos cargos en el gremio de artesanos y podría decirse que son tolerantes. Todo lo tolerante que sería un demonio en esta situación, claro. Y creo que dormir en una lujosa mansión es una mejor alternativa que pasar la noche entre imitadores de exorcistas. No va en tono de ofensa, y no os lo toméis como tal. Por no hablar de la guardia de Infernalia. Señor Truefort, con todo el respeto que desde su posición le debo, parece mentira que no sea consciente de nuestra situación. Desde que hemos llegado la guardia nos ha tratado a patadas, literalmente. Y no me halaga la posibilidad de pasar la noche entre demonios armados. Pero lo someteremos a consenso.

-Sinceramente, la idea de Grace me atrae. Pero no hemos de olvidarnos de lo que somos, somos una asamblea diplomática guiada por Dios. Y no deberíamos rebajarnos al nivel de simples animales, olvidando nuestra misión en pos de la búsqueda de refugio y comida.
-fue Selena Blackmaw la que habló en aquella ocasión.

-¿Y qué pretendes? A no ser que queramos echar más leña al fuego, no hay modo de que nos vuelvan a dejar entrar. ¿Ves a alguien por aquí que no sea un guardia? Es evidente que no, Selena. Estamos un poco jodidos. Que digo un poco, por cada orificio.- declaró, de forma poco decorosa y soez, el inquisidor Hans Ferthain.


-Le ruego que vigile sus palabras, señor Hans. Somos emisarios de la Eclesia, no simples barriobajeros.
-Grace Buckley intervino señalando el inoportuno lenguaje del inquisidor y avergonzandole delante de toda la comitiva.

-Lamento mucho decir esto, pero ninguna de vuestras posturas nos convencen. Yo y Jared nos vamos, estamos cansados y tenemos asuntos que atender. Es evidente que aquí no podemos hacer nada, así que no le veo sentido a retrasar más lo inevitable. Trataremos de averiguar algo acerca de la situación de Infernalia. Encontraremos una forma de contactar con vosotros.-agarrando al exorcista del brazo como si de un trapo se tratase, Lillian se despidió de los demás.

Mientras sus figuras se perdían en la distancia tras atravesar la puerta y bajar las escaleras que comunicaban la antesala con el vestíbulo, el resto de la comitiva seguía discutiendo. Alric Truefort seguía reafirmándose en que la guardia tenía la obligación de dejarle alojamiento, y Grace Buckley intentaba convencerle no con demasiado acierto de ser razonable.

Al cabo de un tiempo, fue el propio Truefort quien intentaba convencer a la monja:

-No quiero ser razonable, maldita sea. ¿Acaso no lo entendéis? La llave del corazón de esta ciudad reside en su milicia. Si somos capaces de implantar el buen sentimiento en el corazón de los abominables soldados de esta herética ciudad Oberon tendrá que besar nuestros sagrados pies.


-¡No, no y no! La violencia no es una solución, y estoy segura de que el cardenal Crowley me apoyaría en este asunto.


-Muchachos, muchachos. Pensaba que esto tenía solución y que volveríamos a la sala del rey triunfantes. Pero ahora mismo daríamos peor impresión de lo esperado. Creo que cada cual debería irse por su lado. Descansar esta noche. Pero tened cuidado. Aunque no creo que se atrevan a intentar nada, las calles de esta ciudad son peligrosas. Si a alguien le interesa saberlo nosotros buscaremos un hotel. No queremos relacionarnos con los infernales hasta que no sea imprescindible. Además no creo que estos... seres reciban a la Inquisición demasiado bien. -de esta manera tan conciliadora, Selena Blackmaw y sus compañeros se dispusieron a irse. Hicieron caso omiso de los ruegos de Buckley y de los gritos de Truefort.

-La madre que… ¡Volved aquí, cobardes! ¿Vais a dejarnos solos? ¡Mi deber es defenderos, pero pienso ir detrás de vosotros! ¿Que os creeis, que soy un perro?


-Si así lo quieren, que así sea. Estoy cansada de intentar hacer entrar en razón a estos insensatos. Vámonos, Maximilian.
-era obvio que la monja quería que el obispo Stenkerk le acompañara. Tal era así que no daba por probable la posibilidad de que Maximilian escogiese otro tipo de oferta para pasar la noche.

Había varias ofertas para elegir, e incluso el obispo podía intentar confeccionar la suya propia. Los únicos que quedaban en la sala eran el teutogeno Truefort y la monja Buckley. Los demás, unos antes y otros después, habían partido. Si el obispo se apresuraba podría alcanzar a los inquisidores, pero su discapacidad se lo pondría muy difícil para llegar hasta los exorcistas a tiempo.


KAREL STARK


Karel observó. Karel se alimentó. Y Karel descansó. Vio las injusticias de la ciudad capital y vio como los ciudadanos, intentando sacar cabeza de sus miserias, eran oprimidas por las tropas eclesiasticas y por sus propios paisanos. Quizá Altair no estuviera tan desencaminado después de todo.

Tuvo que levantarse pronto para dirigirse a la puerta de Valariel, donde Altair le estaba esperando. Pero no estaba solo. Como le dijo el día anterior, su hermana le acompañaba. Megaera era su nombre. Su pelo, del color del carmesí. Su rostro estaba despejado de imperfecciones, al menos si como estas no contaban los tatuajes de su mejilla y del inicio del puente de su nariz y el enrojecimiento de esta, que le daba un aspecto cómico y juvenil.

Era precisamente por ese detalle, amén de por la configuración de su rostro y sus gestos por los que uno podía deducir que los hermanos Cloudfield eran, en efecto, tales. Fue Altair quien presento al paladín a su hermana y esta, en un acto de libertinaje como pocos había visto el hiperbóreo, le dio una palmada en la nalga al presentarse, acompañada de la siguiente advertencia:

-No te hagas ilusiones, soldadito, esto se lo hago a todos los hombres. -dijo, mientras posaba sus ojos en Karel. Las pupilas de Megaera presentaban una curiosa particularidad, pues su color pálido similar al de la nieve era a la vez majestuoso y perturbador.

Un gruñido desvió la atención de Karel. Tres enormes lobos aguardaban detrás de él.

-Oh, os presento. Sus nombres son Mordisquitos, Ronquidos y Sarnoso. Son seres de lo más majestuoso. Inteligentes, fuertes y veloces. Y ante todo fieles. Serán ellos quienes nos lleven a nuestro destino. Y ahora, hemos de partir sin más dilación.

Y partieron, aunque a pie. Atravesaron la muralla sin muchas dificultades y llegaron al Anillo Exterior. Allí la situación de desigualdad e injusticia quedó patente. Tanto fue así que, para evitar que Karel perdiera los estribos, los hermanos decidieron tomar un desvío. A groso modo, una panda de humanos xenófobos auto-denominados Pureza. Karel podría haber intentado encargarse de aquellos malechores, e incluso haber tenido posibilidades de lograrlo. Pero el paladín tenía un compromiso que debía de atender y, muy probablemente, Ciudad Catedral se quedaría sin salvador en aquella ocasión.

-No hemos de entretenernos. Tenemos que encontrar refugio antes de que el sol descienda. Pero quiero que te graves muy profundamente esto. La Eclesia es la instigadora de este tipo de atracos al ciudadano. Y no sólo eso, sino que además su permisividad frente a los ataques racistas de este tipo de orangutanes de Subciudad, pues eso es lo que son, obliga a un montón de inocentes a emigrar o incluso a vivir bajo sus propias normas. Y eso cuando no les da por exterminarlos.-ese fue el discurso que Altair le dirigió.

Salieron de Ciudad Catedral a las nueve de la mañana. Otro de sus lobos los esperaba. El nombre de éste era Gruñón. Montados en una especie de trineo tirado por las cuatro bestias, debían continuar su viaje hasta el anochecer. Su destino era llegar al Bosque Negro para entonces. Y lo lograron, a pesar de que en un principio los lobos no estuvieron demasiado agiles y de que el trineo no era el vehiculo más adecuado para aquella situación. Durante dos días atravesaron los pueblos que separaban Ciudad Catedral del Bosque Negro, alojándose en las posadas de dichas poblaciones.

Pero en cuanto empezaron  a adentrarse en lugares inhóspitos Karel  averiguó el porqué de su presencia. Aquellos animales parecían conocer a fondo el Bosque Negro. Era como si se hubieran adaptado a las piedrecillas del suelo, al aullar del viento en las hojas de los arboles y al aterrador sonido de las bestias de la noche preparándose para devorar a cualquier tipo de incauto. Y se dirigían más al norte, hacia Norksland.

Llegados a cierto punto del Bosque Negro, Altair ordenó a los lobos que se detuvieran y él y su hermana Megaera bajaron del trineo.

-Montaremos aquí el campamento, Meg.-dijo Altair. Era evidente que a su hermana no le gustaba que se le llamara por aquel nombre.


-De acuerdo, “Al”.
-tras cobrarse su pequeña venganza, Megaera extrajo del equipaje una especie de tienda de campaña desmontable que ambos Cloudfield comenzaron a montar con diligencia. Mientras Megaera y su hermano colaboraba, esta dirigió una mirada hacia Karel.- Caballero andante, tenemos que encender un fuego. No estaría de más que fueras a por leña. Tranquilo, Sarnoso te acompañará. -Megaera sustrajo un hacha del equipaje y se la lanzó al caballero.- ¿No querrás que tu fabulosa espada se rompa, verdad?

Ante él, una extensión interminable de árboles se presentaba. Estaba anocheciendo y no se veía ni un alma en aquel bosque. Tan sólo los aullidos de las bestias se escuchaban. Sarnoso caminó lentamente junto a Karel, empujando su mano suavemente con el hocico. Era como si quisiera conducirle a algún lugar determinado.

Desde la lejanía, Altair le pegó un buen grito:

-¡Date prisa, Karel! ¡Está anocheciendo!



DORIAN


Dorian tenía una misión muy importante; encontrar a ese tal Dredd, un individuo cuyo nombre le había revelado el diácono vampiro que acababa de neutralizar. Pero cuando se dirigía a la urbe de la Inquisición, recibió un mensaje urgente. El mensaje fue entregado por un compañero de su orden.

Pero aquel mensaje era extraño, no tanto en contenido que también sino en forma. El sobre en el que estaba introducido no tenía sello ni procedencia ni destinatario. Era un sobre normal, de tono marrón y con algunas manchas de huevo y de tocino en sus bordes. Cuando Dorian se aventuró en el interior de aquel sobre descubrió que sus peores temores eran ciertos.

El diacono le había mentido. De existir su objetivo, Sigmen Drodd, no estaba en Martillo de Brujas. O al menos eso rezaba el mensaje que le habían enviado. “Te han mentido, reúnete conmigo en la subciudad de Ciudad Catedral. Posada del Humano Soberano, el día 7 de noviembre a las ocho de la noche.”

Como no tenía nada que perder y mucho que ganar, Dorian acudió a la cita. Además, dio la casualidad de que su orden también le encargó una misión en dicha ciudad. Se trataba de una escolta. Se habían encontrado irregularidades en la administración de un pueblo de Todheim, llamado Vanhell. El obispo que llevaba a cabo el gobierno había sido acusado de corrupto, de lujurioso y de tirano no solo por los habitantes de dicha villa sino también por los oficiales de la Eclesia. De hecho, hacía ya semanas que las comunicaciones con el pueblo de Vanhell se habían interrumpido.

Así pues, ya fuera por placer o por servicio o por una combinación de ambos de sus oficios, Dorian acabó acudiendo a la Subciudad de Ciudad Catedral. Lo único que le incomodaba era el lugar elegido por su misterioso contacto. El Humano Soberano, como su propio nombre indicaba, era el lugar de reunión de todos aquellos libre-pensadores que opinaban que la raza humana era la raza suprema y estaba por encima de las demás. Podrían incluso darse tertulias. Pero aquello era la Subciudad, y los participantes subciudadanos, así que todo se resumía a la ley del más fuerte y a vanagloriarse de meritos en su mayoría falsos.

Cuando entró por la puerta el ambiente inundó todos sus sentidos. Hombres vestidos en su mayoría con chupas de cuero alardeaban de sus victorias subyugando a las otras razas en un lenguaje soez y directo. Alrededor de una gran mesa redonda, muchos de aquellos tipos se aglomeraban, sentados en sus respectivas sillas. Un hombre estaba alzado, abrazando a otro. El primero de ellos tenía pinta de ser el gallito del corral mientras que el que estaba siendo abrazado, a juzgar por su nerviosismo, parecía un recién iniciado.

El que era el líder elogió al otro por sus acciones masacrando no-humanos e incluso llegó a efectuar el símbolo de la cruz en su frente con la ceniza de un cenicero, imitando el ritual que llevaban a cabo algunos obispos de la sagrada institución. Todos los presentes en aquel circulo dieron golpes sobre la mesa y aplaudieron.

Al margen de aquel evento, en el local también había otras mesas. Todas vacías salvo una. En dicha mesa había una curiosa mezcla de altonato e hiperboro: rubio, de rasgos juveniles pero facciones sabias, como si hubiera vivido mucho más de lo que aparentaba.  Comenzó a llamar la atención del altea y cuando este se percató de su presencia, esbozó una sonrisa y juntó las palmas de sus manos a la altura del pecho, simulando que estaba rezando:



-Aleluya, has atendido mi llamada. Supongo que debería presentarme y todo eso. Pero tienes que saber un par de cosas, muchachin. Es de combatir engendros de lo que estamos hablando. Seres de la noche, tipos que podrían devorarnos. Que dominan todo. Las altas esferas son controladas por ellos. ¿Nunca te lo has preguntado? ¿Acaso sabes de lo que te estoy hablando? Iluminados, joder. Esos hijos de puta son superiores. Beben de la fuente de la sabiduría, que los hace inmortales. Y se alimentan de la sangre de sus presas, es decir, nosotros. Controlan el capital mundial, corrompen las instituciones y las mentes de los gobernantes. Desencadenan guerras, hambre, muerte, desolación. Y nada escapa de su influencia. Nada ni nadie. Excepto tú y yo, y unos cuantos privilegiados. Pero, con tu ayuda, voy a destruirlos. Vaya que sí. -el tono se hizo mucho más bajo si cabía, y los susurros se convirtieron casi en siseos. -Tengo contactos en las altas esferas de esta ciudad. No puedo mencionar sus nombres, pero si que te puedo decir que me han otorgado una suculenta pista. La clave reside en Vanhell, la ciudad de los canteros. Su gobernador tiene tez pálida, no sale de casa y es un ser despótico y con influencia al que nadie osa decirle que no. Es obvio que es nuestro querido Sigmen Dredd. ¿No lo crees así, muchacho? Por cierto, voy a presentarme. Mi nombre es Juan Konstance, inquisidor de tercer grado. Y soy tu “protegido”. Se han movido unos cuantos hilos para que se nos asigne la misión relativa al pueblo de los canteros. Así que me temo que estás atado a mí por esos mismos hilos. Pero espero que no te importe, muchacho. ¿Somos un equipo, verdad?

¿Qué hacía un inquisidor de tercer grado en la Subciudad de Ciudad Catedral, una zona de la ciudad desatendida por la Eclesia? Quizá lo mismo que un guardia de la Orden del Martillo, buscar respuestas ambiguas para las preguntas equivocadas.

FDI:
Me complace anunciarme como nuestro nuevo master. Daré todo lo posible para finalizar esta aventura de una maldita vez. En cuanto a la aventura en sí, no sé lo que Kyu tenía planeado, así que va a haber una ligera reestructuración. Si veis que algo anterior no cuadra o directamente desaparece es debido a esto. He intentado idear una trama abierta pero que a la vez cubra todos los huecos que quedan sin resolver de la "antigua" trama.

Dorian, tú eres nuevo, así que cualquier pregunta, ruego o sugerencia aquí me tienes para lo que quieras.

Karel, puedes interpretar lo que haces durante esos dos días de viaje y posadas. Lo mismo va para Dorian. Tambien os permito intervenir entre las partes de mi respuesta. Por ejemplo, Karel podría contestar a los hermanos o Maximilian al rey Oberon.


Con esto, dad por reabierta vuestra aventura.

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Re: [AVENTURA INICIAL] "Luces y Sombras" [Ciudad Catedral, 7 de Noviembre - 897 d.g.]

Mensaje por Dorian el Lun Jun 22, 2015 12:29 pm

Todo era muy extraño, la misiva, el nombre falso, la conveniente misión. Dorian no creía en las casualidades, pero lo que más le inquietaba era el hecho de que le hubieran descubierto, alguien sabía sobre el diácono, sobre la conversación que habían tenido y sobre él mismo. ¿Cómo le habían descubierto tan pronto?¿Le estarían siguiendo?¿Sería todo una farsa?¿Estaría el enemigo detrás de esa carta?

Echó mano rápidamente de un par de calmantes, por primera vez en muchos años volvía a sentirse nervioso, realmente nervioso, él siempre tenía el control, estaba habituado a ello.

-¡Maldición! -gritó Dorian golpeando con fuerza la pared.

Tras unos minutos consiguió tranquilizarse, de todas formas debía acudir a Ciudad Catedral, allí indagaría sobre este asunto que le traía desquiciado. Si el destino le llevaba a Ciudad Catedral, así sería.

Fue un viaje tranquilo, sin ningún incidente reseñable. Dorian no dejaba de darle vueltas, le habían llamado a él, precisamente a él, desde Martillo de Brujas, para realizar una escolta a un pueblo del que nunca había oído hablar. La escolta debía realizarse desde Ciudad Catedral, como si allí no hubiesen suficientes guardianes, definitivamente la misión estaba relacionada con la carta. En el horizonte empezó a vislumbrar una construcción gigantesca, parecía mentira que las manos del hombre pudieran haber levantado tal maravilla, estaba llegando a la capital del mundo, a la gran cloaca, a Ciudad Catedral.

Nada más llegar a la ciudad se dirigió hacia la posada El Humano Soberano, que se encontraba en la Subciudad, eran las 7 de la tarde, así que se apresuró para llegar al encuentro. Fueron 50 minutos de callejuelas, aglomeraciones y despojos humanos, pero allí estaba, frente a él finalmente se encontraba la posada, Dorian estiró los dedos de su brazo biomecánico y aseguró que su revólver se encontrase donde siempre, había llegado el momento.

Tardó unos instantes en habituarse al ambiente que se respiraba en la posada, el humo y el fuerte olor a sudor y licor inundaban el local. Varios hombres vestían cazadoras atezadas de cuero, unos a otros se gritaban, como queriendo reafirmar así su superioridad frente al resto, discutían sobre otras razas y de la limpieza que había que realizar, el nombre del local se quedaba corto.

Alrededor de una mesa circular se encontraban más de estos individuos, el que parecía el jefe elogiaba el trabajo de uno de ellos, y con ceniza de un cenicero dibujó una cruz sobre la frente de este, los demás aplaudieron.

-Repugnante -dijo Dorian para sus adentros.

Las demás mesas estaban desiertas, todas menos una, en esta se encontraba un sujeto de cabello áureo, estaba solo y parecía absorto en la bóveda del local, Dorian le observaba interesado por su aspecto. Unos segundos más tarde el individuo estableció contacto visual, sonrió y elevó sus manos a modo de oración, era él, debía ser el autor de la carta. Dorian se aproximó lentamente a la mesa, acercó una silla y se acomodó sobre esta con cara de pocos amigos, esperaba la reacción de su interlocutor.

El tipo fue directo al grano, se presentó como Juan Konstance, inquisidor de tercer grado, murmuraba sobre los chupasangres, sobre la gran potestad que estos desplegaban en la sociedad, él era su protegido, la persona a la que debía escoltar. El quid de la cuestión se encontraba en Vanhell, quizás allí estaría el maldito Sigmen Drodd.

Era mucha información que procesar, pero Dorian tenía una cosa clara, los inquisidores tenían fama de embaucadores, de traidores, fulanos que te pisaban para subir un escalón, sujetos que solo contaban medias verdades. Aún así, Dorian estaba excitado, si lo que decía el tal Konstance era cierto, los seres de la noche tenían una red mucho más enorme de lo que jamás él hubiese imaginado, las cosas estaban subiendo de nivel y aunque no se fiaba del inquisidor, no podía perder esta oportunidad, no pensaba quedarse atrás.

Dorian tragó saliva, sacó su mano derecha del bolsillo y la dejó caer sobre la mesa, esta produjo un fuerte ruido metálico que tenía como objetivo intimidar a su interlocutor -los equipos no son mi fuerte, inquisidor -dijo Dorian con tono condescendiente.  - Si te han informado debidamente sobre mí, sabrás que soy bastante eficaz en el tema que nos atañe, pero no soy el condenado perro de nadie, inquisidor Konstance, si pretendes mi colaboración en este proyecto, necesito que respondas a dos preguntas. ¿Quién diablos eres realmente?, y segundo, ¿cómo demonios has llegado hasta mí?

FDI:
Acción: Básicamente dejo caer mi brazo metálico sobre la mesa y le hago esas dos preguntas.

PD: No sé si me he quedado corto, o si está bien la extensión de mi texto, si debo alargarme comentármelo para futuras intervenciones.

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Y yo me paré sobre la arena del mar, y vi una bestia emerger del mar, que tenía siete cabezas y diez cuernos; y sobre sus cuernos diez diademas; y sobre las cabezas de ella nombre de blasfemia. Y adorarón al dragón que había dado la potestad a la bestia, y adorarón a la bestia, diciendo: "¿Quién es semejante a la bestia, y quién podrá lidiar con ella?
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Re: [AVENTURA INICIAL] "Luces y Sombras" [Ciudad Catedral, 7 de Noviembre - 897 d.g.]

Mensaje por Maximilian Stenkerk el Dom Jun 28, 2015 11:08 am



Terminé de hablar. El rey se comportaba de forma extraña, su rostro le delataba, pero no era capaz de comprender qué se ocultaba bajo su faz. Y entonces los soldados, ante la orden del rey, avanzaron. No entendía que acababa de pasar, pero sí entendía lo que significaban una decena de armas avanzando hacia mi persona. El pánico me inundó, tengo que reconocer. Pero, ¿acaso no es normal cuando la muerte se cierne sobre ti? – ¡Ma-ma-majestad! – Intenté balbucear sin éxito. Todo me daba vueltas, mi piel se volvió más pálida de lo que acostumbra a ser y sentía unas terribles ganas de regurgitar. Me quedé petrificado y sin saber cómo responder, sin saber dónde estaba, sin saber qué estaba ocurriendo, con la única certeza de que la muerte me aguardaba.

Las afiladas hojas cada vez estaban más cerca. Cada vez me costaba más mantenerme en pie, consciente. Todo daba vueltas, y se difuminaba. Mi vida pasó por delante. Mis fracasos pasaron por delante: No poder enmendar el honor de mi familia, no poder continuar con la obra de Padre, no poder seguir ascendiendo en la jerarquía de la Eclesia Central aumentando mi poder. No engendrar un descendiente para perpetuar nuestra familia… No poder ganarme el afecto de Padre hiciese lo que hiciese. Su mirada de desprecio. Siempre me miraba con desprecio. Todos los días podía ver como su alma, a través de los ojos del retrato de mi despacho clavándose en mí mostrando su profundo desagrado y vergüenza. Yo no era Abelje, no era su primogénito, su favorito, y por mucho que trabajase, por mucho que me esforzase, nunca me ganaría su cariño, su afecto, su amor. Me encontraba al borde de la muerte, en una tierra desconocida, en una misión sin sentido, lejos de los míos. De mis compañeros, de mis fieles, de… de mi hermana…. Lissane…

Y entonces una enorme y borrosa figura apareció. Mi salvador. Habló, aunque no entendí lo que decía. Su voz se perdía en la vorágine que me rodeaba. La figura se interpuso entre los agresores y mi persona, impidiendo el que golpe mortal me alcanzase. Me salvó. Me salvó la vida. – Gra…gra…gracias. – Balbuceé. Fue lo único que fui capaz de decir. Luego el rey habló. Pero tampoco entendí lo que decía. Todo eran ecos y ruidos sin sentido. Galimatías. Todo sucedía muy rápido. Demasiado rápido como para enterarme de nada. Y finalmente fuimos expulsados de la sala por la fuerza.

Una vez fuera de la sala del trono tuve que buscar asiento. Era incapaz de mantenerme en pie. La pierna me temblaba, los escalofríos me recorrían el cuerpo, y sentía unas ganas intensas de devolver. Había sido un milagro. Salir con vida de allí fue un milagro obra de Dios, era la única explicación. Tras sentarme empecé a rezar en silencio agradeciendo a Dios y a los ángeles su intercesión a través de siervo el soldado Truefort. Mientras, mis acompañantes empezaron a discutir. Todavía seguía muy aturdido por los sucesos. Solo lograba escuchar segmentos de la conversación. Los exorcistas se iban a reunirse con el Gremio de lo Oculto y abandonaron el grupo. El guarda teutógeno quería pasar la noche en los cuarteles de la guardia. La monja Buckley dormir en la casa de un noble demonio amigo. Los inquisidores no sé qué querían, pero se acabaron yendo dejándonos a Trueford, a Buckley y a mí a solas. Ambos discutían sobre qué opción era mejor, y parecía que me correspondía a mí resolver el empate.

Todavía mareado intenté pensar. Era evidente que la oferta de la hermana Buckley era más halagüeña que la de dormir en un hediondo barracón repleto de salvajes soldados demonios. Resultaba mucho más agradable, teniendo en cuenta en el infierno donde estábamos, pasar la noche en la casa de un noble. Sí, demonio, pero noble, e incluso la nobleza de Infernalia gozaba de mayor prestigio social que la mayor parte del populacho y la chusma de Terra, indistintamente de su especie. Y sin duda, sería mucho más probable encontrar algo de cooperación entre los nobles de la ciudad que entre los fieles lacayos del rey Oberon.

– Mi estimado guarda Teutógeno Truefort. – Dije, todavía afectado por lo ocurrido en la sala del trono. – No os falta razón en vuestro análisis. Es evidente que la guardia de la ciudad puede llegar a jugar un papel clave para lograr un “acercamiento de posturas” con su majestad, y conseguir su favor sin duda puede ser algo que “facilite nuestra labor” en la ciudad. – Hice una pausa para suspirar profundamente. – Sin embargo, y espero que estéis de acuerdo conmigo, tal y como es la idiosincrasia de Infernalia, convivir con soldados rasos no nos posibilitaría un nuevo encontró con su majestad, “sea de la forma que sea”. – Cerré un momento los ojos para pensar, cosa que no era fácil. Me sentía débil y cansado. El mareo y el miedo todavía no me habían abandonado, y los calores del volcán eran insoportables.

– No. La clave para tener éxito es nuestra empresa no está en la guardia… De momento. – Dije lanzando una mirada cómplice a Truefort. –Tampoco la está en el gremio de los Artesanos, mi estimada hermana Buckley. Al menos no directamente. La clave está en la familia. En la Familia Real. No hay un valor que estructure la sociedad demoníaca más fuerte que el de la familia. La reina  Elextratza. Ella será la herramienta para acceder al rey Oberon.  – Sentencié con una sonrisa un tanto maliciosa. Intentar ganarnos el favor de la reina parecía la forma más sensata de que nuestras palabras fueran escuchadas. Con su apoyo sería mucho más fácil un acercamiento. Aunque tampoco había que descartar a los hijos del rey. Especialmente si la vía pacífica fracasaba. Puede que el valor de la familia sea una parte esencial de todo demonio. Pero la carne es débil y todos albergamos ambiciones ocultas. Y puede que nosotros seamos el medio para poder satisfacerlas… Por supuesto siempre que comprometiese su lealtad con la Eclesia. Aunque era claro que estos pensamientos no los manifestaría en alto de momento, y menos en el propio palacio real.  

– Sin embargo, por lo pronto sugiero aceptar la oferta de la hermana Buckley. Si nuestro anfitrión es tal y como habéis descrito, creo que podremos encontrar un refugio más confortable e íntimo donde pensar y debatir tranquilamente. Quizá vuestros amigos tengan más respuestas sobre lo ocurrido aquí durante las últimas semanas. Repuestas que permitan aclarar esta incertidumbre. – De nuevo, me puse a pensar mientras me rascaba la barbilla. – Y quizá puedan sernos útiles para acceder al Consejo de los Ancianos. Puede que estos se muestren más razonables que su majestad. Y si vuestros amigos son nobles, tendrán un contacto más directo con el líder del Gremio. Esa ha de ser nuestra principal estrategia para llegar a la Reina.

Luego me levanté torpemente. Todavía me costaba mantener el equilibrio. Me dirigí a Truefort en tono conciliador. – No os sintáis menospreciado mi estimado guarda. Vuestra propuesta es sin duda muy interesante, y por supuesto, se va a trabajar en ese sentido. La guardia de la ciudad está destinada a jugar un papel crucial, para bien o para mal, sobre lo que está por ocurrir aquí. Por ello, será necesario que nos vean como un aliado. Que vean que solo buscamos el bien de su raza, de su ciudad. Pero eso no será hoy. – Le sonreí amablemente. – No os preocupéis, habrá tiempo para ello. Parece que nuestra estancia en Infernalia va a ser más alargada de lo esperado. Ahora, por favor, os ruego que nos acompañéis, guarda Teutógeno Truefort, vuestra compañía me hace sentirme más seguro y confortado. – Y empecé a caminar siguiendo a la monja Bukley.

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